La tía Pola

A través de la narrativa de tintes costumbristas, el  autor entreteje descripciones que dejan a flote el puente de afectos que une a dos personajes a quienes da vida y recrea con expresiones propias; dos vidas, dos destinos, doña Pola y Mostrenco en el entorno del pueblo: “La loma de los vivos”.
Alfonso Maldonado Arellano

Fragmento:

No sabría decir ni cómo ni cuándo fue mi arribo a La Casona. Nadie me lo ha explicado. Más tarde intuí algo de ello pero no me atrajo la idea de escarbar en el tapiz de un hecho que comúnmente debía interesarme. Preferí quedarme con la imagen esparcida por mi tía, y apegarme a sus sentimientos. Recuerdo que a lomo del tiempo transcurrió mi infancia en la que hubo soledad, alegría y afecto surgidos en ese andar que se dio de las camas colocadas en los cuartos de ellas a los demás espacios de la casa y viceversa. Mi evocación incluye mi transitar en El Pabellón de los Gemidos, algo que viví plácidamente hasta arribar al umbral de la edad de mis inquietudes que tomaron por sorpresa a mi tía, provocándole preocupaciones y dudas de cómo debería afrontar o conducir mi comportamiento impredecible y locuaz de chaval.
Ahora me doy cuenta de que aun en medio de su ajetreada existencia, mi Tía me hizo depositario de sus afectos y actitudes como si hubiese sido su hijo. Cuán preocupada estaría por mi manera de conducirme en ese ambiente en el que ella ponía y disponía que la llevó a buscar el consejo del señor cura, la opinión del hombre con quien vivía en aquel entonces, la de algunos militares que la visitaban, y de todas aquellas personas de su confianza. El producto de su consulta arrojó una mezcolanza de disposiciones que pretendieron mantenerme en un estado de recluta confinado al aislamiento y a la abstención. Se me prohibió transitar por las áreas en donde convivían y trabajaban las muchachas; no debería, se me dijo, platicar con ellas; evitaría conversación alguna con los clientes que entraban a diario a La Casona. Mis desplazamientos se circunscribirían a lo que era el jardín y el traspatio que colinda con una recámara, una estancia comedor y el cuarto en donde está el adoratorio erigido a los santos de mi tía a los que les arrimaba veladoras, candiles y un florero con la cantidad de rosas rojas equivalente al número de muchachas que trabajarían con ella en la tarea nocturna que estaba por venir…
La primera noche de mi aislamiento, no encontré sosiego. Al otro lado de la gruesa pared que delimitaba mi dormitorio, estuvo esa boruca y el trajinar que formó parte de lo que percibí desde mis primeros años de vida. Imaginé el salón de espera en el que ellas se mostraban complacientes, la barra con tomadores solitarios o con pareja en animada conversación, y los músicos con sus atuendos llamativos conduciendo con la ejecución de sus instrumentos el vaivén de cuerpos que se apretujaban uno a otro. En otro momento cerré los ojos y me pareció ver la rockola de portada y luces multicolores, un armatoste atragantado con monedas que esparcía ecos de la canción preferida o aquélla que más se ajustaba a la embriaguez de alguien que la operaba al tiempo que la abrazaba. En mi insomnio, partiendo de que las chavalas de mi tía, despojadas de pudores o sentimentalismos, eran artífices, verdaderas embaucadoras, poseedoras de habilidades necesarias en el oficio que las ocupaba, calculé y me dije para mis adentros: “¿cuántos viajes habrán realizado al Pabellón de los Gemidos, la Bibys, la Zancona, la Coyota, y demás muchachas en quienes mi tía deposita su esperanza para lograr una noche productiva?”
Cuando estuve consciente de lo que sería mi entorno, más que encorajinarme, urdí un plan para encontrar oportunidades que me permitiera inmiscuirme nuevamente en ese ambiente en el que me había criado. Tomé consciencia de ese ir y venir que en el ayer reciente no había tenido mayor relevancia en mí. Escalé paredes, violé candados y propicié complicidades con la servidumbre para visualizar en retazos de tiempo lo que se daba en ese entorno; hurgué a conciencia lo que se hacía en La Casa de la tía Pola; actué como si fuera un extraño que por primera vez se asomaba a ese ambiente que atraía a los hombres y los hacía venir de distintos lugares. Fue así como encontré atractivo al bullicio que noche a noche se creaba en el salón de baile y en los corredores en donde convivían entremezclados ellos y ellas. Fue así como adquirió relevancia el hecho de ver a las muchachas con vestidos cortos y escotes holgados, labios delineados con rojo carmesí, cabelleras dóciles al viento, miradas febriles, y ese hablar y andar matizado de coquetería. Fue así que percibí el olor de sus cuerpos y aromas que despertaron inquietud en mí y me indujeron a procurarme desahogos que si bien es cierto que me avergonzaban, me ayudaban a dormir y ser, en apariencia, obediente a las disposiciones de mi tía. Fue así que vino lo que tuvo que venir, y llegó la sensación de mi masculinidad iniciada con La Moñitos a quien, desde tiempo atrás cuando yo deambulaba libre en La Casona, le había dado por jugar con las partes íntimas de mi cuerpo propiciándome alborotos. Fue así que noche a noche, me dio por frecuentar El Pabellón de los Gemidos, y fui de cuarto en cuarto, como cuando ellas, en razón de mis pocos años, me llevaban en sus brazos. Fue así que forniqué a más no poder hasta que mi tía me sacó de entre las piernas de La Zacatonta, mujer hermosa, a quien de inmediato condujo a la puerta de La Casona y, con un “…que Dios te bendiga…”, la puso en medio de la calle sin importar mis súplicas, sin tomar en cuenta que la necesitaba y quería mucho.
Instantes después, cuando aún no arribaba la luz solar, en el amanecer, el hombre que vivía con mi Tía Pola, rumoreó: “…les va a ir como en feria,… las reunió en El Salón de las convivencias…”. Desde mi confinamiento imaginé la regañina que les estaría dando y las preguntas que les haría al tiempo que la servidumbre montaba alambradas sobre paredes y reforzaba puertas y candados.
Todo se realizó en una jornada llena de ajetreos pero no alteró la rutina de las muchachas de doña Pola, como las llamaban en el pueblo: hubo rejuego en la cocina y no faltaron quienes acudieron al bar en busca de fluidos reconfortantes. Después, salvo algunas que deambulaban como si fuesen en busca de algo o nada, la mayoría de ellas reconciliaron sus cansancios en la hilera de cuartos existentes en el interior del Salón de los Gemidos. También mi tía se escabulló, se fue a su habitación, al cuarto de Los Floripondios, caminaba jocosa como si nada malo hubiese pasado. Iba abrazando a su hombre.
Transcurrió el día sin mayor sobresalto que el habido en el amanecer. Después, antes de iniciar en sus quehaceres nocturno que la mantendrían ocupada, mi Tía vino a mí, me dijo muchas cosas relacionadas con mi comportamiento, y lo que quería para mí, pero ignoré su perorata. Mientras hablaba con acento de enojo y en veces sonriente para conmoverme, mi mente deambulaba por los recovecos y estancias de La casona, transitó hasta hacer contacto con el cuerpo de ellas que, para esa hora de la noche, posiblemente estarían desnudas simulando o disfrutando de un orgasmo ante quien poco o nada les importaba.
Hoy cuando el tiempo se me ha venido encima, no lo haría así: la escucharía, la atendería, la entendería y la obedecería. Algo hay en mí de remordimiento, pero de lo vivido con ellas, no tengo ni pizca de arrepentimiento…