junio 24

 

 

 

 

SEMEJANZAS EN EL VALLE TISTLAN

Margarito López Ramírez

Autor

 

DON MELANDO

 

LA TRANSFORMACIÓN

Don HERMELANDO DAMIÁN CORTÉS, después de superar ciertas dolencias que lo tuvieron al borde de la sepultura, abandonó su apacible manera de ser; dejó de ser  el hombre respetuoso que solía ser en el seno de su comunidad; repentinamente le dio por acosar a cuanta mujer ofertaba su vendimia a lo largo de la calle o en la amplitud de la plazuela  de su barrio.

Malaquías Garnica Tena, Gerónimo Salvatierra Domínguez y Pedro Rosales Ordóñez, amigos suyos, hombres que superan los ochenta años de existencia, dan razón de su cambio inesperado. Cuentan que luego de haberse reincorporado a su grupo que han dado en llamar Los Benjamines, don Hermelando, tras de mencionar en tono gallardo: “amigos, voy a engalanar un asuntito,” se apartaba de ellos. Dicen que, aunque tambaleante, se alejaba sin importarle que fuera objeto de comentarios guasones que resonaban y le hacía eco en la  espalda. Comentan que el recién aliviado, agarraba parejo, sin importar edad, físico, condición social o parentesco; le hablaba a la tamalera, y a quienes vendían empanadas, cacahuazintles, merengues, torrejas, pipitoria, semillas doradas, tortillas, mango enchilado, elotes hervidos, memelas de camagua, helados, pan, verduras o baratijas diversas. Afirman que, al escuchar las cantalestas provenientes de quienes pregonaban y ponderaban entusiasmadas el contenido habido en sus canastos o bandejas, las atajaba, y, a la par de que con una de sus manos palpaba y revoloteaba algo que se supone estaba en el fondo de una de las bolsas delanteras de su pantalón, prenda de considerable anchura que se le abombaba en la entrepierna, les decía en tono comedido:

“¡0ye, niña!,… ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo, te puedo cumplir…

Y he ahí que frecuentemente la aludida, al escucharlo y ver sus ademanes  que eran por demás grotescos en la alargada bolsa del pantalón de ancha pretina y prolongado tiro,  contestara en tono de conmiseración: “¡ay!, don usted,… lo dice como si en verdad pudiera hacerlo”.

Ante tal pronunciamiento que no dejaba bien parado a don Melando, como lo llaman sus vecinos, realizaba el mayor de sus esfuerzos para erguir su cuerpo propio de quien pisa la antesala de los noventa años, y retomaba su afán con más ahínco:

“¡Sí niña!,… así como me ves, debes saber que todavía hago surcos…”

Por su decir que rayaba en la demencia senil, algunas buenas mujeres se sonrojaban; otras sonreían mostrando nerviosismo, y, las más de ellas montaban en enojos a la par que se alejaban murmurando:

“Viejo, rabo verde; ¡vergüenza le habría de dar!”

 

 

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EL PIROPEADOR

Los amigos de don Hermelando, testigos presenciales de los acosos provenientes de quien a pulso se había ganado el mote de “Viejo, rabo verde,” afirman que, cuando éste no podía seguirlas por ser víctima de su crisis reumática,  optaba por aposentarse en el quicio de la puerta de su casa, desde donde, al verlas pasar, les musitaba, viejos y obsoletos piropos:

“Si como lo meneas, lo bates, qué buen chocolate…”… “Prietas, hasta las mulas son buenas”… “Grandotas, y aunque me peguen”… “Adiós mamacita, aquí está tu querubín…”

Y, si la ocasión le era propicia, las llamaba, les pedía que le permitieran enterarse de lo que vendían. Logrado su propósito, a la par de manosear la mercancía, y revolotear su mano derecha en el fondo de la citada bolsa del pantalón, como si fuese a comprarles algo, les endilga su acostumbrada perorata:

“¡0ye, niña!,… ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo te puedo cumplir…

Sus acometidas ya en la plazuela o en la cercanía de la puerta de su hogar, eran  frecuentes, propiciando las consabidas manifestaciones de las  vendedoras quienes, luego de haber transcurrido un tiempo razonable para dar cabida a la reflexión, entraron en razón unánime; fueron del disgusto a la comprensión; y he ahí que a más de una de ellas se les ha escuchado decir:

