LA ENCOMIENDA

 

ROMUALDO RENTERÍA VEGA Y AMBROSIO SOTOMAYOR CALVO, compadres y amigos, se plantaron frente a don José María Mercado quien desde la puerta principal de la Casa del pueblo los había visto venir por el camino que conduce a Santa Elena. Allí sin siquiera apearse de sus monturas,  habló el de la voz de cantante.

“Debe causarle extrañeza que luego de que apenas ayer nos fuimos, ahora estemos aquí cuando que a estas horas del día deberíamos ir rumbo a la cabecera municipal que dista a cuatro días de camino bien andado. De allí que, para que salga de dudas y dicte su sentencia, le informaremos lo que sucedió en el camino”.

Como quien trae en la espalda una pesada carga, Romualdo quiso decirle de corridito al anciano lo que debía informar, pero éste lo silenció, diciéndole: “pérate, muchacho, pérate. Necesitamos la presencia del consejo de señores del pueblo, y la demás gente ´pa que testifique.” Y luego de ello, ordenó a quien de pronto se le acercó: revolotea fuerte y muchas veces el badajo de la campana. Tiempo después, cuando un grupo de anciano lo rodearon y sus conciudadanos estuvieron presentes, don José María Mercado determinó: ahora sí, Romualdo, di lo que tengas que decir.

“Señor–resonó la voz de Romualdo-, tan pronto como usted nos entregó al fulano, a  mi compadre y a mí nos quedó claro que deberíamos llevarlo ante la autoridad superior que se encuentra en la Capital del Estado. Y, como a usted le consta,  luego de escuchar sus órdenes, dije: ¡Sea pues!

“Era de madrugada cuando iniciamos el viaje. El pueblo y la gente estaban sumergidos en un silencio que de vez en cuando era alterado por el ladrar de los perros. Soplaba un viento frío al tiempo que de las faldas del cerro gordo se arrastraban gajos de neblinas.

“Acosamos a las bestias y éstas aceleraron su caminar. Cuando aparecieron los primeros rayos del sol entreverándose en el ramaje habido en los cerros y picachos de la Sierra, estábamos en las cercanías del pueblo de Santa Elena. Sin detenernos para dar respuesta a las preguntas y comentarios de quienes veían al apersogado sobre el caballo tordillo,  proseguimos nuestro  camino rumbo  a Yolotla. Calculábamos que de no aminorar el paso, a eso de las diez de la mañana  estaríamos almorzando en la casa de doña Pancha y sus hijas, Las Panchitas. Teníamos planeado que, ya con la panza llena, enfilaríamos nuestros andar hacia Huautla y más comunidades que están junto a la ruta que nos llevaría a nuestro destino.

“Llevábamos bastimento para cuatro o cinco días de camino a lomo de bestia. Avanzábamos por camino real y en veces por veredas siguiendo el cauce del río o los vericuetos habidos en las faldas y simas asentadas al pie de cerros y lomeríos.

“Como a las doce horas del día,  a la altura de El Despeñadero, mi compadre, quien desde el principio jalaba la bestia que cargaba al prisionero, detuvo su montura, y dijo: compadre, el hombre quiere calzonear. Yo, desde el puesto de vigía en la retaguardia, no pronuncié palabra alguna; permanecí mudo como si no hubiese escuchado palabra alguna. El insistió y argumentó que no era de cristianos dejar que se cagara en sus calzones. ¿Lo bajo del caballo?, preguntó urgido como si él estuviera en aprietos corporales. Yo le dije con desgano: ¡bájelo, pues!, bájelo, compadre.

“No satisfecho con lo que había logrado, mi compadre habló nuevamente: el prisionero quiere que le suelte las manos y pies para que se afloje la pretina y haga su necesidad como dios manda. Tampoco dije palabra alguna, sólo bajé el ala de mi sombre.

“¡Compadre!, otra vez la voz de él: dice que lo dejemos que se aleje unos cuantos pasos de nosotros para que no nos llegue la pestilencia de su porquería…

“Y ahí está que el hombre, luego de vernos que nos quedamos callados, se retiró. Pero no satisfecho con haberse alejado diez o veinte pasos, se fue más allá de lo necesario y después de bajarse y subirse los pantalones, gritó: ¡ayayayyyy!,… ¡ayayayyyy, bola de güeyes!, y tras de levantar una y más veces unos de sus brazos a manera de mentada de madre, empezó a correr entre las piedras como si estuviera jugando a las escondidas con nosotros.

