“EL CURADO”

 

 

 

El rumor ha ido creciendo y en éste se advierte que, como pocas veces había acontecido en el redondel rodeado de espectadores, la gente de Ciénaga del Aguacatal, se entusiasmó con la participación espectacular de  Antonino y sus amigos. Una vez más, como antaño lo habían hecho en diversos lugares, el grupo procedente de Laderas de Amatitlán, se involucró en la conmemoración pueblerina de ese entonces; los cuatro muchachos participaron en La Novena  santoral incendiando salvas que sonaban estruendosas en la concavidad celeste; actuaron desinhibidos en el ir y venir de encuentros, peregrinaciones y procesiones; estuvieron  aquí y allá entre el estruendo de cohetones y fuegos artificiales; participaron en la colocación de arreglos en la fachada de la capilla que acogía al santo patrono; se involucraron en cantos y alabanzas; y asistieron a las comilonas en donde se atarragaron de vino y sabrosuras culinarias. Fueron en este acontecer, como da  en decir el vulgo: “ajonjolí de todos los moles.” Y, cuando llegó el momento de la toreada que coronaría el festejo religioso, se  sumaron al grupo conformado por hombres de a caballo, arreadores y montadores locales, participaron en el tradicional                                                                                                paseo y jugadas del “toro de once;” y después de haber lidiado al animal para calentar la plaza, bebieron mezcal, agua de las verdes matas  extraída del maguey; comieron huacashtoro, mole verde, tortillas recién salidas del comal y tamales tololoches ofertados por los mayordomos encargados de la festividad religiosa.

Mas como todo tiene un  hasta aquí, luego de que algunos de ellos fueron zarandeado  y revolcados un día después en la última toreada que dizque de despedida, retornaron a Laderas de Amatitlán.Una vez más recorrieron el camino, avanzaron deteniéndose en los pueblos, y de refilón visitaron a la curandera Domitila quien, después de recibir los obsequios que le hicieron, endilgó una vez más su tratamiento a Antonino que se comportó anuente: estuvo quieto, soportó los resoplidos y olores sudorosos de la señora; permaneció recostado en el petate, bebió la pócima que le ofertó en la jícara y recibió otra botella repleta de mezcal color azulado, con la consabida instrucción:  beberás este mezcal en porciones pequeñas;… pero de ésto,…¡pico de cera!, no vayas andar con tu pito y tu tambor diciendo a medio mundo que yo te lo facilité. ¡Cierra la boca, y bébetelo!.. Bébelo para que se te quite lo atarantado y llorón.

Antonino no la contradijo, se limitó a musitar: gracias, señora, Dios le dé más. Ambrosio preguntó cuánto se debía pero la curandera no especificó cantidad alguna, se limitó a decir: No curo por dinero, curo porque las facultades que me han sido conferidas deben servir para hacer el bien, Allí dejen en la jícara lo que sea su voluntad. Y váyanse, que tengo otros quehaceres.

Sin más decir la curandera se introdujo en su choza que alberga una hornilla de tosca hechura en donde reposan, además de fuegos alimentando cocimientos, ollas, jarros, platos hechos de barro; bajareques, paredes recubiertos colgajos de yerbas, aves, reptiles y animales  carroñeros disecados; una cama constituida por maderos, varas de otate, petate de sollate, almohada burda y gruesa cobija de lana; un pretil que semeja alargada mesa en la que reposa un nutrido conjunto de frascos de material y fabricación diversos, conteniendo: ungüentos, menjurjes, amasijos, polvos, esencias, líquidos; y en la parte frontal del espacio, un altar que da cabida a un crucifico negro e imágenes levemente iluminados por la luz chisporroteante proveniente del pabilo que emerge de un candil chamuscado.

A la par de estos acontecimientos, Altagracia Almonte Pérez, Hortensia Palomares Yáñez y Amparo Santamaría Linares, esposas de Ambrosio, Juventino y Gregorio  respectivamente, armaban escándalo por la repentina ausencia de sus maridos; preguntaban aquí, allá a las personas que arribaban al pueblo. Y no pararon en su ir y venir hasta que visitaron  a Josefina Macedonio quien, aunque molesta por lo que le habían informado unos arrieros que se detuvieron para abastecerse de víveres en su tienda, les dijo en tono enérgico: preocúpese  la que tenga que preocuparse, yo sé lo que tengo en casa; déjense de mitotear y póngase a trabajar para que cuando regresen sus maridos las encuentren hacendosas. Y, sin decir más, retornó a sus actividades, gritando, ordenando que se atendiera como Dios manda a la clientela. Las mujeres, luego de un respingo, salieron del establecimiento comercial, musitando no se sabe qué, y, luego de un trecho recorrido, se dispersaron.

