EL GALLITO…

 

 

VENUSTIANO SOTOMAYOR RENTERÍA, criado desde muy pequeño por la abuela Nicandra Rentería; joven parlanchín y bravucón en la antesala de la hombría, era muy dado a decir que a las mujeres debía tratárseles con la punta del pie porque eran seres que con artimañas sentimentales mangoneaban a sus maridos. Y a quienes estaban casados, les endilgaba habladas guasonas: los pararon chiquitos, bola de mandilones… No son hombres, son pájaros nalgones que viven a las sombras de la vieja que manda en sus casas… Eso de que ustedes deciden en su chiquero, es puro jarabe de pico,… ¡Aprendan a mí que donde me ponen me comporto y canto como gallo que soy!

 

Venus, como era comúnmente conocido en la jerga de bebedores de Pueblo Grande,  vociferaba y alardeaba, secundado en su decir por José Cleofas Nava, su amigo inseparable. Cuando se hallaba en el interior de la cantina Los Agachados, gritaba bobadas sin que hubiese alguien que contradijera su barullo ya porque de sobra sabía que al otrora muchachillo criado por la vieja Nicandra,  sólo había que seguirle la corriente a la par de adjudicarle aquello que la gente ha dado en decir: dime  qué presumes y te diré quién eres… Cae más un hablador que un cojo… De lengua me como un plato.

 

Venustiano fue por mucho tiempo el joven boquiflojo, el sujeto guasón y el hazmerreír en las convivencias; pero  luego de un año de haberse matrimoniado con Jacoba Bracamontes Guerra, mujer portentosa y bonita pero quisquillosa, repentinamente se mostró meditabundo, mustio, apabullado. Los clientes asiduos al bar Los agachados, regenteado por Teodoro Anselmo Gatica, murmuraban en su rededor, y decían en son de sunga al verlo transitar: “muchas deben ser sus entregas de recién casado,… a leguas se nota que cumple a carta cabal las exigencias que el caso amerita… más pronto cae un hablador, que un cojo.” Mas como era de todos conocido, y hasta respetado o temido por lenguaraz, no lo atosigaron, lo aceptaron cuál era, sin faltar quienes afirmaron que luego de un rato, cuando ya no se afanara tanto a la manta nueva, volvería a ser el Venus que armaba bullicio en las reuniones. Pero después de haber transcurrido algunos meses, los mismos parroquianos, clientes asiduos del antro citado, enterados de los comentarios indiscretos externados por José Cleofas quien no soportó la carga anímica que implicaba guardar celosamente pormenores de la vida íntima de su ex amigo de farra, empezaron a  endilgarle expresiones socarronas: Venus, te mangonea tu mujer,… no tienes autoridad sobre ella,… como marido eres cero a la izquierda… Decires que a la postre se convirtieron en cantaleta que le endosaban ya en la calle ya al verlo entrar al antro o en las afueras de su hogar.

 

Ante el proceder de sus antiguos compañeros de correrías, Venustiano se enquistó en un mutismo; aguantó durante un buen tiempo las expresiones guasonas que le endilgaban hasta que un día se le escuchó decir: ¿cuánto apuestan, caterva de habladores, cuánto apuestan a que les demuestro lo contrario? Admirados de su repentino cambio de actitud, le aceptaron el reto: el próximo día viernes nos reuniremos en tu casa, fue el decir generalizado de quienes estaban involucrados en la jugada. Dado que no hay plazo que no se cumpla, en punto de las tres de la tarde llegaron indecisos a la cita pensando en la actitud que asumiría Jacoba, pero su preocupación menguó cuando observaron la amabilidad con que ella los recibió y los hizo pasar y acomodarse en una espacio de la vivienda en donde había preparativos para esparcirse.  Su sorpresa fue mayor cuando observaron que la esposa de Venus, obedecía los mandatos del casero quien con garbo disponía:

 

“¡Jacoba!: trae la botella… Arrima las copas… Recoge los envases… Prepara la botana… Pon hielo a los vasos… Condimenta aquello… Licua estas frutas… Fríe la carne… Calienta este caldo… Enfría los refrescos…  Limpia la mesa… ¡Atiende al chamaco!”

