LA AVENTURA

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*LA AVENTURA

Transcurría el último día del mes de julio; el paisaje, visto a distancia, mostraba verdores de sembradíos ya de milpas en crecimiento ya de hortalizas o árboles y arbustos animados por las lozanías que prodigaban las lluvias. Y, en medio de éste, el caserío disperso asentado aquí, allá. La comunidad, hacía sus mejores esfuerzos para obtener de la tierra frutos que serían el sustento de vida en los días venideros; la esperanza y su porvenir lo depositaban en sus sembradíos que habían requerido desmontes, barbechos y surcados en espera de las primeras lluvias que favorecerían el germinado de cimientes. Hombre y mujeres mostraban regocijos porque el temporal lluvioso era magnánimo, esperanzador. Con cohetes lanzados al aire, oraciones y comilonas festejaban la culminación de las escardas sobre las matas de milpas que se mostraba libres de hierbas y rodeadas de tierras y abonos impregnados de sustentos.  Había culminado una faena que año tras año se realizaba como parte importante de un ritual de vida que involucraba a todos. Había gritos eufóricos auspiciados por los acordes de la improvisada banda musical, y hasta un bailongo espontáneo en el que la gente enarbolaba flores, imágenes del santo patrono, sombreros, botellas con líquidos etílicos; diríase que casi todos participaban en este estado eufórico que producía la culminación de lo que algunos daban en llamar “soltar la milpa,” pero tal generalidad no se daba: Anacleto corrales perales, jovenzuelo de escasos quince años de vida, cara espigada, cuerpo flacucho y de carácter retozón; hijo único de don Susano Corrales y la señora Aurora Perales, luego de haber limpiado y acomodado los utensilios de labranza  utilizados en la que había sido la segunda escarda dada a la milpa que crecía en el pedazo de tierra destinado al cultivo familiar, habló en tono inusual impulsado por algo y mucho que le alborotaban el cuerpo y el alma:

-“Papa, mama,… ya terminamos; ya soltamos la milpa,… ahora voy a ver que hay por allá, –dijo con voz enérgica a manera de respingo. Sin mostrar conmiseración por lo que ellos le empezaron a decir: primeramente  a manera de regaño, y después, como letanía que culminó en súplica, él no cedió en su intención. Situado en mitad del espacio protegido por la choza humilde que resguardaba el hogar que había testificado su nacimiento; aguantó las palabras y la mirada inquisitiva de su padre, y luego de ese trance familiar, sin inmutarse, recibió la bendición de su madre.

Instantes después, con movimientos apresurados, desató el brazalete hecho de ruda piel vacuna que  portaba en uno de sus articulaciones y lo amarró en el tallo de un rosal que meses antes había plantado junto a la cerca que resguardaba la humilde vivienda de sus progenitores. Allí estuvo de pie, durante algunos instantes en el atardecer de ese día, con el pensamiento alborotado, y la mirada abierta sobre el caseríos que dejaba entrever techos de forma y tamaño diversos en espacios habidos entre árboles y ramajes crecientes en lomas y hondonadas que dan cabida al pueblo de Escalerillas. En su cavilar dedujo que amaba su terruño pero también se dijo para sus adentros:

No quiero envejecer como envejece mi padre que día a día se encorva bajo la pesada carga del trabajo diario y monótono; no quiero atarme a su tlalmecate, a su pedazo de tierra pedregosa  a sabiendas de que no produce lo suficiente para alimentarnos; no quiero seguir sus pasos sin buscar otra manera de vivir; no quiero privarme de lo que posiblemente encuentre más allá del Pueblo Mayor; no quiero vivir ni morir como muchos han vivido y muerto en este pueblo de miserias. No quiero abandonar a mis padres pero debo aventurar…”

–o—

Anacleto daba rienda suelta a las inquietudes que desde algunos meses atrás le surgían y lo acosaban. El pueblo se le hacía pequeño para alcanzar sus anhelos, para ver y poseer cosas que ambicionaba. Y entonces, luego de flotarse la cara y palpar sus brazos, se sintió con fuerza suficiente para emprender su aventura. Su pensamiento quedó prendido al filón terroso que a fuerza de ser pisoteado se había convertido en camino que semejaba culebra grisácea, delimitado por hierbas impregnadas de verdores y florecillas. Evocó el momento en que Casimiro Salvatierra, amigo suyo de escasos dieciocho años de vida, abandonó el lugar llevándose a sus padres y tres de sus hermanos de menor edad. Recordaba que repentinamente había salido de Escalerillas, y no se le vio hasta un año después cuando hizo acto de presencia vistiendo ropas diferentes a lo acostumbrado en el lugar,  complementando su apariencia juvenil y galana con botines relumbrosos y un sombrero de ala ancha. ¡Bien que lo tenía presente!, como si lo estuviera viendo y escuchando:

“Qué esperas, güey, ¡lánzate! Si tanto quieres estar en otro lugar, ¡Lánzate! Si bien te va,  regresas como yo; chance y la haces y después te apareces acá de vez en cuando a visitar a tus viejos. Pero antes, arriésgale, búscale, desentúmete. Más allá de El Pueblo Mayor está la aventura; otra vida, otra gente. ¡Lánzate! Quienquita y la haces, y hasta ricachón te vuelves. ¡Lánzate!, no te quedes aquí sin esperanza, pensando en las cosas que hay allá afuera… ¡Lánzate, Güey!”

