EL ENCHAQUETADO

 

 

EL ENCHAQUETADO

 

 

 

1)

En la mañana de un día soleado una veintena de jóvenes que traen mochila al hombro, cámaras fotográficas y hojas de papel, entran a la comunidad de La Soledad.  Se les escucha bromear, y preguntar  aquí allá a las pocas personas que encuentran a su paso. Hacen saber que provienen del Pueblo Grande; que vienen en busca de don Goyo. Alguien les dice que avancen hasta la siguiente esquina, que doblen a mano derecha, y vayan hasta donde hay un árbol copado de flores. Luego de agradecer la indicación, sin mostrar cansancio a consecuencia de la media hora que ha durado su caminata, empiezan a trotar hasta llegar al punto señalado: allí está un anciano bajo la sombra de un guayabo cuyas ramas se  entrelazan con las de una buganvilia. Momentáneamente se reagrupan, ponen orden a sus ropas y equipaje, y luego de rumorear algo, se acercan cautelosos hasta donde está quien, en aparente reposo, disfruta la frescura habida bajo la enramada que se alza frente al quicio de una puerta vieja, única entrada de la vivienda hecha de adobes recubiertos de amasijos de cal y arena carcomidos, y techo de tejas ensambladas sobre una camilla de carrizo sostenida por largos maderos carcomidos por las inclemencias del tiempo.

Allí, unos más otros menos, observan con detenimiento el entorno y, en medio de éste, al anciano que luego de un intercambio de palabras, deja en claro que se llama Gregorio Ortega Pérez. La revelación de su identidad, propicia que cada uno de los recién llegados, digan su nombre. Don Goyo más que escuchar cómo se llaman, mantiene su mente ocupada intentando saber por qué de la repentina presencia de ellos, pero su reflexión queda trunca porque sin más preámbulo alguien le pide que  les permita sentarse en su rededor para platicar con él.

El anciano, se quita el sombre de burdo tejido dejando ver su escaso pelo canoso, y, a través de un ademán, les da a entender que pueden acomodarse. Ellos lo hacen inmersos en la algarabía que les caracteriza. Se acomodan ya sobre pequeñas piedras ya en pedazos de troncos carcomidos  por la intemperie o en el suelo terroso. En tanto que esto sucede, los observa, ve en uno a uno sus características físicas, y fugaz comportamiento que lo lleva a intuir quién es quién, identificándose con algunos de ellos: ya por sus vivezas, manera de mirar, respingos, desparpajos, serenidad o expresiones joviales que le remueven añoranzas de aconteceres  habidos en tiempos idos. Está así hasta que una voz varonil, lo saca de su estado  meditabundo, dándole a entender por qué de su presencia. Un joven de piel morena, alto, fornido de presencia y comportamiento impresionantes, afirma llamarse Rafael Santana Serna, y explica propósitos y necesidades que los llevan a estar allí, pero el anciano no da señal de asimilar lo escuchado; se muestra pensativo, indiferente. Otras  expresiones que se vuelcan como torrente en su rededor, no lo sustraen de su estado taciturno; se muestra enquistado, diciendo para sus adentros: “en boca cerrada no entra mosca”; está así, estimulando impaciencias hasta que una muchacha de ojos y labios hermosos semejantes a los de alguien que él tiene presente en su haber de vida, a través de su animosidad y voz agradable lo saca de su mutismo al explicarle que, por encargo de unos de sus maestros, necesitan hacer un reportaje relacionado con El Enchaquetado, personaje que, después de haber transcurrido muchos años, vuelve a ser mencionado en los medios de comunicación que circulan en el ámbito nacional, que dizque porque fue hombre importante.

Sin quitar su paternal mirada sobre la atrayente joven que no ha dejado de sonreír a la par que dice con elegancia femenina y natural seducción, haberse levantado muy temprano para  encaminar su transitar y llegar a ese lugar para conocerlo, y de paso platicar con él, experimenta un sentimiento que lo aviva y lleva a identificarse con ella y quienes más la secundan, corroborando que están allí por instrucciones de quien los asesora en la elaboración de un trabajo relacionado con sus estudios profesionales. A fin de  cuentas, aunque entiende poco de lo escuchado, queda en  su mente la idea de que algo quieren saber de lo acontecido hace ya muchos años.

