Margarito Lopez Escritor guerrerense
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ANÉCDOTAS:

junio 29

 

 

 

 

Sin el ánimo de ofender ni subestimas a persona alguna, se incluye en esta página anécdotas, relatos cortos en los que participamos o escuchamos:

 

 

 

 

 

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1)

En el seno de una convivencia acontecida hace ya muchos años, el licenciado José Luis Mosqueda Nogueda, dijo:

 

“No recuerdo con exactitud cuántos años tenía. Poseía los necesarios para cursar el tercer año de educación primaria cuando mi maestra, de apellido Orbe, nos convocó a estudiar, a entregarnos a las tareas porque según su decir no deberíamos defraudar a nuestros padres que hacían el esfuerzo por enviarnos a la escuela. Su primera indicación fue que nos formarnos en una sola fila desde el más grande hasta el más pequeño, hombres y mujeres. Con su voz agradable pero enérgica nos ordenó flanco izquierdo y cuando se hubo percatado de que estábamos debidamente alineados, ordenó al mayor o más alto de nosotros que fuera hasta un matorral cercano y cortara la vara que más le gustara. El ordenado fue diligente, y pronto regresó con una rama de nixtamalsuchil que pajueleaba en señal de que había escogido la más resistente. Cuando estuvo frente a la maestra, ella, sin mucho revisarla, al tiempo que decía: “veremos si escogiste la mejor”, le dio un varazo que amenazaba partirlo.Y como viera que la vara no se había roto pero sí propiciado que el azotado arqueara su espalda, se dirigió a nosotros: “esta nos acompañara hasta que dure y será la encargada de que trabajen y aprendan”. No se habló más y desde el inició hasta el término del tiempo destinado a nuestra instrucción diaria nos comportamos atentos y diligentes.

 

Pero sucedió que un día la vara, descascarada por el constante uso que se le daba, desapareció; ya no se le vio sobre la parte superior de un librero que la maestra había llevado para depositar libros que contenían pensamientos que nos hacía leer y comentar. Algunos pensamos que abandonaría su proceder, pero cuán equivocados estábamos porque de inmediato ordenó que otro de nosotros fuera a traer el repuesto, y cuando estuvo éste en sus manos la dejó caer en la espalda de quien la había traído. “La vara aparecía y desaparecía”, por decirse así, y cuantas veces se dio el hecho de que se extraviara o quebrara, las veces que dispuso se repusiera. No sé cuantas varas habremos desaparecido y/o se hayan quebrado en nuestra espalda, pero de los que sí estoy cierto es que gracias a la dedicación de la maestra y su técnica académica aparejada a la vara aquella, muchos de nosotros aprendimos las tablas de multiplicar, las cuatro operaciones aritméticas, escribimos y leímos con claridad y también entendimos de modales y comportamiento en el salón de clases.

“Posiblemente haya sido mi mentora una persona improvisada en el quehacer educativo, pero fue consciente de la tarea que se le había encomendado.Ni un día falto al aula, ni un momento flaqueó en su propósito, y el día en que llamó a nuestros padres para hacer una demostración de lo aprendido por nosotros con satisfacción demostró  lo que había logrado en nosotros. Yo la recuerdo, y aunque en aquel tiempo no alcanzaba a discernir si era bueno o malo usar esa vara, me percaté que en las manos de ella se convirtió en el auxiliar necesario para instruirnos. Tiempos aquello, tiempos que si bien no se hablaba de mucha pedagogía sí mucho de lo que hacían aquellos maestros rurales en los lugares más apartados de Guerrero”.

Y luego de ello, unos más unos menos, arribamos a un momento de reflexión…

 

ANÉCDOTAS:

junio 29

 

 

 

 

 

Sin el ánimo de ofender ni subestimar a persona alguna, se incluyen en esta pagina,  anécdotas, relatos breve basado en algo que nos ha sucedido o hemos escuchado:

 

 

 

 

 

  1. En el seno de una convivencia ocurrida hace ya muchos años, el Lic. José Luis Mosqueda Nogueda, externó

“No recuerdo con exactitud cuántos años tenía. Poseía los necesarios para cursar el tercer año de educación primaria cuando mi maestra, de apellido Orbe, nos convocó a estudiar, a entregarnos a las tareas porque según su decir no deberíamos defraudar a nuestros padres que hacían el esfuerzo por enviarnos a la escuela. Su primera indicación fue que nos formarnos en una sola fila desde el más grande hasta el más pequeño, hombres y mujeres. Con su voz agradable pero enérgica nos ordenó flanco izquierdo y cuando se hubo percatado de que estábamos debidamente alineados, ordenó al mayor o más alto de nosotros que fuera hasta un matorral cercano y cortara la vara que más le gustara. El ordenado fue diligente, y pronto regresó con una rama de nixtamalsuchil que pajueleaba en señal de que había escogido la más resistente. Cuando estuvo frente a la maestra, ella, sin mucho revisarla, al tiempo que decía: “veremos si escogiste la mejor”, le dio un varazo que amenazaba partirlo.Y como viera que la vara no se había roto pero sí propiciado que el azotado arqueara su espalda, se dirigió a nosotros: “esta nos acompañara hasta que dure y será la encargada de que trabajen y aprendan”. No se habló más y desde el inició hasta el término del tiempo destinado a nuestra instrucción diaria nos comportamos atentos y diligentes.

 

Pero sucedió que un día la vara, descascarada por el constante uso que se le daba, desapareció; ya no se le vio sobre la parte superior de un librero que la maestra había llevado para depositar libros que contenían pensamientos que nos hacía leer y comentar. Algunos pensamos que abandonaría su proceder, pero cuán equivocados estábamos porque de inmediato ordenó que otro de nosotros fuera a traer el repuesto, y cuando estuvo éste en sus manos la dejó caer en la espalda de quien la había traído. “La vara aparecía y desaparecía”, por decirse así, y cuantas veces se dio el hecho de que se extraviara o quebrara, las veces que dispuso se repusiera. No sé cuantas varas habremos desaparecido y/o se hayan quebrado en nuestra espalda, pero de los que sí estoy cierto es que gracias a la dedicación de la maestra y su técnica académica aparejada a la vara aquella, muchos de nosotros aprendimos las tablas de multiplicar, las cuatro operaciones aritméticas, escribimos y leímos con claridad y también entendimos de modales y comportamiento en el salón de clases.

“Posiblemente haya sido mi mentora una persona improvisada en el quehacer educativo, pero fue consciente de la tarea que se le había encomendado.Ni un día falto al aula, ni un momento flaqueó en su propósito, y el día en que llamó a nuestros padres para hacer una demostración de lo aprendido por nosotros con satisfacción demostró  lo que había logrado en nosotros. Yo la recuerdo, y aunque en aquel tiempo no alcanzaba a discernir si era bueno o malo usar esa vara, me percaté que en las manos de ella se convirtió en el auxiliar necesario para instruirnos. Tiempos aquello, tiempos que si bien no se hablaba de mucha pedagogía sí mucho de lo que hacían aquellos maestros rurales en los lugares más apartados de Guerrero.”

Y luego de ello, unos más otros menos, arribamos a un momento de reflexión…