Margarito Lopez Escritor guerrerense

SEMEJANZAS…

mayo 8

2

 Primicias del libro:

Semejanzas…

(fragmentos)

 

Autor:

Margarito López Ramírez

 

 

 

 

A don HERMELANDO DAMIÁN CORTÉS, después de superar ciertas dolencias que lo tuvieron al borde de la sepultura, le dio por acosar y cortejar a cuanta mujer  pasaba vendiendo algo. Malaquías Garnica Tena, Gerónimo Salvatierra Domínguez y Pedro Rosales Ordóñez, sus amigos y vecinos, cuentan que “el santo señor”, luego de apartarse de ellos aduciendo que iba a arreglar un asuntito, agarraba parejo; sin importar edad, físico, condición social o parentesco; lo mismo le hablaba a la tamalera, como también lo hacía con quienes vendían empanadas, cacahuazintles, merengues, torrejas, pipitoria, semillas doradas, tortillas, mango enchilado, elotes hervidos, memelas de camagua, helados, pan, verduras o baratijas. Al verlas que se afanaban en su vendimia, al tiempo que con una de sus manos jugueteaba y palpaba algo en el fondo de una de las bolsas delanteras de su pantalón, les decía en tono comedido:

“¡0ye, niña!, ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo te puedo cumplir…

Y he ahí que frecuentemente la aludida, al escucharlo y ver sus ademanes  que eran por demás grotescos en la alargada bolsa del pantalón de ancha pretina y prolongado tiro,  contestara en tono de conmiseración: “¡ay!, don usted,… lo dice como si en verdad pudiera hacerlo”.

“Ante tal pronunciamiento que no lo dejaba bien parado, don Melando, como lo llaman sus vecinos, retomaba su intento con más ahínco:

“Sí niña, así como me ves, debes saber que todavía hago surcos…”

 “Con su decir vehemente, algunas buenas mujeres se sonrojaban, otras sonreía mostrando nerviosismo, y las más de ellas montaban en enojos a la par que se alejaban murmurando:

“Viejo, rabo verde; vergüenza le habría de dar…”.

Sus amigos, testigos presenciales de estos acosos, afirman que, cuando no podía o puede   seguirlas por su reumatismo creciente, se aparta del grupo que conforman, y optaba por aposentarse en el quicio de la puerta de su casa, desde donde les musitaba, viejos y obsoletos piropos:

“Si como lo meneas, lo bates, qué buen chocolate…”… “Prietas, hasta las mulas son buenas”… “Grandotas, y aunque me peguen”… “Adiós mamacita, aquí está tu querubín”…

“Y, si la ocasión le era propicia, las llamaba, y a la par de manosear la mercancía y revolotear su mano derecha en el fondo de la citada bolsa del pantalón, les endilga su acostumbrada perorata:

“¡0ye, niña!, ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo te puedo cumplir…

“Este acontecer con sus altibajos, se repetía constantemente sin causaba enojo mayor a las vendedoras por considerar que provenía de un hombre nonagenario a quien debía dispensarse esa y más desfachateces que las más de las veces generaban comentarios chuscos. Pero tuvo que haber un pero que alterara este estado de cosas que eran pan de cada día en las inmediaciones de la casa del anciano o la amplitud de la plazuela del barrio: una de tantas vendedoras, al escuchar que don Melando, desde la puerta de su hogar, le decía  “¡Ayyyy qué curvas,  y yo sin frenos!”…Me he de comer esa tuna aunque me ahuate las manos”, lo encaró y, al tiempo que con su mano izquierda levantaba sus enaguas hasta la cintura, le dijo:

“… Pero con qué dientes, mi querido señor, con qué dientes… Estas carnes…, mas, que para usted, están buenas  para algunos de sus parientes que las puedan morder y saborear…”.

Y entonces, con la mirada fija en las piernas robustas y hermosas de la joven, el viejo enmudeció y mostró un gesto de desaliento a la par que  recordaba los  versos de Isaías Basilio Bautista, hombre de trova muy dado a pronunciarlos en momentos de nostalgia o regocijo:

“Me encontré con una güera/ de esas de alto peinado, / le dije que me lo diera; /me dijo: ¡Qué desgraciado!/… Yo estoy buena pa´ tu nuera/ tú,… tú ya estás muy arrugado…”

“El viejo Melando, susurró una y más veces en tono vehemente esos versos a la par que observaba las pantorrillas tersas, hermosas y atrayentes de la joven Micaela Silva Mejía quien, luego de mostrar una sensual sonrisa, contonear su cuerpo y acodarse la diminuta falda que dejaba entrever sus moldeadas caderas, se despidió a través de una escueta frase: “¡A que don usted,… tan sin embargo!,” y prosiguió con su pregón:

“Compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Merengueeeeee, calientito!…”

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“ANACLATO CORRALES PERALES, jovenzuelo de escasos quince años de vida, cara espigada, cuerpo flacucho y de carácter retozón; hijo único de don Susano Corrales y la señora Aurora Perales, repentinamente le dio por abandonar su hogar en busca de algo y mucho que le alborotaban el cuerpo y el alma. “Papa, mama,… voy a ver que hay por allá, –dijo, a manera de respingo, sin mostrar conmiseración por lo que ellos le empezaron a decir: primeramente  a manera de regaño, y después, como letanía que culminó en súplica. Pero él no cedió en su intención. Situado en mitad del espacio protegido por la choza humilde que resguardaba el hogar que había testificado su nacimiento, aguantó la mirada inquisitiva de su padre, y  sin inmutarse, recibió la bendición de su madre.

“Instantes después, con movimientos apresurados, desató el brazalete de ruda piel vacuna que  portaba en uno de sus articulaciones y lo   amarró en el tallo de un rosal que meses antes había plantado junto a la cerca que resguardaba la humilde vivienda de sus progenitores. Allí estuvo de pie, durante algunos instantes en el atardecer de ese día, con el pensamiento alborotado, y la mirada abierta sobre el caseríos que dejaba entrever techos de forma y tamaño diversos en espacios habidos entre árboles y ramajes crecientes en lomas y hondonadas que dan cabida al pueblo de Escalerillas. En su cavilar dedujo que amaba su terruño pero también se dijo para sus adentros:

No quiero envejecer como envejece mi padre que día a día se encorva bajo la pesada carga del trabajo diario y monótono; no quiero atarme a su tlalmecate, a su pedazo de tierra  a sabiendas de que no produce lo suficiente para alimentarnos; no quiero seguir sus pasos sin buscar otra manera de vivir; no quiero privarme de lo que posiblemente encuentre más allá del Pueblo Mayor; no quiero vivir ni morir como muchos han vivido y muerto en este pueblo de miserias; no quiero abandonar a mis padres pero debo aventurar…”

“Anacleto daba rienda suelta a las inquietudes que desde algunos meses atrás le surgían y lo acosaban. El pueblo se le hacía pequeño para alcanzar sus anhelos, para ver y poseer cosas que ambicionaba. Y entonces, luego de flotarse la cara y palpar sus brazos, se sintió con fuerza suficiente para emprender su aventura.

“Cuando las sombras de la noche resaltaron la presencia de fogatas y candiles semejando luciérnagas aposentadas, se introdujo a la cocina en donde, después de comer una tortilla doblada y beber café servido en un jarro, abrazó a su madre al tiempo que le decía: “¡Eh, pues, jefa!, no llores, sólo estaré ausente unos meses.” Don Susano, aunque sentía deseos de gritar mil cosas, observó la escena en la que su mujer mostraba dolor, no dijo palabra alguna; y cuando el muchacho abandonó el lugar rumbo a su dormitorio, a través de una gesticulación, correspondió la breve exclamación: “buenas, jefe,” que su hijo le indilgó.

“En el amanecer del día siguiente, cuando la neblina tempranera se entreveraba entre el paisaje que acoge al escaso caserío, Anacleto salió de su hogar portando un paliacate en el cuello, vestimenta vaquera, una mochila y un par de espuelas. Encaminó sus pasos anhelando alcanzar la vereda que lleva  al Pueblo Mayor. A leguas se notaba que iba, liberado,  contento, anhelante….”

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DOMITILO ORTEGA VILLAGRÁN, amaneció en la mañana de un día sábado, quejándose de un dolor en el cuello, moretones en ambos ojos, la nariz inflamada y los labios desfigurados como si hubiese escarbado el suelo con la boca; vestía camisa y pantalón descuajaringados; calzaba sólo un zapato; la cabeza le daba vueltas y su aliento era de quien tiene en el estómago alimentos en proceso de fermentación. Enterado de su aspecto desastroso, fue hasta donde estaba su mujercita, como  llamaba a su esposa cuando estaba en su santo juicio, y, sin rodeo alguno, le preguntó: ¿qué me pasó, mujercita preciosa,… qué me pasó, amorcito? ¡Mira cómo estoy!

