MUJER DE BUEN VER…

 

HOMOBONO CHOMOLCO TLALMANALCO, hombre próspero dedicado a la labranza de la tierra y la cría de ganado, en la comunidad de San Jacinto de los Arrayanes asentada en la Región de la Montaña, llamó a Nepomuceno su único hijo varón; muchacho joven de piel renegrida, cabellos hirsutos, hablar cuatrapeado y cuerpo enclenque;  y, tras decirle que lo heredaría en vida con la condición de que “mejorara el raza”, lo bendijo e indujo a recorrer los caminos que dizque en busca de “un mujer de buen ver y  buena alzada”.

Llevando a cuestas primicias de su cuantiosa fortuna, el muchacho abandonó temporalmente la labranza de la tierra y la cría de ganado, y obediente se abocó a lograr aquello que su padre le encargaba. Empezó por cambiar su imagen: no calzaría huaraches de correa; tampoco vestiría calzón y cotón; abandonaría la costumbre de cubrirse la cabeza con un sombrero burdo hecho de sollate; dejaría su gabán por chamarra de fina hechura…

Llevando en la mente las palabras pronunciadas por su padre, anduvo en diversos lugares en donde más de una ocasión estuvo a punto de ser agredido por quienes en veces le querían arrebatar sus pertenencias o porque, amén de ser desconocido, lo veía husmear en los hogares y alrededores. Pero él, a semejanza de  perro extraviado, proseguía incansable por caminos y escudriñaba en pueblos, aldeas y rancherías, buscando lo que consideraba que lo llevaría a cumplir la encomienda recibida.

Durante el transcurso de un año y días recorrió diversas regiones de su estado natal pero no encontró a alguien que cumpliera los dos requisitos que su padre le había indicado: “un mujer de buen ver y  buena alzada”. Pero su carácter obstinado lo indujo a adentrarse en La Sierra del estado de Guerrero, región poseedora de ríos caudalosos, elevadas montañas, cerros, lomeríos y faldas cubiertos de exuberante vegetación. Y, he ahí que luego de andar de aquí para allá, detuvo su transitar en la comunidad denominada Los jagüeyes de San Francisco, en donde columbró a una muchacha acompañada de otra en el momento que cargaba un cántaro amortiguando el peso de éste con un yagual asentado en la cabeza. La miró caminar erguida, esbelta en tanto que el viento le jugueteaba los cabellos extendidos en la espalda hasta la cercanía de la cintura. Nepomuceno, boquiabierto, la siguió sin el ánimo de abordarla pues ajeno era a entablar una conversación, y menos con una mujer de esa naturaleza. Sin saber qué hacer para acercarse a ella, detuvo sus pasos frente a la choza que habitaba la familia Mendoza Herrera; allí estuvo hasta que, a fuerza de verlo de pie y en veces sosegado sentado sobre una piedra, don Manuel Mendoza, hombre receloso, llevando una daga en la pretina, lo enfrentó:

– ¿Qué te trae por acá, muchacho?.. ¿Por qué estás aquí como si te debiera algo?.. Ahorita mismo te vas y buscas otro parapeto.

No pues, siñor. Lo quiero hablar contigo –dijo Nepomuceno, en tono suplicante pero sin amilanarse. Se mostró erguido hasta donde le permitió su complexión física; manifestó  altivez propia de su estirpe aborigen sin llegar a la ofensa –Lo quiero platicar contigo.

– Pero da la casualidad que yo no quiero hablar con quien no conozco. Así es que te alejas de aquí o te atienes a las consecuencias –la voz de don Manuel era imperativa al tiempo que se erguía desafiante.

No pues, siñor. Lo quiero hablar contigo para pedirte tu hija.

