La Zihuatatayota

De la Zihuatatayota, personaje de leyenda surgido en el entorno tixtleco, se dice mucho. En la actualidad no es exclusivo de Tixtla de Guerrero y sus alrededores, en diversos lugares se habla mucho de ella; dícese que es una mujer elegantemente ataviada con sedas y encajes, alta y de porte altivo, viandante nocturna asidua a los enamoramientos, visitante de aguajes, enigmática y solitaria…  Sea cual fuese su descripción en el contexto de la leyenda que lleva su nombre, cabe escuchar los relatos en los que ocupa primacía, de entre éstos atendamos lo expresado por don Benigno López Abraján:

Transcurría el año de mil novecientos doce, era la madrugada de un día del mes de septiembre; flotaban en el ambiente frescuras de lluvia  y olores de tierra mojada. Mis amigos de parranda y yo, además de llevar en el estómago abundantes tragos de mezcal, portábamos sarapes para espantar el frío, calzábamos botines y nos cubríamos la cabeza con sombrero de astilla, era los considerados para la paseada. Veníamos de la casa de nuestras noviecitas a quienes habíamos llevado serenata cuando a lo lejos, proveniente del Barrio de Tlatelulco, divisamos la gendarmería realizando su rondín acostumbrado. De ellos, quien iba a la vanguardia, se dejó escuchar un silbatazo a manera “quien vive allí, ¡párense hijos de …”. Iluminadas por la llamarada tenue proveniente de un hachón, nuestras siluetas se delineaban confusas en la distancia. Como viésemos que aceleraron sus pasos para darnos alcance en el lugar denominado Las siete esquinas de la población de Tixtla de Guerrero, cada uno de nosotros tomó camino diferente: Antonio Basilio se dirigió al barrio de San Agustín, Anacleto Dircio enfiló sus pasos al barrio de El Santuario, y yo me dirigí a Los corrales. Crucé La calle ancha, y tomé el rumbo de La alberca; caminaba con pasos inseguros en la oscuridad al tiempo que mi mano derecha palpaba la empuñadura de un verduguillo. Cuando estuve bajo los ahuehuetes que protegen las aguas que brotan y dan sustento a ese balneario, recargado en el tronco de uno de ellos, me sentí a salvo de los guardianes del orden. No sé durante qué tiempo estuve allí en la obscuridad  entreverada por resplandores lunares que se colaban entre los ramajes de los árboles gigantes. Oía el fluir del torrente que afloraba de los veneros cuando de pronto me percaté de un bulto blanquecino que al  acercarse al aguaje fue mostrando la silueta de una mujer alta y portentosa, vestida con ropajes blancos; esperé para observar qué hacía; cuando estuvo sentada en una de las piedras colocadas en rededor del manantial; enamorado como soy, se me alborotaron cuerpo y alma, y sin pensarlo mucho fui hasta donde estaba ella. Su cabellera caía abundante sobre su espalda; por su postura intuí que jugueteaba con las aguas. Todavía no llegaba hasta ella cuando ya le estaba diciendo palabras bonitas y frases encaminadas a enamorarla para obtener sus favores amorosos, y, sin recato alguno, la abracé metiendo mis narices entre sus cabellos que de pronto sentí ásperos, pero como si eso no tuviera importancia seguí tras mis propósito; continué con mis arrumacos al tiempo que ella los correspondía con leves gemidos. Como viese que no oponía resistencia a mis caricias, se me ocurrió decirle: ‘mamacita, dame un besito; ándale preciosura, ¡bésame que ya te estoy queriendo! Repetí eso y otras palabras más para convencerla’; luego sentí que ya me la había ganado; lo comprobé al sentir el movimiento de su cuerpo para voltearse  y quedar frente hacia mí; yo me dispuse a besarla, pero tamaña sorpresa me llevé al mirar su cara, en ésta tenía ojos similares a los de un caballo, sus narices eran chatas como las de un marrano, su frente descomunal y sus labios grueso y floreados dejando entrever dientes descomunales; No obstante que sus manos frías me sujetaban me escapé de ellas y como pude corrí dando alaridos para desahogar mi terror; fui dando traspiés y no paré hasta llegar a mi casa cuya puerta era de madera apenas sostenida por la tranca corrediza que colocaba mi madre para que me franqueara la entrada en caso de una emergencia. Cuando estuve dentro de la estancia enmudecí, no respondí sus preguntas. Al mirar mi estado asustadizo, me dio bebedizos que me hicieron dormir; no supe más de mí hasta pocas horas después que desperté en el amanecer cuando me sentí desposeídos de zapatos, sarape, sombrero y verduguillo que al parece había dejado desperdigados en mi carrera loca; pero ni aún así no corregí mi actuar de enamorado hasta que el tiempo me ubicó en mi condición de anciano atado a esta silla que me soporta con mis más de noventa años vividos. Por eso cuando me preguntan que si existe la Zihuatatayota, mi mente se transporta hasta esos años primeros del siglo veinte cuando en mi condición de paseador recorría, durante las horas de la madrugada, las calles de ese pueblo mío”. 

Don Benigno, más conocido como Adrián Alcaraz, exhaló un suspiro al tiempo que su mirada se posaba en el chacuaco de la histórica Hacienda de Chinameca ubicada en el estado de Morelos en donde radicaba como pensionado y propietario de una parcela que el gobierno le otorgó por sus servicios al lado del General Emiliano Zapata en el movimiento revolucionario iniciado en el año 1910. Quienes lo visitaban, hombres y mujeres originarios de la ciudad de Tixtla de Guerrero, México, se miraron unos a otros al tiempo que recordaban la antigua alberca denominada Teoixtla vinculada al relato.