——————— o ———————

 

2)

Don Gregorio Ortega, hombre de más de noventa años de vida, poseedor de una mente ágil y conversación fluida, congruente en su decir,… es muy dado a cavilar, y cuando la ocasión es  propicia, cuenta algo de lo mucho que ha acuñado en su memoria: nombres, fechas y aconteceres significativos que ha visto o vivido durante el transcurso de su  existencia. He aquí que en ese momento, luego de fijar su vista en quienes lo observan con mirada expectante,  exhale el humo de un cigarrillo, y diga con acento afable:

 

 

“La Soledad, tierra querida, no siempre fue así como la ven: con casas abandonadas, edificios de paredes corroídas y calles desiertas. Mi terruño tuvo un inicio potente y un apogeo que arraigó a nosotros sus fundadores y atrajo a quienes buscaban un paraje empapado de bellezas que prodiga la naturaleza. Era éste un pueblito bonito, pero ahí está que de entre otros acontecimiento, un día domingo de un mes y año pasados, la santa calma que imperaba en el amanecer fue interrumpido por ladridos de perros; los animales en los pesebre se alebrestaron; las pocas personas que se disponían a vender en el tianguis, recogieron sus vendimias y salieron despavoridas rumbo  a sus casas;  el sacristán revoloteó el badajo en las paredes de la campana situada en la pequeña torre de la capilla erigida a la santísima Virgen de la Soledad, hasta que alguien le gritó groserías y con mentadas de madre, le dijo que ya no estuviera alborotando a los feligreses. Ese día, la gente se despertó con el santo en la boca; el comisario, autoridad del pueblo, todavía a medio vestir, seguido de sus partidarios, se dirigió presuroso al edificio principal del lugar que dizque para calmar la angustia y enojos de la gente pero sus intenciones fracasaron cuando le ordenaron que se sosegara y se presentara ante el sargento Toribio Morales Nava quien a través de hombres armados que se  distinguían por sus vestimentas uniformada,  en un santiamén había copado  el caserío, propiciando que la mayoría de los pobladores se quedaran  en sus hogares,  pocos salieran corriendo y uno que otro gritara y se encomendara no se sabe a quién para menguar la zozobra que le había dejado la sorpresiva invasión que le produjo un desagradable sabor amargo en boca.

Después, los habitantes fueron  concentrados en las afueras de La casa del pueblo. Allí quedaron amontonados, sin que persona alguna considerara sus protestas, sollozos,  y dudas que les hicieran saber  porqué se les trataba como si hubiesen sido delincuentes. En ese acontecer escabroso, quedó en claro que el jefe de los gendarmes, mandaba,  y nadie y nada se podía hacer para librarse de su castigo.

 

———-o———–

3)

Tras de haber transcurrido unos instantes, una decena de uniformados trajo a Sergio Perales Mendoza, hijo de  Hortensia Mendoza viuda de Perales. La novia de él, Antonia Pacheco Díaz, hija de carlota Díaz, dijo entre sollozos, que habían derribado, a culatazos y puntapiés, la puerta de la casa de la señora, su futura suegra. Lo traían amordazado y a rastras y fue conducido ante el jefe de los gendarmes. Pasando por encima de la autoridad depositada en el señor Atenógenes Sosa Estrada, el comisario y demás gente de su confianza, el muchacho fue sometido a un persistente interrogatorio, y como viesen que no contestaba, le propinaron una brutal golpiza. El muchacho, soportó los primeros embates, pero a fin de cuentas,  habló:

 

“Sepan ustedes que el señor ese por el que están aquí, constantemente exigía que alguien lo cuidara como si fuese algo muy preciado y necesario en este pueblo. Allí está la situación que, sin desearlo o pedirlo, ese fin de semana, en mi condición de asalariado  bajo su mando, me haya convertido en guardián obligado.  Anduve siguiendo sus pasos; procurando que se le atendiera bien en las cantinas que frecuentaba, y hasta evité que lo golpearan otros borrachos o mordieran los perros que al olfatearlo o escuchar su voz aguardentosa se alborotaban y gruñían como protesta por las maldiciones que acostumbraba endilgarles acompañadas de sentencias, a manera de desahogos impregnados de enojos: animales del demonio –les gritaba a la par que repartía puntapiés hacia todos lados sin atinar un solo golpe-, ¡malditos!, caterva de jodidos, miserables como sus dueños, ¡los odio!, desaparezcan de mi vista, hijos de…”

 