 

En la naturaleza de don Manuel, hombre alto, fornido y de carácter violento, hubo un sacudimiento a manera de coraje entripado que lo indujo a dar un escarmiento a quien intentaba arrebatarle algo muy suyo, pero después canalizar su desacuerdo a través de un resoplido, extendió los dedos de sus  manos que de pronto se habían contraído, se contuvo.  Repentinamente su estado de ánimo experimentó un vuelco. Llevado por la curiosidad, hurgó en el físico y manera de vestir del desconocido. En su hacer encontró que había un no sé qué detrás de ese indito ladino que se atrevía a pedir que le diera a una de sus hijas. Observó su vestimenta que contrastaba con su aspecto cerril y su vocabulario entrecortado. Fue presa de la desconfianza. Mas como viese que el sujeto no mostraba temor ni menguaba en su propósito, por mera curiosidad, decidió dar seguimiento a lo que le pedía:

 

¡Eres un atrevido!.. ¿Con qué derecho vienes a pedirme que te dé a mi hija, pedazo de zoquete?

-No pues, no con derecho…Quiero que recibas mis pagres, pa´ que lo platiquen de casorio con tu hija.

 

-¡Habrase visto, pues!… -Don Manuel, otra vez contuvo su enojo e indignación, y, a la par de que en su mente cruzó la idea de seguirle la corriente y hacerle el juego al indito para divertirse un rato, caminó al interior de su morada, e instantes después, regresó… Y, al tiempo que mostraba una mueca burlona en el rostro, y tono despectivo en el hablar, dijo:

 

mi hija, la morenita, chaparrita y bonita, quien además de decir  que no te conoce, y estar  encorajinada de sólo pensar que estás aquí queriendo  matrimoniarte con ella, me ha encargado que te diga que te vayas a la voz de ya, que te alejes de aquí llevándote tu imprudencia y ladinería de indito fastidiosos…”

 

-No pues. Yo no querer la prietita. Yo querer blanquita, altita, cuerpo de cierva y cara bonita – Expresó Nepomuceno en tono tajante a la par de que intentaba ver, por encima del hombro de su interlocutor, al interior de la choza. Su manifestación era casi a gritos.

-Uff. ¡Ella, menos! –Exclamó don Manuel al tiempo que reía a carcajadas. Consideraba que el fulano pretendía algo inalcanzable, pero una vez más creyó que debía ser paciente. He ahí que fuera al interior de su choza y regresara nuevamente mostrando en el rostro una sonrisa socarrona- ¡Anda pues! –le dijo en tono amable- Ve a donde debes estar en lugar de andar pretendiendo imposibles. ¡Ve! El mes entrante, a las dos de la tarde del día veinticinco, los espero.

Ta güeno, pues, siñor -Nepomuceno sonrió, se despojó del sombrero, hizo una reverencia y, ante la mirada de algunos lugareños, caminó con paso apresurado…

 

El alejamiento del indito ladino, como lo consideraban en la familia Mendoza Herrera, pasó a ser, después de haber transcurrido unos días, una mera ocurrencia; algo que no ameritaba darle importancia alguna; ¡mera chocantería!, imprudencia de quien osaba casarse con una mujer hermosa; hecho que no debía alterar la calma hogareña ni inquietar a quien había señalado como “blanquita, altita, cuerpo de cierva y cara bonita”. Pero, ¡oh, sorpresa!, en la hora y día acordados arribó al poblado, procedente del pueblo de San Jacinto de los Arrayanes situado en la zona amusga del estado de Guerrero, una comitiva, que cabalgaba  en sudorosos corceles en los que se denotaba el cansancio a causa de una larga y extenuante cabalgata, y tras de ésta, una recua y arrieros que transportaban enseres y bultos diversos. Los pocos pobladores componentes de la comunidad de Los Jagüeyes de San Francisco, testificaron que los recién llegados se detuvieron frente a la choza habitada por los integrantes de la familia Mendoza Herrera. El primero en salir a recibirlos fue don Manuel, seguido de su esposa y la hija de tez morena. Había en éstos muestras de asombro.

 

-¡Te dije!, viejo, te dije que este indito no tenía facha de esos habladores que se andan por las ramas –habló  doña Cirenia Herrera al tiempo que abrazaba a su hija Carmela-. Te advertí, que no le dieras cuerda, que no le hicieras el juego, pero, bueno… a lo hecho, pecho… Vamos a ver que sale de tu ocurrencia. ¡Dios nos libre!

-Tranquila, mujer, tranquila–el hombre de la casa dijo por decir en un intento por apaciguar a su esposa.