Doña Engracia Batalla Encarnación, doña Chona, mujer de estirpe mulata, hembra robusta de estatura cercana a los dos metros, contestó secamente: ¡sepa Dios qué te sucedió! Y después a la par de empezar a cantar: amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso,… se mostró afanosa en el entorno de su cocina.

Domitilo, luego de un rato en el que se le vio pensativo, sin preguntar otra vez: “¿qué me pasó, mujercita preciosa?”; buscó su zapato perdido  encontrándolo junto a un bate en las inmediaciones  de la puerta que da entrada a su casa; baño su cuerpo con agua fría y lo acicateó con esencias; se colocó unos  lentes obscuros que lo hacían ver cual si estuviera ciego; vistió ropa limpia recién planchada; sujetó un pañuelo en su cuello, y después de ver su perfil reflejado en el espejo, asumió su mejor postura posesionada de aditamentos que le camuflaban magulladuras. Satisfecho con su imagen, quedó pasivo al tiempo que su mente rememoraba cuán grande había  sido el sainete que su mujercita y él habían escenificado en la noche anterior. Bien dice el refrán: no hay borracho que coma lumbre; recordaba lo acontecido, pero se comportaba marrullero para no dar lugar a que su esposa disfrutara su osadía a manera de liberación. Una vez más entro en su cavilar pero al escuchar la voz de doña Engracia, quien lo llamaba en tono meloso: a almorzar, cariño,… a comeeeeer, preciosura; a comer tu platillo favorito, ni tardo ni perezoso acudió a la mesa en donde había, además de una cazuela con chilaquiles picantes con olor a epazote fresco salpicados con limón, un tasajo de carne asada, cebolla y queso, un jarro rebosante de atole blanco, y dos pequeños recipientes conteniendo  melcocha y torrejas. Hambriento y atosigado por la sed, le hincó diente a existente, y, como pocas veces lo había hecho en su vida matrimonial, se mostró amable con doña Chona, a quien, luego de agradecerle el apetitoso almuerzo, le narró chistes trillados, y removió hechos que involucraban a ambos. Doña Engracia lo escuchó y hasta se involucró en esa inusual manera de comportarse, pero su mente  cavilaba: ¿qué estará tramando este chaparro del demonio?.. ¡Ahora viene con eso de que no recuerda lo que le pasó!.. Para mí, que este borracho del demonio, algo hizo o trama…”

 

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VENUSTIANO SOTOMAYOR RENTERÍA, criado desde muy pequeño por la abuela Nicandra Rentería; joven parlanchín y bravucón en la antesala de la hombría, era muy dado a decir que a las mujeres debía tratárseles con la punta del pie porque eran seres que con artimañas sentimentales mangoneaban a sus maridos; y a quienes  estaban casados, les endilgaba habladas guasonas: los pararon chiquitos, bola de mandilones… No son hombres, son pájaros nalgones que viven a las sombras de la vieja que manda en sus casas… Eso de que ustedes deciden en su chiquero, es puro jarabe de pico,… ¡Aprendan a mí que donde me ponen me comporto y canto como gallo que soy!

 

Venus, como era comúnmente conocido en la jerga de bebedores de Pueblo Grande,  vociferaba y alardeaba, secundado en su decir por José Cleofas Nava su amigo inseparable. Cuando se hallaba en el interior de la cantina Los Agachados, gritaba bobadas sin que hubiese alguien que contradijera su barullo ya porque de sobra se sabían que era vocinglero o porque consideraban que sus desplantes encajaban en eso que ronda de boca en boca: dime de que presumes y te diré quién eres… Cae más un hablador que un cojo… De lengua me como un plato.

 

Venustiano fue por mucho tiempo el platillo fuerte, el sujeto fastidioso y hasta el hazmerreír en ya aquí ya allá en donde había convivencia,  pero  luego de un año de haberse matrimoniado con Jacoba Bracamontes Guerra, mujer muy bonita pero de armas tomar, repentinamente se mostró meditabundo, mustio, apabullado. Los clientes asiduos al bar Los agachados, antro regenteado por Teodoro Anselmo Gatica, murmuraron  y dieron en decir que el otrora fanfarrón había enfermado. Mas como era de todos conocido no lo atosigaron, lo aceptaron cuál era sin objetar su actitud, y hasta hubo expresiones de conmiseración en su rededor. Pero después de haber transcurrido algunos meses, luego de escuchar los comentarios indiscretos de José Cleofas quien no soportó la carga anímica que implicaba guardar pormenores de la vida de su amigo de farra,  vino el desquite de aquellos que habían sido ninguneados por él; éstos dieron en decirle en tono  burlón: Venus, te mangonea tu mujer,… no tienes autoridad sobre ella,… como marido eres cero a la izquierda… Y de refilón le endilgaron una cantaleta apabullante: eres mandilón, Venustiano, te manda tu señora,eres mandilón, Venustiano, te manda tu señora…

 

Ante el proceder de sus compañeros de correrías, Venustiano se enquistó en un mutismo que sorprendió a quienes de por vida lo conocían: de fanfarrón y entrometido como había sido fuera de su hogar, pasó a ser hombre meditabundo, introvertido, apocado. Aguantó durante un buen tiempo aquellas guasas que le endilgaban, soportó éstas y más expresiones hasta que un día se le escuchó decir: ¿cuánto apuestan, caterva de habladores, cuánto apuestan a que les demuestro lo contrario? Admirados de su repentino cambio de actitud, le aceptaron el reto: el próximo día viernes nos reuniremos en tu casa, fue el decir generalizado de quienes estaban involucrados en la jugada. Dado que no hay plazo que no se cumpla, en punto de las tres de la tarde llegaron indecisos a la cita pensando en la actitud que asumiría Jacoba, pero su preocupación menguó cuando observaron la amabilidad con que ella los recibió y los hizo pasar y acomodarse en una espacio de la vivienda en donde había preparativos para esparcirse.  Su sorpresa fue mayor cuando observaron que la esposa de Venus, obedecía los mandatos del casero quien con garbo disponía:

“¡Jacoba!: trae la botella… Arrima las copas… Recoge los envases… Prepara la botana… Pon hielo a los vasos… Condimenta aquello… Licua estas frutas… Fríe la carne… Calienta este caldo… Enfría los refrescos…  Limpia la mesa… ¡Atiende al chamaco!”

La señora iba y venía sin retobo alguno. Todo marchaba bien en la convivencia concertada: Venustiano ordenaba, ella obedecía, y los concurrentes se divertían y hartaban con las viandas que les ofrecía amablemente. Pero como nunca falta un negrito en el arroz, sucedió que Teodoro Anselmo el cantinero al observar que un gallo avado de pescuezo pelón  pepenaba migajas que dejaban caer al piso, dijo: “¡Venus, mata ese pollo!, para que tu vieja lo guise en chilatequile picoso. ¡Mátalo!, apriétale en pescuezo.” Engolosinado como estaba con su poder de mando, Venus, el hombre de la casa, se dispuso a retorcer el cogote del animal en el momento en que su esposa se acercaba con un platón repleto de carne frita, tacos adobados, guacamole y costillas de  cerdo salpicadas con limón y salsa roja picante. He ahí que Josefa, al mirar que su marido se disponía a descogotar su gallo consentido, en un santiamén  le desparramó los manjares sobre dejándolo como palo encebado: multicolor y de sabores diversos, y luego de darle tremendo manotazo en mitad de la cara, le gritó:

“hasta aquí llegamos, Venustiano, ¡hasta aquí!, no más… hasta aquí llegamos porque mi gallo precioso no está dentro del trato que hicimos. Así es que tú y tus amigos se van mucho a la…”

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HOMOBONO CHOMOLCO TLALMANALCO, hombre próspero dedicado a la labranza de la tierra y la cría de ganado, en la comunidad de San Jacinto de los Arrayanes asentada en la Región de la Montaña, llamó a Nepomuceno su único hijo varón; muchacho joven de piel renegrida, cabellos hirsutos, hablar cuatrapeado y cuerpo enclenque;  y, tras decirle que lo heredaría en vida con la condición de que “mejorara el raza”, lo bendijo e indujo a recorrer los caminos que dizque en busca de “un mujer de buen ver y  buena alzada”.

Llevando a cuestas primicias de su cuantiosa fortuna, el muchacho abandonó temporalmente la labranza de la tierra y la cría de ganado, y obediente se abocó a lograr aquello que su padre le encargaba. Empezó por cambiar su imagen: no calzaría huaraches de correa; tampoco vestiría calzón y cotón; abandonaría la costumbre de cubrirse la cabeza con un sombrero burdo hecho de sollate; dejaría su gabán por chamarra de fina hechura…

Llevando en la mente las palabras pronunciadas por su padre, anduvo en diversos lugares en donde más de una ocasión estuvo a punto de ser agredido por quienes en veces le querían arrebatar sus pertenencias o porque, amén de ser desconocido, lo veía husmear en los hogares y alrededores. Pero él, a semejanza de  perro extraviado, proseguía incansable por caminos y escudriñaba en pueblos, aldeas y rancherías, buscando lo que consideraba que lo llevaría a cumplir la encomienda recibida.

