A la vera del camino

Son fragmentos a manera de guijarros multicolores extraídos del cauce de un arroyuelo impregnado de aconteceres, desasosiegos, amores, desamores y añoranzas engarzados en el andamiaje de la prosa llana y en veces poética del autor.
Ma. del Carmen Vergara

Fragmento

“…Sí habré de decirles la verdad –dirá
con emocionado acento–: sepan que luego
sentí que se iba. De esto que les cuento ya
hace mucho tiempo que sucedió. Creo
que desde que se formalizó lo nuestro, lo
digo por aquello de su repentina
indiferencia, su carácter cambiado, decir
alborotado que le brotó como hierba de
monte en temporal, y más todavía, por las
amalhayas que le afloraron en la boca;
creo que motivadas por la pobreza, mi
pobreza, misma que no se las calló, y sí
restregó en mi cara como para que me
fastidiara de ella. Claro sentí que eso
pretendía, entendí que deseaba deshacer
lo acordado, principalmente lo convenido
con sus tatas y con los míos. Sin embargo,
a pesar de ello la seguí queriendo. Y es
que no es para menos, con esa manera de
platicar y modo tan bonitos que tiene para
amar, ¡quién no!..
“… Muchas veces me han dicho que
dónde tenía la cabeza cuando me le
emparejé por primera vez para dejarle
saber que me gustaba; me preguntan que
en qué estaba pensando cuando la hice
formal, si se considera que desde mozuela
pintaba que era rete chincualuda. Y luego
me dicen que recuerde cómo fue desde
antes que se fuera conmigo. Y les da por
atraer aquello de cuando apenas tenía
quince años, que la veían ir y venir en la
arena a lo largo de la playa, ahí frente a
los turistas, con su batea en la cabeza
repleta de rebanadas de fruta, y caminar
zarandeque que lucía mientras miraba de
reojo a los hombres que volvía
boquiabiertos. Se siguen con aquello de
cuando tenía más años, de cuando le daba
por coquetear y lanzar su pregón:
“¡agáaarreme… la… papaya…!,
¡Fresssquesita!, ¡agárrela!, ¡cómprela…!
¡Agaaárrelaaa!”, al tiempo que atraía
miradas y piropos pícaros que se le
prendían al cuerpo joven y bien formado
de piel morenita apiñonada que Dios le
dio. Y no falta a quien se le suelte la
lengua con decires: que si fue novia de
fulano, que si fue de zutano y también de
mengano; que si se la llevó éste por el
estero de La Colorada; que la vieron con
otro por La Salinita; que juran haberla
visto acompañada de no sé quién por los
recodos de El Tamarindal, y que hasta un
forastero la recogía en el paraje de La
Estación para desaparecerse ambos en no
sé dónde.
“… Cuando terminan de decir todo
aquello, yo también me pregunto: ¿qué
estaría pensando y en dónde tendría la
cabeza cuando me dio por arreglarme
con ella? Pero no encuentro la punta del
hilo a la madeja de mis razones; nomás
me acuerdo, como les dije, de esa manera
de platicar y modo bonitos que tiene para
el amor, y me invade un cosquilleo en el
cuerpo; de ahí no paso, se me nubla el
pensamiento, me vuelvo sordo, ciego y
mudo. Y otra vez me da por pensar en
ella; de cuando le robé el primer beso por
los recodos de la laguna; de cuando fui
motivo de envidia de más de dos porque
era novio de la más chula del pueblo;
también me da por pensar en nuestro
casorio: dos días con sus noches de
jolgorios sobre la arena, bajo los rayos
candentes del sol o la claridad lunar, en la
frescura de la brisa o vientos de la laguna,
en la tibieza de arboledas y enramadas
donde campearon música, alegría de
bailadores y brindis avivados por ese ir y
venir de lancheros acarreando gentillales
que venían al convite; y, lo de nuestra
primera noche con ella, con sus
sabrosuras que fueron mías, las mismas
que no olvido, y otras cosas que no les
cuento para no faltar a mi discreción de
hombre, pero que las traigo prendidas al
alma”