Margarito Lopez Escritor guerrerense

Opiniones y fragmentos de mis obras literarias:

abril 25

 

 

Su lenguaje es llano, impregnado de anécdotas, refranes y ocurrencias que emergen de la sabiduría popular:
-Si la quieres, métele sentido a lo dicho por la tía Carbajala –reza en uno de sus párrafos-: has de cuenta que se te cayó tu rebanadas de sandía y por lo mucho que te gusta y lo sabrosa que está, la levantas, le quitas la tierrita que se le ha pegado, y te la llevas nuevamente a la boca, saboreándola, disfrutándola sin importarte lo que diga la gente…

Opina: José Luis González de la Vega

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La tía Pola

 

A través de la narrativa de tintes costumbristas, el  autor entreteje descripciones que dejan a flote el puente de afectos que une a dos personajes a quienes da vida y recrea con expresiones propias; dos vidas, dos destinos, doña Pola y Mostrenco en el entorno del pueblo: “La loma de los vivos”.
Alfonso Maldonado Arellano
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Murmullos de arena

 

En MURMULLOS DE ARENA, Margarito López Ramírez ratifica su vocación narrativa expresada en sus obras literaria anteriores; describe paisajes tropicales y muestra con detalle el intrincado mundo de la costa: ambiente festivo, alegre, pícaro y sensual en donde la vida y la muerte se tocan ineludiblemente, y la pasión y el amor se desbordan de manera incontenible.Leer estos relatos, es como caminar sobre la arena cálida y suave de nuestros litorales, es atraer y rescatar  fragmentos de vida impregnados de mar, de sal y de sol.Imagino a Margarito, a la manera de contador de cuentos: al centro y a su alrededor, chiquillos y viejos que se aprestan a escuchar los murmullos de la arena que, merced a su pluma literaria, llegan hasta nosotros.
Dra. Malinali Meza Herrera.

DIOS NO CUMPLE ANTOJOS…
“… Por eso cuando me avisaron que se
había marchado sentí coraje y la maldije.
¡Sí! Pero ahí está que, pasado un tiempo
apenas el necesario que se necesita para

bajar un berrinche, un montón de
sentimientos encontrados me invadieron.
¡Cierto! No les miento, quería que las
mayores desgracias cayeran sobre ella,
que males grandes la invadieran… que
esto, que lo otro la atosigara, pero, ahí
está que, también quise que viniera, que
de pronto apareciera junto a mí, que yo
por mi parte –pensé– la recibiría como si
nada hubiera pasado; pero, como bien
dicen: “que Dios no cumple antojos ni
endereza jorobados”, pues ahí nomás
quedaron arrebatos y deseos.
“…Ahora que me cuentan que la han
visto, y no obstante que dicen que le ha
dado por alardear amoríos que no suma
porque ha perdido la cuenta de cuántos y
cómo los ha tenido; sosegado, me digo
para mis adentros: “aunque así sea,
porque la mera verdad es que la traigo
metida en el alma”. Y, otra vez me da en
pensar en ella; evoco su cuerpo bello y
joven, añoro su rostro iluminado por

grandes y azules ojos que guardan
destellos febriles junto a esa nariz
portentosa de aire majestuoso, y esos
labios sensuales pródigos a decir “te
amo”. Y, entonces, también me parece
recordar lo que pasó cuando de pronto se
le fue la alegría, cuando ya no quiso ver la
inmensidad del mar, ni el ajetreo en la
laguna; tampoco el filón arenoso de La
Barra y sus enramadas, y le brotó un aire
desdeñoso hacia mi canoa, utensilios y
faenas de pescador como si de pronto le
hubieran hartado, y sí, en cambio, le vino
aquella inquietud que la hacía distraída,
ese suspirar que le ahogaba como si le
faltara vida, y su afición a dejar prendida
la mirada en luces que a lo lejos
coronaban crestas del caserío en la
ciudad. Por eso, ahora que me dicen que
la han visto con cara pintarrajeada,
vestido floreado, zapatos de tacón alto y
bolsa que columpia en el hombro; llego a
pensar que tal vez sea mejor así, ¡que sea
feliz!, si es que lo es; que haga su vida,
que siga su camino y yo el mío; que ame
a alguien como tal vez me amó, o que
simplemente viva como quiera vivir.
Pero, luego, también pienso que yo
todavía la puedo hacer feliz, que valdría
la pena intentarlo, y que por ello hasta
dispuesto estaría a olvidar que se fue;
olvidar que estuvo con alguien más, y que
su cuerpo fundió como lo hizo conmigo.
¡Ya sé! ¡Sí!, ¿sí! Piensan en el “qué dirá
la gente”; pero aunque así fuera, ¿qué
importa, si yo, como les dije, la quiero?
Por eso, sin pensar en el qué dirán, estoy
aquí con mis pensamientos que de pronto
se nublan y me encadenan; estoy en la
oscuridad de la noche, en el balbucir de
aguas del mar y la laguna, con la mirada
fija en lejanías y luces que provienen de
la ciudad; estoy metido en torbellinos que
me invaden al evocar la manera de
platicar y el modo bonitos que tiene para
amar; estoy sobre la arena, escuchando
murmullos, sin importar que lo mío sea
cariño o simple costumbre que me haya

nacido de ella, de su manera y modos que
tiene…”

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La categoría, clase o rango literario, se logra mediante la razonada meditación. El esfuerzo a que se sometió el intelecto de Margarito López Ramírez, produjo frutos  cargados de armonía, perfección, pureza, estilo, gracia, delicadeza, compás, forma, idea, para construir un conjunto impactante que impresiona, agrada, encanta y complace…
Alejandro Martínez Carbajal
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Paloma María

 

El contenido de este libro es breve y su lenguaje, llano. El autor, profesor egresado de la Normal Rural “Raúl Isisdro Burgos” de Ayotzinapa, trae a cuento y describe con singular sencillez, matices de un drama que altera la tranquilidad de un pueblo rezagado como muchos hay en el suelo mexicano. 
Una vez más, como lo plasma en sus libros: IMÁGENES Y MATICES, CONCHO TERENSIO Y MURMULLOS DE ARENA, en éste, Margarito López Ramírez demuestra su apego al entorno provinciano. He ahí que PALOMA MARÍA se acoja como algo que constata y valora el sentir, decir y actuar de algunas personas que habitan el entorno pueblerino.
José Manuel Tepetate Moyao

“… Es un pueblo pachanguero al que
concurre la gente de otros lugares. Aquí
cuando no es víspera, es día de festejo de
algún santo u ochavario de algo
relacionado con sus barros tradicionales.
“… El ornamento con papelería crepé, así
como arcos y postines hechos de flores,
hojas y varas verdes, el paseo de
mayordomías, encuentros con desfiles de
bandas y la algarabía que trae consigo el
chile frito y el tronar de cohetería, son
pan de cada día. Hay constantes
peregrinaciones de gente devota que deja
su casa y demás cosas que quiere para
concurrir a venerar a la santa patrona de
este lugar. Su feria se ve concurrida por
personas fuereñas que trae ofrendas:
flores, cirios y en ocasiones animales,
maíz, fríjol y otros productos que dan en
llamar diezmo. Las plazuelas que están
frente a las capillas en los barrios, se
llenan de juegos mecánicos, vendedores
de artesanías y antojitos. Al anochecer,
cuando han cesado los sonidos
armoniosos de la flauta y tamborilla que
anuncian el porrazo de tigres escenificado
por hombres que miden sus fuerzas y
habilidad luchadora, como un acto de
magia revestido de esplendor, se ilumina
el cielo con fuegos artificiales, la
cohetería estalla y provoca exclamaciones
de asombro y alegría al tiempo que se oye
el jolgorio que arman músicos y
bailadores de tarima y resuena la cantaleta
de quien pregona las cartas de la lotería:
“el que le cantó a San Pedro (el gallo), el
que goza de dos cueros (el tambor), larga,
gruesa y cabezona (la garza), la cobija de
los pobres (el sol), valiente con la mujeres
(valiente).
“… Es un pueblo folclórico”, dicen
quienes vienen de visita, un lugar con
ambiente que invita a regresar, provincia
bañada de sol, terruño con quietud y sabor
a campo. Aunque mucho de ello se ha ido
perdiendo al transcurrir el tiempo y es
notoria la presencia de personas extrañas
que han influido en el trato que se daba
antaño entre los habitantes, se le sigue
considerando un lugar como ya pocos
hay, un pueblo con rumbo, solar de
paisajes: huertos, sembradíos que semejan
tapiz de verdor y colorido diversos, casas
y chozas confortables, calles y callejuelas
recubiertas de cantos y lajas por donde se
va y viene llevando alegría, trayendo
tristeza, y también amores y desamores,
que son; como bálsamos de vida, como
designios inexorable.
“… Cuando se ha nacido y vivido en este…”