Durante el transcurso de un año y días recorrió diversas regiones de su estado natal pero no encontró a alguien que cumpliera los dos requisitos que su padre le había indicado: “un mujer de buen ver y  buena alzada”. Pero su carácter obstinado lo indujo a adentrarse en La Sierra del estado de Guerrero, región poseedora de ríos caudalosos, elevadas montañas, cerros, lomeríos y faldas cubiertos de exuberante vegetación. Y, he ahí que luego de andar de aquí para allá, detuvo su transitar en la comunidad denominada Los jagüeyes de San Francisco, en donde columbró a una muchacha acompañada de otra en el momento que cargaba un cántaro amortiguando el peso de éste con un yagual asentado en la cabeza. La miró caminar erguida, esbelta en tanto que el viento le jugueteaba los cabellos extendidos en la espalda hasta la cercanía de la cintura. Nepomuceno, boquiabierto, la siguió sin el ánimo de abordarla pues ajeno era a entablar una conversación, y menos con una mujer de esa naturaleza. Sin saber qué hacer para acercarse a ella, detuvo sus pasos frente a la choza que habitaba la familia Mendoza Herrera; allí estuvo hasta que, a fuerza de verlo de pie y en veces sosegado sentado sobre una piedra, don Manuel Mendoza, hombre receloso, llevando una daga en la pretina, lo enfrentó:

– ¿Qué te trae por acá, muchacho?.. ¿Por qué estás aquí como si te debiera algo?.. Ahorita mismo te vas y buscas otro parapeto.

No pues, siñor. Lo quiero hablar contigo –dijo Nepomuceno, en tono suplicante pero sin amilanarse. Se mostró erguido hasta donde le permitió su complexión física; manifestó  altivez propia de su estirpe aborigen sin llegar a la ofensa –Lo quiero platicar contigo.

– Pero da la casualidad que yo no quiero hablar con quien no conozco. Así es que te alejas de aquí o te atienes a las consecuencias –la voz de don Manuel era imperativa al tiempo que se erguía desafiante.

No pues, siñor. Lo quiero hablar contigo para pedirte tu hija.

En la naturaleza de don Manuel, hombre alto, fornido y de carácter violento, hubo un sacudimiento a manera de coraje entripado que lo indujo a dar un escarmiento a quien intentaba arrebatarle algo muy suyo, pero después canalizar su desacuerdo a través de un resoplido, extendió los dedos de sus  manos que de pronto se habían contraído, se contuvo.  Repentinamente su estado de ánimo experimentó un vuelco. Llevado por la curiosidad, hurgó en el físico y manera de vestir del desconocido. En su hacer encontró que había un no sé qué detrás de ese indito ladino que se atrevía a pedir que le diera a una de sus hijas. Observó su vestimenta que contrastaba con su aspecto cerril y su vocabulario entrecortado. Fue presa de la desconfianza. Mas como viese que el sujeto no mostraba temor ni menguaba en su propósito, por mera curiosidad, decidió dar seguimiento a lo que le pedía:

¡Eres un atrevido!.. ¿Con qué derecho vienes a pedirme que te dé a mi hija, pedazo de zoquetelo?

-No pues, no con derecho…Quiero que recibas mis pagres, pa´ que lo platiquen de casorio con tu hija.

-¡Habrase visto, pues!… -Don Manuel, otra vez contuvo su enojo e indignación, y, a la par de que en su mente cruzó la idea de seguirle la corriente y hacerle el juego al indito para divertirse un rato, caminó al interior de su morada, e instantes después, al tiempo que mostraba una mueca burlona en el rostro, y tono despectivo en el hablar, dijo:

mi hija, la morenita, chaparrita y bonita, quien además de decir  que no te conoce, y estar  encorajinada de sólo pensar que estás aquí queriendo  matrimoniarte con ella,  me ha encargado que te diga que te vayas a la voz de ya, que te alejes de aquí llevándote tu imprudencia y ladinería de indito fastidiosos…”

-No pues. Yo no querer la prietita. Yo querer blanquita, altita, cuerpo de cierva y cara bonita – Expresó Nepomuceno en tono tajante a la par de que intentaba ver, por encima del hombro de su interlocutor, al interior de la choza. Su manifestación era casi a gritos.

-Uff. ¡Ella, menos! –Exclamó don Manuel al tiempo que reía a carcajadas. Consideraba que el fulano pretendía algo inalcanzable, pero una vez más creyó que debía ser paciente. He ahí que fuera al interior de su choza y regresara nuevamente mostrando en el rostro una sonrisa socarrona- ¡Anda pues! –le dijo en tono amable- Ve a donde debes estar en lugar de andar pretendiendo imposibles. ¡Ve! El mes entrante, a las dos de la tarde del día veinticinco, los espero.

Ta güeno, pues, siñor -Nepomuceno sonrió, se despojó del sombrero, hizo una reverencia y, ante la mirada de algunos lugareños, caminó con paso apresurado…

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NICOLÁS PEDRAZA DE LOS MONTEROS tuvo la ventura o infortunio de ser único hijo de un matrimonio laborioso y de proceder amoroso. El escuintle recibió las aguas bautismales,  principios de fe y confirmación religiosos en la capilla de su pueblo. En esas ceremonias participaron o  fueron testigos presenciales personajes destacados de la grey religiosa y protagonistas de renombre en el hacer social, político y cultural: hombres y mujeres elegantes, venidos de distintos lugares que se involucraban en las festividades, por demás ostentosas y selectas, que organizaban sus familiares.

Su infancia transcurrió entre mimos y complacencias excesivos. La festividad en la que se  rememoraba su nacimiento, era motivo para que sus padres, doña Engracia de los Monteros y don Próculo Pedraza Berrueto, y su tío el señorito Dona “echaran la casa por la ventana”: ofertaban aguinaldos, nieve artesanal hecha en garrafas,  fruta de horno, piñatas repletas de dulces y chocolates; contrataban payasos y adornaban la fachada de su casa con flores y papeles multicolores. ¡El chamaco era festejado a lo grande! La mañana del día diez de septiembre, fecha en la que se homenajea a San Nicolás de Tolentino, propiciaban que hubiese repiqueteo de campanas. Ellos y demás familiares acompañados de muchas personas invitadas de manera específica, asistían a la capilla. Cuando el cura terminaba de oficiar la misa destinada al santo patrono del pueblo, los involucrados en el festejo del niño Nicolás permanecían en el recinto para elevar fervorosas  plegarias a Dios deseándole salud y bienestar. Terminado ese acto fervoroso, se echaban a vuelo cohetes, cohetones e incendiaban cohetitos de sala en mitad de la calle, y la multitud, precedida  por El Chile Frito y mojigangas que bulliciosas esparcían alharacas, emprendía su caminar  hasta las puertas de la Casa de los Azulejos en donde se entonaban las mañanitas destinada al chamaco que con esmero y mimos era vestido por sus nanas frente al enorme espejo colocado en una de las paredes de su recámara. Instantes después,  cuando Nicolásito, como lo llamaban, hacia acto de presencia conducido por su madre, y era vitoreaban por los asistentes conforme a las instrucciones recibidas en su condición de familiares e invitados elegidos. Comúnmente, la conmemoración en la que la gente comía, bebía y bailaba, continuaba hasta el atardecer; motivando que, quienes participaban animosamente en ella, año con año  estuviesen pendiente de la conmemoración que habría de venir. Pero, ¡Oh, sorpresa!,   cuando cumplió el doceavo cumpleaños de vida, el mentado Nicolasito se reveló echando por tierra lo planeado por sus padres. En un santiamén desbarató el programa festivo que con mucho empeño le habían organizado. El desnaturalizado escuincle se encerró en su recámara y, sin considerar  el tono suplicante de quienes por conveniencia o voluntad propia pedían su presencia, empezó a deshacerse en rabietas al tiempo que gritaba “¡Quién les dijo que trajeran a esos gorrones a mi casa! ¿Quién? ¡Déjenme dormir! Quiero dormir. ¡Cállense!

La situación se complicó más cuando, Nicolás, valiéndose de un pesado martillo, arremetió contra las ollas de barro que contenían suculento guisos que con esmero había preparado servidumbre. En un instante armó un desgarriate sin que sus padres lograran detenerlo. A fin de cuentas, las exigencias del tiznado muchacho fueron cumplidas: enmudeció la banda musical, las mojigangas se retiraron esparciendo su frustración a través de payasadas, y la gente, que minutos antes imaginaba el agasajo en el que iban a ser participantes, abandonó el lugar inducida por las expresiones melosas de doña Engracia:

  • “Nicolasito, mijito precioso, está enojadito porque no durmió bien, ¡discúlpenlo! “El muchachito Nicolás, no es malo ¡Compréndalo! Es travieso, no lo negamos. Pero malo, malo no es”.