Cuando las sombras de la noche resaltaron la presencia de fogatas y candiles semejando luciérnagas aposentadas, se introdujo a la cocina en donde, después de comer una tortilla doblada y beber café servido en un jarro, abrazó a su madre al tiempo que le decía: “¡Eh, pues, jefa!, no llores, sólo estaré ausente unos meses.” Don Susano, aunque sentía deseos de gritar mil cosas, observó la escena en la que su mujer mostraba dolor, no dijo palabra alguna; y cuando el muchacho abandonó el lugar rumbo a su dormitorio, a través de una gesticulación, correspondió la breve exclamación: “buenas, jefe,” que su hijo le indilgó.

En el amanecer del día siguiente, cuando la neblina tempranera se entreveraba entre el paisaje que acoge al escaso caserío, Anacleto salió de su hogar portando un paliacate en el cuello, vestimenta sencilla, una mochila sucia y un par de espuelas. Encaminó sus pasos anhelando alcanzar la vereda que lleva  al Pueblo Mayor. A leguas se notaba que iba liberado de temores; avanzaba contento, anhelante.

Por aquello de que lo que se dice no se hace, Anacleto no había comentado con sus compañeros de andanzas lo referente a la aventura que emprendería; pero dado que nunca falta un “yo lo oí,” luego de que había avanzado por la senda que desciende de su hogar, se le fueron uniendo sus amigos y vecinos; el grupo, conformado por una decena de muchachillos encabezados por Doroteo Abarca Suazo, avanzó, primero a través de un andar apresurado, y después, a la par de que se involucró en alharacas, transitó cual si fuera manada de potrillos desbocados.

Antes de arribar al camino ancho, la muchachada detuvo su avance tumultuoso, y luego de un respiro se involucró en un juego de manos y expresiones: “Hasta pronto, raza–dijo, Anacleto, a la par que mostraba una gesticulación de seriedad en su rostro moreno-.Les encargo a mis viejos a quienes quiero mucho. ¡Ayúdenlos!, si es necesario” –Sus palabras, propiciaron decires y cuchicheos que daban a entender afirmaciones. Luego de ello, lanzó un grito jubiloso al tiempo que levantaba los brazos y enarbolaba en uno de ellos su  sombrero de sollate prensado complementado con un barboquejo de cuero piteado y una pluma de ave que semejaba cresta multicolor. Los muchachillos festejaron su animosidad, endilgándole  alharacas saturadas de expresiones vivaces y en veces, chuscas: “¡ora guey!.. ¡Aquí quedamos tus amigos!.. ¡Adiós, ojete!..¡No te olvides de nosotros!.. ¡Que te vaya bien, culero!… ¡Regresa pronto!, no te vayas a quedar por allá, y nosotros acá sin saber de ti…

Luego de corresponder con ademanes las manifestaciones recibidas, el muchacho trotó y corrió alebrestado cual si fuera potro encabritado; se adentró en el  recodo del camino, y no se le divisó más. Su ausencia, apagó bullas y generó silencios. La chiquillada quedó paralizada durante largo tiempo en las inmediaciones del llamado Bordo de cabras como si esperara que de pronto volviera quien había sido capaz de contravenir la voluntad de sus padres. Después, luego de verse los unos a los  otros, a semejanza de la neblina mañanera que penetraba y se escurría, se dispersaron entre el caserío asentado entre oyameles, cedros y demás follajes acicateados por una lluvia tenue, pero persistente. Doroteo, se sumergió en un silencio levemente interrumpido por quienes ya por alegría o incertidumbre lanzaban gritos desatinados.

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La ausencia de Anacleto, repentino acontecer, motivó inquietudes preocupación en los adultos por aquello de que, a partir de esa fecha, pensaban, cualquiera de  los mozalbetes del pueblo de Escalerillas querría imitar este proceder; pero después de haber transcurridos algunos años no se mencionó  la desobediencia y el espíritu aventurero de Anacleto ni se suscitó algún hecho similar. El proceder del joven aventurero, amén de que de vez en cuando Doroteo y alguien más se parapetaba en el Bordo de Cabras como si esperasen algo, tuvo resguardo en el jacal de la familia Corrales Perales en donde don Susano, mascullaba la ausencia del hijo errante, y doña Aurora, aunque quejumbrosa, susurraba tonadillas alegres al tiempo que encendía pabilos en el altar erigido a sus imágenes religiosas.