“Ese día, en “La Escondida,” después de que él había bebido más de la cuenta, porque  lo despreció Rosy, muchacha joven y bonita, hija de La Coyota dueña de la cantina, le dio por alardear; dijo, a voz en cuello, que era la autoridad máxima en este pueblo que dizque pichurriento. A través de insultos sacó a los señores que pacíficamente convivían y tomaban tragos de mezcal. Cuando salieron todos, maldiciéndolo, El Enchaquetado, me ordenó que cerrara la ventana y las dos puertas que reguardan la casa. Yo tuve la intención de no hacer lo que me ordenaba pero a través de mentadas de madre me obligó a que lo obedeciera. Mas que hacer caso de los gritos de protesta que provenían de la señora dueña del tugurio, la encaró, diciéndole que era una pinche vieja puta, y, sin  consideración o palabra alguna que llevara un poco de respeto, le ofreció un fajo de billetes a cambio de que dejara que él se acostara con la Rosy; ella, La Coyota, no obstante que sabe eso de regentear a las mujeres y batallar con borrachos, se mostró indignada y empezó a maldecirlo, más encorajinada estuvo  al oír que le ofrecía el doble de dinero si la muchacha resultaba ser virgen. Ahí está que en un santiamén, secundada por su hija, lo sacó a empujones. Yo no impedí que lo molonquearan, me hice el disimulado. Repentinamente, el catrín vestido con habitual pantalón guango y camisa blancos, corbata roja y chamarra negra, quedó en las afueras de la taberna, y con él, yo en calidad de acompañante involuntario.  Recuerdo que luego de abrir la ventana, doña Coyota, gritó: “¡Sergio, muchacho!, no me vuelvas a traer a ese borracho de mierda”. Como nunca se le había visto, se mostraba muy enojada; sus ojos azules se mostraban grandes y brillosos, de su boca salía una sarta de resoplidos e insultos, y la piel blanca de su cara, se mostraba enrojecida, como si de un momento a otro le  fuera  a reventar.

 Después de haber transcurrido un rato en el que El Enchaquetado insultó a cuanta gente se asomó de sus casas para enterarse del mitote, y, tras de reprocharme que no lo hubiera defendido, enfiló sus pasos tambaleantes  hacia la calle de las Cuevitas. Como si quisiera desahogar el coraje que le produjeron los insultos recibidos, caminó y empezó a dar puntapiés a las puertas de cuanta casa humilde encontró a su paso. Iba encorajinado y jadeante, lanzando maldición al tiempo que palpaba la funda de la pistola que llevaba sujetada en la pretinada de su pantalón que para esa hora, al igual que su camisa, ya no eran blancos sino chorreados,  salpicados de manchas del mole rojo que se había jambado muy temprano en la cantina, disfrazada de fonda, atendida por una decena de muchachas regenteadas por la güera Domy.

“Allí en esa calle, también armó un relajo de dios padre que luego de unos instantes llegó a oídos de los señores que hacen el papel de guardianes en este lugar. Los vecinos ofendido, hacían un sin número de comentarios, tenían esperanza de que pronto terminaría ese mitote. Sus congojas menguaron  cuando los vieron venir armados de macanas y armas viejas,  pero, contrario a lo que esperaban, ellos no impidieron  las arbitrariedades del fulano, porque, a fin de cuentas, según su decir,  “el señor autoridad,” en refiriéndose al Enchaquetado, andaba contento, degustando, divirtiéndose; también explicaron que no lo podían macanear ni cargarlo a rastras como lo hacían con las demás personas del lugar porque él era individuo  importante, leído, decente. Eso dijeron a la gente que les exigía, que se lo llevaran o no respondían de lo que le llegara a pasar. La respuesta de los supuestos policías, envalentonó al Enchaquetado, y  llevándose otra vez una mano a la funda de su pistola, dijo que mataría a más de cuatro. Yo quise impedir que siguiera ofendiéndolos, pero me grito, me insultó a más no poder, diciéndome que era yo un cobarde muerto de hambre, y que más que intentar evitar lo que estaba haciendo, debía protegerlo porque para eso me pagaba el comisario Atenógenes. ¿Qué más podía hacer?

“El fulano actuaba como si estuviera loco; luego de cantar repetidas veces: “Rosita, Rosita linda/Rosita de mi pasión/ Rosita no me hagas daño/ porque me rompes el corazón…”. Más de una vez gritó: “ando en busca de un hijo de la… que se parta la madre conmigo. ¡Bola de collones!.. ¿Quién dice: yo?.., ¡muertos de hambre! Y he ahí que, cuando las luces del atardecer se iban esfumando, las mujeres, aunque indignadas por los insultos escuchados, aquietaran a los hombres dispuestos a propinar una golpiza a quien vociferaba majaderías, y más de una ocasión había orinado las paredes de sus viviendas.