Los más de los asistentes se alejaban mascullando expresiones:

  • “Esto nos pasa por hacerle caso a quienes nos dijeron que viniéramos al festejo dedicado a ese chamaco malcriado…Pero, ´la culpa no la tiene el indio, si no quien lo hizo compadre´… Es malo, muy malo en tiznado chaval; ´malo, malo como la carne cuche´… ´Caras vemos, corazones no sabemos”.

Grande fue el borlote como grande la decepción de los invitados que habían imaginado que se hartarían con lo destinado a ellos en calidad de comensales selectos; por el agravio sufrido, muchos de éstos blasfemaros a grito abierto, y juraron que jamás volvían a La Casa de los Azulejos, pero la gente que se había mantenido ajena a este hecho, les endilgó expresiones chuscas cuando a escaso días de la tradicional conmemoración, pudieron más las argucias, ofrecimientos, dádivas y hasta chantajes de doña Engracia, don Próculo y el señorito Dona para, una vez más llevarlos como “acarreados” a festejar el trece aniversario del nacimiento de Nicolás.

He ahí que, como si todo hubiese sido un mal entendido superado, hubo misa en la capilla del pueblo, expresiones rogativas, tañer de campanas, tronar de fuegos artificiales, música, mojigangas, mañanitas y arreglos florales en la portada de La Casa de los Azulejos. Otra vez, familiares e invitados se mostraron entusiasmados e imaginaron que se deleitarían con la música y saborearían suculentos platillos; y hasta le dedicaron versos de los tradicionales papaquis, pero no bien habían terminado de entonar eso que dice: “desde lejos hemos venido brincando los tepanoles, sólo por venir a ver las ollotas de pozole, cuando  escucharon la protesta del niño  Nicolás. Y entonces, nadie se quedó para ver si repetía su desgarriate ni esperó que doña Engracia lo justificara; simplemente abandonaron el lugar; se retiraron mascullando enojos, mostrando vergüenza, y esparciendo lo acontecido entre la gente que en veces les decía: “se los dije, se los dije, pero…”.

Durante un buen rato, los pobladores se ocuparon del incidente ocurrido gastando bromas a quienes, frustrados, una vez más se habían conformado con un improvisados almuerzos que compraron o elaboraron en sus casas.

Al pasar el tiempo, la población de Torrecillas de San José volvió a sus acostumbradas actividades olvidándose de los arrebatos de Nicolás quien, luego de cambiar el pantalón de peto, que su madre y nanas le enjaretaban, por otra vestimenta, convirtió su casa en nidal de ocios. Sin pedir permiso a sus padres ni considerar lo que ellos le aconsejaban, hurgaba con lo existente en bodegas, trojes, cuarto de trebejos; y a diario  escenificaba hechos y despilfarros, ya con sus compañeros de escuela, ya con sus vecinos, u otros chiquitines a quienes atraía o alejaba sin consideración alguna. El grupo de chiquitines, realizaba juegos que transitaron de lo sencillo y sano a lo atrevido y riesgoso:  uno de estos hechos consistió en balacear la calabaza colocada en la cabeza de un chamaco que, al oír el disparo de la pistola hurtada a don Próculo, calló al suelo desmayado; otro más fue escenificado en rededor de un poste de cemento que sirvió para sujetar a un muchachillo a quien después de someterlo a un supuesto juicio inquisitorio, lo rodearon de varas secas a las que prendieron fuego confiando en la oportuna intervención de  quien haría el papel de personaje justiciero y salvador, dando lugar a que, cuando éste no pudo deshacer el nudo ciego que habían hecho en la reata sujetadora, desesperadamente se abocaran a verter  agua sobre la hoguera y los pantalones flameados del muchacho que gritaba desesperado. Y luego de estos hechos, la travesura que más  trascendió los muros de La Casa de los Azulejos, fue cuando Nicolás ofreció e hizo que sus correligionarios consumieran agua de coco a la que había añadido purgante que su padre usaba para desparasitar a caballos y bestias mulares, motivando que todos sin faltar uno de ellos, fueran internados en la pequeña clínica.  La quejumbre y deshidratación de los afectados, propició una andanada de improperios en  contra de Nicolasito quien, después de sopesar la gravedad y consecuencia de su maldad, se refugió en las enaguas de su madre, y ésta, luego de disculparlo, pagó medicamentos y servicios médicos requeridos.    

Sobra decir que su niñez se agotó en ociosidades y ajetreos propios del “niñito de la casa”. Y tiempo después, similares características tuvieron su adolescencia y juventud: “Árbol que crece torcido, jamás su tronco endereza”, la gente decía al saber ver sus extravagancias y banalidades. ¡Nadie sujetó al chamaco!, porque sus progenitores determinaron que “creciera sin complejos; que fuese libre como el viento para que llegara a ser personaje importante desposeído de amarraduras”. ¡Así creció!: lo querían y chiqueaban sus padres y, a más no poder, lo consentía su tío El Señorito Dona. Aquellos y éste, a través de una conversación juramentada, determinaron  que le darían amor y apapachos que ellos no habían tenido en sus años primeros de vida. Y, he ahí que “El Niquitas”, como lo llamaba la gente, viviera chuscadas en el interior y exterior de su fastuoso hogar, vegetara en su hacer impregnado de ocurrencias y se embelesara con sus extravagancias de hijo de personas adineradas. Fue el crío, y más tarde el joven que a manos llenas disfrutó de haberes, provenientes de sus progenitores, y dispuso de hombres y mujeres a quienes trató  despóticamente. Solía gritar al tiempo que se mostraba engreído: ¡Obedezcan!, para eso les pagan mis padres, para que me sirvan…”

Luego de haber transcurrido un año y meses de aquel incidente en que saliera despavorida la gente que lo homenajeaba, Nicolás volvió a ser tema de conversación cuando, a la par de aficionarse a la ejecución de una guitarra, se dejó crecer los cabellos y cubrió éstos con una boina negra, vistió pantalones entallados sujetos con un cinturón de gruesa hebilla, cubrió su dorso con camisetas o camisolas holgadas;,sus pies los calzó con huaraches de hechura rústica, las muñecas de ambos brazos las recubrió con pulseras de piel y broches relucientes, protegió sus manos con finas manoplas que dejaban entrever anillos ostentosos,  y cubrió  sus  ojos con ostentosos lentes obscuros. La gente lo llamó “El loco de Torrecillas”, pero al enterarse que sus padres y el señorito Dona consideraban que era natural el comportamiento del muchacho, dizque inteligente e ingenioso, le retiraron ese mote, desahogando su contrariedad a través de otras expresiones peyorativas.

Aunado a su repentino cambio en la manera de vestir y calzar,  conformó su séquito de incondicionales atrayendo a media docena de jovenzuelos;  empezó por convencer a Bonifacio Barroso Zamudio, El Bobaza, muchacho serio de porte robusto y mirada fija a le contó sus sueños de grandeza:

  • Carnal, con el dinero y el respeto que le tienen a mis padres, la haremos de a madre; seremos los mandamás de este pueblo; disfrutaremos la vida, haremos lo que queramos y no habrá quién nos detenga”.

 El Bony, como lo llamaban sus padres y familiares, lo escuchó y estuvo a punto de decirle que su proposición no coincidía con su manera de ser, pero, después de escuchar que serían eso y más si se unían, terminó por aceptar la propuesta, y, según el decir del muchacho más rico del pueblo, “disfrutar de la vida”.

 Instantes después, se abrazaron como si con ello sellaran un pacto de igual a igual  al tiempo que El Bonaza  decía: “¡hermano en las buenas y las malas!”;  pero Nicolás le contestó en tono alevoso: “somos carnales,… Sí, hermanos… Pero, ¡yo soy el jefe!” Y, de inmediato,  valiéndose de un ademán enérgico, realizó su primera disposición: “¡sígueme!, yo soy quien manda.