Y en tanto que el decir y actuar del otrora inquieto muchachillo se iban desvaneciendo en el pueblo de Escalerillas, la figura de él, allá en la lejanía, se iba forjando un destino anhelado: Anacleto, luego de deambular hambriento y desamparado en busca de ocupación y sustento, emprendió su estancia y hacer temporales en ranchos en donde, a fuerza de voluntad y esfuerzo, aprendió a jinetear y adiestrar caballos, y montar toros. Más de una vez, cuando el infortunio lo atosigaba, estuvo a punto de regresar a su natal Escalerillas pero luego de pensarlo bien, le venían a la mente sus palabras: “No quiero envejecer como envejece mi padre que día a día se encorva bajo la pesada carga del trabajo diario y monótono; no quiero atarme a su tlalmecate, a su pedazo de tierra  a sabiendas de que no produce lo suficiente para alimentarnos; no…” Y entonces se aferraba a la decisión que lo inducía a seguir buscando algo o mucho que a ciencia cierta no sabía qué era. En la plenitud de su juventud, luego de haber sabido de amores ocasionales y en veces desamores que le trajeron ventura y en veces desventura que forjaron su forma de ser y manera de  conducirse, anduvo de pueblo en pueblo de rodeo en rodeo sin rienda ni reata alguna que lo apersogaran; fue y vino, sin más preocupación que su caballo alazán; así se le veía, errante y solitario, hasta que de entre las mujeres que cabalgaban en las cercanías de El Ciruelar, pueblo asentado en la Sierra, columbró a quien supo después, se llamaba Flor Rocío Andrade Cisneros, la misma que en la tarde de ese día, presidió la jugada de toros en honor al santo patrono del pueblo. Allí, desde el redondel, la saludó galantemente, inclinándose levemente y quitándose su nuevo sombrero de astilla; ya para entonces, la hermosa y joven mujer, a la que  dedicó la participación que haría sobre el lomo de El Dominico de don Fernando, semental de cornamenta retorcida y fama de reparador, correspondió la deferencia a través del ligero y discreto movimiento de una de sus manos. El encuentro entre ambos, fue casual y hasta podía decirse que se antojaba incongruente: ella, la hija más pequeña de una familia próspera, poseedora del rancho Los Jarales ubicado en las afueras del pueblo; él, un joven aventurero que ese día estaba allí, y mañana podía en no se sabe dónde; pero, como en eso de enamorarse no existen reglas escritas que normen el pensar de quienes son tocados por el amor, en un dos por tres, después de una semana, los muchachos se entendieron. Y he aquí que Don Fernando Andrade y su esposa Florencia Cisneros pusieron el grito en el cielo cuando la hija,  mozuela de escasos dieciocho años, les dijo que se iría del lugar con quien había jineteado  y aguantado los reparos del toro Dominico; no entendían el proceder de quien gozaba de comodidades y apapachos en el seno del hogar. Luego de que amenazaron, exigieron, solicitaron,…terminaron por  suplicarle, pidiéndole que por lo menos, “los honrara,”  que no se fuera así nada más, amancebada, que se casara. He ahí que en la noche del siguiente día, Anacleto, se hizo presente en la casa de los señores a quienes dijo: me he enamorado de su hija. Sepan que no tengo más fortuna que el amor que me nace del corazón pero la haré feliz. Por eso estoy aquí, para pedir que me permitan vivir con ella en matrimonio. No obstante que doña Florencia empezó a llorar y sus tres hijos mayores no daban cabida a lo que escuchaban, el jefe de la familia afirmó que no contrariarían la voluntad de su hija. En la siguiente mañana, ante la presencia de curiosos y algunos familiares,  luego de que el oficial del Registro Civil les entregó a los recién casados un papel, y Anacleto hizo a su esposa depositaria de una alforja que contenía sus dineros, don Fernando abrazó a su hija, la bendijo y le entregó un corcel de fina estampa. Ante lo ineludible, doña Florencia y sus hijos se acercaron, les prodigaron abrazos y expresiones deseándoles suerte. La gente que presenciaba  el evento inesperado, los aclamó y les deseó felicidad. Instantes después, Flor Rocío y Anacleto montaron sus cabalgaduras y emprendieron su transitar rumbo  a una comunidad cercana en donde se realizaría una toreada en honor al santo patrono. Atrás quedaban llantos, rumores, decires, opiniones…

