Margarito Lopez Escritor guerrerense
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SEMEJANZA EN EL VALLE TISTLAN

junio 24

 

 

 

 

SEMEJANZAS EN EL VALLE TISTLAN

Margarito López Ramírez

Autor

 

DON MELANDO

 

LA TRANSFORMACIÓN

Don HERMELANDO DAMIÁN CORTÉS, después de superar ciertas dolencias que lo tuvieron al borde de la sepultura, abandonó su apacible manera de ser; dejó de ser  el hombre respetuoso que solía ser en el seno de su comunidad; repentinamente le dio por acosar a cuanta mujer ofertaba su vendimia a lo largo de la calle o en la amplitud de la plazuela  de su barrio.

Malaquías Garnica Tena, Gerónimo Salvatierra Domínguez y Pedro Rosales Ordóñez, amigos suyos, hombres que superan los ochenta años de existencia, dan razón de su cambio inesperado. Cuentan que luego de haberse reincorporado a su grupo que han dado en llamar Los Benjamines, don Hermelando, tras de mencionar en tono gallardo: “amigos, voy a engalanar un asuntito,” se apartaba de ellos. Dicen que, aunque tambaleante, se alejaba sin importarle que fuera objeto de comentarios guasones que resonaban y le hacía eco en la  espalda. Comentan que el recién aliviado, agarraba parejo, sin importar edad, físico, condición social o parentesco; le hablaba a la tamalera, y a quienes vendían empanadas, cacahuazintles, merengues, torrejas, pipitoria, semillas doradas, tortillas, mango enchilado, elotes hervidos, memelas de camagua, helados, pan, verduras o baratijas diversas. Afirman que, al escuchar las cantalestas provenientes de quienes pregonaban y ponderaban entusiasmadas el contenido habido en sus canastos o bandejas, las atajaba, y, a la par de que con una de sus manos palpaba y revoloteaba algo que se supone estaba en el fondo de una de las bolsas delanteras de su pantalón, prenda de considerable anchura que se le abombaba en la entrepierna, les decía en tono comedido:

“¡0ye, niña!,… ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo, te puedo cumplir…

Y he ahí que frecuentemente la aludida, al escucharlo y ver sus ademanes  que eran por demás grotescos en la alargada bolsa del pantalón de ancha pretina y prolongado tiro,  contestara en tono de conmiseración: “¡ay!, don usted,… lo dice como si en verdad pudiera hacerlo”.

Ante tal pronunciamiento que no dejaba bien parado a don Melando, como lo llaman sus vecinos, realizaba el mayor de sus esfuerzos para erguir su cuerpo propio de quien pisa la antesala de los noventa años, y retomaba su afán con más ahínco:

“¡Sí niña!,… así como me ves, debes saber que todavía hago surcos…”

Por su decir que rayaba en la demencia senil, algunas buenas mujeres se sonrojaban; otras sonreían mostrando nerviosismo, y, las más de ellas montaban en enojos a la par que se alejaban murmurando:

“Viejo, rabo verde; ¡vergüenza le habría de dar!”

 

 

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EL PIROPEADOR

Los amigos de don Hermelando, testigos presenciales de los acosos provenientes de quien a pulso se había ganado el mote de “Viejo, rabo verde,” afirman que, cuando éste no podía seguirlas por ser víctima de su crisis reumática,  optaba por aposentarse en el quicio de la puerta de su casa, desde donde, al verlas pasar, les musitaba, viejos y obsoletos piropos:

“Si como lo meneas, lo bates, qué buen chocolate…”… “Prietas, hasta las mulas son buenas”… “Grandotas, y aunque me peguen”… “Adiós mamacita, aquí está tu querubín…”

Y, si la ocasión le era propicia, las llamaba, les pedía que le permitieran enterarse de lo que vendían. Logrado su propósito, a la par de manosear la mercancía, y revolotear su mano derecha en el fondo de la citada bolsa del pantalón, como si fuese a comprarles algo, les endilga su acostumbrada perorata:

“¡0ye, niña!,… ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo te puedo cumplir…

Sus acometidas ya en la plazuela o en la cercanía de la puerta de su hogar, eran  frecuentes, propiciando las consabidas manifestaciones de las  vendedoras quienes, luego de haber transcurrido un tiempo razonable para dar cabida a la reflexión, entraron en razón unánime; fueron del disgusto a la comprensión; y he ahí que a más de una de ellas se les ha escuchado decir:

“Debemos dispensar las desfachateces del viejito alborotado que le ha dado por juguetear,  no se sabe qué, en la bolsa de su pantalón guango.”…  Más que provocarnos enojos, debemos festejarle sus arranques de anciano querendón que sólo malluga la mercancía… ¡Comprensión!, sí, comprensión es lo que merece el viejito rabo verde… Miren que atreverse a afirmar que todavía hace surcos, cuando que apenas puede caminar…”

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EL ENCUENTRO CON MICAELA

Luego entonces a fin de cuentas, el decir y los hechos que auspiciaban don Melando, no propiciaban mayores  problemas; éstos quedaban allí en rededor del hacer y haber del grupo  Los Benjamines, conformado por los ya mencionados señores Malaquías, Gerónimo, Pedro y Hermelando quienes en el atardecer de cada domingo se sientaban en la banca que la gente ha dado en llamar “banca de los venerables” en la que nadie más la usa en el atardecer del día domingo. Allí, un a uno van llegando y acomodándose, y mientras los más de ellos contaban y volvían a contar los pormenores de lo que les había acontecido a lo largo de su vida, el citado señor Melando, hacía de la suyas con las vendedoras ambulantes.

En refiriéndose al ayer y presente de don Hermelando, todo parecía estar bien. Pero tuvo que haber un pero que alterara este estado de cosas que eran pan de cada día en las inmediaciones de la casa del anciano o la amplitud de la plazuela del barrio que lo acogían.  Una de tantas vendedoras, al escuchar que éste, atrincherado en la puerta de su hogar, le decía “¡Ayyyy qué curvas,  y yo sin frenos!”…Me he de comer esa tuna aunque me ahuate las manos”, lo encaró y, al tiempo que con su mano izquierda levantaba sus enaguas hasta la cintura, le dijo en tono burlón:

“Pero, con qué dientes, mi querido señor, con qué dientes… Estas carnes…, mas, que para usted, están buenas para algunos de sus parientes, alguien que las puedan morder y saborear.”

Y entonces, con la mirada fija en las piernas robustas y hermosas de la joven, el viejo Melando, enmudeció y mostró un gesto de desaliento a la par que  recordaba los versos de Isaías Basilio Bautista, hombre de trova muy dado a pronunciarlos, en momentos de nostalgia o regocijo, versos que le venían a él o cualquiera de los presentes:

“Me encontré con una güera/ de esas de alto peinado,/ le dije que me lo diera. /me dijo: ¡Qué desgraciado!/…Yo estoy buena pa´ tu nuera/ tú,… tú ya estás muy arrugado…”

Susurró una y más veces en tono vehemente esos versos a la par que observaba las pantorrillas tersas, hermosas y atrayentes de la joven Micaela Silva Mejía quien, luego de mostrar una sensual sonrisa, contonear su cuerpo y acodarse la diminuta falda que dejaba entrever sus moldeadas caderas, se despidió a través de una escueta frase: “¡A que don usted,… tan sin embargo!”Y prosiguió su andar altivo y coqueto a la par que esparcía a los a cuatro vientos su pregón:

“Compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Merengueeeeee, calientito!”

 

 

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EL AISLAMIENTO

Después de este inusitado suceso, durante tres o más días, don Melando no acudió a saborear los sabrosos alimentos que generosamente le servían en la cocina económica denominada “La Sabrosa,” instalada a unos cuantos pasos de su hogar ni asomó sus narices, como era costumbre suya, para enterarse de lo que acontecía en la calle. Su casa, “la casa del viejito Melando” como la conocía el vulgo, repentinamente fue nidal de silencios sólo alterados desde las afueras de ella por la voz insistente de las vendedoras ocasionales que en veces se detenían haciendo hincapié de sus vendimias.

Hubo suposiciones y rumores en torno a la ausencia de quien acostumbraba parlotear desde su asiento habitual o en las cercanías de éste. Sus amigos extrañaron su repentina ausencia pero pensaron que luego de unos días, volvería a su usual proceder. Mas como no se hizo presente, después de haber transcurrido una semana, se generó un creciente desasosiego. Sus vecinos, comandados por Amada Cervantes, dueña del expendio culinario, La Sabrosa, empezaron a formularse preguntas e imaginaron hasta lo indecible: aquí, allá se generaron decires que iban de lo compasivo hasta lo trágico. En tanto que Amada temía que el anciano estuviera enfermo, triste, abandonado, hubo quienes atrajeron hechos funestos que suponían o sabían a detalle, y he ahí que se murmurara o se vociferara lo que debía callarse por respeto a dolientes: “

“…Dios de los cielos, después de unos días de no saber el paradero de fulano, lo encontraron en estado pestilente… Mengano se encerró a piedra y lodo y se colgó de una vigueta de su casa que dizque porque lo engañó su mujer…  Zutano, se envenenó con raticida; vayan a saber qué motivo lo llevó a tomar esa decisión cuando que era rico…¡ Cosas que de repente suceden! Dios guarde la hora no le vaya a suceder lo que a zutano o a mengano…”

Larga y tenebrosa fue la sarta de casos ya de suicidio ya de abandono o mero fallecimientos por abandono en los que algunos de algunos coterráneos repentinamente habían desaparecido del cotidiano acontecer del poblado. De entre los pobladores, hubo quienes permanecieron sosegados pero los más de ellos, emprendieron acciones: llamaron a las autoridades, externaron expresiones rogativas al dios todopoderoso; arrimaron aparejos para escalar paredes, arreglar mortuorios, preparar alimentos para los acompañantes en caso de haber difunto. Un grupo de feligreses visitó al cura quien no obstante que los indujo a mantener la calma que el caso ameritaba, le pidieron que hicieran sonar las campanas de la capilla. Alguien, por mera ocurrencia, organizó la banda y ésta empezó a ejecutar piezas musicales destinadas a los eventos fúnebres.

