mayo 8

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 Primicias del libro:

Semejanzas…

(fragmentos)

 

Autor:

Margarito López Ramírez

 

 

 

 

A don HERMELANDO DAMIÁN CORTÉS, después de superar ciertas dolencias que lo tuvieron al borde de la sepultura, le dio por acosar y cortejar a cuanta mujer  pasaba vendiendo algo. Malaquías Garnica Tena, Gerónimo Salvatierra Domínguez y Pedro Rosales Ordóñez, sus amigos y vecinos, cuentan que “el santo señor”, luego de apartarse de ellos aduciendo que iba a arreglar un asuntito, agarraba parejo; sin importar edad, físico, condición social o parentesco; lo mismo le hablaba a la tamalera, como también lo hacía con quienes vendían empanadas, cacahuazintles, merengues, torrejas, pipitoria, semillas doradas, tortillas, mango enchilado, elotes hervidos, memelas de camagua, helados, pan, verduras o baratijas. Al verlas que se afanaban en su vendimia, al tiempo que con una de sus manos jugueteaba y palpaba algo en el fondo de una de las bolsas delanteras de su pantalón, les decía en tono comedido:

“¡0ye, niña!, ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo te puedo cumplir…

Y he ahí que frecuentemente la aludida, al escucharlo y ver sus ademanes  que eran por demás grotescos en la alargada bolsa del pantalón de ancha pretina y prolongado tiro,  contestara en tono de conmiseración: “¡ay!, don usted,… lo dice como si en verdad pudiera hacerlo”.

“Ante tal pronunciamiento que no lo dejaba bien parado, don Melando, como lo llaman sus vecinos, retomaba su intento con más ahínco:

“Sí niña, así como me ves, debes saber que todavía hago surcos…”

 “Con su decir vehemente, algunas buenas mujeres se sonrojaban, otras sonreía mostrando nerviosismo, y las más de ellas montaban en enojos a la par que se alejaban murmurando:

“Viejo, rabo verde; vergüenza le habría de dar…”.

Sus amigos, testigos presenciales de estos acosos, afirman que, cuando no podía o puede   seguirlas por su reumatismo creciente, se aparta del grupo que conforman, y optaba por aposentarse en el quicio de la puerta de su casa, desde donde les musitaba, viejos y obsoletos piropos:

“Si como lo meneas, lo bates, qué buen chocolate…”… “Prietas, hasta las mulas son buenas”… “Grandotas, y aunque me peguen”… “Adiós mamacita, aquí está tu querubín”…

“Y, si la ocasión le era propicia, las llamaba, y a la par de manosear la mercancía y revolotear su mano derecha en el fondo de la citada bolsa del pantalón, les endilga su acostumbrada perorata:

“¡0ye, niña!, ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo te puedo cumplir…

“Este acontecer con sus altibajos, se repetía constantemente sin causaba enojo mayor a las vendedoras por considerar que provenía de un hombre nonagenario a quien debía dispensarse esa y más desfachateces que las más de las veces generaban comentarios chuscos. Pero tuvo que haber un pero que alterara este estado de cosas que eran pan de cada día en las inmediaciones de la casa del anciano o la amplitud de la plazuela del barrio: una de tantas vendedoras, al escuchar que don Melando, desde la puerta de su hogar, le decía  “¡Ayyyy qué curvas,  y yo sin frenos!”…Me he de comer esa tuna aunque me ahuate las manos”, lo encaró y, al tiempo que con su mano izquierda levantaba sus enaguas hasta la cintura, le dijo:

“… Pero con qué dientes, mi querido señor, con qué dientes… Estas carnes…, mas, que para usted, están buenas  para algunos de sus parientes que las puedan morder y saborear…”.

Y entonces, con la mirada fija en las piernas robustas y hermosas de la joven, el viejo enmudeció y mostró un gesto de desaliento a la par que  recordaba los  versos de Isaías Basilio Bautista, hombre de trova muy dado a pronunciarlos en momentos de nostalgia o regocijo:

“Me encontré con una güera/ de esas de alto peinado, / le dije que me lo diera; /me dijo: ¡Qué desgraciado!/… Yo estoy buena pa´ tu nuera/ tú,… tú ya estás muy arrugado…”

“El viejo Melando, susurró una y más veces en tono vehemente esos versos a la par que observaba las pantorrillas tersas, hermosas y atrayentes de la joven Micaela Silva Mejía quien, luego de mostrar una sensual sonrisa, contonear su cuerpo y acodarse la diminuta falda que dejaba entrever sus moldeadas caderas, se despidió a través de una escueta frase: “¡A que don usted,… tan sin embargo!,” y prosiguió con su pregón:

“Compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Merengueeeeee, calientito!…”

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“ANACLATO CORRALES PERALES, jovenzuelo de escasos quince años de vida, cara espigada, cuerpo flacucho y de carácter retozón; hijo único de don Susano Corrales y la señora Aurora Perales, repentinamente le dio por abandonar su hogar en busca de algo y mucho que le alborotaban el cuerpo y el alma. “Papa, mama,… voy a ver que hay por allá, –dijo, a manera de respingo, sin mostrar conmiseración por lo que ellos le empezaron a decir: primeramente  a manera de regaño, y después, como letanía que culminó en súplica. Pero él no cedió en su intención. Situado en mitad del espacio protegido por la choza humilde que resguardaba el hogar que había testificado su nacimiento, aguantó la mirada inquisitiva de su padre, y  sin inmutarse, recibió la bendición de su madre.