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A partir de ese entonces, ambos se aventuraron por caminos y veredas: Flor Rocío, jineteando un caballo tordillo, Anacleto, montando en un corcel alazán. El joven originario de Escalerilla, transitaba acicateado por la fama que había adquirido en el rodeo de El Pueblo Mayor en donde se concentraba lo granado de las jugadas toriles promovidas por prestigiados hombres de a caballo: Trini Reyes, Francisco Robledo Calderón, Matías Robledo Calderón, Joaquín BasilioVega, Féliz Mier Peralta, Juan Dircio, Eleazer Díaz Campos; el muchacho se ufanaba de haber montado, sin que lo hubiesen derribado, aguerridos ejemplares conocidos como: El Prieto de Chucho Pato, El Violín de Mauro Astudillo, El Negro Lucero de don Fabián López Abraján y el Josco de don Chon Gómez. Confiaba en su figura que alcanzaba la notoriedad de otros jinetes como Juan Alcaraz Campos, Adolfo El Chato, Odilón Millán el atliaqueño y Marcelino La Mija. Más se pavoneaba cuando oía decir, a los organizadores de estas jugadas: “un buen encierro de toros bravos y reparadores, y la presencia de El Montador de Escalerillas, llenan las plazas.” Pero él no se mostraba satisfecho: anhelaba, buscaba, pretendía,…

Tras de ir de novillada en novillada pueblerinas, escuchó  que un afamado compositor de “corridos” asistiría como invitado de honor a un jaripeo que se realizaría en Barranquillas  paraje situado en las inmediaciones de una lejana comunidad asentada en la Región de la montañosa. Y hasta allá  fue en compañía de Flor Rocío a quien le había prometido que, luego de una cuantas jugadas más en esa región, se avecinarían en una comarca ganadera. El muchacho, vistiendo sus mejores galas de jinete, se involucró en la jugada: acordó, con los organizadores de la jornada toril, que montaría  a “El Culebrino”, toro maloso, propiedad de don Juvenal Oropeza Batalla; el animal resoplaba, bramaba y enarbolaba su cornamenta al sentir la acometida de los vaqueros que le colocaban un pretal. Luego de convenir momento y detalles de la que sería su primera jineteada en ese redondel, sus ojos hurgaron entre lo abigarrado de la muchedumbre que aminoraba su impaciencia involucrándose en mitotes, apuestas, consumos etílicos, gritos, arengas. Su mirada se posó en la silueta de un hombre que, a la par de mostrar interés en el decir y hacer de quienes estaban en su rededor, escribía sobre las páginas de un cuadernillo. Anacleto, observó al personaje de avanzada edad; individuo de tez morena, alto, delgado y de aspecto distinguido; la vestimenta de éste era blanca en la que resaltaba una guayabera de corte  refinado; calzaba zapatos de delicada hechura; coronada su cabeza con un sombrero de fieltro.  Anacleto supuso que debía ser respetuoso con él; consideró  que debía ir hasta donde estaba él, pero como lo apuraba el compromiso recién contraído, desde la amplitud del  redondel, le grito:

“¡Oiga, don usted!..¿Qué es necesario que haga yo para que me componga un corrido chingón; un corrido como los que oigo que hablan de hombres y mujeres famosos?.. ¿Qué es necesario que haga?”

Ni tardo ni perezoso, el hacedor de corridos, imprimiendo a sus palabras un dejo de ser petulante, contestó desde el palco destinado a invitados especiales:

“¡Que te mueras!, muchacho, que te mueras,… o hagas una monta espectacular que nos convenza. ¡Eso es necesario que hagas para que te haga un corrido!”

La contestación causó indignación; motivó silencios, enojos soterrados, miradas furibundas que al cabo de unos instantes se desviaron hacia el ruedo en donde Anacleto, luego de no responder palabra alguna al compositor, afianzó sus espuelas adheridas a sus botines, acomodó un paliacate en rededor de su cuello, reacomodó la pluma multicolor en su sombrero hecho de finas astillas, trabó en su barbilla el barboquejo, ajustó el pretal que hacía bufar al animal apersogado, y, sin siquiera mirar de reojo hacia el palco en donde se encontraba Flor Rocío Andrade, su esposa y madrina, que se debatía entre la algarabía y el desasosiego, montó en el lomo del toro más reparador de la comarca. El animal  se levantó y mugió como monstruo embravecido al tiempo que saltaba y retorcía su cuerpo cual si fuera gusano alado acicateado por el alarido de la multitud situada en el graderío de la plaza, la música estridente del Chile Frito y el grito azuzador de toreadores y hombres de a caballo. Culebrino no se comportaba como era común verlo en otras “jugadas de toros”; se desplazaba como animal “arreglado”, como bestia enloquecida que sólo detuvo su trajinar endemoniado cuando se liberó y desahogó su bravura salvaje sobre el jinete que le había hincado dos espuelas hirientes en la piel de aspecto rudo pero sensible. La escena cobijada por el ruedo toril,  propició un clamor impregnado de consternación.