El hecho se llevó al cabo en la mitad de un día domingo en el que la gente los vio correr eufóricos por calles y orillas del pueblo hasta arribar a La Casa de los Azulejos en  donde,  luego de consumir desordenadamente alimentos y bebidas, Nicolás, vociferó, dijo que todo aquello que los rodeaba era suyo y que podía disponer a su antojo sin que hubiese alguien que se lo impidiera. El muchacho hizo alarde de su casa e independencia personal; alardeó su don de mando  gritando a quienes lo habían complacido: “¡he tú y tú!, recojan, a la voz de ya, esta  basura”, Y, cuando solazado estuvo al ver que su órdenes habían sido cumplidas sin objeción alguna, abrazó el cuello de su invitado y lo condujo a su recámara atiborrada de diversos objetos y chucherías mal acomodados sobre y en rededor de muebles de mal gusto y obsoletos. Allí, a la par de erguirse presuntuoso, enarboló los brazos al tiempo que gritaba: “Hermano, este en mi santuario, mi guarida, mi refugio. Aquí nada más yo decido qué hacer y quién entra”. Repentinamente, a la par de vociferar incoherencias referentes a su ser y hacer libertinos, empezó a despojarse de sus ropas; se desvistió hasta quedar en puros cueros, y luego de abrir las puertas de un mueble descomunal y alardear marca y costo de sus pertenencias, procedió a vestirse y desvestirse  repetidamente hasta lucir con lo que presumiblemente había considerado lo mejor de su haber. Durante el transcurso de un buen rato, palpó la contextura y características de sus calzoncillos, pantalón, camisola, huaraches, bufanda, guantes y gorra ajustados a su cuerpo.  Luego de ver una y más veces su imagen reflejada en el espejo,  enarbolar ambos brazos y gritar: “¡me veo de a madres!, sí, sí, me veo de a madres”, quedó quieto  cual si fuese estatua viviente en espera de expresiones halagüeñas. Pero El Bonaza, más que adularlo, masculló algo que guardó en sus adentros; deseó alejarse pero no lo hizo, permaneció allí junto a su recién  juramentado “carnal” que semejaba un grotesco maniquí, abandonó su pose y mostró disgusto que le afloró en el rostro. Algo iba a decir a quien consideraba su beneficado, pero al escuchar que alguien llamaba a la puerta, encorajinado, grito: ¿quién, jodidos es, quien..?, propiciando que, luego de escucharse el rechinar de bisagras proveniente de ambas hojas de la puerta de su recámara, apareciera ante su mirada, Dorotea Díaz Ventura, encargada de comandar la servidumbre en La Casa de los Azulejos, quien a la par de llevarse las manos a la boca, dijo en tono comedido: “ Nicolasito!, niño. Santo dios, ¿pues qué ha hecho usted?”; propiciando que éste le endilgara gritos desaforados reforzados de desplantes groseros. La mujer que no sentía lo duro si no lo tupido, salió y encaminó sus pasos apresurados hacia donde se encontraban doña Engracia y el señor Próculo a quienes les narró el desorden habido en la recámara; pero éstos, mas que apoyarla,  le endilgaron tremenda regañina haciéndole entender que no debía meterse a la habitación cuando en ella se hallara el niño de la casa; y, luego de la injusta reprimenda, como en repetidas ocasiones había acontecido, doña Engracia le endilgó, en tono comedido, expresiones exaltadas que escuchó pacientemente sin darlas por buenas:

“Nicolasito, no es malo ¡Compréndelo! Es travieso, no lo niego. Pero malo, malo no es…”  

 

 

Bailes de Tarima y danza de los Manueles

mayo 8

 

 

 

 

LIBRO:

SONES DE TARIMA Y LA DANZA DE LOS MANUELES

(FRAGMENTOS)

 

 

Autores:

Margarito López Ramírez y

Reynaldo Alcaraz Peñaloza

 

 

DEDICATORIA:

A la memoria de

Pedro Esperanza Vega

Anastacio Ramírez Hernández

Juanita Hernández

Pánfilo Ramírez Hernández

 

  

 

 

SONES DE TARIMA

 

Consideraciones:

La danza representa un momento real y hasta mágico vinculado a la cultura e historia de los pueblos; es la ejecución de movimientos y mímica corporales con carácter lúdico, religioso o artístico.

 Partiendo de esta conceptualización, el baile e interpretación de sones de tarima son manifestaciones artísticas, expresiones socioculturales que denotan ser y sentir de quienes crean, cantan, bailan y admiran este género musical que asienta sus raíces en Tixtla de Guerrero.

 Se ha establecido como tradición que ejecutantes y bailadores de sones de tarima estén presentes en los jolgorios del solar tixtleco; sin importar que éstos sean de carácter social, cívico o religioso: ¡la tarima, cantantes y bailadores arman bulla pueblerina!

 

Los autores

 

 

 

  Origen de los sones tixtlecos

 

 

 

 

Los orígenes de los sones de tarima provienen de un ayer distante que involucra el hacer y decir de argentinos, chilenos, peruanos, africanos y mexicanos; la mención de éstos encuentra sustento en breve explicación:

 En Chile y Argentina se crea la zamba, palabra proveniente del vocablo zambo que tiene un significado que da a entender que es caliente (baile caliente).

 En Perú nace la cueca, referente de clueca o, como se dice en lenguaje pueblerino mexicano: culeca. Posiblemente se da este nombre en razón de que ésta se baila a semejanza de los movimientos que ejecuta el gallo que corteja a una gallina: el hombre usa un pañuelo rojo que representa la cresta del animal, sirve para guiar los movimientos de la pareja.

La zamba, menos popular que la cueca, se fusionó con ésta dando lugar a la zamacueca que, como baile típico, floreció en Perú, y fue acogida por los argentinos y chilenos, pero en ambos países se populariza con el nombre chilenas hasta que entre ambos países hay desavenencias y guerras, propiciando que los argentinos la llamen marinas en honor a un barco peruano.

 Se afirma también que navegantes argentinos, chilenos y peruanos trajeron hasta las costas guerrerenses (Acapulco) esta música y baile, y con ellos los vocablos: marinas, chilenas y cueca, quedando en el ánimo de los aldeanos, el de chilenas.

 

Por otra parte, se rumorea que algunos grupos de esclavos africanos liberados o huyentes encontraron refugio en las costas de lo que es actualmente el estado de Guerrero, y que fueron éstos quienes acogieron la chilena imprimiéndole matices de sus rituales, ritmos e instrumentos musicales. Estos grupos afromestizos, asentados en la extensión territorial que hoy se denomina Costa Chica, innovaron la chilena transformándola en lo que hoy se conoce como sones de artesa, llamados así, posiblemente, porque se bailan sobre una artesa.

Y, es obvio que en este proceso se involucre a los mexicanos, porque según versiones transmitidas a través de la tradición oral, las chilenas, más tarde conocidas como sones de artesa, llegaron a Tixtla en el siglo XIX en donde la gente les imprimió peculiaridades propias. Si bien es cierto que en el inicio de esta adopción los tixtlecos las cantaron al estilo de la Costa Chica, también lo es que éstos crearon sus composiciones musicales, adaptando letra y ritmo a la idiosincrasia de los habitantes asentados en el centro del estado; tomaron como propios algunos instrumentos pero incorporaron otros, modificaron el bailoteo, incorporaron el taconeo e introdujeron algunos cambios en la indumentaria de los bailadores; usaron la tarima.

 

¿Cómo llegaron los sones de artesa a Tixtla?

 

Existen antecedentes de que, en tanto que la mayoría de los habitantes de este lugar se dedicaban a la agricultura y ganadería, otros se ocupaban en la arriería con fines comerciales. Testimonios escritos dan fe de que el General Vicente Ramón Guerrero Saldaña se dedicó a la arriería. Según el decir de quienes hablan de esta actividad, los arrieros conducían sus recuas llevando, a lomo de mulas, caballos y burros, sus mercancías: unos por el Camino Real que conducía al puerto de Acapulco, y otros transitando caminos de herradura que conducían a diversos poblados asentados en la topografía del suelo nacional. Se afirma que en este ir y venir de hombres y mujeres, los sones de artesa transitaron de la Costa Chica a Tixtla. También se comenta que oriundos de esta región concurrían a la festividad de La Virgen de la Natividad trayéndole a esta deidad sus cantares y bailes que agradaron a los tixtlecos y a quienes concurrían en peregrinar santo.

Entre los sones de artesa y sones de tarima, considerados un valor artístico-cultural de los guerrerenses, existen similitudes y diferencias:

 La similitud se constata al observar que tanto los bailes de artesa como los sones de tarima son ritmos en los que las mujeres muestran donaire, gracia y simpatía, y los hombres hacen derroche de gallardía, fuerza y viveza; por ello es criticable la actitud de quienes bailan estos sones con movimientos estilizados y más cuando los hombres asumen movimientos y mímica alejados de lo varonil.

 Similitud y/o diferencias: en la Región de la Costa Chica de Guerrero, la chilena o sones de artesa originalmente se bailan sobre un enorme  tronco de árbol en un extremo superiores destaca imponente la cabeza de un toro o caballo labrados y en el otro la cola correspondiente del animal; el madero tiene concavidad en la parte inferior a manera de cajón que hace contacto con la tierra tal y como se observa en algunos lugares del municipio de Florencio Villarreal: Cruz Grande, El Atrancadero, Arroyo Seco, Vista Hermosa, Los Charquitos… en donde los sones de artesa adoptaron el clásico redoble africano y el uso del tapeo en el arpa, por lo que fue sustituido el tambor; también se observa que en la chilena se introdujeron paseos y descansos; la vestimenta de la mujer está conformada por falda larga y amplia confeccionada de tela estampada, blusa bordada de chaquira (considerada de lujo), huaraches o zapato de tacón; la indumentaria del hombre se compone de pantalón y camisa blancos o pantalón de color fuerte y camisa blanca, sombrero de la región y en la mano un pañuelo, calza huaraches o botines, aunque, en algunas ocasiones, es común observar que tanto hombres como mujeres danzan descalzos.

Respecto a los instrumentos utilizados en la Costa Chica, destacan: arpa, jarana, cajón de tapeo y una guitarra con cuerdas metálicas.

