DOÑA CHUCHITA Y SU CHUCHITO

 

 

DOS ANCIANOS,  vivían acompañados de un perro guardián y un gato pendenciero que por las noches rondaba en los aleros. Habitaban bajo el amparo de una choza, hecha de paredes de bajareque, techo de palma de sollate y piso de tierra apisonada, situada en la parte alta de la calle alargada que aglutina a la escasa población de Terreritos de San José, lugar  desde donde se divisa el ir y venir de la gente que sale o entra a la comunidad.

Aunque con muchísimos años sobre sus espaldas, la señora se conducía cual si fuese espiga floreciente; se mostraba derechita y vivaracha. Era de tez blanca matizada de  destellos apiñonados; su rostro revelaba rasgos finos y sus ojos guardaban destellos de presteza y hermosura.

El anciano, hombre de caminar reverente, era de piel morena, cabello revuelto y cano, estatura regular y complexión menguada por el tiempo vivido.

A ella se le reconocían atributos de  mujer amable, agraciada y apacible. A él, se le veía cual era: viejito de enojos a flor de piel pero luego de un rato de fácil contento que dejaba entrever mostrando amplia sonrisa y expresiones jocosas.

A la señora se le visitaba cuando había sufrimientos, magulladuras, enfado en los niños,  empacho entripados, vergüenzas aposentadas en los cuerpos, sombras pérdidas u otros padecimientos de poca cuantía que, a la par de externar  voces rogativas a sus deidades aposentadas en un altar iluminado por un candil, intentaba curar con remedios caseros aplicados con movimientos y tibiezas de sus  manos aposentas sobre el enfermo. Sabido era que por su hacer curativo no cobraba aduciendo que la facultad que Dios le había dado, no era justificación para lucrar con el dolor ajeno. Y he ahí que al concluir su trabajo de sanación, se diera por bien servida si alguien dejaba discretamente una moneda en sus manos, o al pasar los días, la persona beneficiada y agradecida le llevara algo de comer con la consabida conversación que por ello se daba entre quien da y quien recibe en la cotidianidad de los pueblos:

 

Para que  alcancen de este bocadito que hay en la casa, doña Chuchita…

-No se hubiera usted molestado, fulanita,…

-No es molestia…

-Bueno, dado que ya está aquí con algo que mucho le gusta a mi viejito, se lo aceptaré gustosa…

-Que así sea, doña Chuchita…

-¡Que Dios se lo pague, fulanita!”

 

Propiciando con ello que ambas personas se dieran por bien servidas.

 

 

Al anciano, además de que ocasionalmente se le requería cuando había necesidad de realizar labores de remiendo o artesanales de poca cuantía: ya como remedo de albañil, ya como reparador de techos de paja, muebles desvencijados, y en ocasiones acarreador de chácharas; en las noches de plenilunio o bajo el amparo de un quinqué encendido, la muchachada lo rodeaba para escuchar sus cuentos, leyendas o hechos históricos en los que hombres y mujeres del pueblo habían sido protagonistas en los sucesos que había traído consigo el movimiento armado de la Revolución Mexicana. Era costumbre suya que en sus narraciones se mostrase emocionado reforzando sus palabras con ademanes y un decir constante: “yo lo vi… Yo lo vi… No me lo contaron, ¡lo vi y lo viví!” Su manera de expresarse, generaba bullicio y curiosidad. ¿Conoció a fulano, a zutano, a merengano?, solía decirle alguien. Ante las preguntas escuchadas con atención esmerada, el anciano erguía su cuerpo hasta donde más podía, y decía: “Sí, muchacho, ¡Sí lo conocí! Lo vi,  Lo vi con estos ojos que se han de comer los gusanos.   Así como tú me estás viendo;” generando animosidad en su interior que lo estimulaba a proseguir con más afán en sus exposiciones ante la chiquillada que se mostraba entusiasmada al saber que don Jesús había sido jinete provisto de cananas,  pistola y máuser;  que había participado como revolucionario, hombre  de lucha al lado del General Emiliano Zapata y otros próceres. El anciano, jamás desmentido por su esposa que se conducía con decoro al escucharlo, disfrutaba aquellas veladas en las que su compañero de vida se mostraba rejuvenecido.