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Días después, los esposos ausentes, entraron por la prolongada calle que agrupa las casas en las que había personas que los miraban con ojos inquisitivos y externaban comentarios referentes a la vestimenta desaliñada y apariencia física deteriorada de los recién llegados.  Pero a éstos poco les importó la oleada de habladurías que propiciaban su presencia; mas que sentirse afectados por la actitud de sus conciudadanos, se mostraron regocijantes en lo que era el final de la aventura que habían emprendido para lograr sanación en la naturaleza del amigo quien, aún bajo los efectos del alcohol consumido, se mostraba vociferante al tiempo que caminaba  apuntalado en los hombros de Ambrosio y Juventino.

Luego de haber transitado  durante algunos instantes, detuvieron su andar junto a una banca aposentada bajo la sombra de un árbol erguido en el centro de la comunidad. Allí conjuntaron sus afanes para reanimar a Antonino quien a la par de gritar: ¡ya llegó el toro de Laderas de Amatitlán!, ya llegó…contoneaba su cuerpo e intentaba ajustarse las espuelas en los botines rasgados y saturados de barro. Dejaron que transcurriera un rato, y luego de que le reacomodaron  pantalón y camisa descuajaringados, y  le alisaron los cabellos de la cabeza carente del acostumbrado sombrero de ala ancha que pisoteó el último toro que había jineteado; Ambrosio, el más enterado de los arrebatos de doña Josefina Macedonio, externó una pregunta: ¿ahora qué hacemos para que Antonino llegue salvo y sano a su casa? La respuesta de Gregorio fue contundente: ¡nosotros lo sacamos, nosotros lo meteremos a su casa!… ¡Va, pues!, respingó Juventino. Y he ahí que los cuatro individuos, reanudaron su andar. Ya para entonces, Antonino, aunque con la vestimenta deshecha se mostraba erguido, joven, galán, esbelto, simpático; daba la impresión de estar seguro de sí mismo, pero al escuchar que su esposa de orígenes y prestancia españoles, gritó: hombre de dios, amor mío, ¡te cogió el toro!, al tiempo que levantaba arrebatadamente los brazos como anticipo de una retahíla de expresiones altisonantes que le endilgaría, se acercó presuroso a ella; la abrazó efusivamente y, luego de besarla en las mejillas, le dijo: ¡te amo mucho!, Chepinita¡Te quiero!; eres la razón de mi vivir,… eres mi amor;… eres mi ternurita. Eres más que eso, eres mi tesoro. ¡Eres mi madre del alma!

No obstante que Josefina Macedonio no daba crédito a lo dicho por los boquiflojas  que le dijeron lo que había acontecido en el corral de toros de La Ciénaga del Aguacatal, sentía un martilleo en la cabeza que la inducía a pensar que tal vez si era cierto eso y más que le dijeron de su marido, e imaginó a la muchacha enamoradiza, apretujándolo. La duda empezó a corroerle las entrañas  por aquello de que su Antonino, según el decir de la gente, era de buen ver, y más joven que ella como se lo había hecho ver su madre, la señora Macrina Benítez: mi´ja, ese jovencito, pronto te mirará como se mira a una vieja; y le dará por mirar a otras mujeres de su edad, bellas y más jóvenes; palabras más palabras menos de ellas secundas por los decires de su padre, don Anselmo Macedonio quien sin alzar la voz, le expresó  después: Josefina, por si no lo sabes, debes considerar que el hombre joven corta y saborea la fruta cuando ésta empieza a madurar; cuando la ve vieja y desprendida del árbol, ya no la apetece  igual y termina, en la mayoría de las veces, abandonándola… Si aún estás en tus cinco sentidos, debes considerar la verdad que comenta la gente de experiencia: cada oveja con su pareja. Josefina recordaba que don Anselmo, luego de abrazarla y bendecirla, conversó con su esposa Macrina, y un día después de la boda, por aquellos de que casados, casa de dos, prepararon lo necesario, dieron indicaciones precisas a los empleados del establecimiento comercial, y se fueron al rancho Los Amates de Tezahuapa. Ante las circunstancias predominantes, las advertencias de sus padres ahora encontraban cabida en su vida de casada, pero dado que el arrepentimiento no formaba parte de su manera de ser y actuar, luego de pensar para sus adentros: golpe dado ni Dios lo quita… A lo hecho, pecho, poseída de un nidal de incertidumbre, quiso dar cauce a sus impulsos de mujer atrabancada; a punto estuvo de abofetearlo, arrojarle sus  pertenencias a la calle, lanzarle mentadas de madre a él y a sus amigos, pero luego de mirarlo de pies a cabeza y allegarse de momentos vividos con él, en la intimidad de su aposento que le produjeron estremecimientos, contra lo acostumbrado en ella, prefirió llevar la fiesta en paz. Y he ahí que los mirones quedaran con el santo en la boca: Josefina Mardonio Benítez, la mal Hablada, la que no tenía pelos en la lengua, se mostró sosegada, anuente y hasta sonriente:

-¿Y ahora  qué sucede, cariño?.. Si mal no recuerdo, desde hace unos meses después que nos casamos, te volviste  hombre de pocas palabras, meditabundo, silencioso, huraño…. ¿Pues de cuál bebiste, que ahora te has vuelto cariñoso y soflamero? –Dijo  ella   en tono  potente pero amable a la par que sustraía de entre las ropas de su marido la botella de cristal carente del mezcal azulino-. Que yo sepa, tú nunca has sido afectuoso conmigo.Pa´mí que es puro mitote lo que dices; ¡pura faramalla de borracho!.. ¡Algo hiciste, recondenado; algo que ofende mi dignidad de mujer!; algo que te remuerde la conciencia, y te produce remordimientos que te traen como perro apaleado, meloso, arrepentido,… -a Josefina le sobraban motivos para sacar a flote su  carácter alebrestado, pero  repentinamente se comportó diferente-. No te creo ni asinita siquiera –dijo esto al tiempo que con una de sus manos configuraba una figura de pequeñez. Pa´mí que luego de hacer tus cosas, te aleccionaron estos desvergonzados –expresó desdeñosamente dirigiéndose hacia los sonsacadores de su marido-; te dijeron cómo comportarte para evitar la zarandeada que mereces.  ¡Dime!, Antonino; desembucha lo que traes adentro. ¡Confiesa! Pasaré por alto  que te hayas ido de parranda pero dime la verdad:¿anduviste de arrecho y queda bien,  allá?

-¡No mujer! –Resonó fuerte la voz de Antonino, a la par que dejó de abrazarla- Debes creerme. Es cierto lo que digo: te quiero y te extrañé pero, por favor:¡respétame! ¿Sí?, respétame, preciosa. ¡No me sigas ninguneando!, no me trates como trapo de cocina; dame mi lugar como tu marido que soy -Algo refunfuñó, Josefina, al escuchar las exigencias de su marido otrora sojuzgado. Quiso vociferar y sacar a relucir su abundante compendio de expresiones soeces pero sólo mostró una leve sonrisa. Los amigos de Antonino, se miraran unos a otros. Sorpresa fue que su compañero de antiguas andanzas, luego de mucho tiempo transcurrido en el que había soportado maltrato y sojuzgamiento, ahora pidiera que su esposa, la mujer más adinerada y atrabancada del pueblo, lo tratara diferente.

Josefina Macedonio Ordóñez, hembra que campeaba en los cuarenta años, señora acostumbrada a llevar las riendas de su hogar y negocios de compraventa; mujer de armas tomara quien el vulgo temía por sus arrebatos reforzados con ademanes y palabras gruesas, se acercó a su marido, lo abrazó y le musitó algo al oído.  Luego de mirarlo fijamente a los ojos, sonreírle y corresponder generosamente a los apapachos que éste le prodigaba, lo condujo con actitud comedida hacia la puerta que daba acceso a su hogar; y allí, tras de endilgar, a los sonsacadores de su joven marido, una sarta de verdades, les aventó la puerta en las narices dejándolos boquiabiertos a la caza de ecos, altisonancias y susurros que a la postre se fueron diluyendo en la amplitud del paisaje pueblerino.