“Mi compadre gritó: ´compadre, compadre, está huyendo, ¡se nos pela el muy desgraciado!, compadre, compadre. Y luego, poniendo cara de bobo, dijo, ¿le aviento un plomazo?

“Entre que oí su pregunta y miraba que el fulano corría como alma que lleva el diablo, recordé que, cuantas veces lo habíamos entregado a las altas autoridades para que lo juzgaran por sus fechorías,  las mismas veces lo habían soltado que dizque por falta de pruebas como si para ellos no contaran los matados, las violaciones y ladronerías que el fulano había cometido; recordé que una y más veces había regresado envalentonado para cometer más arbitrariedades.  En ese cavilar estaba cuando otra vez oí la voz nerviosa de mi compadre. Yo no dije palabra alguna, sólo agarré  y bajé el ala de mi sombre, y, en un cerrar de ojos, resonó la doble descarga de la escopeta al tiempo que yo resollaba aire con sabor a pólvora quemada y escuchaba el mitote de chachalacas, zanates, calandrias y urracas  a lo largo y ancho de la barranca… Y luego de que miramos que se desplomó el  fulano, nos acercamos en las cercanías en donde lo habíamos perdido de la vista. El sujeto resollaba gordo, le brotaba del pecho mucha sangre negra, y dejaba escapar ruidos raros de su panza. Se retorcía como culebra herida y movía los brazos como si con ellos quisiera alcanzarnos, o maldecirnos. Estaba mal herido pero no se difunteaba; seguía revolcándose.  Estuve a punto de machucarle la cabeza  para mandarlo definitivamente al otro mundo, pero mantuve la piedra en alto cuando vi que se estiró y aventó sanguaza por la boca.  

“Después de un momento en el que mi compadre lucía tembloroso, pálido y paralizado, escuché nuevamente su voz: ¿y ahora, compadre Romualdo, qué hacemos? Y allí está la cuestión que, sin pensarlo mucho, antes que se enfriara el fulano, lo tapamos con piedras del río para que  no se lo comieran los animales. Metidos en nuestros silencios, nos detuvimos unos momentos a observar si había quedado bien hecha su sepultura. Y después de recordar que en vida nos había causado males, murmuramos: ´ojalá y el diablo te tenga  amarrado en el infierno; ojalá se estés cocinando a fuego lento para que no regreses a perjudicarnos´.

“¿Y ahora qué hacemos?, otra vez resonó mortificante la voz nerviosa de mi compadre Ambrosio quien, luego de no escuchar palabra alguna,  recargó su arma, montó su caballo  y azuzó  el caballo tordillo que, después de encabritarse y aventar pedos al aire, empezó a desandar el camino al tiempo que mordisqueaba hierbas plantadas a la vera del camino.

“Por eso estamos aquí, Señor autoridad, para decirle que el fulano no fue entregado a las autoridades superiores como se nos encomendó. ¿Y todo por qué?,  porque, cómo le dije, nos quería engañar con eso de que iba a calzonear.”

 

Tras de haber escuchado lo acontecido, el honorable anciano y los integrantes de su Consejo, se introdujeron a la casa donde residían las bases de la autoridad comunal. Allí estuvieron, colocados en círculo y encuclillados, al parecer, deliberando en tanto que los demás pobladores esperaban; algunos, metidos en sus silencios, y los más de ellos susurrantes, mencionando los males ocasionados por ese hombre que de la noche a la mañana se había avecinado en las inmediaciones del caserío. Después de haber transcurrido aproximadamente una hora, reaparecieron los señores revestidos de solemnidad y sabiduría adquiridas en el transitar de la existencia que da y quita. El venerable anciano de cabeza poblada por cabellos encanecidos y rostro curtido por soles y plenilunios recibidos,  miró detenidamente a sus conciudadanos como si con ello dijese “he aquí el dictado de la ley de los pueblos,” y luego de observar de pies a cabeza a los dos hombre que habían sido designados por la comunidad para llevar por enésima vez al reo ante las autoridades superiores, levantó “la vara de mando” que sus conciudadanos le habían encomendado, y dijo con voz sonora y actitud reverente:

¡Sea pues!..¡A lo hecho, pecho!.. ¡Golpe dado, ni Dios lo quita!… ¡Muerto el perro se acaba la rabia!”