“Debemos dispensar las desfachateces del viejito alborotado que le ha dado por juguetear,  no se sabe qué, en la bolsa de su pantalón guango.”…  Más que provocarnos enojos, debemos festejarle sus arranques de anciano querendón que sólo malluga la mercancía… ¡Comprensión!, sí, comprensión es lo que merece el viejito rabo verde… Miren que atreverse a afirmar que todavía hace surcos, cuando que apenas puede caminar…”

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EL ENCUENTRO CON MICAELA

Luego entonces a fin de cuentas, el decir y los hechos que auspiciaban don Melando, no propiciaban mayores  problemas; éstos quedaban allí en rededor del hacer y haber del grupo  Los Benjamines, conformado por los ya mencionados señores Malaquías, Gerónimo, Pedro y Hermelando quienes en el atardecer de cada domingo se sientaban en la banca que la gente ha dado en llamar “banca de los venerables” en la que nadie más la usa en el atardecer del día domingo. Allí, un a uno van llegando y acomodándose, y mientras los más de ellos contaban y volvían a contar los pormenores de lo que les había acontecido a lo largo de su vida, el citado señor Melando, hacía de la suyas con las vendedoras ambulantes.

En refiriéndose al ayer y presente de don Hermelando, todo parecía estar bien. Pero tuvo que haber un pero que alterara este estado de cosas que eran pan de cada día en las inmediaciones de la casa del anciano o la amplitud de la plazuela del barrio que lo acogían.  Una de tantas vendedoras, al escuchar que éste, atrincherado en la puerta de su hogar, le decía “¡Ayyyy qué curvas,  y yo sin frenos!”…Me he de comer esa tuna aunque me ahuate las manos”, lo encaró y, al tiempo que con su mano izquierda levantaba sus enaguas hasta la cintura, le dijo en tono burlón:

“Pero, con qué dientes, mi querido señor, con qué dientes… Estas carnes…, mas, que para usted, están buenas para algunos de sus parientes, alguien que las puedan morder y saborear.”

Y entonces, con la mirada fija en las piernas robustas y hermosas de la joven, el viejo Melando, enmudeció y mostró un gesto de desaliento a la par que  recordaba los versos de Isaías Basilio Bautista, hombre de trova muy dado a pronunciarlos, en momentos de nostalgia o regocijo, versos que le venían a él o cualquiera de los presentes:

“Me encontré con una güera/ de esas de alto peinado,/ le dije que me lo diera. /me dijo: ¡Qué desgraciado!/…Yo estoy buena pa´ tu nuera/ tú,… tú ya estás muy arrugado…”

Susurró una y más veces en tono vehemente esos versos a la par que observaba las pantorrillas tersas, hermosas y atrayentes de la joven Micaela Silva Mejía quien, luego de mostrar una sensual sonrisa, contonear su cuerpo y acodarse la diminuta falda que dejaba entrever sus moldeadas caderas, se despidió a través de una escueta frase: “¡A que don usted,… tan sin embargo!”Y prosiguió su andar altivo y coqueto a la par que esparcía a los a cuatro vientos su pregón:

“Compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Merengueeeeee, calientito!”

 

 

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EL AISLAMIENTO

Después de este inusitado suceso, durante tres o más días, don Melando no acudió a saborear los sabrosos alimentos que generosamente le servían en la cocina económica denominada “La Sabrosa,” instalada a unos cuantos pasos de su hogar ni asomó sus narices, como era costumbre suya, para enterarse de lo que acontecía en la calle. Su casa, “la casa del viejito Melando” como la conocía el vulgo, repentinamente fue nidal de silencios sólo alterados desde las afueras de ella por la voz insistente de las vendedoras ocasionales que en veces se detenían haciendo hincapié de sus vendimias.