En un santiamén, la inquietud aumentó y alcanzó el nivel de borlote motivando que el viejo Malaquías Garnica Tena, con mucho esfuerzo pero animado por sus contemporáneos y amigos de banqueta aposentada bajo la sombra de un frondoso fresno en la plazuela del barrio, aporreara la puerta de la casa de don Melando, se encaramara al balcón, destrabara la aldaba de la portezuela contigua y se introdujera a la vivienda.

Y en tanto que en las afueras de la vivienda, Gerónimo Salvatierra y Pedro Rosales permanecían silenciosos, vecinos y curiosos, apiñados en rededor de ellos, seguían dando  rienda suelta a sus expresiones atolondradas y en veces alebrestadas: “que si esto, que si lo otro, que tal vez sucedió así. Que ojalá no porque luego sucede que, como a fulanito que, luego de…”

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AIRES DE TRAGEDIA

Ajeno a lo que acontecía en las afueras de la casa, don Malaco avanzó sigilosamente al tiempo que le retumbaba fuertemente las sienes por el esfuerzo realizado, y la duda que lo corroía; atravesó la sala gritando hasta donde su vitalidad de anciano se lo permitía: “ ¡Melando, Melando, compadre!,” sin escuchar respuesta alguna; prosiguió por el ancho corredor delimitado por masetas en donde yacían hojas, flores y plantas marchitas; fue a la cocina de humo y no detuvo su gritar, que revelaba angustia, hasta mirar la puerta entreabierta de un cuartucho que, por su tamaño y abandono, parecía haber estado destinado a los trebejos. Cauteloso se acercó hasta ver un bulto inerme y semidesnudo. Pensó lo peor, sintió temor, quiso desandar sus pasos pero guardó su miedo y se aventuró hasta el  interior como si temiese que algo lo sorprendiera. Luego de un instante apenas el necesario para acostumbra su mirada a esa penumbra de abandono, dio cuenta del estado en que se encontraba su amigo quien yacía aletargado, durmiendo en un camastro apenas cubierto de sábanas sucias. Después de respirar profundamente, sintió el impulso de aporrearlo, darle unos manotazos para desahogar su sobresaltado corazón, pero sólo se limitó a cortar de tajo los ronquidos de don Melando a través de un tirón que dio a la ropa de cama que lo medio cubría, escuchando de éste, una expresión testaruda: “¡no jodas, compadre!”

Enterado de cómo estaba su compadre, don Malaquías regresó al balcón y calmó los ánimos encontrados de la multitud que amenazaba con seguirle. Haciendo uso de su carácter parlanchín se le escuchó decir: “Ya dejen de estar chismoseando, bola de argüenderos, vayan a sus casas a ver si ya puso la marrana.” Su hablar gracejo produjo risillas y sungas, y luego de ello, la gente se dispersó: la banda musical, ejecutó Las Dianas y emprendió su caminar calle arriba dejando ecos de una cumbia jubilosa; el campanero sacudió el badajo propiciando que la campana sonara alegrona; el cura dijo para sus adentros. “se los dije…”; el carpintero guardó sus herramientas y tablas cepilladas; el camposantero, apaciguó su ánimo; las rezanderas se dispersaron llevando consigo  su propósito frustrado al tiempo que guardaban  escapularios y cuentas engarzadas en rosarios; las utensilios arrimados volvieron a su lugar de resguardo; y  Amadita Campos, luego de reasignar a sus ayudantes tareas para ese día en su cocina “La Sabrosa,” se dispuso animosamente a guisar un platillo sustancioso, lo elaboró pensando en  su vecino, el viejito Melando.

 

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EL SALVAMENTO

En lo que fue la culminación de ese embrollo de pueblo alborotado,  hubo suposiciones: que si le pasó esto que si le pasó lo otro; y no faltó quien dijera que lo que le había sucedido al anciano era porque éste no asistía a misa, por no comulgar como dios lo ordena o por piropear a las vendedoras. Alguien mencionó, con lujo de destalle, la manera de cómo revoloteaba una de sus manos en el fondo de la bolsa delantera de su pantalón guango. Unos más unos menos, se alejaron del lugar, murmurando; mascullando su juicio ya condenatorio ya condescendiente.

Cuando don Malaquías hubo hecho lo pertinente para deshacer el mitote que atraía a quienes lo habían impulsado a “saltarse las trancas,” aseguró la portezuela del balcón por donde había entrado, entreabrió la puerta y llamó a los señores Gerónimo Salvatierra y Pedro Rosales quienes, con andar pausado, se introdujeron a la casa del amigo común. Instantes después, luego de parapetarse frente a don Melando, se les escuchó exclamar, a manera de saludo:¿Qué haces aquí, amigo?,” y tras de ese decir a coro que no tuvo respuesta inmediata, don Malaquías se dirigió a él, quien con actitud indiferente, aún se mostraba aletargado sobre su camastro.

 

-¿¿Qué haces aquí, compadre?.. La vida está afuera   con todo y sus jugadas… La convivencia es con la gente,”-don Malaco intentó decir que se le quería, que también lo querían sus vecinos pero mordisqueó su intención, sólo se limitó a buscar respaldo en la presencia y mirada de quienes lo acompañaban.

-¿Cuál jugada, cuál vida, compadre, cuál? Aquí me tienes como perro sin dueño,  abandonado–El anciano quiso dar cauce a su desánimo; gritar su  pesar y decadencia de viejo enfermizo;  deseó desahogar, externar su amontonamiento de recuerdos y añoranzas recicladas en los días que había permanecido enclaustrado; revelar imágenes que coparon su mente al rememorar bullicios de cuando su casa había sido nidal de alegrías en las que participaban su esposa, hijos, nueras, yernos,  nietos y quienes más conformaban su clan familiar; gritar la ausencia de quienes paliaban su desapego ya visitándolo de entrada y salida de vez en cuando ya mandándole recados en donde le informaban que estaban bien o remitiéndole algunos pesos para que subsistiera. Sintió el sacudimiento de un arrebato que lo inducía a externar lo que le había sucedido por andar diciendo: me he de comer esa tuna aunque me ahuate las manos.” Pero guardó silencio, masculló su carga emocional que instante a instante se le hacía más pesada. Su estado de ánimo lo indujo a contestar: ¿A qué vida, y convivencia te refieres, compadre? ¡Dime!, ¿te refieres  a ésta..? Su decir llevaba una carga de ironía a la par que su mirada recorría el desorden y deplorable haber en su rededor-.

 

 

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CONFESIONES

¡Soy éste, este soy yo!- don Melando dio muestra de querer hacer alarde de su infortunio, y hasta de su dejadez, pero fue interrumpido.

_Mírame, amigo  Hermelando, mírame cómo me traen las dolencias pero aquí ando sin acordarme lo que fui. ¡Aquí estoy! –Gerónimo Salvatierra pretendió mostrar gallardía como lo hacía  en sus tiempos mozos pero se detuvo, sin demostrar el dolor que lo atosigaba al estar de pie, desposeído de su bastón-. ¡Mírame, hermano!, aquí estoy contigo.

-¡Gracias!, amigo -don Melando lo miró de arriba abajo al tiempo que en la cabeza le revoloteaba la voz de quien ofrecía  el merengue calientito. Hubiese querido estar solo y evocarla a plenitud; rememorar su manera de comportarse y los respingos que acostumbraba dar cuando ofrendaba su vendimia, pero consideró que debía atender a sus amigos. Sin olvidarse del todo de sus anhelos entorpecidos, abandonó su distraimiento, se mostró interesado en la voz casi apagada de Pedro Rosales.

-Amigo Hermelando, sin importar que nos duela lo que nos duela, hemos venido para decirte que te extrañamos, para pedirte que vuelvas a reunirte con nosotros. Amigo, a mí me duelen las rodillas, sufro,…-El también nonagenario iba caer en el acostumbrado proceder de quienes usan el “yo esto, yo lo otro, yo aquello…” como si hubiesen estado en una competición para demostrar similitud de sus padecimientos, la cuantía de sus dolencias e infortunios, pero de manera abrupta, intervino don Malaquías.

-Amigos, no empecemos a desgranar nuestros padecimientos porque vamos a terminar por llorar. ¡Párenle! Olvidemos nuestros sufrimientos. Estamos aquí. ¡Eso es lo más importante! Dejen sus lamentaciones. Estamos aquí. Eso es lo nos debe alentar. ¡Déjense de gimoteos! –Fue tajante en sus expresiones

– Yo digo que… –algo iba a decir don Pedro para justificar sus expresiones pero el viejo Malaquías, lo atajó -¡Basta!; y luego de ello, se dirigió con decir enérgico a su amigo y compadre-. ¡Compadre!. Tú también, déjate de mojigaterías; deja de estar agazapado como gato tlicuilero que acostumbra estar aletargado, dormitando todo encenizado y legañoso en lo tibio de la hornilla hecha de barro; ¡levántate!, deja de estar echado, recalentando tu cama; aliviánate, deja de estar  rememorando no sé qué, y pensando que hubiera sido esto o hubiera sido aquello –Su voz, sin dejar de ser recia, sonaba a exhortación imperativa-. ¡Déjate de tonterías!, y vayamos allá afuera en donde está parte de lo que nos queda por vivir. ¡Vivamos!, compadre, vivamos con entusiasmo lo que nos queda de vida…

-Tú dices eso, porque no sabes… -don Melando iba a mencionar algo, pero se contuvo a la par de mostrarse decaído, meditabundo.