“Instantes después, con movimientos apresurados, desató el brazalete de ruda piel vacuna que  portaba en uno de sus articulaciones y lo   amarró en el tallo de un rosal que meses antes había plantado junto a la cerca que resguardaba la humilde vivienda de sus progenitores. Allí estuvo de pie, durante algunos instantes en el atardecer de ese día, con el pensamiento alborotado, y la mirada abierta sobre el caseríos que dejaba entrever techos de forma y tamaño diversos en espacios habidos entre árboles y ramajes crecientes en lomas y hondonadas que dan cabida al pueblo de Escalerillas. En su cavilar dedujo que amaba su terruño pero también se dijo para sus adentros:

No quiero envejecer como envejece mi padre que día a día se encorva bajo la pesada carga del trabajo diario y monótono; no quiero atarme a su tlalmecate, a su pedazo de tierra  a sabiendas de que no produce lo suficiente para alimentarnos; no quiero seguir sus pasos sin buscar otra manera de vivir; no quiero privarme de lo que posiblemente encuentre más allá del Pueblo Mayor; no quiero vivir ni morir como muchos han vivido y muerto en este pueblo de miserias; no quiero abandonar a mis padres pero debo aventurar…”

“Anacleto daba rienda suelta a las inquietudes que desde algunos meses atrás le surgían y lo acosaban. El pueblo se le hacía pequeño para alcanzar sus anhelos, para ver y poseer cosas que ambicionaba. Y entonces, luego de flotarse la cara y palpar sus brazos, se sintió con fuerza suficiente para emprender su aventura.

“Cuando las sombras de la noche resaltaron la presencia de fogatas y candiles semejando luciérnagas aposentadas, se introdujo a la cocina en donde, después de comer una tortilla doblada y beber café servido en un jarro, abrazó a su madre al tiempo que le decía: “¡Eh, pues, jefa!, no llores, sólo estaré ausente unos meses.” Don Susano, aunque sentía deseos de gritar mil cosas, observó la escena en la que su mujer mostraba dolor, no dijo palabra alguna; y cuando el muchacho abandonó el lugar rumbo a su dormitorio, a través de una gesticulación, correspondió la breve exclamación: “buenas, jefe,” que su hijo le indilgó.

“En el amanecer del día siguiente, cuando la neblina tempranera se entreveraba entre el paisaje que acoge al escaso caserío, Anacleto salió de su hogar portando un paliacate en el cuello, vestimenta vaquera, una mochila y un par de espuelas. Encaminó sus pasos anhelando alcanzar la vereda que lleva  al Pueblo Mayor. A leguas se notaba que iba, liberado,  contento, anhelante….”

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DOMITILO ORTEGA VILLAGRÁN, amaneció en la mañana de un día sábado, quejándose de un dolor en el cuello, moretones en ambos ojos, la nariz inflamada y los labios desfigurados como si hubiese escarbado el suelo con la boca; vestía camisa y pantalón descuajaringados; calzaba sólo un zapato; la cabeza le daba vueltas y su aliento era de quien tiene en el estómago alimentos en proceso de fermentación. Enterado de su aspecto desastroso, fue hasta donde estaba su mujercita, como  llamaba a su esposa cuando estaba en su santo juicio, y, sin rodeo alguno, le preguntó: ¿qué me pasó, mujercita preciosa,… qué me pasó, amorcito? ¡Mira cómo estoy!

Doña Engracia Batalla Encarnación, doña Chona, mujer de estirpe mulata, hembra robusta de estatura cercana a los dos metros, contestó secamente: ¡sepa Dios qué te sucedió! Y después a la par de empezar a cantar: amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso,… se mostró afanosa en el entorno de su cocina.