A la par de que el toro, encabritado y mugiente, se colocó desafiante en mitad del redondel hoyando con sus pesuñas el suelo impregnado de tufos cerriles, la muchedumbre reaccionó ante el alarido apesadumbrado de Flor Rocío: hombres y mujeres realizaron lo que era necesario hacer. En un santiamén, el jinete fallido fue rescatado y transportado a las afueras del redondel. Allí, sin despojarlo de vestimenta y aditamentos de jinete, le apretujaron el vientre sangrante y le administraron otros auxilios, pero el muchacho, luego de abrazar a su esposa, y musitarle algo, expiró. Sin desprenderse del cuerpo inerte, Flor Rocío, lo bendijo, lo besó, le cerró los ojos,  y lloró. Instantes después, cuando un una gruesa capa de montador cubrió el cuerpo inerte, el compositor de corridos, hombre de andar cansino, manifestó:

“Señora de todos mis respetos. Contribuiré con lo necesario para que se lleve al cabo el funeral o lo que proceda conforme a la figura relevante del  afamado montador de Escalerillas.”

Al escucharlo, hubo rememoraciones, y expresiones diversas que lo involucraban; campearon enojos, pero no lo ofendieron. A fin de cuentas predominó el sucinto agradecimiento de la doliente: “se le agradece, señor.”

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En tanto que la gente rumiaba este hecho, y el embravecido semental amagaba a los jinetes y toreadores, el anciano ganadero más conocido como “don Nal,” surgió de entre la gente, y entró al ruedo. El toro, llevado por su instinto, levantó la cabeza, bufó y mostró trazas de emprender una repentina embestida, pero después de unos instantes en los que venteó el olor de su dueño, dobló las extremidades delanteras y desahogó su bravura hundiendo uno de sus cuernos en la tierra recién apisonada. Cuando el animal estuvo sosegado, el octogenario de andar cansino, le acarició el lomo, le palpó las “talegas”, le quitó el pretal, le colocó una reata delgada en la cornamenta, y luego de decirle, en tono cariñoso, “¡vámonos torito, vámonos!…Anda, vámonos, chiquito,” lo condujo a las afueras del ruedo en donde, la otrora bestia colérica, mostró mansedumbre y acomodó sus zancadas al acompasado caminar de su amo.

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En la noche del dos de febrero, día de festividad dedicada a virgen de La Candelaria, se llevó a cabo el velorio en La Comisaría Municipal. Ya entrada la noche, hombres de a caballo, toreadores y arreadores que manifestaban su hermandad en la desgracias acaecida, presenciaron el arribo del compositor de corridos; escucharon el reiterado ofrecimiento que hizo para solventar los gastos que generaría el hecho mortuorio; y testificaron la entereza que mostró la joven viuda ante quien le había gritado a su marido: “¡Que te mueras!, muchacho, que te mueras, o hagas una monta espectacular. ¡Eso es necesario que hagas para que te haga un corrido!” Quienes presenciaron este hecho, afirman que ella le dijo en tono quedito pero asentado: “señor, guarde su dinero;  retírese de este lugar, y cumpla su promesa;”aseveran que, luego de escucharla en medio de un repentino silencio, el anciano se alejó cabizbajo, adentrándose, perdiéndose en la oscuridad. La noche aquella, estuvo impregnada de ajetreos: gente que acudía o se alejaba del velorio; alboroto y aullidos de perros; descargas de armas de fuego en las inmediaciones del pueblo; y el constante relinchar del caballo alazán que, apersogado, se mostraba encabritado a pocos pasos del féretro.

En la mañana siguiente, después  de que el comisario y el doctor dieron fe de lo acontecido, el difunto Anacleto fue subido  en la parte trasera de una camioneta de redilas. Flor Rocío, tras de escudriñar el contenido de su alforja, agradeció la presencia de quienes la habían acompañado, encomendó sus avíos y caballos a un lugareño de sus confianzas, se acurrucó junto a su marido muerto, y encabezó el cortejo si es que se puede considerar como tal a cuatro o cinco personas que la seguirían, encaramadas en un vehículo destinado al traslado de ganado. El propósito común era llegar antes del mediodía a la Ciudad Capital del Estado.

La joven enlutada quien había mostrado entereza en el dolor que le producía su inicial viudez, no había flaqueado ni externado lamentos al escuchar el tañer melancólico de la campana empotrada en la torre de la capilla, no se había mostrado quejumbrosa al recibir el pésame de quienes tenían amistad o acercamiento con su marido. Pero su fortaleza sucumbió después al escuchar ecos del jolgorio escenificado por jinetes y montadores que participaban en el tradicional paseo de El Toro de Once amenizado por las notas musicales del Chile frito. Irrumpió en sollozos al recordar que un día antes, ella y su hombre, habían participado en un acontecer similar que culminó en comilona ofrecida por los mayordomos responsables del festejo destinado a la patronal santoral del pueblo. Pero a fin de cuentas, luego de unos instantes, enjugó sus lágrimas y exclamó en tono comprensivo: “las cosas no pueden ser de otra manera: ellos con su gozo, y yo con mi muerto. ¡Barranquillas está de fiesta!”