 

Lo que había empezado como aparente juego allí en mitad de la calle, se tornaba en cosa seria. Nepomuceno, luego de conversar en su lengua natal con quienes lo acompañaban, se despojó de su sombrero, hizo una reverencia y, sin mostrar timidez alguna, habló: “Siñor, aquí están don Homobono, mi papa; doña Petrita Xantzin, mi mama, y mi hermana Tanasia”; los señores estos, son mis amigos. Hortensia corrió al interior de su hogar, doña Cirenia se llevó las manos a la cara al tiempo que exclamó: “¡hay, Dios mío”! Don Manuel no supo qué decir. Se concretó a indicar, con ademán medroso, que pasaran al interior de su choza.

 

Agua servida en jarros, medió el encuentro, e instantes después el padre de Nepomuceno, hombre entrado en años, señor de porte noble,  con voz grave que imponía respeto, utilizando  un lenguaje español entrecortado pero fluido, se hizo entender partiendo de lo que su retoño le había comentado: “siñor, te lo pido el mano de tu hija la güerita pa´ ser esposa de mi´jo”. Hubo silencio prolongado en el que Don Manuel y su esposa Cirenia Herrera de Mendoza se miraron uno al otro; nadie dijo cosa alguna durante unos minutos hasta que Hortencia abrió la boca para sugerir: ¿pregunten a mi hermana. Carmela quien había permanecido oculta pero atenta a lo que acontecía desde el interior de la cocina de humo asentada en el interior de una mediagua situada a diez metros de distancia. Luego de unos instantes, presurosa fue allá doña Cirenia. Entre madre e hija se propició un prolongado susurrar cuyos ecos tenues causaron expectación.

Minutos después, Carmela Mendoza Herrera, se hizo presente, caminó siguiendo los pasos de su progenitora; apareció, mostrándose pudorosa, joven y bella. Y, como si no le sorprendiera aquello que sucedía en su rededor, saludó afablemente: “buenas tardes, señores”.  A la par de que don Homobono se puso de pie, se despojó del sombrero que traía enjaretado hasta las orejas,  mostró visos de satisfacción, y dijo para sí mismo:“un mujer de buen ver y  buena alzada”. Alguien dispuso para ella un burdo sillón hecho de madera y bejuco, y una vez más escuchó que pedían su mano: mi´jo, este que ves aquí, quiere que te lo cases con él. Momentáneamente   permaneció silenciosa en medio de la escena que despertaba curiosidad en familiares, visitantes, y coterráneos que se habían aposentado en las afueras de su casa. Luego de unos instantes en los que apreció el entorno, sopesó la mirada  expectante  en sus padres, la bulliciosa actitud de su hermana, y el aspecto físico del indito que de repente había abandonado su asiento mostrándose cual era;  sin mostrar emoción alguna en el rostro, emitió un sucinto “¡sí!”, un sí que produjo: emotivas expresiones en los recién llegados, y cierta aflicción en sus progenitores.

En las afueras de la choza, la gente, tras escuchar la voz jubilosa de Hortensia quien  repentinamente gritó; “manita, Carmelita, manita, ¡te vas a casar!”, armó alharacas en las que campearon  abundantes dimes y diretes en torno a la familia Mendoza Herrera; pero  sin hablar mal de ello; de Carmelita, contrariando el contenido del refrán que reza: quieres saber tus defectos, cásate, quieres saber tus virtudes, muérete, nadie dijo cosa alguna que ensombreciera la imagen de ella, solamente afirmó: se casará y se irá del pueblo, la mujer más hermosa, Dios la proteja. Y del novio Nepomuceno, se describió su apariencia física, su comportamiento, origen, vestimenta y  pronunciación cuatropeada, sin faltar las expresiones dicharacheras de alguien que se afanó en decir:

“Ver para creer,… el cuche más feo, se lleva la mejor mazorca… Casamiento y mortaja del cielo baja…Suertudo, el indito,…El dinero ablanda más que el cebo,… un día el amor y el dinero, se fueron a pasear…”

 

Pedimento y aceptación se dieron en un santiamén,  y luego de ocuparse e intercambiar preguntas, respuestas, afirmaciones y demás expresiones que el caso ameritaba, los arrieros descargaron las mulas e introdujeron a la morada los obsequios destinada a la novia, la hermana y a los padres de éstas; don Homobono ofertó a los caseros vino elaborado con uva cimarrona cultivada en una de sus haciendas; la señora Petrita y su hija Atanasia extrajeron viandas que habían transportado cuidadosamente en vasijas, y, en menos que canta un gallo, se armó un jolgorio que involucró a la escasa población de Los Jagüeyes de San Francisco.