Domitilo, luego de un rato en el que se le vio pensativo, sin preguntar otra vez: “¿qué me pasó, mujercita preciosa?”; buscó su zapato perdido  encontrándolo junto a un bate en las inmediaciones  de la puerta que da entrada a su casa; baño su cuerpo con agua fría y lo acicateó con esencias; se colocó unos  lentes obscuros que lo hacían ver cual si estuviera ciego; vistió ropa limpia recién planchada; sujetó un pañuelo en su cuello, y después de ver su perfil reflejado en el espejo, asumió su mejor postura posesionada de aditamentos que le camuflaban magulladuras. Satisfecho con su imagen, quedó pasivo al tiempo que su mente rememoraba cuán grande había  sido el sainete que su mujercita y él habían escenificado en la noche anterior. Bien dice el refrán: no hay borracho que coma lumbre; recordaba lo acontecido, pero se comportaba marrullero para no dar lugar a que su esposa disfrutara su osadía a manera de liberación. Una vez más entro en su cavilar pero al escuchar la voz de doña Engracia, quien lo llamaba en tono meloso: a almorzar, cariño,… a comeeeeer, preciosura; a comer tu platillo favorito, ni tardo ni perezoso acudió a la mesa en donde había, además de una cazuela con chilaquiles picantes con olor a epazote fresco salpicados con limón, un tasajo de carne asada, cebolla y queso, un jarro rebosante de atole blanco, y dos pequeños recipientes conteniendo  melcocha y torrejas. Hambriento y atosigado por la sed, le hincó diente a existente, y, como pocas veces lo había hecho en su vida matrimonial, se mostró amable con doña Chona, a quien, luego de agradecerle el apetitoso almuerzo, le narró chistes trillados, y removió hechos que involucraban a ambos. Doña Engracia lo escuchó y hasta se involucró en esa inusual manera de comportarse, pero su mente  cavilaba: ¿qué estará tramando este chaparro del demonio?.. ¡Ahora viene con eso de que no recuerda lo que le pasó!.. Para mí, que este borracho del demonio, algo hizo o trama…”

 

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VENUSTIANO SOTOMAYOR RENTERÍA, criado desde muy pequeño por la abuela Nicandra Rentería; joven parlanchín y bravucón en la antesala de la hombría, era muy dado a decir que a las mujeres debía tratárseles con la punta del pie porque eran seres que con artimañas sentimentales mangoneaban a sus maridos; y a quienes  estaban casados, les endilgaba habladas guasonas: los pararon chiquitos, bola de mandilones… No son hombres, son pájaros nalgones que viven a las sombras de la vieja que manda en sus casas… Eso de que ustedes deciden en su chiquero, es puro jarabe de pico,… ¡Aprendan a mí que donde me ponen me comporto y canto como gallo que soy!

 

Venus, como era comúnmente conocido en la jerga de bebedores de Pueblo Grande,  vociferaba y alardeaba, secundado en su decir por José Cleofas Nava su amigo inseparable. Cuando se hallaba en el interior de la cantina Los Agachados, gritaba bobadas sin que hubiese alguien que contradijera su barullo ya porque de sobra se sabían que era vocinglero o porque consideraban que sus desplantes encajaban en eso que ronda de boca en boca: dime de que presumes y te diré quién eres… Cae más un hablador que un cojo… De lengua me como un plato.

 

Venustiano fue por mucho tiempo el platillo fuerte, el sujeto fastidioso y hasta el hazmerreír en ya aquí ya allá en donde había convivencia,  pero  luego de un año de haberse matrimoniado con Jacoba Bracamontes Guerra, mujer muy bonita pero de armas tomar, repentinamente se mostró meditabundo, mustio, apabullado. Los clientes asiduos al bar Los agachados, antro regenteado por Teodoro Anselmo Gatica, murmuraron  y dieron en decir que el otrora fanfarrón había enfermado. Mas como era de todos conocido no lo atosigaron, lo aceptaron cuál era sin objetar su actitud, y hasta hubo expresiones de conmiseración en su rededor. Pero después de haber transcurrido algunos meses, luego de escuchar los comentarios indiscretos de José Cleofas quien no soportó la carga anímica que implicaba guardar pormenores de la vida de su amigo de farra,  vino el desquite de aquellos que habían sido ninguneados por él; éstos dieron en decirle en tono  burlón: Venus, te mangonea tu mujer,… no tienes autoridad sobre ella,… como marido eres cero a la izquierda… Y de refilón le endilgaron una cantaleta apabullante: eres mandilón, Venustiano, te manda tu señora,eres mandilón, Venustiano, te manda tu señora…

 

Ante el proceder de sus compañeros de correrías, Venustiano se enquistó en un mutismo que sorprendió a quienes de por vida lo conocían: de fanfarrón y entrometido como había sido fuera de su hogar, pasó a ser hombre meditabundo, introvertido, apocado. Aguantó durante un buen tiempo aquellas guasas que le endilgaban, soportó éstas y más expresiones hasta que un día se le escuchó decir: ¿cuánto apuestan, caterva de habladores, cuánto apuestan a que les demuestro lo contrario? Admirados de su repentino cambio de actitud, le aceptaron el reto: el próximo día viernes nos reuniremos en tu casa, fue el decir generalizado de quienes estaban involucrados en la jugada. Dado que no hay plazo que no se cumpla, en punto de las tres de la tarde llegaron indecisos a la cita pensando en la actitud que asumiría Jacoba, pero su preocupación menguó cuando observaron la amabilidad con que ella los recibió y los hizo pasar y acomodarse en una espacio de la vivienda en donde había preparativos para esparcirse.  Su sorpresa fue mayor cuando observaron que la esposa de Venus, obedecía los mandatos del casero quien con garbo disponía:

“¡Jacoba!: trae la botella… Arrima las copas… Recoge los envases… Prepara la botana… Pon hielo a los vasos… Condimenta aquello… Licua estas frutas… Fríe la carne… Calienta este caldo… Enfría los refrescos…  Limpia la mesa… ¡Atiende al chamaco!”

La señora iba y venía sin retobo alguno. Todo marchaba bien en la convivencia concertada: Venustiano ordenaba, ella obedecía, y los concurrentes se divertían y hartaban con las viandas que les ofrecía amablemente. Pero como nunca falta un negrito en el arroz, sucedió que Teodoro Anselmo el cantinero al observar que un gallo avado de pescuezo pelón  pepenaba migajas que dejaban caer al piso, dijo: “¡Venus, mata ese pollo!, para que tu vieja lo guise en chilatequile picoso. ¡Mátalo!, apriétale en pescuezo.” Engolosinado como estaba con su poder de mando, Venus, el hombre de la casa, se dispuso a retorcer el cogote del animal en el momento en que su esposa se acercaba con un platón repleto de carne frita, tacos adobados, guacamole y costillas de  cerdo salpicadas con limón y salsa roja picante. He ahí que Josefa, al mirar que su marido se disponía a descogotar su gallo consentido, en un santiamén  le desparramó los manjares sobre dejándolo como palo encebado: multicolor y de sabores diversos, y luego de darle tremendo manotazo en mitad de la cara, le gritó:

“hasta aquí llegamos, Venustiano, ¡hasta aquí!, no más… hasta aquí llegamos porque mi gallo precioso no está dentro del trato que hicimos. Así es que tú y tus amigos se van mucho a la…”

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HOMOBONO CHOMOLCO TLALMANALCO, hombre próspero dedicado a la labranza de la tierra y la cría de ganado, en la comunidad de San Jacinto de los Arrayanes asentada en la Región de la Montaña, llamó a Nepomuceno su único hijo varón; muchacho joven de piel renegrida, cabellos hirsutos, hablar cuatrapeado y cuerpo enclenque;  y, tras decirle que lo heredaría en vida con la condición de que “mejorara el raza”, lo bendijo e indujo a recorrer los caminos que dizque en busca de “un mujer de buen ver y  buena alzada”.

Llevando a cuestas primicias de su cuantiosa fortuna, el muchacho abandonó temporalmente la labranza de la tierra y la cría de ganado, y obediente se abocó a lograr aquello que su padre le encargaba. Empezó por cambiar su imagen: no calzaría huaraches de correa; tampoco vestiría calzón y cotón; abandonaría la costumbre de cubrirse la cabeza con un sombrero burdo hecho de sollate; dejaría su gabán por chamarra de fina hechura…

Llevando en la mente las palabras pronunciadas por su padre, anduvo en diversos lugares en donde más de una ocasión estuvo a punto de ser agredido por quienes en veces le querían arrebatar sus pertenencias o porque, amén de ser desconocido, lo veía husmear en los hogares y alrededores. Pero él, a semejanza de  perro extraviado, proseguía incansable por caminos y escudriñaba en pueblos, aldeas y rancherías, buscando lo que consideraba que lo llevaría a cumplir la encomienda recibida.

Durante el transcurso de un año y días recorrió diversas regiones de su estado natal pero no encontró a alguien que cumpliera los dos requisitos que su padre le había indicado: “un mujer de buen ver y  buena alzada”. Pero su carácter obstinado lo indujo a adentrarse en La Sierra del estado de Guerrero, región poseedora de ríos caudalosos, elevadas montañas, cerros, lomeríos y faldas cubiertos de exuberante vegetación. Y, he ahí que luego de andar de aquí para allá, detuvo su transitar en la comunidad denominada Los jagüeyes de San Francisco, en donde columbró a una muchacha acompañada de otra en el momento que cargaba un cántaro amortiguando el peso de éste con un yagual asentado en la cabeza. La miró caminar erguida, esbelta en tanto que el viento le jugueteaba los cabellos extendidos en la espalda hasta la cercanía de la cintura. Nepomuceno, boquiabierto, la siguió sin el ánimo de abordarla pues ajeno era a entablar una conversación, y menos con una mujer de esa naturaleza. Sin saber qué hacer para acercarse a ella, detuvo sus pasos frente a la choza que habitaba la familia Mendoza Herrera; allí estuvo hasta que, a fuerza de verlo de pie y en veces sosegado sentado sobre una piedra, don Manuel Mendoza, hombre receloso, llevando una daga en la pretina, lo enfrentó:

– ¿Qué te trae por acá, muchacho?.. ¿Por qué estás aquí como si te debiera algo?.. Ahorita mismo te vas y buscas otro parapeto.