Luego de haber escuchado estas expresiones que denotaban autoridad en el apartado pueblo denominado Ocotal, asentado en lo más recóndito de la Sierra Madre del Sur en el estado de Guerrero, la gente que se había reunido para ver a quienes habían regresado sin el prisionero, y escuchar la última palabra del “Señor autoridad,” se soltó diciendo una de cosas; en palabras más en palabras menos, manifestaron:

“Se apareció nomás así, de repente, como si hubiera sido el mismo Diablo,

Luego que se hizo presente,  empezaron los asesinados, las desapariciones, robos, violaciones a niñas y abusos a las mujeres casadas… 

“Dios me perdone pero deseo que esté en lo más profundo del Infierno…

“Ojalá Romualdo y Ambrosio lo hayan enterrado bocabajo y tapado con muchas piedras para que no vuelva a violar, robar y matar…”

A la par de estas manifestaciones, alguien sujetó el penco tordillo que había prestado, y los dos comisionados, hombres de a caballo, se hicieron espacio de entre quienes le externaban sus aprecios: con la mano derecha, Romualdo, reverenció al venerable anciano bajando el ala de su sombrero hecho de fina astilla, y, al tiempo que su otra mano removía las riendas meneó las piernas e hincó suavemente las espuelas en la piel sudorosa de su penco moro; se alejó  de La Casa del pueblo; avanzó rumbo a su cabaña seguido de su compadre quien luego de emparejársele, le dijo en tono preocupado:“¡compadre!, compadre, ¿guardaremos, entre nosotros, eso que habíamos acordado hacer al maldito preso antes de que el fulano dijera que quería calzonear?, ¡Compadre, compadre!”. Pero las palabras de Ambrosio se diluyeron entre el ulular del viento y el constante sonar de las aguas cantarinas que fluían en el cauce del río.

 

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Después de haber transcurrido muchos ayeres, hay aparente quietud en los pobladores del Ocotal, pero no han olvidado a quien han dado en llamar El sepultado. Aquí, allá traen a cuento lo de él: que si era de un lugar o de otro, que si vino de los valles, del mar o de no se sabe dónde; que era así que era asá, que parecía quién sabe qué, cuando se le veía montado en su portentosa mula prieta, animal de pelaje fino y mirada penetrante. Rememoran el nombre de las chamacas violadas, y quienes amanecieron de la noche a la mañana despernancados en las inmediaciones del lugar, aduciendo que fueron víctimas del desconocido y enigmático personaje en mención. Indican que la  acémila que montaba el fulano, luego de que corría y rebuznaba en las noches de luna llena a lo largo de veredas  que unen al caserío disperso, amanecía resoplando en las afueras de la casa de Romualdo; dicen al tiempo que se santiguan:“luego de que la autoridad en voz de don José María Mercado dijo que la bestia sería de quien la sujetara, Romualdo, tras de levantar el ala de su sombrero, la apersogó, la ensilló y anduvo en ella hasta que un día, cabalgadura y jinete desaparecieron sin dejar rastro alguno”. Han dado en decir que en el recodo habido en una de las orillas del río que extiende su lozanía en las cercanía de Santa Elena, se oyen en las noches de completa oscuridad: alborotos, disputas, gritos y amalhayas que dizque son almas en pena del Sepultado y de quienes fueron asesinados por él.

Por esto y por más que causa temores, los creyentes han traído, desde un lugar que dista a dos días de camino a lomo de caballo, un cura para que oficie una misa en el lugar que ahora se conoce como Recodo de las Ánimas, santigüe la vivienda de Romualdo y le rece un rosario a Ambrosio quien, además de estar tullido, pálido y avejentado, sufre pesadillas y en medio de éstas, grita: “Compadre, compadre, está huyendo, ¡Se nos pela el muy desgraciado!¿Le aviento un plomazo? Compadre, compadre…”