Sin que nadie la reconfortara, desvaneció poco a poco su flaqueza repentina al recordar cómo había conocido a su hombre; evocó palabras más palabras menos que se dijeron en su primer encuentro, y le produjo aliento  rememorar lo dicho por Anacleto frente a sus padres: “me he enamorado de su hija. Sepan que no tengo más fortuna que el amor que me nace del corazón pero la haré feliz. Por eso estoy aquí, para pedir que me permitan vivir con ella en matrimonio.” Cuando en su pecho hubo un sosiego, hincó los nudillos de una de sus manos sobre la lámina de la caseta del vehículo que la trasladaría, y pidió de favor al conductor que iniciara su viaje.

El recorrido a través de carreteras terrosas, fue tortuoso pero los condujo a su destino. En punto de las doce horas de ese día, luego de hacer lo necesario ante quienes administraban  el crematorio, entregó el cuerpo inerte de quien la había amado. El hecho la estremeció, la  flageló y la indujo a tomar consciencia de su reciente viudez pero una vez más mostró entereza ante quienes se mostraban solidarias con ella. “La vida continúa”, dijo para sus adentros. Concluida la cremación, regresó con sus acompañantes, retornó, fue al rescate de lo poco que poseía: sus cabalgaduras, sus avíos y cosas más de su marido fallecido.

Días después, cuando aún se oían reminiscencias del  bullicio que había imperado en torno a la festividad de La Candelaria, enfiló sus pasos rumbo al rancho de sus padres. Don Fernando y la señora Florencia quienes la recibieron como si ella hubiese regresado de un viaje común y corriente; sin despojarse de pesadumbres que guardaban en sus adentros, la acogieron entusiasmados; se mostraron amorosos; y, después de saber detalle a detalle lo acontecido en Barranquillas, la reconfortaron. Días después, cuando se hubo recuperado, les dijo: “haré un viaje largo pero, Dios mediante, volveré.” No hubo objeción alguna a la afirmación de Flor Rocío, sólo bendiciones. Después, en el amanecer de un día iluminado,  salió del pueblo, generando murmuraciones… Sin que ella lo notara, por encargo de sus padres, dos jinetes la seguían a distancia.

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El ritual evocativo que la madre de Anacleto venía realizando durante siete años, culminó  cuando observó que los fuegos, anidados en la cera y aceites candentes, se ahogaron, acosados por una ráfaga fría que fustigó frondas, levantó hojarascas y propició intranquilidad en los pobladores y desasosiego en los animales. A partir de este momento, doña Aurora, poseída de silencios raras veces alterados por lastimosos aullidos de perros, se postró de hinojos, oró fervorosa, y luego de llorar en los brazos de su esposo, guardó cirios y candiles: Sin abandonar su estado quejumbroso, reordenó sus imágenes y santos de cuerpo entero; quitó flores y floreros depositados en el altar;  reacomodó cachivaches desperdigados en la choza; humedeció y barrió el piso de su vivienda hasta dejarlo destilando frescuras impregnadas de barro apisonado.

De ahí pal real,  a la par de que Doroteo, ahora hombre, no dejaba de asistir en las inmediaciones del Bordo de Cabras, doña Aurora, luego de ir y venir en el desahogo de quehaceres hogareños, en veces sola y las más de las ocasiones acompañada de don Susano,  se  apoltronaba en un sillón hecho de bejuco; se estaba allí desde el atardecer, atisbando el ir y venir de cuanta persona transitaba en la vereda que conducía a su casa; y cuando las sombras de la noche cubrían el entorno, pedía que se incendiara el grueso hachón hecho de astillas de ocote que de antemano resarcía a diario para después empotrarlo en mitad del patio, a manera de faro nocturno.

Luego de haber transcurrido diez o quince días en los que la gente llevó y trajo el repentino  hecho ocasionado por el inusual viento que los perturbó, y modificó la actitud de doña Aurora,  la habitual monotonía de los pobladores, en veces perturbada ya por la festividad del Santo Patrono ya por mitotes vecinales  o fallecimientos de algún conciudadano, se alteró cuando aparecieron unas siluetas procedente de la vereda mayor: Doroteo fue el primero en divisar un caballo jineteado, seguido de uno más llevando abultada carga en el lomo. Los habitantes de las casas cercanas al camino, fueron los primeros en distinguir que el animal tordillo cargaba a una joven  que portaba un paliacate rojo en el cuello y cubría su cabeza con un sombrero hecho de fina astilla; y cuando la mujer estuvo más cerca de ellos, vislumbraron que traía consigo una mochila de correa piteada, dos espuelas y un par de botines lustrados. Las mujeres advirtieron que estaba allí en el centro del espacio que ocupan las veinte y tantas casas desperdigadas que conforman y dan cobijo a la población de Escalerillas, fueron a su encuentro para enterarse del porqué de su presencia en este apartado lugar. Ahí, luego de una breve conversación en la que ella dijo provenir de El Ciruelar en busca de la familia Corrales Perales,  la llevaron a la cima de la Loma pelona en la que se aposentaba un jacal rodeado de arbustos.