Ante el proceder mitotero de los vecinos que aún cuchicheaban y no perdían  detalle de lo que acontecía, los amigos de Antonino, se dispersaron, se alejaron del lugar, caminaron sonrientes, mascullando expresiones sabias, y en veces chuscas: lo bien bailado, nadie nos lo quitaMás vale pedir disculpas, que pedir permisoY, en el peor de los caso, después de varios días de ausencia, si las cosas se complican, recomendable es mostrarse enojado, ofendido… o aparentar mansedumbre;  confesar arrepentimiento, y, si es necesario, jurar, decir: “mujer, te aseguro que no se volverá a repetir; con el propósito de mantener a la mujer contenta.

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Muchas cosas han cambiado en el transcurso de los últimos años en La Ciénaga del Amatitlán y sus alrededores: en tanto que Josefina Macedonio regentea y lleva a buen puerto la administración de La Fortaleza, y se basta para dirigir a medieros y labriegos que cultivan las tierras de labranza aledañas al rancho Los amates te Tezahuapa que sus padres le heredaron en vida; Antonino, el esposo, es hombre de a caballo que jinetea un hermoso corcel negro azabache equipado de arneses que dan fe de elegancia y buen gusto; el otrora joven alebrestado, parrandero, mujeriego y bebedor,  va y viene en compañía de sus amigos jinetes que andan a la par ya en arreadas y compraventa de  potros, ya en la cría y traslado de vacadas o en las jugadas de toros. Y de refilón, allá de vez en cuando, visitan a Domitila a quien le llevan obsequios.  La curandera, luego de hacerles limpias  que dizque para  protegerlos de los malos aires, les ofrece comida que suele consumir al tiempo que los entretiene con historias, cuentos, mitotes y decires mundanos que ha acumulado a lo largo de su existir.

La gente que todo lo sabe y si no lo inventa, habla de ello y trae a cuento otros pormenores de la vida del matrimonio Bravo Macedonio; por angas o mangas ha dado en decir que Josefina Macedonio Benítez es mandona y altiva, pero caritativa con las personas necesitas;  y que Antonino, no obstante haber sido un muchacho alegre, se ha echado a cuestas la asistencia que requiere su abuelo Zacarías Bravo que habita a unos pasos de La Fortaleza, y, como si fueran sus padres, atiende  a sus suegros que aún disfrutan las lozanías que posee el otro rancho de su propiedad.

Los habitantes de Laderas de Amatitlán, comentan la repentina moderación habida en el lenguaje de Josefina a quien mencionan como La Malhablada, y hacen hincapié en eso de que ella y su marido, además de comer en un mismo plato, beben  en un solo vaso. Y he ahí que, en refiriéndose a la manera de comer y beber de ambos, afirman que son muestras de que se aman y se retequieren como fieles y amantes esposos; pero, El malpensado, contrariándolos y haciéndolos repelar, externa su opinión, les dice en tono de guasa:

“Pa´ mí que comen en un solo plato  por la desconfianza que Antonino le tiene a su mujer, la malhablada de Chepina… Porque se dio cuenta que lo tenía maniatado, dándole de beber sus aguas de mujer…Pa´ mí que Antonino abandonó su condición de ´curado´ cuando sus amigos le dieron mezcal en el que una curandera había arrojado avispas solitarias que derramaron jugos de bravura durante su agonía… ¡Luego entonces, eso que han dado en hacer los esposos desde que él regresó de La Ciénaga del Aguacatal, no es sólo por amor…!”

Y entonces mujeres y hombres, aficionados al mitote, buscan a Altagracia, Hortensia y Amparo pero por más que le meten hilo, no les sacan hebra alguna, ya porque nada saben de ello o porque sus maridos les han dicho que cierren la boca. A leguas se nota que pretenden estar al tanto de lo acontecido en la festividad santoral de La Ciénaga del Aguacatal; quieren saber detalle a detalle lo relacionado con la juerga en la que Antonino, ahora alias El Curado,  encontró solución a sus quejumbres. Pero al no hallar respuestas a sus dudas,  desmenuzan las expresiones que escucharon de labios de El Malpensado;  rumian eso de “las  aguas de mujer”,“agua de las verdes matas con respingos de avispa solitaria”, y luego de no encontrar el hilo principal a la madeja, les da por  preguntar a quienes se lo llevaron a La Ciénaga del Aguacatal, pero ni Ambrosio ni Juventino y menos Gregorio sueltan prenda.