 “…Suerte tiene el borracho, dijo alguien cercano a nosotros, y lo maldijo desde el quicio de su casa al observar que, no obstante el arbitrario comportamiento del hombre de la chaqueta, éste sólo había recibido la débil recomendación venida de los que dizque guardianes del orden quienes con voz pausada y sonsonete de atarantados, le dijeron: “cálmese, licenciado; la gente no lo quiere aquí; ¡pórtese bien! Cuídese, señor…” Y, luego de sus recomendaciones que sonaban como imploración en tono de súplica, se retiraron no sin antes exigirme que lo cuidara. Pero, ¿qué más podía hacer, si cada vez que intentaba calmarlo, me insultaba? Luego entonces, sólo me dedique a seguir sus pasos observando el constante gruñir de los perros que olisqueaban en él, algo, un no sé qué…

 

 

“Dando pasos de ciego, mostrando mirada ebria y lujuriosa y sin dejar de afirmar que era “máxima autoridad”, llegó hasta el zocalo en donde estaba María del Rosario, muchachita de escaso diecisiete años a quien  le dijo que era muy chula, que le gustaba para darle un arrejunte, un buen sacudión para que probara lo que era un hombre. Blandiendo su pistola calibre 45, intentó besarla y en tono despreciativo afirmó que Federico, quien la acompañaba, no le servía ni para el comienzo. En un santiamén se armó tremenda trifulca protagonizada por el muchacho ofendido, novio de la muchacha, y El Enchaquetado quien no soltaba su arma. ¡Hubo alboroto! La mayoría de la gente corrió para todos lados en tanto que unas mujeres afrontaron la situación para deshacer el mitote.

“Y de allí pal real, señores, no sabría qué decirles. Porque luego de la bulla que armó el Enchaquetado, salí corriendo pa´ mi cantón. Lo último que oí fue eso que, a grito abierto, dijo: “me he de comer esa tuna aunque…” y, sin terminar de decir lo que quería dar a entender, enarbolando su pistola, repitió lo que había dicho una y más veces,  “ando en busca de un hijo de la… que se parta la madre conmigo. ¡Bola de collones!.. ¿Quién dice: yo?.., ¡muertos de hambre!”

———–o———–

4)

Luego de que Sergio dijo no saber más, el sargento Toribio, ordenó que le pegaran más al pobre muchacho a quien le endilgó una andanada más de insultos:  “¡Dime todo lo que sabes, o te aprieto el pescuezo!, desgraciado, miserable. ¡Desembucha lo que sabes!, ¿dónde está el maldito que lo hizo?”

Resoplaba, el hombre de estatura y panza enormes, cara amoratada, ojos saltones y vestimenta desjaretada, pero el muchacho de escasos veinte años, soportó lo que le gritaban, aguantó los insultos y la golpiza que le propinaban; ¡No rajó!, no soltó más palabras, ya porque no sabía más o porque, escuchaba que su novia, su madre, vecinos, familiares y amigos, pedían a gritos que ya no lo martirizaran.

 

En ese acontecer, alguien, metido entre la gente sometida, soltó la lengua, susurró, dijo que Federico, muchacho delgaducho de escasos dieciocho años, no se había comportado como hombre; que por su actitud no era merecedor de los afectos que su novia le mostraba; afirmó que de no haber sido por la intervención de las mujeres  quienes, a la par de rescatar a Chayito, lo defendieron, él se hubiera zurrado en los calzones… ¡Eso afirmó!, el deslenguado, hablador que dio en decir que él en su lugar hubieran reaccionado distinto;   pero quienes lo escucharon, además de mostrarse disgustados, le dijeron que era presuntuoso, boquiflojo, puro pico de perico. A fin de cuentas, luego de  oír acá oír allá, decir esto más lo otro, quedó en claro que el muchacho se había mostrado valiente, evitando que su novia fuera abrazada y besada por el Enchaquetado. Y que, finalmente, con justa razón, había hecho lo que debía hacer…

 

Así quedaron las cosas en la mañana de ese día domingo. Sergio, después de afirmar lo que había vivido la tarde del día en que, en su condición de guardaespaldas obligado, había presenciado junto al Enchaquetado, enmudeció ante el acoso de quienes exigían que les dijera algo más, incluyendo lo relacionado al paradero de Federico Landeros Villagrán y  María del Rosario Carranza Pérez, pero ni el muchacho ni persona alguna enterados del destino de los muchachos, dijeron palabra alguna, enmudecieron. He ahí que como a las diez de la mañana, sin hacer caso a quienes representaban a la autoridad en el  lugar ni las suplica de la madre del muchacho ensangrentado, lo liaron, y otra vez a rastras lo subieron a una camioneta escoltada por una decena de gendarmes.