Hubo suposiciones y rumores en torno a la ausencia de quien acostumbraba parlotear desde su asiento habitual o en las cercanías de éste. Sus amigos extrañaron su repentina ausencia pero pensaron que luego de unos días, volvería a su usual proceder. Mas como no se hizo presente, después de haber transcurrido una semana, se generó un creciente desasosiego. Sus vecinos, comandados por Amada Cervantes, dueña del expendio culinario, La Sabrosa, empezaron a formularse preguntas e imaginaron hasta lo indecible: aquí, allá se generaron decires que iban de lo compasivo hasta lo trágico. En tanto que Amada temía que el anciano estuviera enfermo, triste, abandonado, hubo quienes atrajeron hechos funestos que suponían o sabían a detalle, y he ahí que se murmurara o se vociferara lo que debía callarse por respeto a dolientes: “

“…Dios de los cielos, después de unos días de no saber el paradero de fulano, lo encontraron en estado pestilente… Mengano se encerró a piedra y lodo y se colgó de una vigueta de su casa que dizque porque lo engañó su mujer…  Zutano, se envenenó con raticida; vayan a saber qué motivo lo llevó a tomar esa decisión cuando que era rico…¡ Cosas que de repente suceden! Dios guarde la hora no le vaya a suceder lo que a zutano o a mengano…”

Larga y tenebrosa fue la sarta de casos ya de suicidio ya de abandono o mero fallecimientos por abandono en los que algunos de algunos coterráneos repentinamente habían desaparecido del cotidiano acontecer del poblado. De entre los pobladores, hubo quienes permanecieron sosegados pero los más de ellos, emprendieron acciones: llamaron a las autoridades, externaron expresiones rogativas al dios todopoderoso; arrimaron aparejos para escalar paredes, arreglar mortuorios, preparar alimentos para los acompañantes en caso de haber difunto. Un grupo de feligreses visitó al cura quien no obstante que los indujo a mantener la calma que el caso ameritaba, le pidieron que hicieran sonar las campanas de la capilla. Alguien, por mera ocurrencia, organizó la banda y ésta empezó a ejecutar piezas musicales destinadas a los eventos fúnebres.

En un santiamén, la inquietud aumentó y alcanzó el nivel de borlote motivando que el viejo Malaquías Garnica Tena, con mucho esfuerzo pero animado por sus contemporáneos y amigos de banqueta aposentada bajo la sombra de un frondoso fresno en la plazuela del barrio, aporreara la puerta de la casa de don Melando, se encaramara al balcón, destrabara la aldaba de la portezuela contigua y se introdujera a la vivienda.

Y en tanto que en las afueras de la vivienda, Gerónimo Salvatierra y Pedro Rosales permanecían silenciosos, vecinos y curiosos, apiñados en rededor de ellos, seguían dando  rienda suelta a sus expresiones atolondradas y en veces alebrestadas: “que si esto, que si lo otro, que tal vez sucedió así. Que ojalá no porque luego sucede que, como a fulanito que, luego de…”

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AIRES DE TRAGEDIA

Ajeno a lo que acontecía en las afueras de la casa, don Malaco avanzó sigilosamente al tiempo que le retumbaba fuertemente las sienes por el esfuerzo realizado, y la duda que lo corroía; atravesó la sala gritando hasta donde su vitalidad de anciano se lo permitía: “ ¡Melando, Melando, compadre!,” sin escuchar respuesta alguna; prosiguió por el ancho corredor delimitado por masetas en donde yacían hojas, flores y plantas marchitas; fue a la cocina de humo y no detuvo su gritar, que revelaba angustia, hasta mirar la puerta entreabierta de un cuartucho que, por su tamaño y abandono, parecía haber estado destinado a los trebejos. Cauteloso se acercó hasta ver un bulto inerme y semidesnudo. Pensó lo peor, sintió temor, quiso desandar sus pasos pero guardó su miedo y se aventuró hasta el  interior como si temiese que algo lo sorprendiera. Luego de un instante apenas el necesario para acostumbra su mirada a esa penumbra de abandono, dio cuenta del estado en que se encontraba su amigo quien yacía aletargado, durmiendo en un camastro apenas cubierto de sábanas sucias. Después de respirar profundamente, sintió el impulso de aporrearlo, darle unos manotazos para desahogar su sobresaltado corazón, pero sólo se limitó a cortar de tajo los ronquidos de don Melando a través de un tirón que dio a la ropa de cama que lo medio cubría, escuchando de éste, una expresión testaruda: “¡no jodas, compadre!”