 

La señora iba y venía sin retobo alguno. Todo marchaba bien en la convivencia concertada: Venustiano ordenaba, ella obedecía, y los concurrentes se divertían y hartaban con las viandas que les ofrecía amablemente. Pero como nunca falta un negrito en el arroz, sucedió que Teodoro Anselmo el cantinero al observar que un gallo avado de pescuezo pelón  pepenaba migajas que dejaban caer al piso, dijo: “¡Venus, mata ese pollo!, para que tu vieja lo guise en chilatequile  picoso. ¡Mátalo! Apriétale el pescuezo.” Engolosinado como estaba con su voz de mando, Venus, el hombre de la casa, se dispuso a retorcer el cogote del animal en el momento en que su esposa se acercaba con un platón repleto de carne frita, tacos adobados, guacamole y costillas de  cerdo salpicadas con limón y salsa roja picante. He ahí que Josefa, al mirar que su marido se disponía a descogotar su gallo consentido, en un santiamén  le desparramó los manjares dejándolo como palo encebado: multicolor y de sabores diversos. Y luego de darle tremendo manotazo en mitad de la cara, gritó:

 

“hasta aquí llegamos, Venustiano, ¡hasta aquí!, no más… hasta aquí llegamos porque mi gallo precioso no está dentro del trato que hicimos. Así es que tú y tus amigos se van mucho a la…”

 

Alguien intervino intentando sosegar los ánimos pero la irritación y arrebatos de la mujer, aumentaron propiciando que en un instante los comensales quedaran en mitad de la calle, los más de ellos con una copa en la mano, y relamiéndose los dedos embarrados de comida.

 

-Ver, para creer, y yo que llegué a pensar que en esta casa mandabas tú, amigo Venustiano Sotomayor –dijo Teodoro en tono chispeante-.

-¡Manda!, sí, sí manda, –vociferó Jacoba, sin soltar su gallo– ¡sí! Manda cuando se lo permito; como mandas tú cuando tu mujer se hace la desentendida, bola de hablador, ¡mantenido!, piltrafa de mierda, bueno para nada… ¡Gorrón!… ¡Y tú! –se dirigió a su marido quien intentaba escapar de los insultos e irse con los desalojados-, ¿Adónde crees que vas? ¡Métete a la casa!, y limpia los desperdicios que dejaron tus pránganas desvergonzados. Haz lo que te he ordenado, y, después de barrer y trapear el piso, limpias y ordenas la cocina… ¡Muévete, bueno para nada!”

-Sí, mujer, lo que tu ordenes…-en la voz de Venustiano se percibía un dejó de lamento y nostalgia al observar que sus camaradas se alejaban esparciendo alharacas a lo largo de la calle.

-Yo te ayudo, Venustiano, yo te ayudo –sonó comedida la voz de José Cleofas al tiempo que levantaba tepalcates de una vasija de barro hecha añicos, y pedazos de comestibles esparcidos en el piso.

Eh, tú. No vengas con lambisconerías. ¡Ahora mismo te me largas!, lárgate –resonó la voz tajante de Jacoba–. Este asunto es entre mi marido y yo. Así es que te me vas a… dónde tu sabes. No  te quiero ver aquí: sabandija, rémora, sonsacador,…

 

Venustiano, quiso evitar que su camarada saliera humillado pero prefirió callar y enfilar sus pasos hacia el traspatio de la casa para traer los utensilios que requeriría en la encomienda recibida. Avanzó, mostrándose apacible y hasta sonriente y complacido por el comportamiento de su esposa Jacoba quien, previo acuerdo concertado, lo había hecho amo y señor de su casa ante la presencia ocasional de sus compinches.-“Seguramente –pensó para sus adentros- mis cuaches se fueron con la idea de que de no haber sido por la imprudencia de Teodoro Anselmo, mi esposa aún estaría condimentado y repartiendo botanas…

Momentos después, despojada de enojos, a sabiendas de que su marido cumpliría con lo convenido a cambio de haberlo hecho, durante el transcurso de unas horas, amo y señor de su casa, agarro su gallo pescuezo pelón, y dijo en tono sosegado: mira Venustiano, éste si cumple su tarea en eso de pisar a las pollas, y a las que ya no lo son. No como los hay por allí que se desentienden de sus obligaciones maritales. Como tú… bien sabes, me refiero a personitas soflameras y hablantinas que no llegan ni a gallogallinas”. Después, sin decir más indirectas, se alejó acariciando al avado de patas costrosas y espolones afilados; caminó cadenciosa a la par que canturreaba con empeño musical la canción “El Gallito”, creación y arreglo musicales del maestro y compositor Miguel Arizmendi Dorantes:

 

“Yo soy de mi casa el gallito/ que desde el amanecer/ hace el mismo trabajito/ y eso ya es mucho qué hacer/ Soy el rey del gallinero/  y de mi casa también… Es verdad que no a todas quiero/ pero a todas les va bien…”

 