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 Nos muestra el paisaje emocional de una jovencita que vivió una infancia amputada y ayuna de cariño. Cada estampa representa a la protagonista que experimenta contante metamorfosis coloreada de infinitos matices coincidente con la aparición del amor. Además es cruel recordatorio a la sociedad para modificar de raíz patrones de comportamiento y prácticas educativas anacrónicas carentes de pertinencia y funcionalidad…
Silvia Ojeda Jiménez

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Concho Terensio

En este conjunto prosado se delinean personajes y ámbitos pueblerinos que reflejan imágenes del México oculto, apartado y olvidado…
En algunas ocasiones sus actuantes semejan seres ingenuos en el decir, y hasta fuera de contexto en el hacer, pero la similitud de éstos y los entornos que se emulan, están ahí apenas si volvemos la vista hacia las afueras de la ciudad en donde se manifiestan intentando sobreponerse a la pobreza y desesperación que los subyuga…
Daniel Pano Cruz

“… El tal Terensio, desde su nacencia
traía aires de complicado que no se
pueden olvidar fácilmente. Para empezar,
cuenta la tía Chona que a ella y al
doctorcito que vino de la capital les dio
mucho trabajo traerlo al mundo, dizque el
pinche chamaco traía el cordón umbilical
enredado en el pescuezo.
“… Desde que tuvo sus primeros años se
empezó a comentar sobre su persona;
entre lo que más se le achacaba, y que me
consta, le puedo decir:
“… Primero, que tenía la “sombra
pesadas”, por aquello de que “mataba”,
por decir así, a sus hermanos menores que
murieron inexplicablemente: uno de
tiricia, otro de espinilla y el último, creo
que de chorrillo amarillo; mientras que el
muy cabrón se veía lleno de vida. Esto
motivó que se quedara como hijo único, y
con todo el cariño de J. Concepción y de
Teresa.
“… Otra cosa que le puedo informar de
Terensio, es que sabía echar mal de ojo…

“… Y, por si se imagina que son puros
cuentos; ahí le va algo de ello: a la hija de
Malaquías Palomero, la pichotita, a quien
no quisieron que Terensio la tocara
porque podía ensuciarla con las manos
que dizque mugrosas, fue necesario que
don Tobías Panchito le rezara magníficas,
avemarías y padrenuestros, que la rociara
con mezcal y la sobara con flores de
pericón… A don Cástulo reyes le secó un
árbol limonero con sólo decirle en tono
burlón: “don Casto, se le va a secar el
palito…”
“… Ni para dudarlo: el tal Terensio,
desde su nacencia traía aires de
complicado… Muy complicado…”

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Este libro, además de ser una obra llena de anécdotas y humor que divertirá al lector, representa el testimonio de la vida cotidiana de Tixtla de Guerrero que servirá para preservar en la memoria de los tixtlecos a quienes en distintos momentos han llenado de picardía los días de su soledad.
 Consejo Editorial de de Cuadernos Tixtlecos

 

De entre otros Personajes de singular importancia:

 

EXTRAÍDOS DEL “ESCUADRÓN DE LA MUERTE…”

 “… Hombres y mujeres, por su origen y naturaleza, tienden a reunirse, agruparse, acogerse, aglutinarse en el seno de la sociedad y en ocasiones fuera de ésta.  Y he ahí que haya: grupos, pandillas, asociaciones, equipos, corporaciones, logias, sociedades, clubes, cofradías. Los hay abiertos, secretos, esotéricos, místicos,  satánicos, culturales, artísticos, empresariales, ocupacionales, políticos, sexuales, constituidos por mujeres, hombres, jóvenes, personas adultas, ancianos. Los más de ellos, conforme a sus intereses, gustos y tendencias. Los  llaman a modo suyo constituyendo una diversidad incalculable de éstos sobre la faz terrenal de tal manera que es frecuente escuchar que la gente se refiera a: Los Hijos del Viento, Los Picudos,… Las Chicas Malas, Las Cabronas, Las Mamitas,…  Los Invencibles, Los Papis, Los Jerarcas, Los Jaguares… La Vela Perpetua, Rosas de Otoño, Los Chocolateros, Los Benjamines,…

“… Lo citado viene a cuento, porque en el haber evocativo de la ciudad de Tixtla de Guerrero, México, se rumorea la existencia de “El Escuadrón de la Muerte”,  en el que sus integrantes se hermanaban o reúnen para invocar y rendir pleitesía a Baco.

 “… A decir de quienes conocieron o frecuentan esa congregación, éstos afirman que eran o son pródigos en la manifestación: “Bebamos hasta morir”; dicha a manera de juramento o disposición que constituye parte del ritual al que son sometidos los candidato a pertenecer a ella.  Dicen que a voz en cuello, se les escucha decir en sus convivencias: “bebamos aunque la familia sufra”,… Primero muertos, que amanecer sobrios” “Agua de la verdes matas tú me tumbas y me matas y me haces andar en cuatro patas”, “dulce vino, divino tormento, ¿qué haces afuera?, ¡vamos pa´dentro!”, “borracho, borracho, pero no pendejo, “Arriba, abajo, al centro, pa´ dentro,… Aunque en algunas ocasiones frecuente es el sentir o la manifestación que va de boca en boca: “Dios mío, si bebiendo, te ofendo, con esta cruda,… ¡hasta me sales debiendo!”. Afirman que el iniciado se apega a lo jurado.

 “… Y he aquí que algunos hayan perecido sin abandonar su adicción o en su defecto deambulen a manera de naturaleza doliente afectada por afanes etílicos. Mas, como en la mayoría de las ocasiones o hechos, hay excepciones, éstas se dan en quienes hicieron acopio de esfuerzos, secundados por sus familias y amigos, y se alejaron de las prédicas y encantamientos de Baco; verbigracia, “Chente Arpa”.  A éstos  se les puede decir que viven para contar que fueron y sobrevivieron a los designios de “El Escuadrón de la Muerte”, y a quienes nadie, que esté en su “santo juicio”, se atreve a juzgarlos, por aquello que se susurra a manera de sentencia: “quién esté libre de culpa, que arroje la primera piedra”.

“… No resulta ocioso mencionar que esta congregación no tenía o tiene fines delincuenciales, y a la par de esta precisión, para satisfacer posibles curiosidades o morbos de quienes en su real pensar y decir estén interesados en saber quiénes conformaron o participan en ésta, se recurre a un ejercicio memorativo que atraerá nombres y originalidades de algunas personas asiduas a los dictados del dios Baco y la bohemia, no en tono peyorativo sino como mero agregado referencial.