Luego del encarcelamiento de Sergio, alguien susurró que Federico había decidido  presentarse para pagar por el delito cometido, pero quien se lo había llevado a un lugar escondido y seguro, le dijo:

“Deja las cosas como están; tarde o temprano, por los abusos que  cometía ese mal  hombre, solapado por las autoridades, alguien iba a hacerse justicia; lo que hiciste no fue lo más aconsejable, pero lo hecho, hecho está; deja las cosas en manos de Dios. Además, debes de tomar en cuenta que las personas, pronto olvidan y también quienes se dicen ser autoridades. Pronto eso de El destripado, será cosa del pasado”.

————–o————-

 

5)

Después del suceso que alteró la calma en la comunidad, se supo que a Sergio lo habían refundido en la cárcel de El Pueblo Mayor que dizque porque no defendió al Enchaquetado; y que lo tenían sentenciado porque había cometido delitos federales,  encubrimiento, complicidad y otras cosas más que le estaban achacando. En el pensar y decir de los habitantes de La soledad, estaba la imagen de Sergio lastimado, ensangrentado, abatido,… soportando las “calentadas” que le daban.   Y ahí está, que hombre y mujeres se alebrestaron. Y, por encima de quienes decían que no permitirían impertinencias, caminaron al lado de doña Tencha Mendoza; secundaron los pasos de Catalina Pérez González y su marido el señor Fernando Carranza Amateco, padres de Chayito;  avanzaron junto a Genoveva Villagrán viuda de Landeros; transitaron en busca de la libertad del encarcelado. Unidos, levantaron la voz ante la injusticia que prevalecía; gritaron los abusos cometidos por El Enchaquetado y la actitud de quienes lo protegieron y solaparon durante años. Y entonces, el jefe superior que comandaba las comunidades que pueblan la región repitió eso que dicen todos los de su calaña: “¡se hará justicia, caiga quien caiga!,” pero ese decir gastado, vano… no disminuyó el propósito de la gente enardecida porque, todo mundo sabía que el muchacho había andado sojuzgado, obligado junto al Enchaquetado.

 

Hombres y mujeres, caminaron, avanzaron; hablaron, reclamaron; pidieron la libertad de Sergio Perales Mendoza, y exigieron que nunca más  hubiera Enchaquetados en esta comunidad. Y, entonces el Sargento Toribio Morales Sosa,  titubeó, no sabía qué hacer; no sabía que cuentas dar a quienes le dijeron que alguien tenía que ser encarcelado para dejar concluido el caso del asesinato. Días después, sucedió algo que, aunque no es creíble, sí  acontece frecuentemente en el hacer de los gendarme, éstos hicieron algo para taparle el ojo al macho, trajeron apersogado a un pobre hombre que, años después, se supo había muerto en prisión, alguien que, según el decir de las autoridades de Pueblo Grande, había muerto a causa de los remordimientos que lo atormentaban por haber destripado al Enchaquetado. Pero aquí, sabíamos que lo que se decía, era puro cuento.

 

———-o———-

6)

Aparejado a lo que hacían los habitantes para liberar a Sergio, hubo un rumor constante que creció como avispero dejando al descubierto que Federico Landeros Villagrán, luego de salir airoso en el percance en el que había sido humillado públicamente, rescató a  su novia y la entregó a los padres de ella; quedó asentado, sin lugar a dudas que  corrió como alma que lleva el diablo rumbo a su hogar en donde tras de buscar y encontrar algo reluciente en el fondo de un morral colgado en la horqueta de un horcón que sostenía la mediagua destinada a los trebejos, había pedido la bendición de su madre la señora Genoveva Villagrán viuda de Landeros, y que ella, luego de preguntar y enterarse de lo que había sucedido, con lágrimas en los ojos pero revestida de fortaleza, lo bendijo.

Quedó en la mente de los pobladores de La Soledad que el muchacho, hijo único, regresó presuroso al centro de la población en busca de El Enchaquetado a quien encontró en el momento que alzaba el brazo  presumiendo su pistola pavoneada, y con mirada lujuriosa chuleaba a cuanta mujer joven veía caminar. Y de ahí el decir en tono guasón de quienes conocieron el hecho:

 “No hay borracho que coma lumbre; el briago de mirada lujuriosa, al ver  venir a Federico,  intentó huir, pero al percatarse que no iría muy lejos…, endilgó el cañón de su colt 45 a quien había humillado, pero el muchacho saltó como si hubiese sido felino, y arrejuntó su cuerpo al de él; Federico, estuvo ahí,  pegado como ventosa, y  sólo se apartó cuando El Enchaquetado,  mostrando tamaños ojotes, resopló y sacó de sus tripas un pujido ronco y prolongado.