Enterado de cómo estaba su compadre, don Malaquías regresó al balcón y calmó los ánimos encontrados de la multitud que amenazaba con seguirle. Haciendo uso de su carácter parlanchín se le escuchó decir: “Ya dejen de estar chismoseando, bola de argüenderos, vayan a sus casas a ver si ya puso la marrana.” Su hablar gracejo produjo risillas y sungas, y luego de ello, la gente se dispersó: la banda musical, ejecutó Las Dianas y emprendió su caminar calle arriba dejando ecos de una cumbia jubilosa; el campanero sacudió el badajo propiciando que la campana sonara alegrona; el cura dijo para sus adentros. “se los dije…”; el carpintero guardó sus herramientas y tablas cepilladas; el camposantero, apaciguó su ánimo; las rezanderas se dispersaron llevando consigo  su propósito frustrado al tiempo que guardaban  escapularios y cuentas engarzadas en rosarios; las utensilios arrimados volvieron a su lugar de resguardo; y  Amadita Campos, luego de reasignar a sus ayudantes tareas para ese día en su cocina “La Sabrosa,” se dispuso animosamente a guisar un platillo sustancioso, lo elaboró pensando en  su vecino, el viejito Melando.

 

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EL SALVAMENTO

En lo que fue la culminación de ese embrollo de pueblo alborotado,  hubo suposiciones: que si le pasó esto que si le pasó lo otro; y no faltó quien dijera que lo que le había sucedido al anciano era porque éste no asistía a misa, por no comulgar como dios lo ordena o por piropear a las vendedoras. Alguien mencionó, con lujo de destalle, la manera de cómo revoloteaba una de sus manos en el fondo de la bolsa delantera de su pantalón guango. Unos más unos menos, se alejaron del lugar, murmurando; mascullando su juicio ya condenatorio ya condescendiente.

Cuando don Malaquías hubo hecho lo pertinente para deshacer el mitote que atraía a quienes lo habían impulsado a “saltarse las trancas,” aseguró la portezuela del balcón por donde había entrado, entreabrió la puerta y llamó a los señores Gerónimo Salvatierra y Pedro Rosales quienes, con andar pausado, se introdujeron a la casa del amigo común. Instantes después, luego de parapetarse frente a don Melando, se les escuchó exclamar, a manera de saludo:¿Qué haces aquí, amigo?,” y tras de ese decir a coro que no tuvo respuesta inmediata, don Malaquías se dirigió a él, quien con actitud indiferente, aún se mostraba aletargado sobre su camastro.

 

-¿¿Qué haces aquí, compadre?.. La vida está afuera   con todo y sus jugadas… La convivencia es con la gente,”-don Malaco intentó decir que se le quería, que también lo querían sus vecinos pero mordisqueó su intención, sólo se limitó a buscar respaldo en la presencia y mirada de quienes lo acompañaban.

-¿Cuál jugada, cuál vida, compadre, cuál? Aquí me tienes como perro sin dueño,  abandonado–El anciano quiso dar cauce a su desánimo; gritar su  pesar y decadencia de viejo enfermizo;  deseó desahogar, externar su amontonamiento de recuerdos y añoranzas recicladas en los días que había permanecido enclaustrado; revelar imágenes que coparon su mente al rememorar bullicios de cuando su casa había sido nidal de alegrías en las que participaban su esposa, hijos, nueras, yernos,  nietos y quienes más conformaban su clan familiar; gritar la ausencia de quienes paliaban su desapego ya visitándolo de entrada y salida de vez en cuando ya mandándole recados en donde le informaban que estaban bien o remitiéndole algunos pesos para que subsistiera. Sintió el sacudimiento de un arrebato que lo inducía a externar lo que le había sucedido por andar diciendo: me he de comer esa tuna aunque me ahuate las manos.” Pero guardó silencio, masculló su carga emocional que instante a instante se le hacía más pesada. Su estado de ánimo lo indujo a contestar: ¿A qué vida, y convivencia te refieres, compadre? ¡Dime!, ¿te refieres  a ésta..? Su decir llevaba una carga de ironía a la par que su mirada recorría el desorden y deplorable haber en su rededor-.