“… los hubo y hay de aquí, de allá procedentes de los siete barrios genuinos de la ciudad: Santuario (Tequiac), San Agustín, Cantarranas (Santa Cruz), San Lucas, Santiago (Quieto), Tlatelulco y San José (Calvario), asignaciones populares que, en algunos de los casos, substituyeron la denominación primera escogida por los fundadores de lo que ahora es la ciudad de Tixtla de Guerrero en el valle de “Tistlan” y una porción del cerro que hoy se denomina “El Fortín”. En esta rememoración afloran infinidad de nombres. La mención total de éstos, arrojaría una enumeración copiosa, por ello, sin el ánimo de restar importancia a demás miembros de EL ESCUADRÓN DE LA MUERTE, sólo se asentarán peculiaridades de algunos integrantes, dejando que las particularidades y acciones de otros personajes de similar existencia en este lugar y demás poblaciones diseminados en la faz terrenal, queden suspendidos en el tintero destinado a las grafías, o deambulen en la memoria o imaginación de la gente que todos lo sabe,… y si no,… lo inventa… En este ejercicio evocativo, surgen:

“… Lorenzo Astudillo Alcaraz, hombre jovial y guasón, comúnmente conocido como El Cuatro por haber portado siempre el número cuatro en su camiseta de basquetbolista, llegó ante sus amigos quienes, como integrantes de El escuadrón de la muerte, estaban imbuidos en el ritual etílico del medio día, y, sin preámbulo alguno, les dijo a boca de jarro:

 “¡Ya ni la chiflan!, valedores, compañeros: ustedes aquí campantes dándole cuartazos al macho y consumiendo botanas; contando desmadres, riéndose y disfrutando la vida mientras nuestro amigazo y hermano del alma X, está tendido. ¡Por si no lo saben!, bola de holgazanes, pránganas adoradores de Baco: en este instante, su mujer e hijos, le están llorando”.

 “… Las palabras de El Cuatro  propiciaron que los oyentes, dejaran sobrantes del mezcal que se habían propuesto consumir y salieran presurosos de la casa de El Enchilado quien, tras murmurar algo inaudible y despedirlos con sonora y plural mentada de madre, optó por dormir, ahí  nomás junto al armatoste que servía de “mesa de centro”.

 “… Se alejaron: algunos transitaban dando tumbos, manoteaban y hablaban consigo mismo; otros, avanzaban silenciosos metidos en sus recuerdos y la consabida expresión a flor de labios, “tan bueno que fue en su vida”. Hubo quienes, sollozantes y a grito abierto, mencionaban al amigo “caído” sin dejar de alardear que lo habían apreciado mucho. “Tanto que te quería, hermanito”, decían inconsolables los más de ellosUnos más, otros menos pero todos fueron aquí, allá y más allá esparciendo el nombre del fallecido y las virtudes que éste había tenido. Las conciencias entraron en sosiego: se olvidaron agravios, se exaltaron dignidades…

 

“… Uno de éstos afligidos, concurrió a la florería en donde compró una gruesa de gladiolas blancas; y se dirigió a su casa en donde, a la par de pedir que su esposa se arreglase y fuese con él a dar el pésame, bañó su cuerpo y desechó las ropas sucias que comúnmente usaba en sus correrías de borracho empedernido. Consternados, vistiendo atuendos que el caso ameritaba, esposa y esposo se aprestaron a dar sus más sentidas condolencias. Pero  al llegar a la casa del difunto, ubicada a la  vuelta de una esquina, se llevaron tremenda sorpresa: “el interfecto”, plácidamente platicaba con su vecino. Más sobresalto hubo en los enlutados cónyuges cuando aquel les habló en tono gracejo:

“… ¿se puede saber en dónde habrá velada, café, chocolate con pan… y hasta piquete? ¿Por qué esa cara de asustados, como si repentinamente hubiesen visto a un resucitado? ¡Caraja muerte, no descansa…! ¿Quién es, sí se puede saber, quién es el cristiano que estiró la pata?”

“… Los pesarosos esposos que se habían exprimido el coco ideando el discurso que utilizarían para manifestar sus sentimientos de pesar y solidaridad, se vieron en la necesidad de mentir y, después de involucrarse en las bromas que externaba el supuesto extinto, prosiguieron su camino al tiempo que pensaban en torno a qué hacer con las flores destinadas al acto mortuorio. Finalmente éstas se ofrendaron al Santo Patrono del barrio asentado en el sitial mayor de la capilla erigida en su honor.

 “… Casi a la par de este incidente, se decía en el seno de la población: “¡No hay mortuorio! Fue una jalada más de El Cuatro… El tal X, está vivito y coleando”.

 “… En el anochecer de ese día, en tanto que el “difunteado”, sufría atroces estremecimientos de “muerto anticipado” por haber recibido a familiares y amigos que acudían a consolar a quien se suponía era la reciente viuda,  El enchilado atraía a sus amigos, los acogía con pitorreos y una cantaleta: “se los dije, bola de… se los dije…; les dije que el tal velorio, era una “cuatreña” más de nuestro amigo…”. Y una vez más se armó la convivencia con sus pausas o exaltaciones, mutismos o discusiones, halagos u ofensas, aprecios o desprecios; prosiguió la bohemia sin sobresaltos hasta que, en el silencio que traen consigo las sombras de la media noche, se escuchó la algarabía que El Cuatro propiciaba a lo largo y ancho de la calle, se oyeron sus tropiezos al tiempo que vociferaba:

  “¡Ya ni la chiflan!, valedores, compañeros: ustedes aquí campantes dándole cuartazos al macho y consumiendo botanas; contando desmadres, riéndose y disfrutando la vida mientras un amigazo nuestro y hermano del alma, está tendido… ¡Ya ni la chiflan!, valedores…”

 “… No obstante que han transcurrido muchos ayeres que acunaron el decir y hacer de connotados  miembros de El Escuadrón de la Muerte, aún se escucha que algunas personas, dicen:

 “… ese mentado “Cuatro”, mató a más de cuatro personas en el pueblo. No fue una vez sino muchas las ocasiones en las que con su grandilocuencia, difunteó a fulano, mengano, zutano y a perengano… ¡Ese afamado Cuatro, con su camiseta de basquetbolista, y su acostumbrado decir y hacer…!”

“… A Virgilio Apreza Espíritu: personaje silencioso y en veces iracundo e introvertido, ex colaborador de don Antonio Hernández y su esposa  Margarita Vega Xantzin, propietarios de lo que fue el exitoso expendio de especias, frutas y semillas asentado bajo un enorme dátil que se erguía portentoso en el interior del viejo mercado de Tixtla de Guerrero, Guerrero;  hombre de diminuta figura que ahora deambula en las cercanías del Camposanto en cuya arcada posa la sentencia: “Aquí terminan las ambiciones”; individuo de aparente insignificancia que en veces está parapetado en una esquinas visualizando aquí, allá, como si esperara a alguien, a él, se le atribuye la jerarquía de Jefe Nato y a la vez dueño de la casa, sede de ElESCUADRÓN DE LA MUERTE, asentada en la calle de Los Huajes, hoy, más conocida como avenida Copil, denominación última debido a la ocurrencia de algún conciudadano o mero capricho de un despistado aprendiz o remedo de político  deseoso de hacerse notar y alcanzar con ello niveles de popularidad.