No pues, siñor. Lo quiero hablar contigo –dijo Nepomuceno, en tono suplicante pero sin amilanarse. Se mostró erguido hasta donde le permitió su complexión física; manifestó  altivez propia de su estirpe aborigen sin llegar a la ofensa –Lo quiero platicar contigo.

– Pero da la casualidad que yo no quiero hablar con quien no conozco. Así es que te alejas de aquí o te atienes a las consecuencias –la voz de don Manuel era imperativa al tiempo que se erguía desafiante.

No pues, siñor. Lo quiero hablar contigo para pedirte tu hija.

En la naturaleza de don Manuel, hombre alto, fornido y de carácter violento, hubo un sacudimiento a manera de coraje entripado que lo indujo a dar un escarmiento a quien intentaba arrebatarle algo muy suyo, pero después canalizar su desacuerdo a través de un resoplido, extendió los dedos de sus  manos que de pronto se habían contraído, se contuvo.  Repentinamente su estado de ánimo experimentó un vuelco. Llevado por la curiosidad, hurgó en el físico y manera de vestir del desconocido. En su hacer encontró que había un no sé qué detrás de ese indito ladino que se atrevía a pedir que le diera a una de sus hijas. Observó su vestimenta que contrastaba con su aspecto cerril y su vocabulario entrecortado. Fue presa de la desconfianza. Mas como viese que el sujeto no mostraba temor ni menguaba en su propósito, por mera curiosidad, decidió dar seguimiento a lo que le pedía:

¡Eres un atrevido!.. ¿Con qué derecho vienes a pedirme que te dé a mi hija, pedazo de zoquetelo?

-No pues, no con derecho…Quiero que recibas mis pagres, pa´ que lo platiquen de casorio con tu hija.

-¡Habrase visto, pues!… -Don Manuel, otra vez contuvo su enojo e indignación, y, a la par de que en su mente cruzó la idea de seguirle la corriente y hacerle el juego al indito para divertirse un rato, caminó al interior de su morada, e instantes después, al tiempo que mostraba una mueca burlona en el rostro, y tono despectivo en el hablar, dijo:

mi hija, la morenita, chaparrita y bonita, quien además de decir  que no te conoce, y estar  encorajinada de sólo pensar que estás aquí queriendo  matrimoniarte con ella,  me ha encargado que te diga que te vayas a la voz de ya, que te alejes de aquí llevándote tu imprudencia y ladinería de indito fastidiosos…”

-No pues. Yo no querer la prietita. Yo querer blanquita, altita, cuerpo de cierva y cara bonita – Expresó Nepomuceno en tono tajante a la par de que intentaba ver, por encima del hombro de su interlocutor, al interior de la choza. Su manifestación era casi a gritos.

-Uff. ¡Ella, menos! –Exclamó don Manuel al tiempo que reía a carcajadas. Consideraba que el fulano pretendía algo inalcanzable, pero una vez más creyó que debía ser paciente. He ahí que fuera al interior de su choza y regresara nuevamente mostrando en el rostro una sonrisa socarrona- ¡Anda pues! –le dijo en tono amable- Ve a donde debes estar en lugar de andar pretendiendo imposibles. ¡Ve! El mes entrante, a las dos de la tarde del día veinticinco, los espero.

Ta güeno, pues, siñor -Nepomuceno sonrió, se despojó del sombrero, hizo una reverencia y, ante la mirada de algunos lugareños, caminó con paso apresurado…

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NICOLÁS PEDRAZA DE LOS MONTEROS tuvo la ventura o infortunio de ser único hijo de un matrimonio laborioso y de proceder amoroso. El escuintle recibió las aguas bautismales,  principios de fe y confirmación religiosos en la capilla de su pueblo. En esas ceremonias participaron o  fueron testigos presenciales personajes destacados de la grey religiosa y protagonistas de renombre en el hacer social, político y cultural: hombres y mujeres elegantes, venidos de distintos lugares que se involucraban en las festividades, por demás ostentosas y selectas, que organizaban sus familiares.