No pues, compadre… Mira… –el anciano Malaquías, volvió a la carga, pero don Melando persistió señalando el revoltijo sucio y maloliente habido en su camastro; los despojos de comestibles en descomposición dispersos en una mísera mesita; la basura regada en el piso, el hacinamiento de fotografías de todos colores,  cartas, periódicos vetustos y lo deplorable de su vestimenta ajada, sucia,…-Quiso cortar de tajo ese pesimismo y obstinación, pero don Melando, se impuso-. ¿A esto le llamas vida? ¡Dime!, dime, compadre… –Y, de ahí pal real,  dio rienda suelta a sus desconsuelos ocasionados por la ausencia de su esposa fallecida, sus hijos y más familiares alejados del terruño; se refirió a las ingratitudes de algunos de sus amigos y personas a quienes había beneficiado a lo largo de su vida, hizo hincapié en su soledad, habló de cómo había sido su casa inmersa en alegrías, hizo recuentos de ayeres exitosos; pero se guardó aquello que le dijo La Micaela: “Pero, con qué dientes, mi querido señor, con qué dientes… Estas carnes…, mas, que para usted, están buenas para algunos de sus parientes, alguien que las puedan morder y saborear.”. Al llegar a este acontecer con la mujer del merengue sabroso y calientito, se enquistó, quedó silencioso, metido en sus rememoraciones; sufriendo su dolor, el dolor que le produjo la humillación recibida.

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EL CONVENCIMIENTO

Ante la actitud de quien había sido ejemplo de regocijo y actitud propositiva, a don Malaquías y demás amigos no les quedó más que guardar silencio; allí se estuvieron, durante algunos instantes que de pronto se hicieron largos, pesados, insoportables. Se miraron unos a los otros como si con su mutismo y miradas quisieran intuir pensamientos, soledades y pesares que los flagelaban; porque cada quien había llegado al nivel de una existencia en la que si bien era cierto que campeaban satisfacciones, también lo era que los achaques, el detrimento de sus facultades corporales y la soledad los atosigaban en intensidad y semejanza a lo habido en la existencia de don Hermelando propiciando que, desde años atrás, uno a uno se fueran juntando hasta conformar un grupo que al transcurrir el tiempo fue aminorándose, las más de las veces porque alguien de ellos era llevado a otro lugar o porque llegaba al final existencial. La escena fue incómoda hasta que brotó la chispa animosa al unísono en el seno del grupo de ancianos que más de una vez se habían reído atrayendo aconteceres extraídos de sus recuerdos.

Como en otros momentos, don Malaquías, después chismorrear, contar viejos y trillados chistes, narrar ocurrencias y en veces reírse a costa de conocidos suyos; alardear que allá afuera la gente estaba preocupada por don Hermelando; hacer hincapié en la falta que hacía en las conversaciones que comúnmente se generaban con los contemporáneos, muchachos viejos, compañeros de paseada. Y de pasada, mencionar atributos de las vendedoras: Panchita la muchacha que al sonreír se le dibujaban hoyuelos en las mejillas, con sus memelas de camagua; Petrita la de voz cantarina anunciando sus empanadas de camote y piña; Cholita, Soledad la hija de Tiburcio el zapatero, mujer alta y de porte señorial vendedora de semillas doradas; la viudita Susy, hembra bonita de andar finito y apresurado quien dispersaba sus afanes exaltando las sabrosuras de sus cacahuazintles recién horneados; mencionar a la chaparrita Chela Domínguez quien en un santiamén lograba que sus torrejas fueran compradas. Luego de mencionar a casi todas las mujeres que a diario caminaban por las inmediaciones de la plazuela ofreciendo sus productos, con cierta intención, dejó al final de su exposición a La Micaela; pero don Melando, aunque sintió un alborozo al escuchar el nombre de quien gritaba: “Compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Merengueeeeee, calientito!,” no dio muestras de su animosidad repentina, se contuvo, distrajo su regocijo ofreciendo frutas y panes avejentados, y de paso sugirió que no estuvieran de pie, pidió que trajeran unas sillas. A sabiendas de que “la silla corre”, los tres ancianos se despidieron no sin antes secundar el decir de don Malaquías quien dio por agotado el tema:

“Déjate de carajadas, Compadre, Mañana vendremos o, para ser más específico en mi decir, Gerónimo Salvatierra, Pedro Rosales y yo, estaremos aquí para que nos acompañes a ver las vendedoras que acostumbran pasar, y ponerte al corriente de lo que ha pasado en el pueblo…  Así es que, más te vale que te bañes y  estés como novio en punto de las cinco de la tarde del próximo domingo. ¡Aquí estaremos!”

 

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EL RETORNO

Luego de que los presentes, con ademanes y expresiones ceremoniosos, permitieron que Amadita entrara a la estancia llevando una canasta adornada con flores y verdores de papaloquelites acomodados en rededor de una cazuela que contenía un guisado humeante y oloroso, el viejo Melando se puso de pie, y habló: ¡no se molesten!, allá los alcanzo. Guárdense sus atenciones. Estoy viejo, pero no tullido. Que dizque vendrán por mí. ¡Vaya, pues! Ni que fuera señorita de antes… Sus palabras motivaron guasas… Amada, pudorosa, al instante se dispuso a abandonar el lugar no sin antes decir: mañana las muchachas y yo lo esperamos en La Sabrosa. Al cabo de un rato, cada uno de los ancianos transitó por las calles mostrándose animoso en su condición de viejo, ya fuese  solo y necesitado, ya posesionado de una familia y bienes en su rededor, pobre  o rico, afortunado o desafortunado, satisfecho o insatisfecho pero a fin de cuenta: vivo, poseído de un bagaje existencial que los enorgullecía y los impulsaba a seguir viviendo.

La cita fue un hecho, y desde ese día, a don Melando, acompañado de don Melquiades y más amigos le ha dado por acudir nuevamente a la plazuela asentada en el corazón de su barrio en donde observa el transitar de las vendedoras que emiten su cantaleta: “el pan,… la telera,… la empanada,… el queso,… la memelita,… la papaya…; poniendo  más atención en la pizpireta Micaela, hembra de andar zaramdeque. Ante ella, se muestra embobado cuando a la par de atraerlo con una señal, le coquetea y sonríe mostrando su boca coronada de labios sensuales al tiempo que le grita:

Don usted. ¡Don Melando!,compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Agarre el merengueeeeee!”.

Luego de que sus amigos lo animan y le gastan bromas, Don Melando, como lo llaman sus amigos y vecino, la ve alejarse con su mariposeo llevando  su canasto sobre la cabeza protegida por un yagual hecho de trapo. El anciano, escucha su pregón a la par que posa su mirada en ese cuerpo erguido de hembra altiva y esbelta;  la observa detenidamente notando en ella bonituras que lo alborotan y lo inducen a evocar sus antiguas correrías amorosas: aquí, allá, con mengana, zutana, perengana y más mujeres hermosas que le prodigaron felicidad durante el transcurso de su juventud y ayeres de hombre maduro; la ve alejarse hasta que su figura se  diluye en la distancia. Y en tanto que otras vendedoras le dicen “adiós don usted” o le endilgan su cantaleta que da razón de su vendimia, masculla versos que le vienen al pelo, por eso de sus amores y muchos años vividos:

“… Ay de mis tiempos pasados/ cuándo los volveré a ver/ de lo pasado, pasado/ es imposible volver/ como el árbol que ha caído,/ no vuelve a reverdecer…”

 

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LA SABROSA

Cuando a lo largo de la calle no halla la figura femenina ni escucha la cantaleta que lo atrae y embelesa, don Hermelando se muestra pensativo, y vuelve al seno del grupo de octogenarios. Las sombras de la noche irrumpen en el paisaje, y entonces, luego de despedirse, inicia el  retorno a su casa; avanza con tiento paso a paso como si temiese lastimar el suelo; se aleja del solar abierto a los transeúntes y el devenir de aconteceres; se va pensando que mañana será otro día en el que habrá de volver; se aleja de sus amigos quienes en tono guasón le endilgan sarcasmos; avanza al tiempo que rebusca su fortuna atesorada en ese papel que en veces se esconde entre la tela que conforma una de las bolsas cercana a la botonadura de la bragueta de su pantalón de pastelones amplios; hurga afanosamente hasta encontrar el billete  que lo anima y respalda en sus propósitos amorosos.