 

 

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CONFESIONES

¡Soy éste, este soy yo!- don Melando dio muestra de querer hacer alarde de su infortunio, y hasta de su dejadez, pero fue interrumpido.

_Mírame, amigo  Hermelando, mírame cómo me traen las dolencias pero aquí ando sin acordarme lo que fui. ¡Aquí estoy! –Gerónimo Salvatierra pretendió mostrar gallardía como lo hacía  en sus tiempos mozos pero se detuvo, sin demostrar el dolor que lo atosigaba al estar de pie, desposeído de su bastón-. ¡Mírame, hermano!, aquí estoy contigo.

-¡Gracias!, amigo -don Melando lo miró de arriba abajo al tiempo que en la cabeza le revoloteaba la voz de quien ofrecía  el merengue calientito. Hubiese querido estar solo y evocarla a plenitud; rememorar su manera de comportarse y los respingos que acostumbraba dar cuando ofrendaba su vendimia, pero consideró que debía atender a sus amigos. Sin olvidarse del todo de sus anhelos entorpecidos, abandonó su distraimiento, se mostró interesado en la voz casi apagada de Pedro Rosales.

-Amigo Hermelando, sin importar que nos duela lo que nos duela, hemos venido para decirte que te extrañamos, para pedirte que vuelvas a reunirte con nosotros. Amigo, a mí me duelen las rodillas, sufro,…-El también nonagenario iba caer en el acostumbrado proceder de quienes usan el “yo esto, yo lo otro, yo aquello…” como si hubiesen estado en una competición para demostrar similitud de sus padecimientos, la cuantía de sus dolencias e infortunios, pero de manera abrupta, intervino don Malaquías.

-Amigos, no empecemos a desgranar nuestros padecimientos porque vamos a terminar por llorar. ¡Párenle! Olvidemos nuestros sufrimientos. Estamos aquí. ¡Eso es lo más importante! Dejen sus lamentaciones. Estamos aquí. Eso es lo nos debe alentar. ¡Déjense de gimoteos! –Fue tajante en sus expresiones

– Yo digo que… –algo iba a decir don Pedro para justificar sus expresiones pero el viejo Malaquías, lo atajó -¡Basta!; y luego de ello, se dirigió con decir enérgico a su amigo y compadre-. ¡Compadre!. Tú también, déjate de mojigaterías; deja de estar agazapado como gato tlicuilero que acostumbra estar aletargado, dormitando todo encenizado y legañoso en lo tibio de la hornilla hecha de barro; ¡levántate!, deja de estar echado, recalentando tu cama; aliviánate, deja de estar  rememorando no sé qué, y pensando que hubiera sido esto o hubiera sido aquello –Su voz, sin dejar de ser recia, sonaba a exhortación imperativa-. ¡Déjate de tonterías!, y vayamos allá afuera en donde está parte de lo que nos queda por vivir. ¡Vivamos!, compadre, vivamos con entusiasmo lo que nos queda de vida…

-Tú dices eso, porque no sabes… -don Melando iba a mencionar algo, pero se contuvo a la par de mostrarse decaído, meditabundo.

No pues, compadre… Mira… –el anciano Malaquías, volvió a la carga, pero don Melando persistió señalando el revoltijo sucio y maloliente habido en su camastro; los despojos de comestibles en descomposición dispersos en una mísera mesita; la basura regada en el piso, el hacinamiento de fotografías de todos colores,  cartas, periódicos vetustos y lo deplorable de su vestimenta ajada, sucia,…-Quiso cortar de tajo ese pesimismo y obstinación, pero don Melando, se impuso-. ¿A esto le llamas vida? ¡Dime!, dime, compadre… –Y, de ahí pal real,  dio rienda suelta a sus desconsuelos ocasionados por la ausencia de su esposa fallecida, sus hijos y más familiares alejados del terruño; se refirió a las ingratitudes de algunos de sus amigos y personas a quienes había beneficiado a lo largo de su vida, hizo hincapié en su soledad, habló de cómo había sido su casa inmersa en alegrías, hizo recuentos de ayeres exitosos; pero se guardó aquello que le dijo La Micaela: “Pero, con qué dientes, mi querido señor, con qué dientes… Estas carnes…, mas, que para usted, están buenas para algunos de sus parientes, alguien que las puedan morder y saborear.”. Al llegar a este acontecer con la mujer del merengue sabroso y calientito, se enquistó, quedó silencioso, metido en sus rememoraciones; sufriendo su dolor, el dolor que le produjo la humillación recibida.