Repentinamente, el animal intentó librarse de las manos que lo oprimían; irguió su plumaje y lanzó un “kiquirikiiiiiiiiií” prolongado que se engarzó al cacaraqueo de una gallina copetona que descendía coqueta y empeñosa del nidal asentado entre trebejos amontonados en una mediagua situada en el traspatio de la vivienda pueblerina. Jacoba no ejerció presión  alguna para detenerlo, y de un solo empellón lo situó en medio del gallinero. Intuyendo lo que habría de suceder, detuvo su andar y no  rehuyó la visión del cortejo y aparejamiento habidos entre el avado y la ponedora: un hecho amalgamado en el que su animal consentido ejercía una bestial acometida sexual sobre la naturaleza de la hembra. El empalme instintivo de las aves, le produjo un estremecimiento corporal que intentó atemperar llevándose las manos a la cara al tiempo que experimentaba la necesidad de frotarse repetidas veces la piel de los brazos saturados de vellos erizados. Recuperada su entereza, suspiró profundamente, y cuando la gallina de alborotado plumaje daba muestras de haber disfrutado la pisada del avado, se alejó canturreando una vez más: Yo soy de mi casa el gallito/ que desde el amanecer/ hace el mismo…

 

A sabiendas de que su marido pronto estaría allí en donde se había dado la escena en la que habían participado los borrachines y jambados partidarios de él, cerró la puerta  de la casa que da a la calle, vistió ropa ligera y se recostó plácidamente sobre un sofá cama como si espera algo. Luego de haber transcurrido unos momentos, escuchó el “kiquirikkkkkií” repetitivo de su gallo que proseguía en su bulla, pues éste no satisfecho con el empalme logrado en las carnes de la copetona y otras gallinas que había encontrado a su paso, iba  tras las caderas de unas pollas búlicas de alas ligeras. En tanto que Jacoba imaginaba ese acoplamiento sexual que le producía regocijos y la inquietaba, la visión instintiva de ambos animales generaba enojos en la naturaleza de Venustiano, quien con desdén vociferó: “¡pinche gallo molero!”

 

Sin dar más importancia a lo acontecido en el gallinero, atemperó su estado anímico rememorando momentos de la fugaz escena en la que junto a él habían participado su esposa y amigos. Y, de refilón, agudizo su oído: a la par de escuchar el portazo que daba su mujer, captó, provenientes de la cantina “Los agachados”: acordes musicales de arpas, vigüelas, cajones de tapeo y expresiones jocosas adosadas a cantares y taconeos de bailadores de sones de tarima. Haciendo caso omiso a lo que posiblemente deseaba su esposa Jacoba quien acostumbraba involucrarlo en encerronas amorosas para  allanar sus enojos, quedó momentáneamente quieto hasta que de pronto como si estuviera poseído de locura repentina, arrojó el mandil que portaba y la  franela que inconsciente había estado jugueteando entre las manos; estampó sobre el piso terroso la escoba y el recogedor de basura, y salió corriendo de la casa como si fuese acosado por  urgencias corporales. Jacoba Bracamontes Guerra quien lo había visto venir, quiso detenerlo: primero con palabras melosas para arribar al desahogo corporal que deseaba en la intimidad del sofá, y después con su explosivo lenguaje grosero y amenazante en el que le decía que no le daría una y más cosas que a él le fascinaban. Pero Venustiano pasó de largo, la dejó atrás con todo y  ese decir que la caracterizaba; no la obedeció, sólo se limitó a decir en tono desdeñoso: “anque”. Y he ahí que, instante después se haya unido a sus compañeros de andanzas quienes a la par de decirle en coro, “eres mandilón, Venustiano,…” lo atrajeron e incorporaron al jolgorio.

 

Venus se divertía, pero luego de haber transcurrido unas horas, empezó a revolotearle en la mente el acontecer en el que el gallo pescuezo pelón y la gallina copetona habían sido protagonistas, y tras de meditar una y más veces respecto al animal y su comportamiento último con la polla búlica de alas ligeras, pensó en su esposa y en los insultos y sentencias que ella le había endilgado recientemente. Al cabo de un rato, luego de su  cavilar hizo un balance de sus haberes amorosos habidos durante su noviazgo y matrimonio reciente con ella, y luego de un rato terminó diciendo para sus adentros: “es grosera, mi Jacovita; es mitotera y gritona, mi mujercita; pero es bonita y hasta creo que todavía me quiere”. Y otra vez, aun en medio del bullicio que lo había atraído, repentinamente se enquistó en su mutismo acostumbrado, pero al escuchar que José Cleofas y sus amigos habían empezado a corear la acostumbrada cantaleta endilgada a él, se puso de pie, se mostró gallardo y empezó a cantar “Yo soy de mi casa el gallito/ que desde el amanecer/ hace el mismo…” Y entonces los parroquianos, incluyendo a Teodoro el cantinero, lo secundaron armando tremenda algarabía cuyos ecos llegaron hasta los oídos de Jacoba Bracamontes quien luego de haber eliminado el cochinero que le habían dejado,  había vuelto al patio de su casa, despojada de enfados. Allí, a la par de erguir su cuerpo hermoso y gesticular con sus labios sexuales lo que parecía ser una  leve y coqueta sonrisa; rememoró lo vivido y disfrutado a placer con su marido ya aquí ya allá en diversos lugares de la casa, y entonces lo añoró deseando que regresara pronto. Sin más que hacer, se distrajo con el cacaraqueo de las gallinas y el canto del gallo quienes armaban alharacas como preámbulo en busca de cobijo en el interior de una mediagua que instante a instante se iba saturando de sombras. Ahí estuvo aposentada en un amplio sillón junto a su jardín, y, sin proponérselo, repentinamente se unió al lejano coro canturreando la melodía de referencia y otras más; canturreó alegrementeal tiempo que observaba a su gallo pescuezo pelón quien con las alas abiertas y el plumaje alborotado  arreaba y en un dos por tres pisaba a  una gallina colorada que había quedado rezagada en busca de granos.