Hoy como ayer, el anciano de muchos aconteceres vividos, transita a lo largo de la calle; avanza avizorado por Amadita quien le ha dado por considerarlo como al abuelo amado, y algunos conocidos suyos que, desde que don Malaquías saltó el balcón, dígase así por no decir que “se saltó las trancas”, están prestos a apapacharlo con expresiones cariñosas, y hasta podía decirse que lo han hecho suyo considerándolo personaje importante arraigado en su barrio. Don Melando, que, como reza el refrán, más sabe por viejo que por diablo, se deja querer por quienes no sólo ven por el bienestar de él sino que también han restaurado su casa aseándola, llenándola de verdores y matices que brotan de plantas que crecen lozanas en las macetas asentadas en pretiles y corredores. Y a su vecina Amadita, mujer que transita en los umbrales de la edad madura, hembra pueblerina a quien el vulgo le ha endosado el sobrenombre de La Sabrosa ya porque es propietaria del expendio de comestibles que lleva este nombre o porque es poseedora de bonituras y simpatías que la hacen ver más bella, luego de pedirle que se hiciera cargo de él en lo que le queda de vida, la ha hecho poco a poco poseedora de sus confianzas: empezó por entregarle las llaves de la entrada de su casa para que día a día se enterare de cómo ha sido su amanecer de viejo, prodigue agua a sus plantas, se ocupe de sus ropas de diario, y de paso le lleve alimentos; le mostró y permitió el acceso a las estancias que desde tiempo atrás habían permanecido custodiando muebles, ropas y otras cosas que ahora son a semejanza de trebejos en desuso; le dijo, aquí está esto aquí está esto otro para que, ayudada por tus muchachas, te deshagas de lo innecesario y pongas orden en estos cuartos que huelen a trapo viejo. Luego de unos días, poseído de sollozos que le apretujaban el alma, le entregó un pequeño cofre que contenía alhajas, propiedad de quien fuera su difunta esposa. Y, cuando hubo recuperado su sosiego, le dijo en tono ceremonioso:

Amadita, hija, por favor, cuando muera, me entierras, en cajón de madera, junto a la tumba de mi mujercita. Con los dineros que tengo, sujetos con hilo, guardado en este morral, pagas los gastos que se originen en mi entierro: sepultureros, velas, comida, músicos y otras cosas más; si no hubiera muchachos jóvenes y fuertes en mi funeral, consigues quien me cargue y me llevas a despedir del santo patrono del barrio; no me hagas novenario de rezos, sólo le pagas al cura para que cuando cumpla un año de muerto, me mencione en la misa; no traigas al rezandero para que haga eso de recoger la sombra al cumplirse los cuarenta días de mi fallecimiento. Lo que sobre de este dinero, más lo que hay en ese fajo de billetes envueltos en papel de estraza, serán para ti, por lo que haces por mí. Cuando lleguen mis hijos, si es que se enteran y vienen a dar atraídos por mi muerte, dales estos papeles para que se queden con lo que les he dejado,  apegándose a lo que he escrito con mi puño y letra en esta hoja de cuaderno. Dios te ilumine, y te proteja.

Ella, Amada Campos Jiménez, la dueña de La Sabrosa, quien lo llama cariñosamente,  “abuelito Melando,” no externó palabra alguna que contradijera lo escuchado. Y, sin importar lo que diga la gente, amén de haber tomado muy en serio las encomiendas recibidas, lo mima, consiente y alienta.

 

 

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LA ESPERA

 

Don Melando, consciente de que hay quienes  lo aprecian,  ha retomado su peculiar manera de pensar, decir y hacer: acude a la plazuela de su barrio, juguetea su vetusto billete resguardado en una de las bolsas de su holgado pantalón, camina apoyándose en la pared limítrofe hecha de adobe cercana a su hogar, avanza a paso lento pero seguro de su aliento de vida; silba o resuella grueso dando cauce a sus cansancios y tos carrasposa, va de aquí a allá de allá a acá haciendo caso omiso de sus pies abotagados que en veces le ocasionan tropiezos, y pujidos que semejan desahogos de dolores escondidos.

La cara de don Melando está marcada por surcos que testimonian el tiempo que ha vivido; su mente está impregnada de ausencias motivadas y protagonizadas por gente suya que ha fallecido o se fue de su lado en busca de sustento; pero tras de haber sido rescatado por sus amigos que le endilgaron la cantaleta: “¿Qué haces aquí, compadre?.. La vida está afuera con todo y sus jugadas… La convivencia es con la gente,” no obstante su vejez acumulada, muestra  visos de esperanza, y hasta en veces luego de rememorar sus vivencias, ríe para sus adentros a la par  que evoca a Micaela, la muchacha del “merengue suavecito, calientito, esponjadito… dulce y sabroso…” Y más de una vez, se muestra embobado al rememorar cuando, a la par de atraerlo con una señal, ella le coquetea y sonríe mostrando su boca coronada de labios sensuales al tiempo que le grita: “don usted. ¡Don Melando!, compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Agarre el merengueeeeee!” Y entonces, hasta olvida su revoloteado billete…

 Primicias del libro «SEMEJANZAS: (fragmentos)

mayo 8

2

 Primicias del libro «SEMEJANZAS…:

(fragmentos)

 

Autor:

Margarito López Ramírez

 

 

 

 

A don HERMELANDO DAMIÁN CORTÉS, después de superar ciertas dolencias que lo tuvieron al borde de la sepultura, le dio por acosar y cortejar a cuanta mujer  pasaba vendiendo algo. Malaquías Garnica Tena, Gerónimo Salvatierra Domínguez y Pedro Rosales Ordóñez, sus amigos y vecinos, cuentan que “el santo señor”, luego de apartarse de ellos aduciendo que iba a arreglar un asuntito, agarraba parejo; sin importar edad, físico, condición social o parentesco; lo mismo le hablaba a la tamalera, como también lo hacía con quienes vendían empanadas, cacahuazintles, merengues, torrejas, pipitoria, semillas doradas, tortillas, mango enchilado, elotes hervidos, memelas de camagua, helados, pan, verduras o baratijas. Al verlas que se afanaban en su vendimia, al tiempo que con una de sus manos jugueteaba y palpaba algo en el fondo de una de las bolsas delanteras de su pantalón, les decía en tono comedido:

“¡0ye, niña!, ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo te puedo cumplir…

Y he ahí que frecuentemente la aludida, al escucharlo y ver sus ademanes  que eran por demás grotescos en la alargada bolsa del pantalón de ancha pretina y prolongado tiro,  contestara en tono de conmiseración: “¡ay!, don usted,… lo dice como si en verdad pudiera hacerlo”.

«Ante tal pronunciamiento que no lo dejaba bien parado, don Melando, como lo llaman sus vecinos, retomaba su intento con más ahínco:

“Sí niña, así como me ves, debes saber que todavía hago surcos…”

 «Con su decir vehemente, algunas buenas mujeres se sonrojaban, otras sonreía mostrando nerviosismo, y las más de ellas montaban en enojos a la par que se alejaban murmurando:

“Viejo, rabo verde; vergüenza le habría de dar…”.

Sus amigos, testigos presenciales de estos acosos, afirman que, cuando no podía o puede   seguirlas por su reumatismo creciente, se aparta del grupo que conforman, y optaba por aposentarse en el quicio de la puerta de su casa, desde donde les musitaba, viejos y obsoletos piropos:

“Si como lo meneas, lo bates, qué buen chocolate…”… “Prietas, hasta las mulas son buenas”… “Grandotas, y aunque me peguen”… “Adiós mamacita, aquí está tu querubín”…

«Y, si la ocasión le era propicia, las llamaba, y a la par de manosear la mercancía y revolotear su mano derecha en el fondo de la citada bolsa del pantalón, les endilga su acostumbrada perorata:

“¡0ye, niña!, ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo te puedo cumplir…

«Este acontecer con sus altibajos, se repetía constantemente sin causaba enojo mayor a las vendedoras por considerar que provenía de un hombre nonagenario a quien debía dispensarse esa y más desfachateces que las más de las veces generaban comentarios chuscos. Pero tuvo que haber un pero que alterara este estado de cosas que eran pan de cada día en las inmediaciones de la casa del anciano o la amplitud de la plazuela del barrio: una de tantas vendedoras, al escuchar que don Melando, desde la puerta de su hogar, le decía  “¡Ayyyy qué curvas,  y yo sin frenos!”…Me he de comer esa tuna aunque me ahuate las manos”, lo encaró y, al tiempo que con su mano izquierda levantaba sus enaguas hasta la cintura, le dijo:

“… Pero con qué dientes, mi querido señor, con qué dientes… Estas carnes…, mas, que para usted, están buenas  para algunos de sus parientes que las puedan morder y saborear…”.

Y entonces, con la mirada fija en las piernas robustas y hermosas de la joven, el viejo enmudeció y mostró un gesto de desaliento a la par que  recordaba los  versos de Isaías Basilio Bautista, hombre de trova muy dado a pronunciarlos en momentos de nostalgia o regocijo:

“Me encontré con una güera/ de esas de alto peinado, / le dije que me lo diera; /me dijo: ¡Qué desgraciado!/… Yo estoy buena pa´ tu nuera/ tú,… tú ya estás muy arrugado…”

«El viejo Melando, susurró una y más veces en tono vehemente esos versos a la par que observaba las pantorrillas tersas, hermosas y atrayentes de la joven Micaela Silva Mejía quien, luego de mostrar una sensual sonrisa, contonear su cuerpo y acodarse la diminuta falda que dejaba entrever sus moldeadas caderas, se despidió a través de una escueta frase: “¡A que don usted,… tan sin embargo!,” y prosiguió con su pregón:

“Compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Merengueeeeee, calientito!…”

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«ANACLATO CORRALES PERALES, jovenzuelo de escasos quince años de vida, cara espigada, cuerpo flacucho y de carácter retozón; hijo único de don Susano Corrales y la señora Aurora Perales, repentinamente le dio por abandonar su hogar en busca de algo y mucho que le alborotaban el cuerpo y el alma. “Papa, mama,… voy a ver que hay por allá, –dijo, a manera de respingo, sin mostrar conmiseración por lo que ellos le empezaron a decir: primeramente  a manera de regaño, y después, como letanía que culminó en súplica. Pero él no cedió en su intención. Situado en mitad del espacio protegido por la choza humilde que resguardaba el hogar que había testificado su nacimiento, aguantó la mirada inquisitiva de su padre, y  sin inmutarse, recibió la bendición de su madre.