 

A este personaje, llámesele así, no porque haya hecho grandes obras, destacado intelectualmente en una trayectoria profesionista o  goce de popularidad por su ingenio y grandilocuente decir, sino porque aún en su sencillez y pobreza es ejemplo de honradez y apego a la tierra que lo vio nacer. A Virgilio, sin ser güero, colorado o pinto, sus amigos del citado escuadrón le enjaretaron, el mote de El Enchilado porque cuando algo o alguien provoca sus enojos le da en decir a grito abierto: “¡Estoy enchilado…! ¡Muy, pero muy enchilado!… ¡hijos de su jijurria!”, propiciando que algunos de sus acompañantes salgan huyendo temerosos de sus desatinos, y otros, entumecidos o atolondrados por el alcohol consumido, queden agazapados, silenciosos, sometidos en apariencia, susurrando: “está enchilado, El Enchilado”. El jefe Virgilio arma su borlote pero, según el decir de sus correligionarios, como si fuera destacado actor  en el “teatro de la vida”, muestra repentinamente otra faceta de su ser: su coraje se transforma y sorprende; brota de su garganta una expresión animosa: “¡Muévanse güevones!”. Y he ahí que las copas se llenen de mezcal y las eleven al tiempo que gritan al unísonos frases acostumbradas que revelan propósitos de su asociación; atraen ocurrencias, expresiones chuscas producto de su constante insistir en eso de “dar, cuartazos al macho”, “levantar el codo” o consumir chiquitirrines, como bien lo dijera don Raymundo López, “El Bañado”, cuando en busca de “aguajes”, arribaba y se aposentaba en el tendajón de don Sinfo y su esposa Rosita ubicado en el barrio de El Santuario.Sabido es que en el seno de El Escuadrón de la Muerte, sus personajes beben, cantan y bailotean, pero cuando el caso lo amerita, guardan respeto a los muertos que son transportados en hombros a lo largo de la cercana Calle de la Igualdad.

 

En este tenor, dado que nunca falta un “yo lo vi”, por boca de éste se sabe que, a la par de que oyen el acompasado caminar de quienes conforman el cortejo fúnebre, brindan y dicen en tono ceremonioso: “por el que se nos adelantó, por el que descansa en paz  o está cocinándose a fuego lento”; el informante afirma que expresan lamentos como si hubiesen sido familiares o íntimos amigos del fallecido, y que de sus gargantas surgen voces aguardentosas que, a la par de resonancias y acordes de una guitarra, canturrean el vals “DIOS NUNCA MUERE” del oaxaqueño Macedonio Alcalá, música y letra emblemática de un pueblo que sufre o muere sin perder la esperanza:

Muere el sol en los montes/ con la luz que agoniza. /Pues la vida en su prisa,/ nos conduce a morir. Pero que importa saber que voy a tener el mismo final,
porque me queda el consuelo Que Dios nunca morirá. Voy a dejar las cosas que amé La tierra ideal que me vio nacer, sé que después habré de alcanzar,
 La dicha y la paz, Que en Dios hallaré…”

 “… A Cirenio González Morales, frecuentemente se le involucraba en bromas que ideaban sus amigos y compañeros de bohemia; guasas como aquélla en la que una señora de honorable reputación fue hasta las puertas de la casa de El Enchilado para exigir la pronta entrega de su jumento El Canelo, porque, según la afirmación de alguien, lo tenía encerrado y apersogado  haciendo de él y con él no sé qué. Doña Mariana Tizapa Vda. de Chomolco, mujer cincuentona poseedora de bonituras y porte altivo, ponderaba a su animal: decía que lo quería mucho por ser precioso, grande, fuerte, portentoso, resistente y cumplidor con las hembras.

 Ante tal exigencia, Virgilio, no se “enchiló” como era común que sucediera en su persona; contuvo su enojo, y a la par de entreabrir la puerta, en tono amable, comedido y ceremonioso, dijo: “señora de todos mis respetos, puede pasar al interior de esta su humilde casa, la invito a buscar y rebuscar, pero debe saber que aquí no hay más que un burro…, El Burro González, mi amigo que, según el decir de alguna féminas, tiene los atributos que usted reconoce en su jumento —Cirenio, al oír que se le mencionaba por su apodo, abandonó su dejadez y se puso de pie al tiempo que hacía una reverencia—, pero no le aconsejo —prosiguió con hablar enfático El Enchilado— no le sugiero que se lo lleve porque provocará desavenencias fatales: se enojará su esposa Cande García Cervantes, vendrán sus familiares y se armará un mitote…”

 He aquí que la citada señora, después de husmear en el entorno, al tiempo que enrollaba la gamarra y ataduras destinadas a sujetar su jumento extraviado, hiciera un mohín seguido de un arrebato, y se alejara del lugar: “mentando madres”, reforzando sus enojos con gesticulaciones dirigidas a su interlocutor, al vecino argüendero que la encaminó hasta ese lugar y a quienes desde sus aposentos la miraban, embebidos de humor y alcohol.

La viuda de Chomolco, mujer de andar  zarandeque y retozón, caminó rumbo a La Alameda situada más allá del vado creado por las aguas del arroyo de Jaltipán; encaminó sus paso en busca de su Canelo a quien se le consideraba asiduo visitador de la burra “Cascochueco”, hembra orejona de pelo reluciente y paridora, jumenta hermosa domiciliada de por vida, según lo narran quienes la trataron y gozaron de sus tersuras, en los patios cubiertos de pasto y otros verdores de la escuela normal rural de Ayotzinapa en donde vivió despojada de penurias; borriquita de mirada dulce, cuyo recuerdo de antaño deambula en la mente de muchos egresados de esta noble institución, forjadora de profesores rurales.

 

 

… Aunque fue breve la estancia de doña Mariana en la casa de Virgilio Apreza Espíritu, ésta dejó resquicios de alborotos entrampados, propiciando que la señora Petronila Tlatempa Basilio, vecina de al lado, intrigada por lo que oía y las más de las veces no entendía, preguntara: “vecinito, pues, qué tanto hablan  y hacen que parece avispero tu casa”; a lo que Virgilio, poseído de pasmosa calma, contestó al tiempo que dirigía sus pasos al interior de su covacha: “no está usted para saberlo ni yo para contarlo, vecinita Petros, pero debe saber que hablamos de todo y nada hasta arreglar las cosas”. La respuesta sucinta del Enchilado produjo más confusión en quien por naturaleza era de poco entender pero de pico ligero, sácalepunta, chismosa y mitotera a más no poder. Y ésta, a manera de desquite por la respuesta que la había dejado más atolondrada de lo que era, se echó a cuestas la tarea de decir a medio mundo que allí, en el interior del refugio de El Escuadrón de la Muerte, la gente invocaba a no sé quién y bebía mezcal hasta hartarse.

 No causó sorpresa entre el vecindario el parloteo mal intencionado de doña Petronila, pero sí despertó curiosidades. Originando que, animado por jefes o jefas de otras cofradías y patriarcas de encumbradas familias dominantes en el entorno social, haya aparecido en la escena del hacer bohemio del Escuadrón un enviado, un “colado”, un espía, el mismo que supo cómo entró pero hasta la fecha desconoce en qué circunstancias abandonó la convivencia a consecuencia de ponerse al tú por tú con quien fue comisionado para darle la bienvenida, y de refilón, saber si daba la medida para ser admitido en la cofradía de bebedores. Según afirmaciones de Francisco Santos Corrales, éste sólo recuerda que amaneció despernancado y con pantalones y calzones desjaretados y orinados en la esquina cercana a la Calle de la Igualdad que conduce al Camposanto; cuenta que, ante tal hecho que le produjo una cruda moral, se refugió entre trebejos arrinconados en una choza situada en el fondo del traspatio de su casa, pero quienes lo indujeron y le pagaron para que fuera de metiche, frustraron su enclaustramiento y se mostraron exigentes…

   

Ahora el vulgo, amén de festejar la excepcional borrachera que pescó Pancho el entrometido, lleva y trae el supuesto comportamiento de los integrantes del citado Escuadrón; afirma   que no obstante su adicción al vino y la parranda, quienes lo integraron o integran, fueron o son hombres del buen decir y beber, porque, amparados de la mucha o poca sabiduría que les ha  proporcionado la vida o el conocimiento adquirido en las aulas destinadas a la educación superior, reservan momentos destinados a discusiones diversas.