Y otra vez, tras de observarla escena carnal, un nuevo estremecimiento se apoderó de ella, acrecentó su espera y sus apetitos: ¡deseaba estar con su marido! Mas como éste no regresaba y el borlote subía y bajaba de tono en la cantina Los Agachados; montó en enojos y, aunque las sombras de la noche habían motivado que las calles lucieran solitarias, puso un pie fuera de su casa pero frenó el impulso que la había hecho abandonar el lecho, se detuvo al recordar las palabras que su madre solía decirle: así te lo buscaste, más joven que tú, parlanchín, borrachín y bravucón, ¡ahora te aguantas!, y, también lo expresado por la abuela Nicandra Rentería cuando la oía decir: ay, niña, como bien dice el dicho, nieto criado por abuela, ni en cazuela: para mí fue un alivio que te lo llevaras que dizque lo ibas a enderezar;… mas que enderezarlo, a leguas se nota que lo amansaste con no sé qué, pero ahí está que cuando se te escapa, vuelve a lo mismo. Aunque dice el refrán que árbol que crece torcido jamás su tronco endereza, más te vale que le busques el modo. He ahí que, con la misma prontitud que había pretendido ir por su Venustiano, regresó a su sitio en donde instantes después dormitó hasta que repentinamente escuchó que a lo largo de la calle canturreaba: “Despierta, dulce amor de mi vida. Despierta, si te encuentras dormida. En esta canción te vengo a…”  Pero luego de terminar su remedo de serenata similar a las que solía externar  cuando hacía gala de su enamoramiento, gritó:

 

-Jacoba, mujer, ¡ya llegó tu hombre!… Jacoba, ábreme la puerta. Necesito de tus servicios; abre,  preciosura de mujer -pero ella no respondió; fue y quedó detrás de la puerta pensando en  la actitud que asumiría: ¿enojosa, jovial, indiferente?, Meditaba en tanto afuera allí a escasos pasos de ella, Venustiano, pedía, exigía y hasta parecía que en veces imploraba, cuestión ésta que a Jacoba le agradaba, la divertía. Mas como el tiempo transcurría, y la puerta de la casa no se franqueaba, hubo un cambio repentino en la escena-. ¡Jacoba! –Venustiano, a la par de caminar calle arriba,  gritó en tono sentencioso-: ¡abre, Jacoba!.. Abre o me voy con las muchachas; con las rorras de  don Pichi. Que conste, te lo advertí. Me iré con las querendonas de La Casa Verde-.

 

La voz estrepitosa de Venus, propició expresiones chuscas provenientes del interior de las  casas vecinas; una de éstas resonó sentenciosa, y a la vez suplicante: “Jacoba, ábrele las puertas a tu querendón. ¡Dejen dormir!

 

Ya para entonces la santa calma de la madrugada en las inmediaciones del hogar de Jacoba y Venustiano, se había alterado: imperaban alborotos: mugidos, rebuznos y ladridos en los patios de las casas. -¡Ya me voy!, me voy, mujer ingrata-, fue el decir repetitivo de Venustiano al tiempo que retomaba su caminar, canturreando: “ando volando bajo, mi amor está por los suelos; y tú tan alto tan alto, mirando mi desconsuelo, sabiendo que…”

 

No bien había avanzado unos veinte o más pasos rumbo al destino anunciado, cuando,            luego de destrabar aldabas y entreabrir la puerta, Jacoba, con actitud presurosa y en paños menores, asomó la cara y musitó en tono inquisitivo: ¡eh, pues, tú, locuaz, ven!,… parece que no puedes esperar…  

 

Y luego de ello, los susurros de la noche se aposentaron a lo largo del callejón…