Cuando  la luz solar escapó en pos del horizonte, los integrantes de la familia Chomolco Xantzin, emprendieron camino de regreso a su casa, y no se les volvió a ver hasta la fecha fijada en la que Nepomuceno, asistido  por el anciano mayor de la comunidad portador de La Vara de mando, y un cura de aspecto bonachón que había viajado montado en una mula retozona,  contrajo matrimonio con Carmela, joven hermosa poseída de altura considerable y cuerpo bien formado, piel blanca, manos y pies de fina tersura, ojos de color azul luminoso y cabellera sedosa. Una vez más hubo jolgorio en el que participo la comunidad; hubo complacencias y buenos deseos en torno a los recién casados; como hubo  lágrimas en los ojos de don Manuel y su esposa Cirenia cuando los recién casados se despidieron para después alejarse por el camino que toma forma en el crucero denominado La Parota Grande. Hortensia no lloró, pero a leguas se notaba que había tristeza en su rostro moreno,  y ganas de ir tras ellos. Ahora, la gente ha dado en afirmar que desde aquel entonces, frecuentemente se le veía a la vera de aquel camino que se había llevado a su hermana; y que, después de algunos meses, sin decir ¡agua va!, desapareció de la noche a la mañana causando pesar en su hogar y rumores aventurados de sus conciudadanos:

Se la llevó la nostalgia o tal vez la esperanza,… iba en las ancas de un caballo jineteado por un muchacho de El Pueblo Grande,… caminó cuesta abajo siguiendo los pasos de recuas y arrieros,…se fue de aquí, con el primer forastero que le dijo mialma,…

Luego de haber transcurrido algunos años, la hacienda Los Tepehuajes, asentada en las inmediaciones de la comunidad de Los Arrayanes de San Jacinto, cedida al hijo venturoso que encontró “mujer de buen ver y de buena alzada,” ha incrementado su patrimonio a través del trabajo laborioso del matrimonio Chomolco Mendoza. La gente de Los jagüeyes de San francisco, comenta el hecho venturoso, como también se ocupa en traer a cuento la tristeza que invade frecuentemente  a don Manuel y su esposa Cirenia quienes esperan el retorno de Hortensia, su hija morenita…

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Quepa decir que la unión de Carmelita y Nepomuceno, amén de darse como ejemplo de prosperidad, ha propiciado lazos fraternales y progreso en sus comunidades de origen. Tanto de allá como acá, se han generado lazos recíprocos de amistad. En Los Jagüeyes de San Francisco, hay entusiasmo constante al saber que cada día cuatro de octubre, don Homobono y su esposa Petrita, procedentes de Los Arrayanes de San Jacinto, acompañados de su parentela y el cura Serafín Onofre Pérez del vecino Pueblo Grande, arribarán para sumarse a la algarabía de los festejos dedicados a San Francisco de Asís. He aquí que se haya hecho costumbre que hombre, mujeres, jóvenes y niños se organicen para recibirlos con estallido de cohetes y música de viento en el crucero de La Parota Grande; porque, según el decir de la gente, los consuegros de don Manuel y doña Cirenia se han hecho muy devotos del santo patrono del pueblo; acuden jineteando hermosos corceles, se hace acompañar de la música de viento y traen regalos; visten a la usanza de su pueblo: los hombres luciendo calzón y cotón hechos de manta, huaraches, sombreros de fina astillas, paliacates; las mujeres portan ya huipil ya blusa y falda y mantilla de bordado artesanal adornado de bellos y tradicionales colores que dan razón de su origen; calzan huarache, y las hay que caminan descalzas.