 Además de El cardenal, Pájaro carpintero, El pato, El palomo, El zopilote y El gato, existen otros sones de artesa que frecuentemente se cantan y bailan en Tixtla de Guerrero, de éstos citemos fragmentos:

 

 

La iguana:

Si quieres comer iguana

yo te la voy a agarrar (se repite)

En el patio de tía Juana

se salen a calentar (se repite)…

 

Vapor chileno:

Cuando el vapor chileno

viene chillando jay (se repite)

Las negras en el muelle

se andan paseando que le da y le da (se repite)…

 

Los maripositos:

Señora la barca es mía

y los remos son de usted (se repite)

Usted váyase en la barca

que yo por tierra me iré (se repite)…

 

 

Tarima

 En Tixtla de Guerrero los sones se bailan sobre una tarima hecha de fragmentos de madera: la parte superior sobre la que sirve de base a los bailadores, es rectangular de aproximadamente 2.5 m de largo por 1.20 m de ancho, y en sus laterales los maderos miden 30 ó 40 centímetro de altura. Dentro de la concavidad de la tarima llegan a colocarse argollas y en las laterales se hacen orificios para dar mayor sonoridad a los pasos y el taconeo de los bailadores.

 La indumentaria del hombre está conformada por: calzón y cotón de manta, huaraches o botines, sombrero de palma y dos paliacates, uno en el cuello y otro en la mano derecha que sirve para señalar a la pareja hacia dónde se dirigirá el siguiente movimiento (el sombrero, ocasionalmente es originario de San Luis Acatlán, lugar asentado en la región de la Costa Chica).

 El atuendo tradicional de las mujeres en similar al usado por las mujeres tixtlecas en los inicios del siglo XX: falda larga (con una variante según los gustos o costumbre de una o de otras) y amplia con dos pastelones en la parte posterior, con holán abajo, adornada con encajes de algodón, confeccionada con tela estampada con flores de trazo diminuto, colores suaves, no chillantes; con la misma tela se elaboraba la blusa, cuyas mangas largas se veían coronadas con blondas de seda, en el cuello se le elaboraba una confección de forma circular con resorte en la parte de abajo para formar un holán; las más de las veces portaban rebozo de color obscuro traído de Tenancingo estado de México y zapato de tacón.

 No obstante que en la actualidad algunos bailadores de tarima usan vestimenta informal, el público les aplaude si sus movimientos y soltura tienen apego a lo que tradicionalmente se conoce como sones de tarima.

 El baile de tarima ha tomado renombre y es motivo de admiración no sólo en la región centro del estado guerrerense, sino que, al igual que otras estampas del folclor mexicano, ha trascendido allende las fronteras del suelo nacional en donde amén de mostrar sensibilidad y destreza de sus ejecutantes, deja de manifiesto la sensibilidad y creatividad artísticos que poseen hombres y mujeres de esta generosa tierra, a modo que en muchos lugares se les conoce como sones de tarima de Tixtla.

 

Bailadores de renombre:

 

Facunda Basilio y Pedro Esperanza Vega

 

Existen referencias de quienes fueron excelentes bailadores de tarima, compositores o ejecutantes de música y versos de los sones:

 De antaño. Personas de avanzada edad que testificaron el inicio del siglo XXI expresan con júbilo haber visto a bailadores de la talla de Silverio Castillo, Ascención Peñaloza Alcaraz, Juanita Hernández, Marcelino Gómez Bello, Eugenio Valadez, Febronio Alcaraz, Plácido López, Alberta López Bello, Rosa Moctezuma, Alejandra Muñoz, Wulfrano Alcaraz, Rosa Juárez, Úrsula Santos, Herminio Astudillo, Altagracia Alcaraz, Beatriz García López, Gustavo Ramírez, Miguel Ramírez, Crescencio Astudillo Vargas, Enedina y Margarita Gómez García, Aurelia Basilio, Sofía Vega, Fulgencia Astudillo, Sara Basilio Díaz, Juan Valle Vargas, Brígido Basilio Astudillo, Féliz, Dolores y Jesús Ojeda Catalán, María de Jesús Catalán, Carmen Bello Basilio, Trinidad Catalán…

 

De entre otros bailadores que hicieron época en la primera y segunda mitad del del siglo XX, cabe mencionar a: Andrea y Porfiria Moctezuma, Facunda Basilio Basilio, Carmen Jiménez Cienfuegos, Albina Alcaraz, Paula Astudillo, Güenda de Ramírez, Isaura Ramírez de Castrejón, Laura Rodríguez Mera, Isabel García Gómez, Lamberto Vega, Eufracio González, Reynaldo Alcaraz Vega, Pedro Esperanza Vega López, Rafael Alcaraz Hernández, Palemón Díaz (Palemón sin zapatos, porque bailaba descalzo), Reberiano Gómez, Bertha Gómez Franco, Luís Ramírez, Luciano Alcaraz, Félix y Jesús Ojeda, Tomás Alcaraz, Pedro Astudillo, Juan Gómez, Eduardo Ramírez, Elia Vega, Mario Peñaloza Gómez, Hipólito Basilio Gómez, Adolfo Bernal Lara, Albino López Nava…

 De entre quienes fueron excelentes bailadores de tarima en la postrimería del siglo XX, cabe citar a: Sara y Orquídea Basilio Parra, Eudosia Eloína Valadez Tepéc, Mario Manuel Encarnación Robledo, Doris Fierro Flores, Rosa Gudiño Millán, Enrique Valle Flores, Miguel Ángel Alcaraz Debray, Juan Pablo López Castro, José Guadalupe González Vargas, Ricardo Lara Vargas, Juan Bernardo y Carlos Alberto Alcaraz López, Miguel Ángel de la Cruz Alcaraz, Luis Francisco Albañil Ojeda, Miguel Ángel Albañil Salmerón, Rogelio Alcaraz Basilio, Miguel Ángel, Roberto, Lorena y Anabel Alcaraz Basilio, Hugo Catalán Secundino, Román y Magdalena Basilio Alejandro, Dania Francely Morales López, Rodrigo, Blanca Dea y Natividad Sandoval Cervantes, Bernardo y Aurora Alcaraz Peñaloza, Lilia y José Enrique Valle Vargas, Arturo, Francisco, Martha y Óscar Basilio Gómez, Brígido Astudillo Rodríguez, Sofía Rodríguez Mera, Magdalena Valle Florez, Víctor Peñaloza Encarnación, Claudio Morales Muñoz, Enoc Hernández Alarcón, Miguel Ángel, Arturo, Luz del Carmen y Alejandro Gómez Franco, Luis Román, Maricruz, Magdalena y Verónica Basilio Alejandro, Ada Angélica y Patricia Moreno Ojeda, Noemísabel Bánchez Navarrete, Georgina Torreblanca, Lucía de la Paz Ojeda, Alejandro Salinas Hidalgo, Samuel Espíritu, Hana Basilio Minor, Edith Muñoz Cienfuegos, Abad Tizapa, Javier Díaz Miranda, Andrés Navarro, Rocío Nárez Jiménez, Leonor y José Luis Hernández García, Elda Peralta Flores, Aneidi y Rubicelia González Alejandro, Teresa Hernández, Elena Dircio, Roberto González Flores, Jesús Enmanuel Valle Hernández, Princesa Vargas, Armando Vargas Juárez…

 

 Instrumentos musicales

 

 La mayoría de los grupos musicales utilizan:

 Jaranas y/o vihuelas y cajón de tapeo que se golpea con una tablita pequeña que el tapeador sujeta en una de sus manos.

 Algunos grupos utilizan el arpa, instrumento musical que fue ejecutado por algunos lugareños en las postrimerías del siglo XIX y principio del siglo XX.

 Según versiones de quienes han transitado en la bulla que arman los sones de tarima, este instrumento dejó de utilizarse en Tixtla durante algunas décadas, resurgiendo su presencia en el año de 1965 cuando el señor Eduardo Gallardo, originario de Cruz Grande, enseñó la ejecución de este armonioso instrumento musical a don Juan Valle Vargas y también a Vicente González Alejandro, cuando éste era un niño.

 

 Pioneros de los sones de tarima en Tixtla

Los primeros grupos musicales no tenían nombre, ya que ocasionalmente se integraban con diferentes personas ejecutando diversos instrumentos musicales, destacan, entre otros: Anastasio Ramírez Hernández y Anastacio Ramírez Ramírez (jarana), abuelo y padre respectivamente de la señora Isaura Ramírez; Librado González (arpa), Tomás Alcaraz (jarana), Roberto Ramírez Hernández (jarana), Palemón Díaz (tapeador), Daniel Vega (jarana), Marcelino Gómez (tapeador), Valeriano Moctezuma (arpa), Alejandro Chepillo (arpa), Eugenio Hernández (jarana), Eustacio Ojeda (jarana), Eugenio González (tapeador), Luciano Chepillo (jarana), Alfonso Hernández Hernández (vihuela), Juan Cervantes (jarana), Chano Alcaraz (jarana), Alberto Astudillo (tapeador), Leobardo y Alejandro Gómez García (jarana), Cirino López (tapeador), Cruz Morales Ramos (jarana), Palemón Díaz, Eugenio Hernández,  Valeriano Morales… de entre éstos hubo destacados compositores cantantes y/o bailadores.