 “… Corre el rumor de que los huéspedes del Enchilado, hablan de la pobreza extrema de la gente asentada en los pueblos abandonados por el gobierno a la voluntad de dios; lanzaban maldiciones a los politiqueros que se enriquecen  de la noche a la mañana robando dineros del pueblo; maldicen a algunos candidatos que en tiempos de elecciones gubernamentales convencen a la peonada con promesas; hacen hincapié en el proceder malandrín de algunos  malos servidores  que, al sentarse en su “puesto”, se desentienden de lo dicho y con desfachatez “salen con su domingo siete”: “El prometer no empobrece, el dar, aniquila”… “Ora verán si les cumplo”… “Con fe que tengan, dios los socorrerá,”;  y dan razón de quienes cínicamente alzan los brazos para anunciar su credo de supuestos servidores: “Dios, no me des, sólo ponme en donde hay… que de los demás, yo me encargo”.

Se escucha en el decir de hombres y mujeres avecinados en el lugar, que quienes participan en esta congregación de asiduos bohemios adoradores de Baco, no dejan títere con cabeza en sus altercados; afirman que ponen en el tapiz de sus discusiones  las peculiaridades de algunos eternos personajes, políticos y funcionarios malosos que viven enquistados en el presupuesto destinado al desarrollo del pueblo mexicano. Continúan su perorata, exponiendo que, en veces,  los integrantes del “Escuadrón…”, retoman su actitud de bohemios extasiados, a manera de cómo se mostraban: Cirenio González Morales (+), Lorenzo Astudillo Alcaraz (+), Esteban García Cervantes (+), Vicente González Alejandro, Jesús Ojeda (+), Rodolfo Vélez García (+), Leobardo Ángeles Aparicio (+). Y mencionan cómo, Virgilio Apreza Espíritu, El Enchilado y compañía renovada,  concluyen sus alegatos: entonando canciones, declamando poemas y trovando versos bajo los arpegios de guitarras o arpa parranderas, a la par que levantan sus copas rebosantes de néctar extraído del maguey y repiten viejos y elocuentes decires mundanos: “Agua de la verdes matas tú me tumbas y me matas, y me haces andar en cuatro patas”,… “dulce vino, divino tormento, ¿qué haces afuera? ¡Vamos pa´ dentro!..” 

 

CHOR

 

“… Melchor Alcaraz Astudillo, fue un hombre “bien parecido” y de personalidad polifacética. Era alto y fornido. Su tez, aunque castigada por los rigores del sol a campo abierto, era blanca y sus ojos azulados.

 “… Cada año, la noche del nueve de agosto, fecha en la que se realizaba un baile de gala como culminación de las fiestas de aniversario del nacimiento del General Vicente Ramón Guerrero Saldaña, acudía a éste vistiendo ropas de postín a manera de pachuco y habilidoso bailarín. Visto a distancia su imagen era la de un tipo poseedor de galanuras. Allí estaba él en medio del espacio iluminado en espera de los acordes musicales. ¡Era “su noche” en la que, además de gentilezas,  gastaría sus ahorros! Un poco nervioso esperaba el momento para acudir ante la dama que con premeditación había seleccionado para pedirle la primera, segunda ronda o tal vez que fuera su pareja en lo que durara el baile.

 “… Y, he aquí que algunas damas provenientes de comunidades lejanas, ajenas al devenir cotidiano de la población, hayan vivido la velada añorada impregnada de arrumacos, conversación amena y trato jovial al lado de Melchor; aunque éste, en las últimas horas de la madrugada y a semejanza de La Cenicienta del cuento ideado por Charles Perrault, las haya abandonado escabulléndose entre la multitud. De entre éstas, hubo quienes regresaban a sus lugares de origen convencidas de que habían conquistado el corazón de un apuesto galán, el hombre soñado, “el príncipe azul” de sus sueños amorosos. Pero también las hubo que, en menos que canta un gallo, se enteraron que su pareja excepcional había sido un tipo camuflado bajo ropajes de postín hechos a la antigua; supieron que habían estado en los brazos de un parlanchín pueblerino abocado en su diario hacer al trabajo rudo que conllevaba la carga y descarga de camiones atiborrados de materiales de construcción; quedaron convencidas de su papel que las ubicaba como presas amorosas de un “don Juan” casual poseído de galanuras. Pero pocas de estas mujeres manifestaban arrepentimiento; las más mostraban alegría y satisfacción, por aquello de que “lo bien bailadas, nadie se los quitaba”, ya porque aún resonaban en su oídos los ecos musicales al tiempo que rememoraban el vaivén y arrullo en los brazos robustos de Chor, o porque guardaban vestigios de las expresiones cariñosas que él les había susurrado al oído: “¡mamacita, preciosa, chula de mis amores, ricura! ¡Cosa bonita!,… lindura te quiero más que a …” Palabras, frases tersas o arrebatadas que en su momento les habían propiciado enamoramientos, sonrisas, cosquilleos en el cuerpo y un notable sonrojar en el rostro impregnado de pudor y en veces, coquetería. Contrario a lo comúnmente esperado, no faltó aquélla que regresó y  mostró interés por quien, no obstante haberla engatusado, la había hecho feliz…

 “… ¡Recordar, es vivir!” Chor, don Melchor, también rememoraba los gozos de “su noche” que le hacían llevadero su rudo trabajo. Recordaba, y, cuando más cansado estaba al terminar su faena diaria, al amparo del silencio y la soledad, aspiraba vestigios del perfume que sus parejas ocasionales habían dejado en sus ropas… ¡Soñaba!,… anhelaba,… vivía en espera…”

 

 

  

Doña Monchi

 

Pocas personas supieron o saben que el verdadero nombre de doña Monchi“la curandera de
niños” 
durante las últimas décadas de la primera mitad el siglo XX en  Tixtla de Guerrero,  fue Ramona  Flores Isidro.  Su casa humilde, construida con paredes de  adobe y techo elaborado con madera, carrizo y teja vana, cimentada  bajo la sombra de un enorme huamúchil plantado  a la vera de la calle Montes de Oca en las inmediaciones del barrio de  Cantarranas, fue visitada por diversas  personas que tuvieron fe en sus dones curativos: ricas, pobres,  elegantes, humildes, jóvenes, viejas,… llegaban en ocasiones llorando su  angustia, pidiéndole que curara a sus hijos flagelados por dolencias  adjudicadas a lo que daban en llamar: enfado,  tlalxolayo, empacho, molleras caídas, espinilla, tiricia blanca o negra,  chincual, vergüenza, sombra pérdida, oguío

Sin ahondar en aquello que hacía para curar a los enfermos, sabido es que al tiempo que murmuraba  expresiones rogativas, recurría a remedios y haceres caseros:

  • Si de un enfado se trataba,  usaba una pluma empapada de aceite rozado que introducía en la garganta del  infante para propiciarle vómito y de esa manera extraerle flemas que le  producían ahogamientos repentinos.
  • El tlalxolayo (sofocación acompañada de llanto) lo curaba con rezos  endilgados al recién nacido, y si el malestar persistía, indicaba que fuera  envuelto en los calzones recién usados de su padre por si éste, según el decir  de la gente, andaba alborotado,  enamoradizo, calientillo, querendón,…
  • “Quebraba empachos”. Previo embadurnamiento de aceite rozado, sobaba,  masajeaba el estómago, brazos y corvas del enfermo a quien después le hacía  beber  pócimas, unas elaboradas con  aceite de comer, otras con albayalde o estomaquil a las cuales aunaba menjunjes  que sólo ella sabía usar para la sanación deseada.
  • A los niños recién nacidos que repentinamente  traían la mollera caída se las  corregía llevándose un poco de agua tibia a la boca para después poner ésta en  la parte superior  craneana del enfermo  en donde repetidas veces hacía movimientos como si estuviese absorbiendo algo.  Acto seguido, tras rezar  y hacer invocaciones,   lo balanceaba a manera de péndulo sujetándolo de los pies y hacía con él  movimientos suaves pero repentinos de arriba hacia abajo y de abajo hacia  arriba. Culminaba su ritual curativo golpeándole las plantas de los pies, dizque  para propiciar que la membrana ubicada en la parte superior de la cabeza volviera  a su estado normal,  y sugería se le  diesen pequeñas porciones de un bebedizo que instruía con qué y cómo debía  elaborarse.
  • A los niños flacuchos, panzones con cara abotagada y relumbrosa, afectados  por la espinilla, indicaba que los raparan, y cuando estaban pelados a navaja, se valía de una bola  de cera de Campeche que hacía rodar repetidas veces sobre  la cabeza del enfermo hasta extraerle cuerpo  y raíces de lo que parecían ser ahuates o pequeñas pelillos espinosos  incrustados en el cuero cabelludo del “tiñoso”. Terminaba aplicándoles  porciones de aceite rozado o de higuerilla blanca en la coyuntura de los huesos  y en la cabeza.
  • Para alejar la tiricia aposentada en los niños que se mostraban tristes y  con manchas blanquecinas o negras en la piel, doña Monchi posaba la palma de una  de sus manos sobre la cabeza del tirisiento  al tiempo que rezaba y hacía invocaciones a los vientos. Culminaba su  intervención curativa recomendando que a éste se le llevara a un arroyo en  donde él arrojaría: pitones de mahuite,  rosas o claveles rojos a los que anticipadamente  rezaba y sahumaba frente al altar erigido a sus imágenes religiosas.
  • Se dice que el chincual,  caracterizado por un salpullido que cubre el cuerpo del recién nacido, lo  desterraba con un amasijo hecho con yemas de huevo, pomada de la campana y  aceite rozado envuelto en briñaque (paño) que servía para masajear las partes granosas del cuerpo enfermo,  propiciándole frescura y sosiego.

La casa de doña Ramona Flores Isidro fue bálsamo que menguó dolencias, y fuente en la que, por  unas monedas dadas a voluntad o la promesa de que cuidarían  a sus enfermos,  la gente encontró sanación.

Hoy a muchos años de  su muerte, el nombre de doña Monchi  ronda en la memoria de sus coterráneos al tiempo que se evocan las atribuciones  curativas que el Creador Supremo le concedió para curar a los niños; facultades  que, según el decir de sus paisanos, volvieron al seno terrenal que le dio  sustento de vida.

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

COLACO Y DON EME

Con afanosa paciencia, don Emeterio, hombre pobre dedicado a las labores del campo, se propuso en las primeras horas de la mañana, conseguir cinco pesos para comprar una cuba. Argumentando supuestos negocios que le proporcionarían ganancias, a las personas que frecuentaban el tendejón de doña Rosita, esposa de don Sinforoso, les fue pidiendo una “contribución”. Cuando logró su propósito, sombrero en mano y con solemnidad solicitó que le sirvieran su alipús, refresco con alcohol en un vaso.

Don Eme, como se le conocía en el lugar, se sentía orgulloso y satisfecho porque había logrado lo que sería su “curada”, y porque a costa de sus donantes tomaría lo que se consideraba en su ambiente un trago de lujo. Antes de consumir su tan anhelado líquido, con presunción empezó a convidar a quienes de prisa caminaban por la calle o concurrían al estanquillo en donde él se encontraba: ¿gusta, señora? –decía garboso– ¡Usted, jovencito…! ¿Me acompaña, señorita…? ¡Ándele, don Sinfo!,… ¿acepta lo que le ofrece un servidor…?” Todos de un modo u otro expresaron una respuesta negativa procurando que ésta no sonara a desaire.

Don Eme enarboló su copa a los cuatro vientos y cuando ceremoniosamente se dispuso  a sorber su trago, sorpresivamente apareció Bernardo Cortés por La calle Real o Calle ancha de Tixtla de Guerrero a quien comúnmente se le conocía como Colaco, un hombre que sin serlo tenía fama de taimado. Traía los brazos, manos y piernas embadurnados de lodo con zacate en señal de que había hecho los primeros adobes de su tarea fijada, lucía su camisa y pantalón arremangados hasta donde más se podía.

El frío calaba lo huesos y Colaco titiritando entendió que le invitaban esa porción de vino. La respuesta fue instantánea: se lanzó hacia el vaso, y de un solo sorbo consumió el contenido etílico al tiempo que con voz entrecortada don Eme le decía: “¡ay hermanito, ya te la acabaste!” Colaco no pronunció palabra alguna; entregó el vaso a quien consideró su obsequioso benefactor y prosiguió su camino tonificado, y con la seguridad de que había hecho un bien al no despreciar a don Emeterio, aunque éste, a decir verdad, más que complacido estaba decaído y atosigado por la cruda.

Era un día domingo y el deambular tempranero se iniciaba. Garbosas mujeres se dirigían al mercado cargando chiquihuites repletos de flores, mientras que los hombres con tecolpete en la espalda transportaban hortalizas cultivadas en sus amelgas. Las campanas tañían: en el centro de la población, la de San Martín, y casi al unísono la del Santuario, del Calvario, la de San Isidro Labrador, San Lucas, Santiago Apóstol; en Cantarranas la de Santa Cecilia, y aunque tenues, la de la Villita, San Agustín y San Antonio, esta última en el cerrito Tezcalzin. Eran las seis de la mañana; Colaco al escuchar aquella algarabía de metales vibrantes, repetía algo que en sus tiempos de escolapio le habían hecho recitar: “…Hay fiesta en mi pueblo, señor… hay fiesta…” Ya para entonces se encontraba en la plazuela del Santuario, barrio de genuinas y variadas tradiciones.

De pronto se detuvo al tiempo que manoteaba como si platicara con alguien, pero a decir verdad nadie estaba junto a él; lo que ocurría era que redefinía su programa del día: ¿ir a su casa?.. ¿Terminar las faenas que tenía pendiente? ¿Regresar a culminar su tarea de adobes…? ¡No…, no! Con los efectos del alipús que le había birlado a don Eme decidió que, como en otras ocasiones, se dedicaría a buscar lo que daba en llamar aguajes.

Sin preocuparse por su aspecto personal, se dirigió hacia una de las calles de donde provenía el tuntunear alegre de la tambora del Chile frito. A lo lejos reconoció a un grupo de personas que cantaban junto a la puerta de una casa adornada con listones y crespones de papel crepé, cañas, carrizos y varas de San José. Llegó hasta ellos y se incorporó. Cuando cesaron las notas musicales de las tradicionales mañanitas tixtlecas, cientos de cohetitos de sala fueron incendiados, y en medio del olor a pólvora quemada se escucharon ¡vivas!, y aplausos. La del cumpleaños  apareció sonriente dispuesta a recibir felicitaciones y muchas cadenas de tapayola que le ornaron el cuello. El buen Colaco contribuyó con una flor que estuvo a su alcance, no sin antes declamar emocionado: “No traigo corona de oro, ni tampoco de cristal; sólo traigo mi barriga pa´ llenarla de mezcal”. ¡Todos festejaron su audacia!