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EL CONVENCIMIENTO

Ante la actitud de quien había sido ejemplo de regocijo y actitud propositiva, a don Malaquías y demás amigos no les quedó más que guardar silencio; allí se estuvieron, durante algunos instantes que de pronto se hicieron largos, pesados, insoportables. Se miraron unos a los otros como si con su mutismo y miradas quisieran intuir pensamientos, soledades y pesares que los flagelaban; porque cada quien había llegado al nivel de una existencia en la que si bien era cierto que campeaban satisfacciones, también lo era que los achaques, el detrimento de sus facultades corporales y la soledad los atosigaban en intensidad y semejanza a lo habido en la existencia de don Hermelando propiciando que, desde años atrás, uno a uno se fueran juntando hasta conformar un grupo que al transcurrir el tiempo fue aminorándose, las más de las veces porque alguien de ellos era llevado a otro lugar o porque llegaba al final existencial. La escena fue incómoda hasta que brotó la chispa animosa al unísono en el seno del grupo de ancianos que más de una vez se habían reído atrayendo aconteceres extraídos de sus recuerdos.

Como en otros momentos, don Malaquías, después chismorrear, contar viejos y trillados chistes, narrar ocurrencias y en veces reírse a costa de conocidos suyos; alardear que allá afuera la gente estaba preocupada por don Hermelando; hacer hincapié en la falta que hacía en las conversaciones que comúnmente se generaban con los contemporáneos, muchachos viejos, compañeros de paseada. Y de pasada, mencionar atributos de las vendedoras: Panchita la muchacha que al sonreír se le dibujaban hoyuelos en las mejillas, con sus memelas de camagua; Petrita la de voz cantarina anunciando sus empanadas de camote y piña; Cholita, Soledad la hija de Tiburcio el zapatero, mujer alta y de porte señorial vendedora de semillas doradas; la viudita Susy, hembra bonita de andar finito y apresurado quien dispersaba sus afanes exaltando las sabrosuras de sus cacahuazintles recién horneados; mencionar a la chaparrita Chela Domínguez quien en un santiamén lograba que sus torrejas fueran compradas. Luego de mencionar a casi todas las mujeres que a diario caminaban por las inmediaciones de la plazuela ofreciendo sus productos, con cierta intención, dejó al final de su exposición a La Micaela; pero don Melando, aunque sintió un alborozo al escuchar el nombre de quien gritaba: “Compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Merengueeeeee, calientito!,” no dio muestras de su animosidad repentina, se contuvo, distrajo su regocijo ofreciendo frutas y panes avejentados, y de paso sugirió que no estuvieran de pie, pidió que trajeran unas sillas. A sabiendas de que “la silla corre”, los tres ancianos se despidieron no sin antes secundar el decir de don Malaquías quien dio por agotado el tema:

“Déjate de carajadas, Compadre, Mañana vendremos o, para ser más específico en mi decir, Gerónimo Salvatierra, Pedro Rosales y yo, estaremos aquí para que nos acompañes a ver las vendedoras que acostumbran pasar, y ponerte al corriente de lo que ha pasado en el pueblo…  Así es que, más te vale que te bañes y  estés como novio en punto de las cinco de la tarde del próximo domingo. ¡Aquí estaremos!”

 

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EL RETORNO

Luego de que los presentes, con ademanes y expresiones ceremoniosos, permitieron que Amadita entrara a la estancia llevando una canasta adornada con flores y verdores de papaloquelites acomodados en rededor de una cazuela que contenía un guisado humeante y oloroso, el viejo Melando se puso de pie, y habló: ¡no se molesten!, allá los alcanzo. Guárdense sus atenciones. Estoy viejo, pero no tullido. Que dizque vendrán por mí. ¡Vaya, pues! Ni que fuera señorita de antes… Sus palabras motivaron guasas… Amada, pudorosa, al instante se dispuso a abandonar el lugar no sin antes decir: mañana las muchachas y yo lo esperamos en La Sabrosa. Al cabo de un rato, cada uno de los ancianos transitó por las calles mostrándose animoso en su condición de viejo, ya fuese  solo y necesitado, ya posesionado de una familia y bienes en su rededor, pobre  o rico, afortunado o desafortunado, satisfecho o insatisfecho pero a fin de cuenta: vivo, poseído de un bagaje existencial que los enorgullecía y los impulsaba a seguir viviendo.