 

Conjuntos tarimeros de renombre en Tixtla, (según datos recabados en el año 2010):

Los Azohuastles integrado en su inicio por los señores: Jesús Ramírez Ramírez (jarana), Arturo Alarcón Estrada (vihuela), Alberto Astudillo (cajón), tiempo después se integró a éste Vicente González Alejandro (arpa). Al retirarse Alberto Astudillo ingresó Isaías Basilio Bautista; al morir Jesús Ramírez Ramírez lo sustituye Juan Dircio Adame. Años después Vicente González Alejandro se excluye del grupo, quedando en éste: Arturo Alarcón, Isaías Basilio y Juan Dircio quienes tuvieron mayor trascendencia.

As del Sur integrado por los señores: Cruz Morales Ramos (jarana), Juan Dircio Adame (vihuela), Juan Valle Vargas (vihuela), Daniel Vargas González (cajón), Vicente González Alejandro.

 

 Conjuntos tarimeros contemporáneos en Tixtla de Guerrero

Entre otros: 

 

Los Azohuaztles, intergado por Jesús Ramírez Ramírez(jarana), Arturo Alarcón Estrada(vihuela), Alberto Astudillo(cajón).

Tiempo después se integró a éste, Vicente González Alejandro(arpa). Al retirarse Alberto Astudillo, ingresó Isaías Basilio Bautista; al morir don Jesús Ramírez, ingresa Juan Dircio Adame.

Alma Tixtleca integrado por Vicente Ojeda González (vihuela), Juan José Vargas Catalán (vihuela) y Enoc Hernández Alarcón (cajón).

 

 

 

Los Fandangueros de Tixtla, integrado por Vicente González Alejandro (arpa), José Guadalupe González Vargas (cajón), José Antonio González Vargas (vihuela).Papaquis, integrado por Hugo Catalán Secundino (vihuela), Diana Gutiérrez Leyva (cajón) y Jorge Rufino Anastasio (vihuela).

 

 

Tradición Fandanguera integrado por José Guadalupe González Vargas (vihuela), Manuel Beltrán Díaz (arpa), Juan Pablo López Castro (cajón).

 

Tlahuilos integrado por Eugenio Dircio Santos (vihuela), Adrián Santos Juárez (cajón), Juan Tlatempa Flores (vihuela), Roberto González Flores (vihuela) y David Alarcón Gómez (vihuela).

 

 

Grupo Tlatelulco integrado por Bernardo Alcaraz Peñaloza (cajón), Juan Bernardo Alcaraz López (vihuela), Carlos Alberto Alcaraz López (vihuela), Javier Martínez Salazar (vihuela).

 

Grano de Oro integrado por Miguel Ángel de la Cruz Alcaraz (vihuela), Ricardo Lara Vargas (vihuela), Armando Vargas Juárez (vihuela) y Agustín Barrios Guevara (cajón).

 

Los Abajeños integrado por Cirino López Bello (+), Claudio Morales Muñoz (vihuela), Gonzalo Gómez Franco (vihuela), Ángel González Astudillo (vihuela) y Ulises Morales López (cajón).

 

 As del Sur (actual) integrado por Cruz Morales Ramos(+) (Vihuela, Eduardo Morales Bello (Vihuela), Maricruz Morales Bello (Cajón).

 

 

 

As de Oros integrado por Juan Valle Vargas (vihuela), Adolfo Bernal Lara (vihuela), Enrique Valle Flores (vihuela) y Emmanuel Valle Hernández (cajón).

 

Amigos de San Lucas integrado por Roberto Hernández Peña (vihuela) y Gumaro Hernández Avilés (vihuela).

 

 

Tlahuilpan integrado por Florencio Dircio Robledo (vihuela), Pavel Tonatiuh Dircio Jiménez (vihuela) y Pavel Tonameyotzin Dircio Jiménez (cajón).

 Espejo de los Dioses integrado por Josafat Albañil Salmerón (vihuela), Salomón Albañil Salmerón (vihuela), Luis Francisco Albañil Ojeda (vihuela) y Miguel Ángel Albañil Salmerón (cajón).

 

Gallo de Oro integrado por Álvaro Zamudio Loza (vihuela), Juvencio Robledo López (cajón) y Hermelando Alcaraz Jaimes (vihuela).

 

Chintetes integrados por Agustín Barrios Guevara (arpa), Carlos Axel Bello Dircio (vihuela), Diego Hernán Bello Dircio (vihuela), Sebastián Bello Dircio (cajón) y Luis Enrique Ledezma Bello.

 

Pichihuaztles integrado por Arturo, Francisco Javier e Hipólito  Basilio Gómez.

 

El Chincual, integrado por Mario Manuel Encarnación Robledo, Carlos y Rodrígo Encarnación Fierro y Alcides Vega Dimayuga.

 

Además de los grupos musicales que tradicionalmente interpretan sones de tarima en el ámbito tixtleco, existen conjuntos que operan en otros ámbitos:

 

Papaquis, integrado por Hugo Catalán Secundino, Diana Gutiérrez Leyva y Jorge Rufino Anastasio.

Tlahuilpan, integrado por Florencio Dircio Robledo (vihuela), Pavel Tonatiuh Dircio Jiménez (vihuela) y Pavel Tonameyotzin Dircio Jiménez (cajón).

 El Nahual (Distrito Federal), integrado por Iván Cortés Calderón, Eliud Vázquez Luna, Lindarocio Quiroz Hernández, Isaac Hernández Vargas y Salvador­ Martínez Martínez.

 Gallos Plateados (Distrito Federal), integrado por José Servín, Fredi Campos, Gregorio Cordero y Carlos Rivera.

 Ziranaí (Distrito Federal), integrado por Pavel Julián Romero Solís…

 Netotelitle (Acapulco de Juárez, Guerrero),integrado por Lino E. Vielma Heras y Alan Daniel Posas.

 La negra Mora (Distrito Federal), integrado por Javier Obregón Hernández, Patricia López Cabrera y Cibele Melo Paredes.

 Grupo de Coacalco (Estado de México, integrado por Rosalba Bello Vargas e Israel Martínez López.

 Yolotecuani (Distrito Federal), integrado por David Peñaloza (arpa), Isabel Coronel (cajón), Osvaldo Peñaloza (cajón), César Martínez (jarana).

 Grupo de la Escuela Normal Federal Rafael Ramírez (Chilpancingo de los Bravo, Gro.), el responsable del grupo es Víctor Manuel Marroquín Cristóbal (jarana).

 Compositores y/o arreglistas musicales:

 Entre los más destacados compositores y/o arreglistas de sones de tarima tixtlecos, destacan:

 Anastacio Ramírez Ramírez, Raúl Isidro Burgos, Pablo Astudillo Guillemau, Juan Dircio Adame, Eugenio Hernández, Alfonso Hernández Hernández, Ausencio García Luna, Cruz Morales Ramos, Juan Valle Vargas, Vicente González Alejandro, Maximino Vega Zamudio, Ángel González Astudillo, Vicente Pantaleón Guerrero, Vicente Peralta Flores, Eduardo Morales Bello…

 

Fragmentos de:

 

Granito de Oro

(Anastacio Ramírez Ramírez)

 

Se llama granito de Oro

El toro de la manada

Apuesto que el tigre al toro

Peleando no le hace nada

Se llama granito de oro…

 

La hormiguita

(Pablo Astudillo Guillemau)

 

Hormiguita, que afanosa

trabajas de sol a sol,

tu inquietud no se parece

a mi inerte corazón…

 

El son valiente

(Raúl Isidro Burgos)

 

Son de la tierra Caliente

De Guerrero y Michoacán,

y que tiene el alma misma

del campesino de allá…

 

La costeñita

(Juan Dircio Adame, 1966)

 

Costeñita consentida

estrella en la madrugada

ayer me dijiste que hora

hay me dices que mañana…

 

 

 

 

 

Torito

(Cruz Morales Ramos)

 

Este torito que traigo

no es norteño ni extranjero

es un torito del centro

del estado de Guerrero.