Acto seguido, empezó el jolgorio: en carrizos recortados se sirvió el mezcal, y al son de la banda se bailó y cantó mientras algunas mujeres, sobre mesas cubiertas por manteles, depositaban suculentas cazuelas de humeante pozole, rodeadas de cebollas tiernas, limas agrias, platitos con chile seco molido, orégano, chile verde y pedazos de limón.

Colaco, conocedor de las costumbres de su pueblo, se metió hasta la cocina a ofrecer traguito a las señoras que habían preparado los alimentos y, ahí, entre queriendo y no queriendo se tomó una copa con cada una de ellas.

“Está en buena mano –le decían–. ¿No me vas a despreciar, verdad?” Fueron tantos los brindis que ya no se dio cuenta cuándo terminaron; lo cierto es que su ánimo retozó al son de la Iguana y del Zopilote, sobre una tarima denominada Chincualuda.

Después, al amparo de un árbol, durmió; cuando despertó las sombras de la noche eran dueñas del ambiente, pero la fiesta continuaba; una segunda o tercera tanda de felicitadores disfrutaban de su turno al ritmo del Calabaceado; no obstante que alguien lo llamó, él ya no quiso incorporarse al jolgorio. Sigilosamente agarró dos cubas que estaban en aparente abandono, y salió rumbo a la plazuela para buscar un lugar tranquilo en ella. Cuando estuvo ubicado y se disponía a tomar el primer sorbo de su botín etílico, de allá de entre la oscuridad, apareció don Emeterio caminando con dificultad en aparente festejo de su embriaguez. Apresuradamente, Colaco se dirigió a él: “¡hermanito!, ¡hermanito!, aquí tienes tu alipús; disculpa…, disculpa que me hayga tardado tanto…, para que veas que te aprecio, te devuelvo el que me diste…” Don Emeterio, sin saber qué contestar se concretó a brindar por el reencuentro al amparo de un enorme ahuehuete. Después, hermanados en sus alegrías y tristezas, un espíritu confidente los envolvió; hablaron de sus carencias y también trastocaron sus quimeras; dijeron que sus melgas eran las mejores tierras de cultivo; recordaron sus duras faenas y maldijeron a los acaparadores de sus cosechas; con expresiones delirantes jugaron a ser felices, ricos, sanos, fuertes, visionarios y afortunados en el amor; divagaron en un juego del que no hubieran deseado salir  para evitar su realidad impregnada de pobreza y abandono prolongados.

¡Vivían el presente…! ¿El mañana? ¡El mañana era incierto…! Ése, ese sería otro día.

A lo lejos, en la obscura bóveda celeste del valle tixtleco, centelleos multicolores irradiaron luminosidad al tiempo que el estruendo de la cohetería llegaba a sus oídos. Colaco exhaló un prolongado suspiro y  a manera de oración vehemente, volvió a murmurar: “…hay fiesta en mi pueblo, señor… hay fiesta…”

                          

 

 

 

DON CRISPÍN

 

 

“… Don Crispín Cañay su familia arribaron al pueblo procedente de algún lugar enclavado en lo más recóndito de la montaña guerrerense. A leguas se miraba que los traía el hambre y la necesidad. Tan lastimero era su aspecto que no faltó quien les permitiera quedarse en una vieja mediagua destinada a las bestias mulares, y los ocupara en quehaceres cotidianos para que se ganaran el sostén alimenticio…

“… La presencia de ellos hubiese pasado desapercibida entre el resto de la población, pero a escasos días de haber llegado a ese destino, enfermó el hijo mayor de quien les daba cobijo,   … Melchorcillo, lo llamaban, era un chamaco de escasos diez años a quien  no obstante que el doctor determinó que le aplicaran inyecciones, que ingiriera pastillas y cucharadas curativas, cuando no sudaba calenturas, temblaba friolento a causa de un mal desconocido…“… Don Crispín, solicitó al señor de la casa que le permitiera curar al muchacho. Pero la madre del enfermo lo enfrentó a gritos diciéndole que su petición era un atrevimiento porque él no podía saber más que el doctor. Pero no se amilanó ante la indignación de su benefactora ocasional, e insistió en su propósito. Como viesen los padres del chamaco que su huésped no retrocedía en su pretensión, rumorearon y, al cabo de unos instantes dijeron con desdén: ¡Veamos pues qué sale de éste… Al fin y al cabo nada se pierde con probar!..“… Dueño de la situación, don Crispín pidió que lo dotaran de un cuarto de litro de mezcal, un puño de sal, una sábana blanca, ramas de epazote, flores de tapayola, un sahumerio con brasas, incienso y una vela de cera pura. La servidumbre se abocó a reunir lo requerido. E instantes después don Crispín se encerró en la recámara con el enfermo, a quien sentó en un banco de madera situado en mitad del espacio, lo cubrió de pies a cabeza con la sábana y lo sahumó levantando el pebetero hacia los cuatro puntos cardinales al tiempo que invocaba el regreso de la sombra perdida. Hasta los oídos de los angustiados padres llegaban las oraciones e invocaciones al tiempo que sus narices percibían olores entreverados de flores, epazote, mezcal e incienso.“… La madre, preocupada por el bienestar de su hijo, miró al interior de la habitación por un pequeño agujero que había en la puerta: don Crispín, a la par de pronunciar invocaciones extrañas y hacer aspavientos bruscos, lamía granos de sal, sorbía el líquido que contenía la botella, succionaba humores del cuerpo de Melchorcillo y volvía la cara dirigiéndose a los cuatro puntos cardinales en donde descargaba sus bocanadas a través de un rociado estrepitoso que dejaba un sabor a penca de maguey. Asombrada observó cómo el curandero, llevando el sahumerio en una mano y en la otra flores y ramas de epazote, rezaba, imploraba a Dios benevolencia y exigía a los vientos la presencia de la sombre perdida del enfermo: “…tecamal kalco…, tekamalcheco… Espíritu y sombra… ¡bendígote rosa de la poderosa…”, decía entre otras cosas. ¡La escena era dantesca!.. Doña Mariana quiso derribar la puerta, pero don Alfonso, su marido, se lo impidió, la abrazó y con apapachos calmó sus sollozos.Cuando por fin la puerta de la recámara se abrió, el enfermo sudaba copiosamente. Don Crispín pidió que lo recostaran en un petate para que tomara energía de la madre tierra, y con tono respetuoso pero asentado les dijo: ¡que no le dé el viento frío para evitarle una destemplanza!“… Un día después los vecinos de la familia del “espantado” rumorearon, decían que éste había recuperado la sombra…”

 

 

MELESIO BARBARITA
No se sabe a ciencia cierta de dónde provino. Común era verlo vestido con pantalón de peto y camisa hechos de mezclilla que denotaba los rigores que trae consigo el uso prolongado. Era su indumentaria semejante a la utilizada por los obreros o ferrocarrileros de aquellos tiempos. Se desconoce quién fue la persona que le daba vestimentas, lo cierto es que siempre estaba equipado con ropas que, aunque no eran de su talla, lo hacían lucir limpio.

Su complexión denotaba cierta fragilidad. Era de piel blanca, y su pelo ensortijado de apariencia sedosa se desparramaba sobre los hombros cubriendo parte de sus facciones finas y diminutas. Su rostro que remataba en saliente y delgada barba, semejaba mascarilla de rasgos femeninos. Por ello se cree que el vulgo le endosó el mote de Melesio Barbarita.