«Instantes después, con movimientos apresurados, desató el brazalete de ruda piel vacuna que  portaba en uno de sus articulaciones y lo   amarró en el tallo de un rosal que meses antes había plantado junto a la cerca que resguardaba la humilde vivienda de sus progenitores. Allí estuvo de pie, durante algunos instantes en el atardecer de ese día, con el pensamiento alborotado, y la mirada abierta sobre el caseríos que dejaba entrever techos de forma y tamaño diversos en espacios habidos entre árboles y ramajes crecientes en lomas y hondonadas que dan cabida al pueblo de Escalerillas. En su cavilar dedujo que amaba su terruño pero también se dijo para sus adentros:

No quiero envejecer como envejece mi padre que día a día se encorva bajo la pesada carga del trabajo diario y monótono; no quiero atarme a su tlalmecate, a su pedazo de tierra  a sabiendas de que no produce lo suficiente para alimentarnos; no quiero seguir sus pasos sin buscar otra manera de vivir; no quiero privarme de lo que posiblemente encuentre más allá del Pueblo Mayor; no quiero vivir ni morir como muchos han vivido y muerto en este pueblo de miserias; no quiero abandonar a mis padres pero debo aventurar…”

«Anacleto daba rienda suelta a las inquietudes que desde algunos meses atrás le surgían y lo acosaban. El pueblo se le hacía pequeño para alcanzar sus anhelos, para ver y poseer cosas que ambicionaba. Y entonces, luego de flotarse la cara y palpar sus brazos, se sintió con fuerza suficiente para emprender su aventura.

«Cuando las sombras de la noche resaltaron la presencia de fogatas y candiles semejando luciérnagas aposentadas, se introdujo a la cocina en donde, después de comer una tortilla doblada y beber café servido en un jarro, abrazó a su madre al tiempo que le decía: “¡Eh, pues, jefa!, no llores, sólo estaré ausente unos meses.” Don Susano, aunque sentía deseos de gritar mil cosas, observó la escena en la que su mujer mostraba dolor, no dijo palabra alguna; y cuando el muchacho abandonó el lugar rumbo a su dormitorio, a través de una gesticulación, correspondió la breve exclamación: “buenas, jefe,” que su hijo le indilgó.

«En el amanecer del día siguiente, cuando la neblina tempranera se entreveraba entre el paisaje que acoge al escaso caserío, Anacleto salió de su hogar portando un paliacate en el cuello, vestimenta vaquera, una mochila y un par de espuelas. Encaminó sus pasos anhelando alcanzar la vereda que lleva  al Pueblo Mayor. A leguas se notaba que iba, liberado,  contento, anhelante….»

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DOMITILO ORTEGA VILLAGRÁN, amaneció en la mañana de un día sábado, quejándose de un dolor en el cuello, moretones en ambos ojos, la nariz inflamada y los labios desfigurados como si hubiese escarbado el suelo con la boca; vestía camisa y pantalón descuajaringados; calzaba sólo un zapato; la cabeza le daba vueltas y su aliento era de quien tiene en el estómago alimentos en proceso de fermentación. Enterado de su aspecto desastroso, fue hasta donde estaba su mujercita, como  llamaba a su esposa cuando estaba en su santo juicio, y, sin rodeo alguno, le preguntó: ¿qué me pasó, mujercita preciosa,… qué me pasó, amorcito? ¡Mira cómo estoy!

Doña Engracia Batalla Encarnación, doña Chona, mujer de estirpe mulata, hembra robusta de estatura cercana a los dos metros, contestó secamente: ¡sepa Dios qué te sucedió! Y después a la par de empezar a cantar: amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso,… se mostró afanosa en el entorno de su cocina.

Domitilo, luego de un rato en el que se le vio pensativo, sin preguntar otra vez: “¿qué me pasó, mujercita preciosa?”; buscó su zapato perdido  encontrándolo junto a un bate en las inmediaciones  de la puerta que da entrada a su casa; baño su cuerpo con agua fría y lo acicateó con esencias; se colocó unos  lentes obscuros que lo hacían ver cual si estuviera ciego; vistió ropa limpia recién planchada; sujetó un pañuelo en su cuello, y después de ver su perfil reflejado en el espejo, asumió su mejor postura posesionada de aditamentos que le camuflaban magulladuras. Satisfecho con su imagen, quedó pasivo al tiempo que su mente rememoraba cuán grande había  sido el sainete que su mujercita y él habían escenificado en la noche anterior. Bien dice el refrán: no hay borracho que coma lumbre; recordaba lo acontecido, pero se comportaba marrullero para no dar lugar a que su esposa disfrutara su osadía a manera de liberación. Una vez más entro en su cavilar pero al escuchar la voz de doña Engracia, quien lo llamaba en tono meloso: a almorzar, cariño,… a comeeeeer, preciosura; a comer tu platillo favorito, ni tardo ni perezoso acudió a la mesa en donde había, además de una cazuela con chilaquiles picantes con olor a epazote fresco salpicados con limón, un tasajo de carne asada, cebolla y queso, un jarro rebosante de atole blanco, y dos pequeños recipientes conteniendo  melcocha y torrejas. Hambriento y atosigado por la sed, le hincó diente a existente, y, como pocas veces lo había hecho en su vida matrimonial, se mostró amable con doña Chona, a quien, luego de agradecerle el apetitoso almuerzo, le narró chistes trillados, y removió hechos que involucraban a ambos. Doña Engracia lo escuchó y hasta se involucró en esa inusual manera de comportarse, pero su mente  cavilaba: ¿qué estará tramando este chaparro del demonio?.. ¡Ahora viene con eso de que no recuerda lo que le pasó!.. Para mí, que este borracho del demonio, algo hizo o trama…»

 

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VENUSTIANO SOTOMAYOR RENTERÍA, criado desde muy pequeño por la abuela Nicandra Rentería; joven parlanchín y bravucón en la antesala de la hombría, era muy dado a decir que a las mujeres debía tratárseles con la punta del pie porque eran seres que con artimañas sentimentales mangoneaban a sus maridos; y a quienes  estaban casados, les endilgaba habladas guasonas: los pararon chiquitos, bola de mandilones… No son hombres, son pájaros nalgones que viven a las sombras de la vieja que manda en sus casas… Eso de que ustedes deciden en su chiquero, es puro jarabe de pico,… ¡Aprendan a mí que donde me ponen me comporto y canto como gallo que soy!

 

Venus, como era comúnmente conocido en la jerga de bebedores de Pueblo Grande,  vociferaba y alardeaba, secundado en su decir por José Cleofas Nava su amigo inseparable. Cuando se hallaba en el interior de la cantina Los Agachados, gritaba bobadas sin que hubiese alguien que contradijera su barullo ya porque de sobra se sabían que era vocinglero o porque consideraban que sus desplantes encajaban en eso que ronda de boca en boca: dime de que presumes y te diré quién eres… Cae más un hablador que un cojo… De lengua me como un plato.

 

Venustiano fue por mucho tiempo el platillo fuerte, el sujeto fastidioso y hasta el hazmerreír en ya aquí ya allá en donde había convivencia,  pero  luego de un año de haberse matrimoniado con Jacoba Bracamontes Guerra, mujer muy bonita pero de armas tomar, repentinamente se mostró meditabundo, mustio, apabullado. Los clientes asiduos al bar Los agachados, antro regenteado por Teodoro Anselmo Gatica, murmuraron  y dieron en decir que el otrora fanfarrón había enfermado. Mas como era de todos conocido no lo atosigaron, lo aceptaron cuál era sin objetar su actitud, y hasta hubo expresiones de conmiseración en su rededor. Pero después de haber transcurrido algunos meses, luego de escuchar los comentarios indiscretos de José Cleofas quien no soportó la carga anímica que implicaba guardar pormenores de la vida de su amigo de farra,  vino el desquite de aquellos que habían sido ninguneados por él; éstos dieron en decirle en tono  burlón: Venus, te mangonea tu mujer,… no tienes autoridad sobre ella,… como marido eres cero a la izquierda… Y de refilón le endilgaron una cantaleta apabullante: eres mandilón, Venustiano, te manda tu señora,eres mandilón, Venustiano, te manda tu señora…

 

Ante el proceder de sus compañeros de correrías, Venustiano se enquistó en un mutismo que sorprendió a quienes de por vida lo conocían: de fanfarrón y entrometido como había sido fuera de su hogar, pasó a ser hombre meditabundo, introvertido, apocado. Aguantó durante un buen tiempo aquellas guasas que le endilgaban, soportó éstas y más expresiones hasta que un día se le escuchó decir: ¿cuánto apuestan, caterva de habladores, cuánto apuestan a que les demuestro lo contrario? Admirados de su repentino cambio de actitud, le aceptaron el reto: el próximo día viernes nos reuniremos en tu casa, fue el decir generalizado de quienes estaban involucrados en la jugada. Dado que no hay plazo que no se cumpla, en punto de las tres de la tarde llegaron indecisos a la cita pensando en la actitud que asumiría Jacoba, pero su preocupación menguó cuando observaron la amabilidad con que ella los recibió y los hizo pasar y acomodarse en una espacio de la vivienda en donde había preparativos para esparcirse.  Su sorpresa fue mayor cuando observaron que la esposa de Venus, obedecía los mandatos del casero quien con garbo disponía:

“¡Jacoba!: trae la botella… Arrima las copas… Recoge los envases… Prepara la botana… Pon hielo a los vasos… Condimenta aquello… Licua estas frutas… Fríe la carne… Calienta este caldo… Enfría los refrescos…  Limpia la mesa… ¡Atiende al chamaco!”