Hubo gritos, corredera de la gente que se movía semejando hormigas desorientas, azuzadas por sonido de las campanas que repentinamente cambiaron su repiqueteo, emitiendo sonidos profundos, sonoros y  pesarosos al tiempo  que los guardianes y quienes más se hacían llamar autoridades de aquí, acudían que dizque para cumplir con su deber, que de raíz estaba condenado al fracaso.

 

———-o———–

 

7)

Considerando lo cierto que hay en el decir mundano: “golpe dado, ni dios lo quita”, a los mandamás del Pueblo Grande, sólo les quedó la satisfacción de hacer, a espaldas del pueblo,  un homenaje pomposo al susodicho Enchaquetado, un esfuerzo que empezó por meter el cadáver en un ataúd y tenerlo expuesto un día con su respectiva noche en el edificio destinado a la Comisaría, lo asentaron ahí que dizque para que la población le fuera a dar “el último adiós”; pero la despedida deseada, resultó un hecho deslucido sólo asistido por una decena de personas que dijeron, había en el ambiente un hedor insoportable.  Tiempo después, la calle en donde vivió ese señor sus últimos días dejó de llamarse El Encanto, una placa nueva hacía saber que, a partir de esa fecha, se llamaría “Calle Lic. Genovevo Alatorre Soria;” para dejar en claro su propósito, realizaron un acto rimbombante en el que dijeron que el dizque señor ese a quien, pomposamente, mencionaban en repetidas ocasiones por su nombre de pila, había sido hijo predilecto de La Soledad, hombre ejemplar, fiel esposo, devoto de la Santa Patrona de la comunidad, funcionario respetuoso, trabajador  y político honesto. ¡Eso afirmaron, eso expusieron en discursos que pronunciaron!, pero los habitantes de la calle de La cuevitas, a voz en cuello, dijeron:

 

Fue un desgraciado. Lo dicho por las autoridades de Pueblo Grande, es puro mitote. El difunto, El Enchaquetado, además de una sarta de injusticia cometidas por él,  fue en vida un desgraciado, abusivo y libertino. Entre otras cosas,  pagó a zutano   y a mengano para que mataran a Mauricio Ornelas Sotomayor porque se había atrevido a contradecirle  sus arrogancias de borracho; y después, valiéndose de artimañas, se quedó con la  joven señora Patricia Pérez viuda de Ornelas a quien humillaba y tenía  sometida a sus caprichos mientras él, hacía vida de Don Juan, ebrio y pendenciero.

 

Sepan ustedes, jóvenes –dijo con voz pausada, el anciano Gregorio-, doña Domitila (Domy) Salmerón Cisneros, La Coyota y su hija Rosy, confirmaron lo que, en refiriéndose al Enchaquetado, andaba de boca en boca, y, de refilón, sumaron otras expresiones sentenciosas:

 

Quien persevera, alcanza”…

“Quien busca, encuentra”…

“Tanto va el cántaro al agua, hasta que se quiebra…”

“Hasta que encontró la horma de su zapato el briago ese, calenturiento, abusivo  de mierda…

 

La gente daba rienda suelta a sus comentarios, y culminaba diciendo: ¿Qué necesidad había de que La Soledad, nuestro terruño querido, anduviera de boca en boca por el hecho de que aquí destriparon al fulano ese; y, que por disposición de unas cuantas autoridades de Pueblo Grande, a La Calle del Encanto, le encimaran el nombre de Lic. Genovevo Alatorre Soria mismo que la gente jamás aceptó y determinó que, a manera de mote, se llamaría Calle del destripado.

 

Creo que es necesario mencionar –dijo el anciano Gregorio poseído de semblanzas que afloraron en su rostro surcado por infinidad de ayeres-, que La Soledad era un pueblito habitado por una veintena de familias que nos asentamos aquí luego de que la comunidad, en la que habíamos vivido, fue inundada y  destrozada por el desbordamiento del río que comúnmente nos prodigaba agua para regar nuestros sembradíos y cubrir otras necesidad. Yo, habré tenido quince o dieciséis años; era el más pequeño de mis siete hermanos procreados por mis padres los señores Antonio Ortega Cano y Enedina Pérez de Ortega que en paz descansen todos –dijo en tono pesaroso al tiempo que se despojaba del sombrero. Luego de aquella desgracia que cayó sobre nosotros, nuestras miserias menguaron cuando el gobierno del estado dispuso que nos reubicáramos en este pequeño valle; era éste un lugar desolado, al que inducidos por la fe que sentíamos por una pequeña Virgen que traíamos, llamamos: La Soledad; era una extensión llena de espinos y hierba seca que, luego de haber transcurrido un año, a fuerza de trabajo lo convertimos en  suelo laborable;  nos agradó este lugar porque tiene un clima acogedor, y está muy cercano a la cabecera municipal; digo era, porque de lo que fue su prosperidad, hoy quedan sólo ruinas. Aquello que nos hacía sentir en un oasis de abundancia poco a poco fue acabando.