… Melesio era persona pobre. Se ganaba el sustento desempeñando distintas labores. Su principal ocupación era el acarreo de leña seca que recolectaba en las faldas de Xomislo, cerro situado al oriente de la población. Común era verlo transitar por ese camino encaramado que conduce a la cima de esa elevación montañosa: en el ascenso llevaba un pedazo de reata y un machete mocho, comúnmente denominado tetepón, y a su regreso cargaba sobre su espalda un manojo de troncos o varas secos,… y frutas silvestres que obsequiaba a los chavales..

…Pero sucedió que un día domingo Melesio no regresó del cerro Xomislo. Su ausencia originó rumores y dio lugar a una espera que atrajo preocupación; primero en los niños, después en los adultos. Cuando las sombras de la noche se tendieron como manto sobre el paisaje, la población se volcó en busca de él.

A lo lejos sobre el cerro y lomeríos circundantes se observaban destellos de lámparas, teas y hachones que semejaban luciérnagas alucinando al tiempo que se escuchaban gritos prolongados: “Melesio,… Melesio… Melesio,” pero Melesio Barbarita no contestó. Fue hasta el amanecer del siguiente día cuando alguien exclamó: “aquí está Melesio… vengan, vengan,… vean, ¡aquí está!”

Yacía con el cuerpo enroscado bajo la fronda de un zapote blanco, y junto a él cuatro montoncillos de frutos en proporción a lo que posiblemente consideró que cabrían en las bolsas de su pantalón de peto. Los hombres se dieron a la tarea de improvisar con maderos, varas y sollate un canapé al tiempo que las mujeres oraban a dios y le hablaban a Melesio como si hubiese estado vivo: le pedían que aflojara las coyunturas, que estirara sus corvas y osamenta contraídas por el frío que trae consigo la muerte, le suplicaban que se ablandara para que lo pudieran acomodar en posición de muerto que descansa en paz. Sorpresivamente, después de mucho orar, hablarle y reconfortarlo transmitiéndole tibiezas habidas en las manos femeninas, sucedió lo deseado. Cuando unos y otros lograron sus propósitos, cuatro hombres cargaron sobre sus hombros la parihuela que contenía el cuerpo alargado de Melesio, y empezaron a descender del cerro seguidos por la muchedumbre que semejaba cinta serpenteante y multicolor en movimiento.
Un rumor mortuorio se aposentó en el pueblo, las campanas tañían,…


libro:

 

Son fragmentos a manera de guijarros multicolores extraídos del cauce de un arroyuelo impregnado de aconteceres, desasosiegos, amores, desamores y añoranzas engarzados en el andamiaje de la prosa llana y en veces poética del autor.
Ma. del Carmen Vergara

 

 

 

CONFIDENCIA
“…Sí habré de decirles la verdad –dirá
con emocionado acento–: sepan que luego
sentí que se iba. De esto que les cuento ya
hace mucho tiempo que sucedió. Creo
que desde que se formalizó lo nuestro, lo
digo por aquello de su repentina
indiferencia, su carácter cambiado, decir
alborotado que le brotó como hierba de
monte en temporal, y más todavía, por las
amalhayas que le afloraron en la boca;
creo que motivadas por la pobreza, mi
pobreza, misma que no se las calló, y sí
restregó en mi cara como para que me
fastidiara de ella. Claro sentí que eso
pretendía, entendí que deseaba deshacer
lo acordado, principalmente lo convenido
con sus tatas y con los míos. Sin embargo,
a pesar de ello la seguí queriendo. Y es
que no es para menos, con esa manera de
platicar y modo tan bonitos que tiene para
amar, ¡quién no!..
“… Muchas veces me han dicho que
dónde tenía la cabeza cuando me le
emparejé por primera vez para dejarle
saber que me gustaba; me preguntan que
en qué estaba pensando cuando la hice
formal, si se considera que desde mozuela
pintaba que era rete chincualuda. Y luego
me dicen que recuerde cómo fue desde
antes que se fuera conmigo. Y les da por
atraer aquello de cuando apenas tenía
quince años, que la veían ir y venir en la
arena a lo largo de la playa, ahí frente a
los turistas, con su batea en la cabeza
repleta de rebanadas de fruta, y caminar
zarandeque que lucía mientras miraba de
reojo a los hombres que volvía
boquiabiertos. Se siguen con aquello de
cuando tenía más años, de cuando le daba
por coquetear y lanzar su pregón:
“¡agáaarreme… la… papaya…!,
¡Fresssquesita!, ¡agárrela!, ¡cómprela…!
¡Agaaárrelaaa!”, al tiempo que atraía
miradas y piropos pícaros que se le
prendían al cuerpo joven y bien formado
de piel morenita apiñonada que Dios le
dio. Y no falta a quien se le suelte la
lengua con decires: que si fue novia de
fulano, que si fue de zutano y también de
mengano; que si se la llevó éste por el
estero de La Colorada; que la vieron con
otro por La Salinita; que juran haberla
visto acompañada de no sé quién por los
recodos de El Tamarindal, y que hasta un
forastero la recogía en el paraje de La
Estación para desaparecerse ambos en no
sé dónde.
“… Cuando terminan de decir todo
aquello, yo también me pregunto: ¿qué
estaría pensando y en dónde tendría la
cabeza cuando me dio por arreglarme
con ella? Pero no encuentro la punta del
hilo a la madeja de mis razones; nomás
me acuerdo, como les dije, de esa manera
de platicar y modo bonitos que tiene para
el amor, y me invade un cosquilleo en el
cuerpo; de ahí no paso, se me nubla el
pensamiento, me vuelvo sordo, ciego y
mudo. Y otra vez me da por pensar en
ella; de cuando le robé el primer beso por
los recodos de la laguna; de cuando fui
motivo de envidia de más de dos porque
era novio de la más chula del pueblo;
también me da por pensar en nuestro
casorio: dos días con sus noches de
jolgorios sobre la arena, bajo los rayos
candentes del sol o la claridad lunar, en la
frescura de la brisa o vientos de la laguna,
en la tibieza de arboledas y enramadas
donde campearon música, alegría de
bailadores y brindis avivados por ese ir y
venir de lancheros acarreando gentillales
que venían al convite; y, lo de nuestra
primera noche con ella, con sus
sabrosuras que fueron mías, las mismas
que no olvido, y otras cosas que no les
cuento para no faltar a mi discreción de
hombre, pero que las traigo prendidas al
alma”

 

 

 


 

 

Son relatos escritos con voluntad y pasión. Combinan las experiencias y afanes cotidianos con las vivencias y fantasías de un pasado que se resiste a desaparecer. Se nombran y describen fiestas, tradiciones, sucesos, maneras de ser y proceder, de pobladores y visitantes de la hermosa y legendaria tierra, cuna de hombres de lucha, sabios y patriotas. Tixtla surge en cada línea con la exaltación de un escritor que lleva en su sangre y desde niño, los paisajes y la maravillosa sensación de una atmósfera física y moral de fieles añoranzas…

José Rodríguez Salgado

 

Estos ojos que como dice la gente “se van a comer los gusanos”, han visto mucho y no resulta por demás decir que mis sentidos han oído, gustado, olido y palpado. Lo que no me ha entrado por allí al entendimiento, aunque no es necesario mencionarlo, lo he pensado o como dicen los leidos lo he intuido. De ello, aunque no están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, les comentaré algunos aconteceres y otras cosillas:

Empezaré por decirles mis generales, no los de la tropa, sino los que se refieren a mi persona…

 

 

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