La cita fue un hecho, y desde ese día, a don Melando, acompañado de don Melquiades y más amigos le ha dado por acudir nuevamente a la plazuela asentada en el corazón de su barrio en donde observa el transitar de las vendedoras que emiten su cantaleta: “el pan,… la telera,… la empanada,… el queso,… la memelita,… la papaya…; poniendo  más atención en la pizpireta Micaela, hembra de andar zaramdeque. Ante ella, se muestra embobado cuando a la par de atraerlo con una señal, le coquetea y sonríe mostrando su boca coronada de labios sensuales al tiempo que le grita:

Don usted. ¡Don Melando!,compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Agarre el merengueeeeee!”.

Luego de que sus amigos lo animan y le gastan bromas, Don Melando, como lo llaman sus amigos y vecino, la ve alejarse con su mariposeo llevando  su canasto sobre la cabeza protegida por un yagual hecho de trapo. El anciano, escucha su pregón a la par que posa su mirada en ese cuerpo erguido de hembra altiva y esbelta;  la observa detenidamente notando en ella bonituras que lo alborotan y lo inducen a evocar sus antiguas correrías amorosas: aquí, allá, con mengana, zutana, perengana y más mujeres hermosas que le prodigaron felicidad durante el transcurso de su juventud y ayeres de hombre maduro; la ve alejarse hasta que su figura se  diluye en la distancia. Y en tanto que otras vendedoras le dicen “adiós don usted” o le endilgan su cantaleta que da razón de su vendimia, masculla versos que le vienen al pelo, por eso de sus amores y muchos años vividos:

“… Ay de mis tiempos pasados/ cuándo los volveré a ver/ de lo pasado, pasado/ es imposible volver/ como el árbol que ha caído,/ no vuelve a reverdecer…”

 

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LA SABROSA

Cuando a lo largo de la calle no halla la figura femenina ni escucha la cantaleta que lo atrae y embelesa, don Hermelando se muestra pensativo, y vuelve al seno del grupo de octogenarios. Las sombras de la noche irrumpen en el paisaje, y entonces, luego de despedirse, inicia el  retorno a su casa; avanza con tiento paso a paso como si temiese lastimar el suelo; se aleja del solar abierto a los transeúntes y el devenir de aconteceres; se va pensando que mañana será otro día en el que habrá de volver; se aleja de sus amigos quienes en tono guasón le endilgan sarcasmos; avanza al tiempo que rebusca su fortuna atesorada en ese papel que en veces se esconde entre la tela que conforma una de las bolsas cercana a la botonadura de la bragueta de su pantalón de pastelones amplios; hurga afanosamente hasta encontrar el billete  que lo anima y respalda en sus propósitos amorosos.