 

—————o—————–

8)

Cuando Sergio fue liberado, la tranquilidad se posó nuevamente en la comunidad de La Soledad: hombres y mujeres acudíamos a cultivar las parcelas; había un libre y bullicioso trajinar en las calles; se agasajaba el día dieciocho de diciembre a la Santa Patrona del lugar con encuentros mayordomales  y fuegos artificiales. Cada día domingo  se instalaba un tianguis  lleno de verdores y colores al que acudíamos, y en veces también personas procedentes de otros lugares. Era esta tierra querida, un pueblito atrayente, pero poco nos duró el gusto, porque,  repentinamente, la casa que había sido de El Enchaquetado,  se vio habitada por gente desconocida, hombres y mujeres de sombría estampa que, además de generar rumores, infundían temor, desconfianza. Este estado de zozobra creció más cuando en las noches se  escuchaban gritos, insultos, y disparos de armas motivando que nos encerráramos a piedra y lodo en las casas. En el despertar de cada día, acudíamos temerosos a las labores del campo, sentíamos sobresalto hablar con  los vecinos lo relacionado con aquello que estaba sucediendo, y  evitábamos caminar a ciertas horas de la noche. La situación se agravó cuando en el amanecer aparecieron cadáveres de personas desconocidas, y la gente empezó a desaparecer ya porque le quemaban sus casas ya porque era amenazado o porque consideraban que había llegado el momento de buscar otro destino. Fue así como Mi tierra querida se fue quedando sola hasta lucir como ahora la ven. A través de esta calle, luego de dar vuelta a la izquierda, se fueron: La Coyota acompañada de su hija, doña Domitila y sus muchachas, Pedro Patolzin Cisneros el dueño de la única tienda que había, Fidencio Cardona Patolzin el vendedor de carne, y quienes se ganaban el sustento diario a través de alguna otra ocupación; salieron a deshoras de la noche familias completas llevándose sus pertenencias y animales, y los que no se fueron en grupo, se  alejaron desperdigados en veces sin llevarse algo de lo que tenían. Muchos se asentaron en  Pueblo Grande, otros se avecinaron en lugares lejanos, y algunos, por desgracia suya, quedaron en mitad de su camino como fue el caso de “Tello”, Emeterio De la Cruz Barroso, quien había protegido a Chayito y a su novio Federico.

 

—————–o——————-

 

9)

No es por demás decirles, que ese señor que dizque licenciado, repentinamente llegó luego de que algunas personas habían comprado terrenos en las cercanías del pueblo y construido en ellas una casa que, vista a distancia, daba a entender que, quien la habitara, tenía dinero, buen gusto y poder. Inicialmente, el sujeto ese, no convivió con nadie del pueblo, vivía apartado; la gente que lo asistía o visitaba venía de distintos lugares.  Pero, después de  haber transcurrido un año,  cuando ya nos habíamos acostumbrado a su manera de proceder, empezó a caminar en las calles, metido en sus silencios sin siquiera responder a los saludos que alguien de nosotros le endilgaba; y después,  luego de acudir a las casas en donde se vendía licor y había diversión, empezó a gritar y maldecir a cuanta persona se cruzaba en su camino. Entonces nos preguntábamos por qué repentinamente se fue convirtiendo en azote de los pobladores, pero por más que se comentó en busca de saber qué sucedía, nadie acertó en su decir, tanto así que hasta la fecha no se sabe mucho de él, ni  por qué algunas personas adineradas de Pueblo Grande, habían dado en decir a los gendarmes y autoridades de aquí, que él era hombre importante. Sólo se sabe que llegó, que aquí vivió como vivió y que luego de un tiempo, sucumbió, como ahora se sabe que murió.

No obstante que El Enchaquetado terminó por ser en vida un individuo despreciable, su imagen  aún existe en la mente de algunas personas, sobre todo en la de quienes aún estamos aquí como árboles viejos. El licenciado Genovevo, más conocido como El Enchaquetado, es recuerdo que se desvanece a fuerza de intentar olvidar que vivió aquí, que hizo mucho mal y que, a fin de cuentas, cuatro hombres mal encachados venidos de no se sabe dónde, se lo llevaron sin siquiera esperar que le rindieran los honores que dizque merecía.