Su infancia transcurrió entre mimos y complacencias excesivos. La festividad en la que se  rememoraba su nacimiento, era motivo para que sus padres, doña Engracia de los Monteros y don Próculo Pedraza Berrueto, y su tío el señorito Dona “echaran la casa por la ventana”: ofertaban aguinaldos, nieve artesanal hecha en garrafas,  fruta de horno, piñatas repletas de dulces y chocolates; contrataban payasos y adornaban la fachada de su casa con flores y papeles multicolores. ¡El chamaco era festejado a lo grande! La mañana del día diez de septiembre, fecha en la que se homenajea a San Nicolás de Tolentino, propiciaban que hubiese repiqueteo de campanas. Ellos y demás familiares acompañados de muchas personas invitadas de manera específica, asistían a la capilla. Cuando el cura terminaba de oficiar la misa destinada al santo patrono del pueblo, los involucrados en el festejo del niño Nicolás permanecían en el recinto para elevar fervorosas  plegarias a Dios deseándole salud y bienestar. Terminado ese acto fervoroso, se echaban a vuelo cohetes, cohetones e incendiaban cohetitos de sala en mitad de la calle, y la multitud, precedida  por El Chile Frito y mojigangas que bulliciosas esparcían alharacas, emprendía su caminar  hasta las puertas de la Casa de los Azulejos en donde se entonaban las mañanitas destinada al chamaco que con esmero y mimos era vestido por sus nanas frente al enorme espejo colocado en una de las paredes de su recámara. Instantes después,  cuando Nicolásito, como lo llamaban, hacia acto de presencia conducido por su madre, y era vitoreaban por los asistentes conforme a las instrucciones recibidas en su condición de familiares e invitados elegidos. Comúnmente, la conmemoración en la que la gente comía, bebía y bailaba, continuaba hasta el atardecer; motivando que, quienes participaban animosamente en ella, año con año  estuviesen pendiente de la conmemoración que habría de venir. Pero, ¡Oh, sorpresa!,   cuando cumplió el doceavo cumpleaños de vida, el mentado Nicolasito se reveló echando por tierra lo planeado por sus padres. En un santiamén desbarató el programa festivo que con mucho empeño le habían organizado. El desnaturalizado escuincle se encerró en su recámara y, sin considerar  el tono suplicante de quienes por conveniencia o voluntad propia pedían su presencia, empezó a deshacerse en rabietas al tiempo que gritaba “¡Quién les dijo que trajeran a esos gorrones a mi casa! ¿Quién? ¡Déjenme dormir! Quiero dormir. ¡Cállense!

La situación se complicó más cuando, Nicolás, valiéndose de un pesado martillo, arremetió contra las ollas de barro que contenían suculento guisos que con esmero había preparado servidumbre. En un instante armó un desgarriate sin que sus padres lograran detenerlo. A fin de cuentas, las exigencias del tiznado muchacho fueron cumplidas: enmudeció la banda musical, las mojigangas se retiraron esparciendo su frustración a través de payasadas, y la gente, que minutos antes imaginaba el agasajo en el que iban a ser participantes, abandonó el lugar inducida por las expresiones melosas de doña Engracia:

  • “Nicolasito, mijito precioso, está enojadito porque no durmió bien, ¡discúlpenlo! “El muchachito Nicolás, no es malo ¡Compréndalo! Es travieso, no lo negamos. Pero malo, malo no es”.

Los más de los asistentes se alejaban mascullando expresiones:

  • “Esto nos pasa por hacerle caso a quienes nos dijeron que viniéramos al festejo dedicado a ese chamaco malcriado…Pero, ´la culpa no la tiene el indio, si no quien lo hizo compadre´… Es malo, muy malo en tiznado chaval; ´malo, malo como la carne cuche´… ´Caras vemos, corazones no sabemos”.

Grande fue el borlote como grande la decepción de los invitados que habían imaginado que se hartarían con lo destinado a ellos en calidad de comensales selectos; por el agravio sufrido, muchos de éstos blasfemaros a grito abierto, y juraron que jamás volvían a La Casa de los Azulejos, pero la gente que se había mantenido ajena a este hecho, les endilgó expresiones chuscas cuando a escaso días de la tradicional conmemoración, pudieron más las argucias, ofrecimientos, dádivas y hasta chantajes de doña Engracia, don Próculo y el señorito Dona para, una vez más llevarlos como “acarreados” a festejar el trece aniversario del nacimiento de Nicolás.

He ahí que, como si todo hubiese sido un mal entendido superado, hubo misa en la capilla del pueblo, expresiones rogativas, tañer de campanas, tronar de fuegos artificiales, música, mojigangas, mañanitas y arreglos florales en la portada de La Casa de los Azulejos. Otra vez, familiares e invitados se mostraron entusiasmados e imaginaron que se deleitarían con la música y saborearían suculentos platillos; y hasta le dedicaron versos de los tradicionales papaquis, pero no bien habían terminado de entonar eso que dice: “desde lejos hemos venido brincando los tepanoles, sólo por venir a ver las ollotas de pozole, cuando  escucharon la protesta del niño  Nicolás. Y entonces, nadie se quedó para ver si repetía su desgarriate ni esperó que doña Engracia lo justificara; simplemente abandonaron el lugar; se retiraron mascullando enojos, mostrando vergüenza, y esparciendo lo acontecido entre la gente que en veces les decía: “se los dije, se los dije, pero…”.

