Murmullos de arena

En MURMULLOS DE ARENA, Margarito López Ramírez ratifica su vocación narrativa expresada en sus obras literaria anteriores; describe paisajes tropicales y muestra con detalle el intrincado mundo de la costa: ambiente festivo, alegre, pícaro y sensual en donde la vida y la muerte se tocan ineludiblemente, y la pasión y el amor se desbordan de manera incontenible.Leer estos relatos, es como caminar sobre la arena cálida y suave de nuestros litorales, es atraer y rescatar  fragmentos de vida impregnados de mar, de sal y de sol.Imagino a Margarito, a la manera de contador de cuentos: al centro y a su alrededor, chiquillos y viejos que se aprestan a escuchar los murmullos de la arena que, merced a su pluma literaria, llegan hasta nosotros.
Dra. Malinali Meza Herrera

Fragmento

DIOS NO CUMPLE ANTOJOS…
“… Por eso cuando me avisaron que se
había marchado sentí coraje y la maldije.
¡Sí! Pero ahí está que, pasado un tiempo
apenas el necesario que se necesita para

bajar un berrinche, un montón de
sentimientos encontrados me invadieron.
¡Cierto! No les miento, quería que las
mayores desgracias cayeran sobre ella,
que males grandes la invadieran… que
esto, que lo otro la atosigara, pero, ahí
está que, también quise que viniera, que
de pronto apareciera junto a mí, que yo
por mi parte –pensé– la recibiría como si
nada hubiera pasado; pero, como bien
dicen: “que Dios no cumple antojos ni
endereza jorobados”, pues ahí nomás
quedaron arrebatos y deseos.
“…Ahora que me cuentan que la han
visto, y no obstante que dicen que le ha
dado por alardear amoríos que no suma
porque ha perdido la cuenta de cuántos y
cómo los ha tenido; sosegado, me digo
para mis adentros: “aunque así sea,
porque la mera verdad es que la traigo
metida en el alma”. Y, otra vez me da en
pensar en ella; evoco su cuerpo bello y
joven, añoro su rostro iluminado por

grandes y azules ojos que guardan
destellos febriles junto a esa nariz
portentosa de aire majestuoso, y esos
labios sensuales pródigos a decir “te
amo”. Y, entonces, también me parece
recordar lo que pasó cuando de pronto se
le fue la alegría, cuando ya no quiso ver la
inmensidad del mar, ni el ajetreo en la
laguna; tampoco el filón arenoso de La
Barra y sus enramadas, y le brotó un aire
desdeñoso hacia mi canoa, utensilios y
faenas de pescador como si de pronto le
hubieran hartado, y sí, en cambio, le vino
aquella inquietud que la hacía distraída,
ese suspirar que le ahogaba como si le
faltara vida, y su afición a dejar prendida
la mirada en luces que a lo lejos
coronaban crestas del caserío en la
ciudad. Por eso, ahora que me dicen que
la han visto con cara pintarrajeada,
vestido floreado, zapatos de tacón alto y
bolsa que columpia en el hombro; llego a
pensar que tal vez sea mejor así, ¡que sea
feliz!, si es que lo es; que haga su vida,
que siga su camino y yo el mío; que ame
a alguien como tal vez me amó, o que
simplemente viva como quiera vivir.
Pero, luego, también pienso que yo
todavía la puedo hacer feliz, que valdría
la pena intentarlo, y que por ello hasta
dispuesto estaría a olvidar que se fue;
olvidar que estuvo con alguien más, y que
su cuerpo fundió como lo hizo conmigo.
¡Ya sé! ¡Sí!, ¿sí! Piensan en el “qué dirá
la gente”; pero aunque así fuera, ¿qué
importa, si yo, como les dije, la quiero?
Por eso, sin pensar en el qué dirán, estoy
aquí con mis pensamientos que de pronto
se nublan y me encadenan; estoy en la
oscuridad de la noche, en el balbucir de
aguas del mar y la laguna, con la mirada
fija en lejanías y luces que provienen de
la ciudad; estoy metido en torbellinos que
me invaden al evocar la manera de
platicar y el modo bonitos que tiene para
amar; estoy sobre la arena, escuchando
murmullos, sin importar que lo mío sea
cariño o simple costumbre que me haya

nacido de ella, de su manera y modos que
tiene…”