La señora iba y venía sin retobo alguno. Todo marchaba bien en la convivencia concertada: Venustiano ordenaba, ella obedecía, y los concurrentes se divertían y hartaban con las viandas que les ofrecía amablemente. Pero como nunca falta un negrito en el arroz, sucedió que Teodoro Anselmo el cantinero al observar que un gallo avado de pescuezo pelón  pepenaba migajas que dejaban caer al piso, dijo: “¡Venus, mata ese pollo!, para que tu vieja lo guise en chilatequile picoso. ¡Mátalo!, apriétale en pescuezo.” Engolosinado como estaba con su poder de mando, Venus, el hombre de la casa, se dispuso a retorcer el cogote del animal en el momento en que su esposa se acercaba con un platón repleto de carne frita, tacos adobados, guacamole y costillas de  cerdo salpicadas con limón y salsa roja picante. He ahí que Josefa, al mirar que su marido se disponía a descogotar su gallo consentido, en un santiamén  le desparramó los manjares sobre dejándolo como palo encebado: multicolor y de sabores diversos, y luego de darle tremendo manotazo en mitad de la cara, le gritó:

“hasta aquí llegamos, Venustiano, ¡hasta aquí!, no más… hasta aquí llegamos porque mi gallo precioso no está dentro del trato que hicimos. Así es que tú y tus amigos se van mucho a la…”

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HOMOBONO CHOMOLCO TLALMANALCO, hombre próspero dedicado a la labranza de la tierra y la cría de ganado, en la comunidad de San Jacinto de los Arrayanes asentada en la Región de la Montaña, llamó a Nepomuceno su único hijo varón; muchacho joven de piel renegrida, cabellos hirsutos, hablar cuatrapeado y cuerpo enclenque;  y, tras decirle que lo heredaría en vida con la condición de que “mejorara el raza”, lo bendijo e indujo a recorrer los caminos que dizque en busca de “un mujer de buen ver y  buena alzada”.

Llevando a cuestas primicias de su cuantiosa fortuna, el muchacho abandonó temporalmente la labranza de la tierra y la cría de ganado, y obediente se abocó a lograr aquello que su padre le encargaba. Empezó por cambiar su imagen: no calzaría huaraches de correa; tampoco vestiría calzón y cotón; abandonaría la costumbre de cubrirse la cabeza con un sombrero burdo hecho de sollate; dejaría su gabán por chamarra de fina hechura…

Llevando en la mente las palabras pronunciadas por su padre, anduvo en diversos lugares en donde más de una ocasión estuvo a punto de ser agredido por quienes en veces le querían arrebatar sus pertenencias o porque, amén de ser desconocido, lo veía husmear en los hogares y alrededores. Pero él, a semejanza de  perro extraviado, proseguía incansable por caminos y escudriñaba en pueblos, aldeas y rancherías, buscando lo que consideraba que lo llevaría a cumplir la encomienda recibida.

Durante el transcurso de un año y días recorrió diversas regiones de su estado natal pero no encontró a alguien que cumpliera los dos requisitos que su padre le había indicado: “un mujer de buen ver y  buena alzada”. Pero su carácter obstinado lo indujo a adentrarse en La Sierra del estado de Guerrero, región poseedora de ríos caudalosos, elevadas montañas, cerros, lomeríos y faldas cubiertos de exuberante vegetación. Y, he ahí que luego de andar de aquí para allá, detuvo su transitar en la comunidad denominada Los jagüeyes de San Francisco, en donde columbró a una muchacha acompañada de otra en el momento que cargaba un cántaro amortiguando el peso de éste con un yagual asentado en la cabeza. La miró caminar erguida, esbelta en tanto que el viento le jugueteaba los cabellos extendidos en la espalda hasta la cercanía de la cintura. Nepomuceno, boquiabierto, la siguió sin el ánimo de abordarla pues ajeno era a entablar una conversación, y menos con una mujer de esa naturaleza. Sin saber qué hacer para acercarse a ella, detuvo sus pasos frente a la choza que habitaba la familia Mendoza Herrera; allí estuvo hasta que, a fuerza de verlo de pie y en veces sosegado sentado sobre una piedra, don Manuel Mendoza, hombre receloso, llevando una daga en la pretina, lo enfrentó:

– ¿Qué te trae por acá, muchacho?.. ¿Por qué estás aquí como si te debiera algo?.. Ahorita mismo te vas y buscas otro parapeto.

No pues, siñor. Lo quiero hablar contigo –dijo Nepomuceno, en tono suplicante pero sin amilanarse. Se mostró erguido hasta donde le permitió su complexión física; manifestó  altivez propia de su estirpe aborigen sin llegar a la ofensa –Lo quiero platicar contigo.

– Pero da la casualidad que yo no quiero hablar con quien no conozco. Así es que te alejas de aquí o te atienes a las consecuencias –la voz de don Manuel era imperativa al tiempo que se erguía desafiante.

No pues, siñor. Lo quiero hablar contigo para pedirte tu hija.

En la naturaleza de don Manuel, hombre alto, fornido y de carácter violento, hubo un sacudimiento a manera de coraje entripado que lo indujo a dar un escarmiento a quien intentaba arrebatarle algo muy suyo, pero después canalizar su desacuerdo a través de un resoplido, extendió los dedos de sus  manos que de pronto se habían contraído, se contuvo.  Repentinamente su estado de ánimo experimentó un vuelco. Llevado por la curiosidad, hurgó en el físico y manera de vestir del desconocido. En su hacer encontró que había un no sé qué detrás de ese indito ladino que se atrevía a pedir que le diera a una de sus hijas. Observó su vestimenta que contrastaba con su aspecto cerril y su vocabulario entrecortado. Fue presa de la desconfianza. Mas como viese que el sujeto no mostraba temor ni menguaba en su propósito, por mera curiosidad, decidió dar seguimiento a lo que le pedía:

¡Eres un atrevido!.. ¿Con qué derecho vienes a pedirme que te dé a mi hija, pedazo de zoquetelo?

-No pues, no con derecho…Quiero que recibas mis pagres, pa´ que lo platiquen de casorio con tu hija.

-¡Habrase visto, pues!… -Don Manuel, otra vez contuvo su enojo e indignación, y, a la par de que en su mente cruzó la idea de seguirle la corriente y hacerle el juego al indito para divertirse un rato, caminó al interior de su morada, e instantes después, al tiempo que mostraba una mueca burlona en el rostro, y tono despectivo en el hablar, dijo:

mi hija, la morenita, chaparrita y bonita, quien además de decir  que no te conoce, y estar  encorajinada de sólo pensar que estás aquí queriendo  matrimoniarte con ella,  me ha encargado que te diga que te vayas a la voz de ya, que te alejes de aquí llevándote tu imprudencia y ladinería de indito fastidiosos…”

-No pues. Yo no querer la prietita. Yo querer blanquita, altita, cuerpo de cierva y cara bonita – Expresó Nepomuceno en tono tajante a la par de que intentaba ver, por encima del hombro de su interlocutor, al interior de la choza. Su manifestación era casi a gritos.

-Uff. ¡Ella, menos! –Exclamó don Manuel al tiempo que reía a carcajadas. Consideraba que el fulano pretendía algo inalcanzable, pero una vez más creyó que debía ser paciente. He ahí que fuera al interior de su choza y regresara nuevamente mostrando en el rostro una sonrisa socarrona- ¡Anda pues! –le dijo en tono amable- Ve a donde debes estar en lugar de andar pretendiendo imposibles. ¡Ve! El mes entrante, a las dos de la tarde del día veinticinco, los espero.

Ta güeno, pues, siñor -Nepomuceno sonrió, se despojó del sombrero, hizo una reverencia y, ante la mirada de algunos lugareños, caminó con paso apresurado…

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NICOLÁS PEDRAZA DE LOS MONTEROS tuvo la ventura o infortunio de ser único hijo de un matrimonio laborioso y de proceder amoroso. El escuintle recibió las aguas bautismales,  principios de fe y confirmación religiosos en la capilla de su pueblo. En esas ceremonias participaron o  fueron testigos presenciales personajes destacados de la grey religiosa y protagonistas de renombre en el hacer social, político y cultural: hombres y mujeres elegantes, venidos de distintos lugares que se involucraban en las festividades, por demás ostentosas y selectas, que organizaban sus familiares.

Su infancia transcurrió entre mimos y complacencias excesivos. La festividad en la que se  rememoraba su nacimiento, era motivo para que sus padres, doña Engracia de los Monteros y don Próculo Pedraza Berrueto, y su tío el señorito Dona “echaran la casa por la ventana”: ofertaban aguinaldos, nieve artesanal hecha en garrafas,  fruta de horno, piñatas repletas de dulces y chocolates; contrataban payasos y adornaban la fachada de su casa con flores y papeles multicolores. ¡El chamaco era festejado a lo grande! La mañana del día diez de septiembre, fecha en la que se homenajea a San Nicolás de Tolentino, propiciaban que hubiese repiqueteo de campanas. Ellos y demás familiares acompañados de muchas personas invitadas de manera específica, asistían a la capilla. Cuando el cura terminaba de oficiar la misa destinada al santo patrono del pueblo, los involucrados en el festejo del niño Nicolás permanecían en el recinto para elevar fervorosas  plegarias a Dios deseándole salud y bienestar. Terminado ese acto fervoroso, se echaban a vuelo cohetes, cohetones e incendiaban cohetitos de sala en mitad de la calle, y la multitud, precedida  por El Chile Frito y mojigangas que bulliciosas esparcían alharacas, emprendía su caminar  hasta las puertas de la Casa de los Azulejos en donde se entonaban las mañanitas destinada al chamaco que con esmero y mimos era vestido por sus nanas frente al enorme espejo colocado en una de las paredes de su recámara. Instantes después,  cuando Nicolásito, como lo llamaban, hacia acto de presencia conducido por su madre, y era vitoreaban por los asistentes conforme a las instrucciones recibidas en su condición de familiares e invitados elegidos. Comúnmente, la conmemoración en la que la gente comía, bebía y bailaba, continuaba hasta el atardecer; motivando que, quienes participaban animosamente en ella, año con año  estuviesen pendiente de la conmemoración que habría de venir. Pero, ¡Oh, sorpresa!,   cuando cumplió el doceavo cumpleaños de vida, el mentado Nicolasito se reveló echando por tierra lo planeado por sus padres. En un santiamén desbarató el programa festivo que con mucho empeño le habían organizado. El desnaturalizado escuincle se encerró en su recámara y, sin considerar  el tono suplicante de quienes por conveniencia o voluntad propia pedían su presencia, empezó a deshacerse en rabietas al tiempo que gritaba “¡Quién les dijo que trajeran a esos gorrones a mi casa! ¿Quién? ¡Déjenme dormir! Quiero dormir. ¡Cállense!

