Asomos de vida

Nos muestra el paisaje emocional de una jovencita que vivió una infancia amputada y ayuna de cariño. Cada estampa representa a la protagonista que experimenta contante metamorfosis coloreada de infinitos matices coincidente con la aparición del amor. Además es cruel recordatorio a la sociedad para modificar de raíz patrones de comportamiento y prácticas educativas anacrónicas carentes de pertinencia y funcionalidad…
Silvia Ojeda Jiménez

Fragmento

… Un resuello ahogado que atragantaba la anciana, la sustrajo de cavilaciones que pretendían encontrar respuestas que justificasen la forma de ser de quienes conformaban su familia y la hizo desistir de su interés inmediato llevándola hasta ahí donde su imaginación la indujo a idear cómo había sido en la juventud aquel cuerpo postrado: ¿naciente?, ¿ágil?, ¿perspicaz?, ¿anhelante?, ¿propositivo?, ¿comedido?, ¿complaciente?.. Sus conjeturas conformaron la imagen de la abuela querida, añorada, necesaria e imprescindible en el seno familiar y hasta le adjudicó una estela de bondades que la llevaran a ser recordada como la “amada abuela”; se quedó con el ideal y no la realidad que tanto la había lastimado y guardó aquello que hubiese deseado vivir junto a ella.

Al volver a la realidad en ese ambiente impregnado de tufos de vejez, intuyó la presencia de la muerte e imaginó verla sosegada en un sillón en espera de lo que habría de venir: sin despegar la mirada de su abuela, sintió un estremecimiento al suponer que pudiese estar la pelona, como lellamaba, detrás de ella, mirando por encima del hombro, mientras descansaba el peso de su guadaña en el piso y hasta pensó que la muerte, ese ser desconocido y temido pudiese estar aletargado  sobre la cama junto a los pies de la agonizante o en el piso, recreándose en algún pasatiempo, haciendo alarde de su paciencia como si disfrutara en su espera que no era tal sino simple y llanamente el disiparse en el agotamiento de los tiempos fijados para el final. El entorno la llevó por la visión descrita por Xavier Villaurrutia en un fragmento de su poema Nocturno de la Alcoba, de éste murmuró: La muerte toma siempre la forma de la alcoba que nos contiene/ Es cóncava y oscura y tibia y silenciosa/ Se pliega en las cortinas en que anida la sombra/ es dura en el espejo y tensa y congelada/ profunda en la almohada y en las sábanas, blanca…

Esa sensación de temor que experimentaba al escuchar la palabra “muerte”, repentinamente se la convirtió en rebeldía, como si el reencuentro con su abuela la hubiese llevado a considerar que no tenía por qué sentir temor ante ese ser desconocido; porque –se dijo para sus adentros-, después de todo, nadie la conocía; porque el aspecto de huesuda, cadavérica o macabra era resultado de sesudos o imaginarios resultados de quienes intentaban representarla y porque a fin de cuentas, ¿quién podía afirmar o negar tal apariencia con la seguridad de que era poseedor de la verdad?, podía ser la muerte, un ente agradable, fino o tal vez detestable, por lo que estas inexactitudes la llevaron a pensar que sus reflexiones no arribarían a  conclusiones contundentes. Prefirió reconocer que el destino de los mortales es algo ineludible, algo que tarde o temprano marcaría el final de su abuela, el de ella y de quienes más habitan la faz de la tierra…