 

————–o————

10)

A eso de las doce del día, cuando la sombra de la buganvilia enredada en el guayabo se deslizaba y propiciaba que los estudiantes se reacomodaran en busca de frescura, hizo una señal de mudez con el dedo índice sobre su boca desportillada y, ceremonioso, encendió un cigarro más. Su actitud dio lugar a que el rasguear de los lápices sobre las hojas y el movimiento de manos sobre los celulares en busca de imágenes, cesaran. Sin decir palabra alguna que satisficiera más la curiosidad que aún rondaba en su alrededor, don Gregorio Ortega ejecutó, con uno de sus brazos, la señal enérgica que indicaba el camino que les esperaba. Mostraba su despedida, y he ahí que la  muchacha de ojos y labios hermosos, semejantes a los de alguien que él sustraía de su ayer de vida, puesta de pie se inclinara y sorpresivamente lo besara en la mejilla, provocándole un suspirar profundo a la par que decía para sus adentros: “sí, sí, mucho se parece  a ella ¡Es hermosa!, muy hermosa…”.

Instantes después cuando aún percibía el olor que le había dejado en su rededor,  la vio  unirse al jovial comportamiento demostrado por los demás estudiantes capitaneados por Rafael Santana Serna. Al observarlos que llegarían a esa esquina que le traía a la mente muchos recuerdos, su pensamiento quedó suspendido en la visión de su pasado,  rememoró cuando Ramona Rojas Tejeda, su esposa, acompañada de sus dos hijos, antes de doblas a la izquierda para proseguir rumbo a la ciudad, mostró entusiasmo y alzó los brazos para despedirse. Su pensamiento naufragó en el desasosiego; evocó el momento en el que fue  a recoger, en compañía de algunos de su conciudadanos, los cuerpos de ellos, sus seres queridos quienes yacían a la vera del camino que conduce a Pueblo Grande; ahí, un poco después del lugar en el que se encontró muerta a doña Genoveva Villagrán, madre de Federico Landeros Villagrán; antes de la curva en donde se encuentran las cruces que señalan que sucumbieron Sergio Perales Mendoza, Antonia Pacheco Díaz  y la señora Hortensia viuda de Perales; a unos pasos de la hondonada de Tello, llamada así porque allí apareció muerto Hemeterio, casi junto del lugar en donde  hallaron los restos mortales de Catalina Pérez González y Fernando Carranza Amateco, padres de María del Rosario. Y entonces, aunque intentó tragar su tristeza que le castigó el corazón, gruesas lágrimas rodaron  a través de sus mejillas surcadas de arrugas profundas motivadas por sufrimientos y el desamparo que lo flagelaban.

Sin siquiera restregar sus ojos llorosos, con dificultad se puso de pie, empujo la madera  carcomida por la intemperie y dirigió sus pasos al interior de su hogar en donde le pareció escuchar ecos de la bulla estudiantil que al cabo de un rato se fue apagando, subsistiendo,  en lo que quedaba del pueblo de La Soledad, sólo silencios fugazmente interrumpidos por ruidos opacos producidos por los escasos seres que aún permanecían allí ya merodeando entre jacales abandonados ya transitando en la calle desolada o sentados en el quicio de sus casas vetustas; ancianos que, como él, permanecían  arraigados  a esa heredad que les había permitido enraizar como el guayabo y la buganvilia de entrelazados ramajes…

Al cabo de un rato, después de airearse la cara con el ala de su sobrero, descansó su cuerpo en un viejo sillón aposentado en medio de trebejos resguardados bajo una mediagua. Sin premeditarlo, quedó dormido y, en la profundidad de su abandono corporal, alucinó, vio casas, calles, campos cultivados y gente bulliciosa de su otrora próspero pueblo; observó el trajinar de sus hijos que jugueteaban en su rededor, y quedó fascinado al mirar a su esposa, a su querida Catalina quien de entre el rosal que ella y él habían  cultivado, le hablaba en tono amoroso, le repetía una y más veces: “Gregorio, mi amor,¡ ven, ven, ven!”

En el anochecer de ese día, alguien llamó, y sacudió el mohoso aldabón aferrado a la  puerta de la casa de don Goyo, pero voces y ruidos se desvanecieron en el constante ulular del viento. Y entonces, imperó la incertidumbre en la mente de los pocos habitantes de La Soledad.