Hoy como ayer, el anciano de muchos aconteceres vividos, transita a lo largo de la calle; avanza avizorado por Amadita quien le ha dado por considerarlo como al abuelo amado, y algunos conocidos suyos que, desde que don Malaquías saltó el balcón, dígase así por no decir que “se saltó las trancas”, están prestos a apapacharlo con expresiones cariñosas, y hasta podía decirse que lo han hecho suyo considerándolo personaje importante arraigado en su barrio. Don Melando, que, como reza el refrán, más sabe por viejo que por diablo, se deja querer por quienes no sólo ven por el bienestar de él sino que también han restaurado su casa aseándola, llenándola de verdores y matices que brotan de plantas que crecen lozanas en las macetas asentadas en pretiles y corredores. Y a su vecina Amadita, mujer que transita en los umbrales de la edad madura, hembra pueblerina a quien el vulgo le ha endosado el sobrenombre de La Sabrosa ya porque es propietaria del expendio de comestibles que lleva este nombre o porque es poseedora de bonituras y simpatías que la hacen ver más bella, luego de pedirle que se hiciera cargo de él en lo que le queda de vida, la ha hecho poco a poco poseedora de sus confianzas: empezó por entregarle las llaves de la entrada de su casa para que día a día se enterare de cómo ha sido su amanecer de viejo, prodigue agua a sus plantas, se ocupe de sus ropas de diario, y de paso le lleve alimentos; le mostró y permitió el acceso a las estancias que desde tiempo atrás habían permanecido custodiando muebles, ropas y otras cosas que ahora son a semejanza de trebejos en desuso; le dijo, aquí está esto aquí está esto otro para que, ayudada por tus muchachas, te deshagas de lo innecesario y pongas orden en estos cuartos que huelen a trapo viejo. Luego de unos días, poseído de sollozos que le apretujaban el alma, le entregó un pequeño cofre que contenía alhajas, propiedad de quien fuera su difunta esposa. Y, cuando hubo recuperado su sosiego, le dijo en tono ceremonioso:

Amadita, hija, por favor, cuando muera, me entierras, en cajón de madera, junto a la tumba de mi mujercita. Con los dineros que tengo, sujetos con hilo, guardado en este morral, pagas los gastos que se originen en mi entierro: sepultureros, velas, comida, músicos y otras cosas más; si no hubiera muchachos jóvenes y fuertes en mi funeral, consigues quien me cargue y me llevas a despedir del santo patrono del barrio; no me hagas novenario de rezos, sólo le pagas al cura para que cuando cumpla un año de muerto, me mencione en la misa; no traigas al rezandero para que haga eso de recoger la sombra al cumplirse los cuarenta días de mi fallecimiento. Lo que sobre de este dinero, más lo que hay en ese fajo de billetes envueltos en papel de estraza, serán para ti, por lo que haces por mí. Cuando lleguen mis hijos, si es que se enteran y vienen a dar atraídos por mi muerte, dales estos papeles para que se queden con lo que les he dejado,  apegándose a lo que he escrito con mi puño y letra en esta hoja de cuaderno. Dios te ilumine, y te proteja.

Ella, Amada Campos Jiménez, la dueña de La Sabrosa, quien lo llama cariñosamente,  “abuelito Melando,” no externó palabra alguna que contradijera lo escuchado. Y, sin importar lo que diga la gente, amén de haber tomado muy en serio las encomiendas recibidas, lo mima, consiente y alienta.

 

 

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LA ESPERA

 

Don Melando, consciente de que hay quienes  lo aprecian,  ha retomado su peculiar manera de pensar, decir y hacer: acude a la plazuela de su barrio, juguetea su vetusto billete resguardado en una de las bolsas de su holgado pantalón, camina apoyándose en la pared limítrofe hecha de adobe cercana a su hogar, avanza a paso lento pero seguro de su aliento de vida; silba o resuella grueso dando cauce a sus cansancios y tos carrasposa, va de aquí a allá de allá a acá haciendo caso omiso de sus pies abotagados que en veces le ocasionan tropiezos, y pujidos que semejan desahogos de dolores escondidos.

La cara de don Melando está marcada por surcos que testimonian el tiempo que ha vivido; su mente está impregnada de ausencias motivadas y protagonizadas por gente suya que ha fallecido o se fue de su lado en busca de sustento; pero tras de haber sido rescatado por sus amigos que le endilgaron la cantaleta: “¿Qué haces aquí, compadre?.. La vida está afuera con todo y sus jugadas… La convivencia es con la gente,” no obstante su vejez acumulada, muestra  visos de esperanza, y hasta en veces luego de rememorar sus vivencias, ríe para sus adentros a la par  que evoca a Micaela, la muchacha del “merengue suavecito, calientito, esponjadito… dulce y sabroso…” Y más de una vez, se muestra embobado al rememorar cuando, a la par de atraerlo con una señal, ella le coquetea y sonríe mostrando su boca coronada de labios sensuales al tiempo que le grita: “don usted. ¡Don Melando!, compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Agarre el merengueeeeee!” Y entonces, hasta olvida su revoloteado billete…