Al transcurrir los años en los que la gente ha escuchado las sugerencias de don Homobono en eso de trabajar y comerciar con perseverancia, a leguas se nota que aires de bonanza transitan en Jagüeyes de San Francisco, lugar asentado en lo recóndito de la sierra guerrerense desde donde hombres y mujeres avizoran nuevos horizontes que los llevan a mercadear ya en la costa guerrerense siguiendo la ruta que comunica con La Ciénaga, La estación de Toro Muerto y El Paraíso, ya en la Región de la Tierra Caliente transitando por las inmediaciones de Santa Elena, Yolotla, Huautla y de allí a San Miguel Totolapan, o en la Capital del Estado por el rumbo de Tlacotepec, Filo de Caballos hasta desembocar en Casa Verde, o por el aserradero Las Margaritas, Paso del Tigre, Cruz de Ocote hasta empalmarse a la carretera de Filo de Caballos. En los decires que entretienen a unos y a otros, la muchedumbre afirma, como si viviese en el seno de la familia Chomolco Mendoza, que Carmelita es buena mujer; y que Nepomuceno, aunque feo, es buen esposo y hombre trabajador.

Quienes acuden a las reuniones en las que ambas familias conviven, dan razón de que cuando alguien elogia la belleza de Petrita, Manuela y Cirenia  Chomolco Mendoza tres pequeñuelas que en mucho se parecen a su madre Carmelita, don Homobono, apoyándose en la presencia de su esposa Petra, a voz en cuello suele exclamar:

“como le digo mi señora, cuando el toro es fino, aunque la vaquilla sea malanca y feona, ¡mejora el raza!,”

Pero buen cuidado han tenido los oyentes de no externar burla alguna, sólo se concretan a dar por bien dicho lo escuchado, y musitan para sus adentros, fragmentos del cuento La Mamá cuervo que les narró el profesor Melesio López:

“-Perdone Señora Zorro, he perdido a mis hijos, ¿los ha visto usted?

“La Zorra, viendo la preocupación de Mamá Cuervo, y siendo ella misma madre, comprendió la situación…

“-Dígame, Señora Cuervo, ¿cómo son sus hijos?

“La Señora Cuervo le comenzó a describir a sus hijos:
-“Son unos polluelos preciosos, con un plumaje suave y terso, un piar que emociona el sólo oírlo y una mirada tierna e inocente; en fin, son los pajaritos más hermosos del mundo.”
“La Señora Zorro suspiro aliviada, y le respondió.
–Pues no, Señora Cuervo, no he visto a sus hijos. Yo acabo de comerme unos pajarillos pero para nada son sus hijos, pues los bichos que yo me he comido eran unos pajarillos horribles, con unos ojillos saltones, unas plumas ásperas y un graznido infernal. No paraban de graznar, y me los comí.
La Cuervo, en una mezcla de lamento y lloro, grito: ¡Ayyyyy!, esos eran mis hijos. Ya que para una madre todos sus hijos son preciosos…”

 

¡“Así es, el cosa! –Ante la presencia de sus consuegros, familiares y amigos que los acompañan, don Homobono, sin dejar de mirar a su hijo y a su nuera Carmela, yergue el cuerpo al tiempo que reitera su decir– sí siñores, cuando el toro es fino, aunque la vaquilla sea malanca y feona, ¡mejora el raza! -No satisfecho con su cantaleta que una vez más motiva pensamientos y risillas que no afloran, llama a sus nietas quienes acuden mostrando algarabía, y tras de escuchar que su abuelo paterno les dice que son hermosas, lo abrazan y besan, propiciando que los presentes festejen el hecho a la par que don Manuel, asistido por su esposa la señora Cirenia, se pone de pie y propone se brinde por la salud y bienestar de la familia Chomolco Herrera, y personas que lo acompañan. Y, como en otras ocasiones, la  alegría se expande al ámbito de la comunidad de Jagüeyes de San Francisco, lugar asentado en lo recóndito de la sierra guerrerense en donde Nepomuceno, encontró “un mujer de buen ver y  buena alzada”.