Durante un buen rato, los pobladores se ocuparon del incidente ocurrido gastando bromas a quienes, frustrados, una vez más se habían conformado con un improvisados almuerzos que compraron o elaboraron en sus casas.

Al pasar el tiempo, la población de Torrecillas de San José volvió a sus acostumbradas actividades olvidándose de los arrebatos de Nicolás quien, luego de cambiar el pantalón de peto, que su madre y nanas le enjaretaban, por otra vestimenta, convirtió su casa en nidal de ocios. Sin pedir permiso a sus padres ni considerar lo que ellos le aconsejaban, hurgaba con lo existente en bodegas, trojes, cuarto de trebejos; y a diario  escenificaba hechos y despilfarros, ya con sus compañeros de escuela, ya con sus vecinos, u otros chiquitines a quienes atraía o alejaba sin consideración alguna. El grupo de chiquitines, realizaba juegos que transitaron de lo sencillo y sano a lo atrevido y riesgoso:  uno de estos hechos consistió en balacear la calabaza colocada en la cabeza de un chamaco que, al oír el disparo de la pistola hurtada a don Próculo, calló al suelo desmayado; otro más fue escenificado en rededor de un poste de cemento que sirvió para sujetar a un muchachillo a quien después de someterlo a un supuesto juicio inquisitorio, lo rodearon de varas secas a las que prendieron fuego confiando en la oportuna intervención de  quien haría el papel de personaje justiciero y salvador, dando lugar a que, cuando éste no pudo deshacer el nudo ciego que habían hecho en la reata sujetadora, desesperadamente se abocaran a verter  agua sobre la hoguera y los pantalones flameados del muchacho que gritaba desesperado. Y luego de estos hechos, la travesura que más  trascendió los muros de La Casa de los Azulejos, fue cuando Nicolás ofreció e hizo que sus correligionarios consumieran agua de coco a la que había añadido purgante que su padre usaba para desparasitar a caballos y bestias mulares, motivando que todos sin faltar uno de ellos, fueran internados en la pequeña clínica.  La quejumbre y deshidratación de los afectados, propició una andanada de improperios en  contra de Nicolasito quien, después de sopesar la gravedad y consecuencia de su maldad, se refugió en las enaguas de su madre, y ésta, luego de disculparlo, pagó medicamentos y servicios médicos requeridos.    

Sobra decir que su niñez se agotó en ociosidades y ajetreos propios del “niñito de la casa”. Y tiempo después, similares características tuvieron su adolescencia y juventud: “Árbol que crece torcido, jamás su tronco endereza”, la gente decía al saber ver sus extravagancias y banalidades. ¡Nadie sujetó al chamaco!, porque sus progenitores determinaron que “creciera sin complejos; que fuese libre como el viento para que llegara a ser personaje importante desposeído de amarraduras”. ¡Así creció!: lo querían y chiqueaban sus padres y, a más no poder, lo consentía su tío El Señorito Dona. Aquellos y éste, a través de una conversación juramentada, determinaron  que le darían amor y apapachos que ellos no habían tenido en sus años primeros de vida. Y, he ahí que “El Niquitas”, como lo llamaba la gente, viviera chuscadas en el interior y exterior de su fastuoso hogar, vegetara en su hacer impregnado de ocurrencias y se embelesara con sus extravagancias de hijo de personas adineradas. Fue el crío, y más tarde el joven que a manos llenas disfrutó de haberes, provenientes de sus progenitores, y dispuso de hombres y mujeres a quienes trató  despóticamente. Solía gritar al tiempo que se mostraba engreído: ¡Obedezcan!, para eso les pagan mis padres, para que me sirvan…”

Luego de haber transcurrido un año y meses de aquel incidente en que saliera despavorida la gente que lo homenajeaba, Nicolás volvió a ser tema de conversación cuando, a la par de aficionarse a la ejecución de una guitarra, se dejó crecer los cabellos y cubrió éstos con una boina negra, vistió pantalones entallados sujetos con un cinturón de gruesa hebilla, cubrió su dorso con camisetas o camisolas holgadas;,sus pies los calzó con huaraches de hechura rústica, las muñecas de ambos brazos las recubrió con pulseras de piel y broches relucientes, protegió sus manos con finas manoplas que dejaban entrever anillos ostentosos,  y cubrió  sus  ojos con ostentosos lentes obscuros. La gente lo llamó “El loco de Torrecillas”, pero al enterarse que sus padres y el señorito Dona consideraban que era natural el comportamiento del muchacho, dizque inteligente e ingenioso, le retiraron ese mote, desahogando su contrariedad a través de otras expresiones peyorativas.