La situación se complicó más cuando, Nicolás, valiéndose de un pesado martillo, arremetió contra las ollas de barro que contenían suculento guisos que con esmero había preparado servidumbre. En un instante armó un desgarriate sin que sus padres lograran detenerlo. A fin de cuentas, las exigencias del tiznado muchacho fueron cumplidas: enmudeció la banda musical, las mojigangas se retiraron esparciendo su frustración a través de payasadas, y la gente, que minutos antes imaginaba el agasajo en el que iban a ser participantes, abandonó el lugar inducida por las expresiones melosas de doña Engracia:

  • “Nicolasito, mijito precioso, está enojadito porque no durmió bien, ¡discúlpenlo! “El muchachito Nicolás, no es malo ¡Compréndalo! Es travieso, no lo negamos. Pero malo, malo no es”.

Los más de los asistentes se alejaban mascullando expresiones:

  • “Esto nos pasa por hacerle caso a quienes nos dijeron que viniéramos al festejo dedicado a ese chamaco malcriado…Pero, ´la culpa no la tiene el indio, si no quien lo hizo compadre´… Es malo, muy malo en tiznado chaval; ´malo, malo como la carne cuche´… ´Caras vemos, corazones no sabemos”.

Grande fue el borlote como grande la decepción de los invitados que habían imaginado que se hartarían con lo destinado a ellos en calidad de comensales selectos; por el agravio sufrido, muchos de éstos blasfemaros a grito abierto, y juraron que jamás volvían a La Casa de los Azulejos, pero la gente que se había mantenido ajena a este hecho, les endilgó expresiones chuscas cuando a escaso días de la tradicional conmemoración, pudieron más las argucias, ofrecimientos, dádivas y hasta chantajes de doña Engracia, don Próculo y el señorito Dona para, una vez más llevarlos como “acarreados” a festejar el trece aniversario del nacimiento de Nicolás.

He ahí que, como si todo hubiese sido un mal entendido superado, hubo misa en la capilla del pueblo, expresiones rogativas, tañer de campanas, tronar de fuegos artificiales, música, mojigangas, mañanitas y arreglos florales en la portada de La Casa de los Azulejos. Otra vez, familiares e invitados se mostraron entusiasmados e imaginaron que se deleitarían con la música y saborearían suculentos platillos; y hasta le dedicaron versos de los tradicionales papaquis, pero no bien habían terminado de entonar eso que dice: “desde lejos hemos venido brincando los tepanoles, sólo por venir a ver las ollotas de pozole, cuando  escucharon la protesta del niño  Nicolás. Y entonces, nadie se quedó para ver si repetía su desgarriate ni esperó que doña Engracia lo justificara; simplemente abandonaron el lugar; se retiraron mascullando enojos, mostrando vergüenza, y esparciendo lo acontecido entre la gente que en veces les decía: “se los dije, se los dije, pero…”.

Durante un buen rato, los pobladores se ocuparon del incidente ocurrido gastando bromas a quienes, frustrados, una vez más se habían conformado con un improvisados almuerzos que compraron o elaboraron en sus casas.

Al pasar el tiempo, la población de Torrecillas de San José volvió a sus acostumbradas actividades olvidándose de los arrebatos de Nicolás quien, luego de cambiar el pantalón de peto, que su madre y nanas le enjaretaban, por otra vestimenta, convirtió su casa en nidal de ocios. Sin pedir permiso a sus padres ni considerar lo que ellos le aconsejaban, hurgaba con lo existente en bodegas, trojes, cuarto de trebejos; y a diario  escenificaba hechos y despilfarros, ya con sus compañeros de escuela, ya con sus vecinos, u otros chiquitines a quienes atraía o alejaba sin consideración alguna. El grupo de chiquitines, realizaba juegos que transitaron de lo sencillo y sano a lo atrevido y riesgoso:  uno de estos hechos consistió en balacear la calabaza colocada en la cabeza de un chamaco que, al oír el disparo de la pistola hurtada a don Próculo, calló al suelo desmayado; otro más fue escenificado en rededor de un poste de cemento que sirvió para sujetar a un muchachillo a quien después de someterlo a un supuesto juicio inquisitorio, lo rodearon de varas secas a las que prendieron fuego confiando en la oportuna intervención de  quien haría el papel de personaje justiciero y salvador, dando lugar a que, cuando éste no pudo deshacer el nudo ciego que habían hecho en la reata sujetadora, desesperadamente se abocaran a verter  agua sobre la hoguera y los pantalones flameados del muchacho que gritaba desesperado. Y luego de estos hechos, la travesura que más  trascendió los muros de La Casa de los Azulejos, fue cuando Nicolás ofreció e hizo que sus correligionarios consumieran agua de coco a la que había añadido purgante que su padre usaba para desparasitar a caballos y bestias mulares, motivando que todos sin faltar uno de ellos, fueran internados en la pequeña clínica.  La quejumbre y deshidratación de los afectados, propició una andanada de improperios en  contra de Nicolasito quien, después de sopesar la gravedad y consecuencia de su maldad, se refugió en las enaguas de su madre, y ésta, luego de disculparlo, pagó medicamentos y servicios médicos requeridos.    

Sobra decir que su niñez se agotó en ociosidades y ajetreos propios del “niñito de la casa”. Y tiempo después, similares características tuvieron su adolescencia y juventud: “Árbol que crece torcido, jamás su tronco endereza”, la gente decía al saber ver sus extravagancias y banalidades. ¡Nadie sujetó al chamaco!, porque sus progenitores determinaron que “creciera sin complejos; que fuese libre como el viento para que llegara a ser personaje importante desposeído de amarraduras”. ¡Así creció!: lo querían y chiqueaban sus padres y, a más no poder, lo consentía su tío El Señorito Dona. Aquellos y éste, a través de una conversación juramentada, determinaron  que le darían amor y apapachos que ellos no habían tenido en sus años primeros de vida. Y, he ahí que “El Niquitas”, como lo llamaba la gente, viviera chuscadas en el interior y exterior de su fastuoso hogar, vegetara en su hacer impregnado de ocurrencias y se embelesara con sus extravagancias de hijo de personas adineradas. Fue el crío, y más tarde el joven que a manos llenas disfrutó de haberes, provenientes de sus progenitores, y dispuso de hombres y mujeres a quienes trató  despóticamente. Solía gritar al tiempo que se mostraba engreído: ¡Obedezcan!, para eso les pagan mis padres, para que me sirvan…”

Luego de haber transcurrido un año y meses de aquel incidente en que saliera despavorida la gente que lo homenajeaba, Nicolás volvió a ser tema de conversación cuando, a la par de aficionarse a la ejecución de una guitarra, se dejó crecer los cabellos y cubrió éstos con una boina negra, vistió pantalones entallados sujetos con un cinturón de gruesa hebilla, cubrió su dorso con camisetas o camisolas holgadas;,sus pies los calzó con huaraches de hechura rústica, las muñecas de ambos brazos las recubrió con pulseras de piel y broches relucientes, protegió sus manos con finas manoplas que dejaban entrever anillos ostentosos,  y cubrió  sus  ojos con ostentosos lentes obscuros. La gente lo llamó “El loco de Torrecillas”, pero al enterarse que sus padres y el señorito Dona consideraban que era natural el comportamiento del muchacho, dizque inteligente e ingenioso, le retiraron ese mote, desahogando su contrariedad a través de otras expresiones peyorativas.

Aunado a su repentino cambio en la manera de vestir y calzar,  conformó su séquito de incondicionales atrayendo a media docena de jovenzuelos;  empezó por convencer a Bonifacio Barroso Zamudio, El Bobaza, muchacho serio de porte robusto y mirada fija a le contó sus sueños de grandeza:

  • Carnal, con el dinero y el respeto que le tienen a mis padres, la haremos de a madre; seremos los mandamás de este pueblo; disfrutaremos la vida, haremos lo que queramos y no habrá quién nos detenga”.

 El Bony, como lo llamaban sus padres y familiares, lo escuchó y estuvo a punto de decirle que su proposición no coincidía con su manera de ser, pero, después de escuchar que serían eso y más si se unían, terminó por aceptar la propuesta, y, según el decir del muchacho más rico del pueblo, “disfrutar de la vida”.

 Instantes después, se abrazaron como si con ello sellaran un pacto de igual a igual  al tiempo que El Bonaza  decía: “¡hermano en las buenas y las malas!”;  pero Nicolás le contestó en tono alevoso: “somos carnales,… Sí, hermanos… Pero, ¡yo soy el jefe!” Y, de inmediato,  valiéndose de un ademán enérgico, realizó su primera disposición: “¡sígueme!, yo soy quien manda.