 

En otro plano del acontecer de Terreritos de San José, a Los Chuchitos, como los nombraba la mayoría de sus vecinos, raras veces se les escuchó decir cosa alguna que reflejara una mala imagen de sus hijos; cuando llegaban a hacer alusión  de ellos, dejaban entrever cierta nostalgia en su  rostro marcado por surcos de ayeres vividos, no había en su evocación manifestaciones de amargura, sólo un dejo de añoranza al mencionar que uno vivía en un pueblo lejano, otro radicaba más allá de la frontera nacional, y del chocoyote, el último en venir al seno del  hogar, decían que había salido por la puerta de la improvisada vivienda sin tan sólo esperar la bendición de ellos. Manifestaban que cada quien en su momento se había ido sin rumbo para dar rienda suelta a sus afanes de jóvenes aventureros. En el final de sus inusuales manifestaciones, solían decir: “lo importante es que estén bien” al tiempo que la mirada de ambos se posaba a lo largo de la calle por donde se daba ese ir y venir…

 

Ha transcurrido mucho tiempo, pero aún existen pobladores de Terreritos de San José que rememoran la existencia de quienes se dice que en algunas ocasiones, iluminados por la luz tenue de un quinqué, acompañados de su perro “El Babotas” y  su gato “Chenco, aspiraban el aroma procedente del líquido depositado en jarros elaborados por alfareros del lugar; afirman que los ancianos sorbían porciones de telimón y daban mordiscos al pan que en veces se procuran cariñosamente el uno al otro en la boca al tiempo que doña María de Jesús, preguntaba: “¡Cielo!, ¿me quieres”?, propiciando que don Jesús, tras de emitir un resoplido a manera de respingo, contestara: “¿Cuántas veces debo repetirte lo mismo para que entiendas que por eso estoy aquí?”; festejan los hablantes, la respuesta del viejito gruñón que se resistía a decir el añorado  “sí te quiero” que ella anhelaba escuchar. En ese estado y momentos de intimidad, alguien ha dado en decir que ese propiciaba un dialogo:

-¿De quién en este par de ojitos? –decías ella

-Tuyos, Chucha –era la contestación rasposa del anciano

-¿Esta naricita?

-Tuya

-¿Esta boquita?

-Tuya

-¿Este ombliguito?

-Pues tuyo, chucha, tuyo…

Y cuando la viejecita posaba una de sus manos en la parte baja del abdomen del viejito a la vez que preguntaba: ¿y estos… de quien son, viejito?, don Jesús encogía su cuerpo y le daba por contestar, ah, como friegas, chucha; son tuyos, tuyos… propiciando en ambos risillas saturadas de picardía que los entusismaban.

 

 

Las pocas personas de ese ayer lejano, mencionan que, salvo algunos momentos de leves  desavenencias entre ambos, los viejitos conversaban animosamente sin detenerse a meditar sobre el devenir; hacen hincapié en que, no obstante sus más de noventa años existidos, convivían mostrando actitud serena ante las ocasionales afectaciones de su salud o el demérito corporal que les acarreaba el tiempo. La gente los recuerda y en su ejercicio evocativo trae a cuento los relatos chuscos de don Jesús Santamaría Benítez y el hacer benefactor de doña Chuchita Sotomayor García; y entonces se  escucha el clamor popular: “Dios los tenga en su Santa Gloria” que por nuestra parte, ellos están en la mente de nosotros. Están, están muy por encima del abandono…”

 

Quienes conocieron y trataron a los ancianos, ocasionalmente mencionan la ingratitud de los hijos que ahora allá de vez en cuando acuden al cementerio llevando cuantiosas ofrendas; hablan de la enigmática desaparición de El Chenco que noche a noche esparcía su maullido feroz al tiempo que rondaba los aleros en busca de amoríos y contiendas gatunos. Comentan la actitud de El Babotas, animal fiel de quien dicen que ladró lastimosamente desde el atardecer hasta el anochecer del día que en la choza de sus amos no hubo candil encendido, ni cuentos, ni risas, ni apapachos, sólo el ulular del viento que entreabría la improvisada puerta de la alcoba que cobijaba un acontecer funesto, misterioso, inexplicable…

 

Ahora, no obstante que han transcurrido muchos años, aún hay murmuraciones de quienes dejan entrever un misterioso pacto amoroso en lo que fue el final del haber existencial de los Chuchitos; sin soslayar lo que parecen ser maullidos pendencieros del gato Chenco, y aullidos lastimeros del perro Babotas; maullidos y aullidos que quebrantan el silencio que trae consigo la madrugada aposentada  sobre el caserío de Terreritos de San José.