Los esposos Corrales Perales, avizoraron la muchedumbre, encabezada por Doroteo y una decena de lugareños, que ascendía cual si fuera  cordón de hormigas arrieras transitando por el caminillo que conduce a su hogar. Desde donde estaban, vieron su caminar y escucharon ese rumor creciente a manera de enjambre. El hecho les produjo inquietud e incertidumbre. Luego de un tiempo transcurrido, mujer y cabalgaduras, poseídos de cansancio y polvo del camino recorrido, arribaron a las afueras de la cabaña en la que de pronto se hizo un silencio hasta que se escuchó un “pase usted” que dio lugar a que la recién llegada descendiera de su montura y sus acompañantes ocasionales invadieron los espacios colindantes. Sin tener plena certidumbre de lo que hacía, don Susano, agarró las riendas de los corceles, las anudó en un grueso horcón, y luego de decirle “está en su casa,” instó a que ella pasará al interior de la vivienda. La joven agradeció la amabilidad del anciano: “muchas gracias, señor”, se escuchó que dijo. Y entonces tras de mencionar: “soy Flor Rocío Andrade, la esposa de su hijo Anacleto”, les entregó un jarrón de esmerada hechura, propiciando con ello que los señores la abrazaron y empezaran a llorar. Doña Aurora gritaba y se dirigía a Dios en son de reclamo, diciendo: “¡Señor, Dios, porqué nos castigas así!” Su llanto angustioso, daba la impresión de que no terminaría. Pero menguó cuando Flor Rocío la cubrió con sus brazos, y le musitó algo al oído. Entonces, la madre de Anacleto, aunque llorosa, mostró entusiasmo y entreveró, a su pesar, visos de alegría. Instantes después, cuando doña Lola estuvo sosegada, le preguntó: “¡muchacha!, ¿cuáles fueron las últimas palabras de mi hijo? Flor Rocío, luego de frotarse los ojos con el paliacate que aún llevaba en el cuello, se acercó a doña Aurora y le murmuró al oído: “chatita, cuida a mis padres. Ve con ellos. Diles que me perdonen. Diles que siempre los tuve en mi memoria. Diles…”Pero no pudo continuar, y la abrazó sollozantes. La anciana correspondió con expresiones entrecortadas saturadas de dolor.  Don Susano experimentó un vuelco en su interior que lo indujo a manifestarse lloroso, pero reprimió sus lágrimas obligándolas a naufragar en su garganta. El hecho repentino, le causó dolor físico que desahogó carraspeando.

Luego de que la gente desahogó su curiosidad, Doroteo y quienes lo habían acompañado en sus constantes visitas al Bordo de Cabras, propiciaron que se alejara del lugar; hombres y mujeres se desperdigaron, se fueron hablando de las mechas ahogadas en la parafina y el aceite candentes, se alejaron murmurantes: que si éste que si lo otro, que si fue así o de otro modo; se retiraron saboreando el devenir del día que había trastocado su monotonía habitual, regresó a sus jacales, musitando…

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Días después, la familia Corrales Perales, luego de rezar un novenario, rescatar girones del  brazalete que había sido anudado en el tallo del rosal floreciente, verter en las raíces de éste las cenizas que reguardaba el diminuto jarrón, guardar lo ocupado por el difunto Anacleto, y deshacerse del chamuscado hachón que durante muchas noches iluminó el entorno de la choza, se condujo armoniosa: Flor Rocío Andrade, mujer hermosa, poseedora de bondades y afectos, fue renuevo de vida que trajo alegría al hogar que la acogió; don Susano, hombre de sembradíos cultivados en su tlalmecate asentado en la hondonada de Las Palomas, va y viene con ánimos de hombre rejuvenecido, sobre el lomo del caballo alazán; y doña Lola, amén de procurar esmeros en el bordado de chambras, mantillas, pañales, canturrea se muestra diligente cual si fuera tortolita varalera.

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Al cabo de algunos meses, en tanto que la chiquillada ,repentinamente despedía a jóvenes que encaminan sus pasos por la vereda que conduce al Camino Mayor, quienes fueron compañeros de andanzas de Anacleto, se afanan en arrancar arpegios a una guitarra fandanguera entrelazándolos a las voces de bohemios que cantan, una y más veces, el corrido dedicado a “El montador de escalerillas; composición poética que repentinamente llegó a los oídos de los lugareños a través de  un cantante de espíritu vagabundo que, además de haber estado en aquella tarde que se jugó a El Culebrino, cumplía el encargo recibido de don Armando Lozano Vela,  viejo  compositor de corridos quien le había dicho “ve a la tierra del muchacho, y cántalo hasta que se lo aprendan.” La letra del corrido, empieza por decir:

“Del pueblo de Escalerillas/ del paraje Senegal/ se descolgó un cabecilla/ a tierras del Abajal/ Su padre lo reprendía/ y su madre suplicó/ no te vayas bien de mi vida/ pero los desobedeció/ Sería la ocurrencia/ sería su vanidad/ serían que de nacencia/ no era para este nidal/ Anduvo de arriba abajo/ en busca de no sé qué/ hasta que allá en El Ciruelar/ encontró su ese qué/ Culebrino se llamaba/ el toro bravo, semental/ rey de la gran vacada/ del anciano Juvenal/ ¡Ay!, paloma torcaza/  No me quisiera acordar/ que en una lejana plaza/ se quiso inmortalizar/ Anacleto se llamaba/…”

A la par de estos cantares, en lo que va del tiempo transcurrido, bajo la bóveda celeste que resguarda el caserío inmerso en la obscuridad, se narran anécdotas que exaltan la figura de Anacleto Corrales Perales; se aclaman atributos de Flor Rocío, y festejan las graciosidades de Fernando Susano, pequeñín de escasos meses de vida quien ha propiciado decires  júbilosos en la población y generado ánimos en la existencia de doña Aurora y el señor Susano. En el hablar y cantares de los pobladores, se  entreveran rumores:

“Don Nal no permitía que alguien lazara o jaloneara a su toro ni autorizaba que fuera montado en otro lugar que no fuera Barranquillas… Cuando se lo pedían para una jugada, el anciano de andar cansino, lo llevaba al encierro de ese día y daba indicaciones precisas: ¡no lastimen a mi  semental!, porque lo quiero como se quiere a un hijoY, como era costumbre en él, cuando culmina la jugada, lo sacaba del redondel… Pero estos decires y maneras de ser del viejo, son ideas del pasado, porque desde que El Culebrino mató a Anacleto, las cosas han cambiado; empezando porque el animal permanece alejado de ruedos y vacadas…”

Cuando describen rebaños, manadas de yeguas y grandes campiñas destinadas al pastoreo que posee don Juvenal, aseveran:

“El viejo nació con estrella, fue bendecido por Dios o tiene tratos con el diablo.”

Y en cuanto al Culebrino, externan versiones que rayan en los límites de la  exaltación:

“Es un toro negro de pelaje relumbroso, dicen quienes lo han visto, que tiene cornamenta grande y fuerte; que es un animal de gran alzada y bravura; un semental que, en las noches de luna llena, frecuenta las profundidades de barrancas desde donde lanza mugidos prolongados que arremeten contra los silencios; es una bestia de mirada hosca que asusta, y en veces atrae …”

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Desde esos ayeres hasta el presente que ha venido luego de muchos acontecer envueltos en las neblinas del tiempo, en el pueblo de Escalerillas, lugar visitado por  forasteros ya porque vienen con sus vendimias ocasionales ya porque compran lo habido en el entorno o porque les da por conocer el lugar en donde nació El Montador de Escalerillas; se murmura que el joven Fernando Susano es excelente jinete que campea en el rancho de sus abuelos maternos; se evoca la imagen y el proceder de Flor Rocío al cuidado de sus padres, y sus suegros a quienes visita periódicamente en compañía de su hijo. En las conversaciones de algunos viejos, salen  a relucir pormenores de la ahora disminuida riqueza de don Juvenal, en el pueblo de El Ciruelar, causada por el la fiebre aftosa que atacó su ganado vacuno; y, en refiriendo al semental Culebrino, atraen ya en tono de homenaje ya en son de guasa, fragmentos del poema “Soliloquio de un toro viejo” que recitan con actitud vehemente:

“Soy un toro desvacado/ que vivo solo, en lo apartado/ de una cañada en el fondo/ amogotado en lo hondo/ de escondida encrucijada/ Ya no significo nada/ me aparto de los rediles/ se han tornado mis abriles/ en rigurosos inviernos/ Ya no mujo/ ya no como/ ya se me acabó el coraje/…”

Y luego de ello, se escuchan armonías procedentes de guitarras, y cantares dedicados a quien salió de su terruño en “busca de algo y mucho que le alborotaban el cuerpo y el alma;”  sonidos de guitarras y voces que en veces propician el llanto soterrado de Doroteo quien recuerda el decir de Casimiro Salvatierra: “Qué esperas, güey, ¡lánzate! Si tanto quieres estar en otro lugar, ¡Lánzate! Si bien te va,  regresas cuando seas ruco, te apareces acá de vez en cuando a visitar a tus viejos. Pero antes, arriésgale, búscale, desentúmete…”

Algunos de sus contemporáneos, lo abrazan al tiempo que uno de ellos, con voz animosa le comentó: seguramente, no fue lo que esperaba pero se aventuró y ahora lo recordamos; dichoso él, ¡jodido tú! Jodidos nosotros. Y luego de sonreír a carcajada abierta, a coro empezaron a cantar “Del pueblo de Escalerillas/ del paraje Senegal/ se descolgó un cabecilla/ a tierras del Abajal…”

*Imagen tomada de Internet