 

El Santuario

(Juan Valle Vargas)

 

Soy del barrio de Santuario,

me dicen el santuareño,

porque me gusta el mezcal

y mi color es trigueño…

 

Los barrios

(Maximino Vega Zamudio)

 

Señores voy a cantarle

los recuerdos que he vivido,

con gente linda y sincera

que es de mi Tixtla querido…

 

El gavilancito

(Vicente González Alejandro, 26-05-1978)

 

Un gavilancito

que anda por el aire

busca su alimento

para calmar su hambre…

 

Los tigres

(Ángel González Astudillo)

 

Los tigres aquí en mi pueblo

también bajan con sigilo

los vemos siempre en las ferias

del Santuario y San Isidro…

 

A Tixtla

 

(Vicente Pantaleón Guerrero)

 Tixtla “espejo de los dioses”

de luchas y de ilusiones

¡Lugar que fundes la historia

con fiestas y tradiciones!…

 

A Tixtla

(Vicente Peralta Flores)

 

He compuesto esta canción

con pedacitos de mi alma

con todo mi corazón

a un lugar de mucha calma…

 

El tixtleco

(Alfonso Hernández Hernández)

 

Señores yo soy de Tixtla

pero de Tixtla Guerrero

de donde nacen bailando

y el fandango es lo primero…

 

Los cebolleros

(Ausencio García Luna)

 

Desde Tixtla hemos venido

cantando este alegre son

nos dicen los cebolleros

amados de corazón…

 

El paisanito

(Eduardo Morales Bello)

 

Pongan atención señores

a este son que es muy bonito

porque lo bailan mayores

y también los jovencitos

 

 

La tarima sobre la cual se bailan los sones de Tixtla, también ha sido motivo de inspiración poética. Del profesor Cesario Hernández Bello citaremos algunos versos producto de su inspiración:

Tarima que en la plazuela

colocan los del fandango,

permite que en ti yo goce

hechizos de un zapateado…

 

… La jarana y el tapeado

le dan rima y vida al arpa

que tiene cuerdas de sapo

o de metal, bien afinados…

 

… Patito de la laguna

que nadas en agua fría,

métete en el corazón

de quien es el alma mía…

 

Patito de arroyo seco

vuela y llévale a mi amor

estos sones de tixtlecos

que son de mi adoración…

 

 

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DANZA DE LOS MANUELES

 

Consideraciones:

 La danza de los Manueles es originaria de Tixtla de Guerrero. Por versiones que se han venido transmitiendo de generación a generación se sabe que surgió como expresión artística encaminada a ridiculizar a don Manuel y a su esposa, dueños de una hacienda asentada en las inmediaciones del valle tixtleco.

 Según el decir de la gente, el hacendado de origen español, además de ser celoso, déspota, prepotente y explotador, daba mal trato a hombres, mujeres y niños que estaban bajo su mando, los obligaba a trabajar más de lo acostumbrado y, en ocasiones, los golpeaba con el bastón que utilizaba para caminar. Contrario al proceder de su esposo, su mujer, hembra rubia de avanzada edad y cuerpo voluminoso que vestía a la usanza de las mujeres del lugar, ésta era cariñosa y hasta apapachadora con sus trabajantes.

Un día excepcional en la hacienda era cada jueves de Corpus, cuando don Manuel festejaba su santo. Ese día echaba la casa por la ventana: daba abundante comida y bebida a su servidumbre y los hacía copartícipes de un jolgorio musical en el que su esposa, ya entrada en copas, se manifestaba más efusiva con sus invitados; bailaba con ellos, los manoseaba y los hasta jaloneaba para propiciar que en un descuido cayeran al piso. En tanto esto sucedía, don Manuel, molesto e indignado por el mal comportamiento de su mujer, la seguía en su bailoteo al tiempo que desahogaba su malestar dando bastonazos a diestra y siniestra a quienes encontraba a su paso.

 Este acontecer se repetía año con año de ahí que los peones, dolidos por el maltrato que recibían de él,  buscaron la manera de ridiculizarlo; para ello prepararon un sainete que encubrieron en una danza que a la postre ejecutaron en la fiesta anual. Quienes idearon y ejecutaron esta representación artística imaginaban el posible enojo que con ella motivarían en el ánimo del hacendado, pero tamaña sorpresa tuvieron al observar que, más que enojo, ésta le agradó y emocionado dispuso que se ejecutara cada año en honor a él.

 

  Características

 Música: la entrada, los nueve sones, y la salida que la conforman, son ejecutados con un tambor y un violín.

 Indumentaria: Los bailadores (siete parejas ejecutantes) utilizan tres tipos de atuendos:

 

Los peones: Visten calzón que les cubre las piernas hasta la rodilla en donde se sujeta con un resorte que da forma a una especie de holán, un cotón de mangas largas con la misma terminación en la proximidad de las manos, cuello redondo con repulgos. Complementan su indumentaria con un sombrero de palma, forrado con la misma tela utilizada en su traje y decorado con moños de listón y pequeños trozos de carrizo que semejan trenzas y rizos de la Manuela. En la parte superior del sombrero colocan pequeños espejos que representan los abundantes brillantes que usaba la dama. El danzante cubre su cara con máscara de facciones diminutas, afín a las del hacendado, calza zapatos a la usanza de aquella época y medias de popotillo. El traje que inicialmente usaron fue confeccionado con manta, pero en la actualidad, para ofrecer mayor vistosidad, se utiliza satín de diferentes colores.

 La Manuela se engalana con falda y blusa largas y muy amplias hechas con tela de algodón estampado con flores pequeñas; calza zapatos de tacón grueso, usa medias de popotillo, luce cabellera larga y rubia hecha con ixtle trenzada con listones de un solo color. Quien la representa usa máscara de facciones finas que ridiculiza gestos y una boca chueca y carente de algunos dientes. Complementa la personificación de la Manuela colocándose enormes senos y caderas que se le mueven desacompasadamente durante su bailoteo al ritmo del tambor y el violín.

 Don Manuel, hombre alto y delgado, luce traje negro, camisa blanca, corbata mal anudada, sombrero negro de copa alta, adornado con un listón rojo, zapatos y medias de popotillo. Su máscara al igual que las de sus acompañantes portan un remedo de cigarrillo. Los danzantes portan en la mano izquierda bastones hechos de ramas torcidas que semejan culebras y en la derecha un bule pequeño que simula una sonaja.

 Al transcurrir el tiempo el vulgo dio en llamar a esta danza: Los Manueles que se ha incorporado a las festividades y su participación en concursos ha merecido reconocimiento a sus ejecutantes y premios diversos a quienes la impulsan consolidándola, al igual que los sones de tarima, como valor artístico que conlleva matices de identidad nacional que enorgullece a los tixtlecos.

 

 

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Epílogo en el libro 

SONES DE TARIMA Y LA DANZA DE LOS MANUELES

 

¡Amanece!, y a la par de entrecerrar las páginas que contienen algo de lo mucho que se puede decir de la danza de los Manueles y los sones de la tarima, evocamos alborotos y bulla pueblerinos en los encuentros mayordomales, atraemos voces de cantadores, taconeos de bailadores sobre una tarima Chincualuda y ecos provenientes de vihuelas,  jaranas, arpas y cajones para tapear.

Dejando en abandono temporal lo asentado en papel y tinta, transitamos por plazuelas y calles hasta llegar a la puerta de un hogar adornada de carrizos, arreglos floridos de papel crepé y china, cadenas de tapayola, cañas y varas de San José, y, dado que este es nuestro destino momentáneo, acompañados de quienes hacen vibrar sus instrumentos musicales, nos disponemos a cantar los papaquis tixtlecos: Es aquí o no es aquí, o será más adelante, pero dicen que aquí vive la perla con su diamante…, y, de inmediato, quienes nos acompañan, repetirán: es aquí o no es aquí o será más… Y, acto seguido, no sin antes decir aquello que declamaba el buen amigo Colaco del meritito barrio del Santuario: no traigo corona de oro/ ni tampoco de cristal/sólo traigo mi barriga/pa´ llenarla de mezcal… nos adentraremos a un hogar cuya puerta está adornada con listones y crespones de papel crepé, cañas, carrizos y varas de San José en donde empezará el jolgorio: en carrizos recortados se servirá mezcal y al son de la banda se bailará y cantará mientras algunas mujeres, sobre mesas cubiertas con manteles, depositan suculentas cazuelas de humeante pozole, rodeadas de cebollas tiernas, limas agrias, platitos con chile seco molido, orégano, chile verde y pedazos de limón. Conocedores de las costumbres de nuestro pueblo, nos meteremos hasta la cocina y ofreceremos traguitos a las señoras que han preparado los alimentos y, ahí entre queriendo y no queriendo tomaremos una copa con cada una de ellas. ¡Salud!, para instantes después zapatear con ahínco sobre una tarima chincualuda al ritmo de cantares y cadencias procedentes de cajas para tapear, arpas, jaranas y vihuelas.

 Y si en plena bulla nos sorprende el tañer de campanas repetiremos a coro versos del poema de Luis Rosado Vega: ¡”Hay fiesta en mi pueblo, señor, las campanas lo dicen riendo, lo gritan ufanas con su varío son. ¡Tocad, campanas de mi corazón…”

 

 

Referencias

—        Archivo de la Parroquia del Santuario de la Natividad de María, Tixtla de Guerrero, Gro.

—        Geografía Histórica de la Nueva España, 1519-1821, Peter Gerhard.

 

Personas consultadas

Bernardo Alcaraz Peñaloza

Vicente González Alejandro

Isaura Ramírez Basilio

Hipólito Basilio Gómez