Aunado a su repentino cambio en la manera de vestir y calzar,  conformó su séquito de incondicionales atrayendo a media docena de jovenzuelos;  empezó por convencer a Bonifacio Barroso Zamudio, El Bobaza, muchacho serio de porte robusto y mirada fija a le contó sus sueños de grandeza:

  • Carnal, con el dinero y el respeto que le tienen a mis padres, la haremos de a madre; seremos los mandamás de este pueblo; disfrutaremos la vida, haremos lo que queramos y no habrá quién nos detenga”.

 El Bony, como lo llamaban sus padres y familiares, lo escuchó y estuvo a punto de decirle que su proposición no coincidía con su manera de ser, pero, después de escuchar que serían eso y más si se unían, terminó por aceptar la propuesta, y, según el decir del muchacho más rico del pueblo, “disfrutar de la vida”.

 Instantes después, se abrazaron como si con ello sellaran un pacto de igual a igual  al tiempo que El Bonaza  decía: “¡hermano en las buenas y las malas!”;  pero Nicolás le contestó en tono alevoso: “somos carnales,… Sí, hermanos… Pero, ¡yo soy el jefe!” Y, de inmediato,  valiéndose de un ademán enérgico, realizó su primera disposición: “¡sígueme!, yo soy quien manda.

El hecho se llevó al cabo en la mitad de un día domingo en el que la gente los vio correr eufóricos por calles y orillas del pueblo hasta arribar a La Casa de los Azulejos en  donde,  luego de consumir desordenadamente alimentos y bebidas, Nicolás, vociferó, dijo que todo aquello que los rodeaba era suyo y que podía disponer a su antojo sin que hubiese alguien que se lo impidiera. El muchacho hizo alarde de su casa e independencia personal; alardeó su don de mando  gritando a quienes lo habían complacido: “¡he tú y tú!, recojan, a la voz de ya, esta  basura”, Y, cuando solazado estuvo al ver que su órdenes habían sido cumplidas sin objeción alguna, abrazó el cuello de su invitado y lo condujo a su recámara atiborrada de diversos objetos y chucherías mal acomodados sobre y en rededor de muebles de mal gusto y obsoletos. Allí, a la par de erguirse presuntuoso, enarboló los brazos al tiempo que gritaba: “Hermano, este en mi santuario, mi guarida, mi refugio. Aquí nada más yo decido qué hacer y quién entra”. Repentinamente, a la par de vociferar incoherencias referentes a su ser y hacer libertinos, empezó a despojarse de sus ropas; se desvistió hasta quedar en puros cueros, y luego de abrir las puertas de un mueble descomunal y alardear marca y costo de sus pertenencias, procedió a vestirse y desvestirse  repetidamente hasta lucir con lo que presumiblemente había considerado lo mejor de su haber. Durante el transcurso de un buen rato, palpó la contextura y características de sus calzoncillos, pantalón, camisola, huaraches, bufanda, guantes y gorra ajustados a su cuerpo.  Luego de ver una y más veces su imagen reflejada en el espejo,  enarbolar ambos brazos y gritar: “¡me veo de a madres!, sí, sí, me veo de a madres”, quedó quieto  cual si fuese estatua viviente en espera de expresiones halagüeñas. Pero El Bonaza, más que adularlo, masculló algo que guardó en sus adentros; deseó alejarse pero no lo hizo, permaneció allí junto a su recién  juramentado “carnal” que semejaba un grotesco maniquí, abandonó su pose y mostró disgusto que le afloró en el rostro. Algo iba a decir a quien consideraba su beneficado, pero al escuchar que alguien llamaba a la puerta, encorajinado, grito: ¿quién, jodidos es, quien..?, propiciando que, luego de escucharse el rechinar de bisagras proveniente de ambas hojas de la puerta de su recámara, apareciera ante su mirada, Dorotea Díaz Ventura, encargada de comandar la servidumbre en La Casa de los Azulejos, quien a la par de llevarse las manos a la boca, dijo en tono comedido: “ Nicolasito!, niño. Santo dios, ¿pues qué ha hecho usted?”; propiciando que éste le endilgara gritos desaforados reforzados de desplantes groseros. La mujer que no sentía lo duro si no lo tupido, salió y encaminó sus pasos apresurados hacia donde se encontraban doña Engracia y el señor Próculo a quienes les narró el desorden habido en la recámara; pero éstos, mas que apoyarla,  le endilgaron tremenda regañina haciéndole entender que no debía meterse a la habitación cuando en ella se hallara el niño de la casa; y, luego de la injusta reprimenda, como en repetidas ocasiones había acontecido, doña Engracia le endilgó, en tono comedido, expresiones exaltadas que escuchó pacientemente sin darlas por buenas:

“Nicolasito, no es malo ¡Compréndelo! Es travieso, no lo niego. Pero malo, malo no es…”