El hecho se llevó al cabo en la mitad de un día domingo en el que la gente los vio correr eufóricos por calles y orillas del pueblo hasta arribar a La Casa de los Azulejos en  donde,  luego de consumir desordenadamente alimentos y bebidas, Nicolás, vociferó, dijo que todo aquello que los rodeaba era suyo y que podía disponer a su antojo sin que hubiese alguien que se lo impidiera. El muchacho hizo alarde de su casa e independencia personal; alardeó su don de mando  gritando a quienes lo habían complacido: “¡he tú y tú!, recojan, a la voz de ya, esta  basura”, Y, cuando solazado estuvo al ver que su órdenes habían sido cumplidas sin objeción alguna, abrazó el cuello de su invitado y lo condujo a su recámara atiborrada de diversos objetos y chucherías mal acomodados sobre y en rededor de muebles de mal gusto y obsoletos. Allí, a la par de erguirse presuntuoso, enarboló los brazos al tiempo que gritaba: “Hermano, este en mi santuario, mi guarida, mi refugio. Aquí nada más yo decido qué hacer y quién entra”. Repentinamente, a la par de vociferar incoherencias referentes a su ser y hacer libertinos, empezó a despojarse de sus ropas; se desvistió hasta quedar en puros cueros, y luego de abrir las puertas de un mueble descomunal y alardear marca y costo de sus pertenencias, procedió a vestirse y desvestirse  repetidamente hasta lucir con lo que presumiblemente había considerado lo mejor de su haber. Durante el transcurso de un buen rato, palpó la contextura y características de sus calzoncillos, pantalón, camisola, huaraches, bufanda, guantes y gorra ajustados a su cuerpo.  Luego de ver una y más veces su imagen reflejada en el espejo,  enarbolar ambos brazos y gritar: “¡me veo de a madres!, sí, sí, me veo de a madres”, quedó quieto  cual si fuese estatua viviente en espera de expresiones halagüeñas. Pero El Bonaza, más que adularlo, masculló algo que guardó en sus adentros; deseó alejarse pero no lo hizo, permaneció allí junto a su recién  juramentado “carnal” que semejaba un grotesco maniquí, abandonó su pose y mostró disgusto que le afloró en el rostro. Algo iba a decir a quien consideraba su beneficado, pero al escuchar que alguien llamaba a la puerta, encorajinado, grito: ¿quién, jodidos es, quien..?, propiciando que, luego de escucharse el rechinar de bisagras proveniente de ambas hojas de la puerta de su recámara, apareciera ante su mirada, Dorotea Díaz Ventura, encargada de comandar la servidumbre en La Casa de los Azulejos, quien a la par de llevarse las manos a la boca, dijo en tono comedido: “ Nicolasito!, niño. Santo dios, ¿pues qué ha hecho usted?”; propiciando que éste le endilgara gritos desaforados reforzados de desplantes groseros. La mujer que no sentía lo duro si no lo tupido, salió y encaminó sus pasos apresurados hacia donde se encontraban doña Engracia y el señor Próculo a quienes les narró el desorden habido en la recámara; pero éstos, mas que apoyarla,  le endilgaron tremenda regañina haciéndole entender que no debía meterse a la habitación cuando en ella se hallara el niño de la casa; y, luego de la injusta reprimenda, como en repetidas ocasiones había acontecido, doña Engracia le endilgó, en tono comedido, expresiones exaltadas que escuchó pacientemente sin darlas por buenas:

“Nicolasito, no es malo ¡Compréndelo! Es travieso, no lo niego. Pero malo, malo no es…”  

 

 

A LA VERA DEL CAMINO (Libro para descargar)

abril 8

  Fragmentos literarios

 

Son fragmentos a manera de guijarros multicolores extraídos del cauce de un arroyuelo impregnado de aconteceres, desasosiegos, amores, desamores y añoranzas engarzados en el andamiaje de la prosa llana y en veces poética del autor.

 

 

 

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Leyendas de Tixtla de Guerrero

julio 6

LA LEYENDA …

 

No obstante que la leyenda, «narración de hechos sobrenaturales, naturales o una mezcla de ambos que se transmite de generación en generación de forma oral o escrita,…  relato que se sitúa de forma imprecisa entre el mito y el suceso verídico,… »  ha menguado como fuente  que anima la tradición oral o escrita en las nuevas generaciones, aún quedan vestigios de la narrativa que atrajo y alimentó el conocimiento y/o la fantasía en los seres que poblaron la faz terrenal.  En este decir y hacer, Tixtla de Guerrero, ciudad asentada en el valle Tistlan en el estado de Guerrero, México, tiene lo propio; ya en documentos ya en el hablar de las personas que guardan reminiscencias del narrador: el abuelo, la abuela, el viejo vagabundo,… que contaban, en noches de plenilunio o en rincones de s casas, hechos, mitos,…

*Tomado del libro, quepa atraer del libro «Barrios, Tradiciones y Leyendas,» que el profr. Reynaldo Alcaraz Peñaloza  y yo editamos; en éstas, no sólo se asienta lo comunmente escuchado, se incluyen datos recabados en formatos corregidos y aumentados para deleite del lector: 

    

 

LA VIRGEN VIAJERA

Algunas personas afirman que esta imagen de bulto era
transportada por peregrino procedentes de Tixtlancingo, ex habitantes de
Tixtla, quienes regresaban de la ciudad de Puebla después de haber llevado a
restaurar su virgen venerada, y que al tomar un descanso a la sombra de los
ahuehuetes asentados en el núcleo poblacional que actualmente se denomina
barrio del Santuario, ésta se hizo pesada al grado que no la pudieron levantar. Según el
decir de algunos ancianos devotos de ella, con ello dio a entender que deseaba
quedarse aquí, y otros aseguran que los lugareños, enterados de que esa era la
imagen que antiguos pobladores de Tixtla, luego de sobrevivir a una inundación, se habían llevado a Tixtlancingo, se
posesionaron de ella al tiempo que prometieron construirle su santuario.

Sea  cual fuese la realidad que originó la presencia de esta deidad, la Virgen de la Natividad en Tixtla,
réplica de la Virgen de Covadonga adorada en Oviedo España, es venerada el ocho
de septiembre y el treinta y uno de mayo. A sus festividades asisten habitantes
de esta población y también personas procedentes de diferentes lugares de la
república mexicana. Su  santuario se encuentra cobijado por una construcción eclesiástica resguardada
por tres centenarios ahuehuetes, plantados frente a la plazuela que
inicialmente se llamó General Porfirio Díaz, hoy Plazuela Alberto González
Valle, en el barrio de El Santuario de la ciudad de Tixtla de Guerrero.

 

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Po la herencia...El VIEJO RANERO

 

Ya como verdad o mera fantasía, los ancianos, que presenciaron el inicio del  siglo XXI, decían que, en la cueva enclavada en la base rocosa de El Cerro Pacho, situada muy cerca de la barranca de Chompito y el Resumidero en las inmediaciones de la laguna de  Tixtla de Guerrero, México, habitó un hombre enigmático, huidizo, ermitaño,…Nadie de los hablantes afirmaba haber convivido con él; algunos aseveraban haberlo visto desde  muy lejos, y otros daban rienda suelta a su imaginación partiendo de lo que se supone habían escuchado en las apasionadas  discusiones de sus vecinos.  Pero todos lo asociaban con millares de diminutos sapos que invadían, en el amanecer del primer día lluvioso de cada verano, los campos y caminos del entorno tixtleco; lo relacionaban con la aparición de ajolotes que pululaban en las aguas lodosas de los charcos, el croar constante de sapos  agazapados en escondrijos acuosos, y la presencia de pequeñísimas ranas de ojos saltones y color verdes tierno de tamaño apenas superiores al de la uña del pulgar de un adulto que se balanceaban sobre ramajes y hojas pegajosas de artemisas flotantes en las aguas de la laguna. En este decir, los labriegos hacían hincapié en la repentina desaparición de los sapitos negruzcos: afirmaban que, salvo aquéllos que  habían perecido bajo los pies de los transeúntes o las patas de las recuas en movimiento, ni uno solo de ellos se  divisaba en el amanecer del día siguiente de su aparición.

En los relatos salía a relucir que en una noche de plenilunio se le había visto, encaramado en lo alto de una enorme piedra situada en la orilla de la laguna, cubierto de ramajes y algas; un cazador nocturno juraba haberlo observado en actitud solemne al tiempo que sapos y ranas emitían su croar en tonos diversos propiciando sinfonías que resonaban sobre sembradíos, el caserío que alberga la población y las aguas de la laguna protegidos por las elevaciones montañosas que circundan el valle.

He ahí que durante mucho tiempo, El Viejo Ranero, de quien se decía que se alimentaba de algas, ramajes y hablaba el lenguaje de los sapos y las ranas, anduviera en la alharaca de los lugareños que, en las madrugadas  saturadas de tlapayautlis, escuchaban lo que parecía ser un “un concierto saperos”.

 

Más, como nada es eterno, después de haber transcurrido muchos ayeres, la figura de ese hombre  enigmático, huidizo, ermitaño, se diluye en la neblina que trae consigo la indiferencia; salvo algunas personas que atraen su nombre cuando hablan de la contaminación existente en las aguas de la laguna y los cauces de los arroyuelos de Coxtlapa, Xaltipán, Tezahuapa y Cocuilpan, lo grueso de la población no menciona “La cueva del viejo ranero”, ni saben por qué se llama  “Barrio de Cantarranas” a uno de los asentamientos humanos, participantes en la fundación de lo que es ahora la ciudad de Tixtla de Guerrero. Aunque, allá de vez en cuando, no deja de existir alguien que, imprimiendo a sus palabras un dejo nostálgico, suele decir: “El Viejo Ranero, emergió de las aguas y transitó por el rumbo del paraje Mechazingo; bajo la luz tenue reflejada por la luna y la llovizna constante del tlapayautli, caminó al tiempo que ranas y sapos lo seguían y croaban; ¡se alejó, y jamás volvió!”.

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LA ZIHUATATAYOTA

 

De la Zihuatatayota, personaje de leyenda surgido en el entorno tixtleco, se dice mucho. En la actualidad no es exclusivo de Tixtla de Guerrero y sus alrededores, en diversos lugares se habla mucho de ella; dícese que es una mujer elegantemente ataviada con sedas y encajes, alta y de porte altivo, viandante nocturna asidua a los enamoramientos, visitante de aguajes, enigmática y solitaria…  Sea cual fuese su descripción en el contexto de la leyenda que lleva su nombre, cabe escuchar los relatos en los que ocupa primacía, de entre éstos, atendamos lo expresado por don Benigno López Abraján:

Transcurría el año de mil novecientos doce, era la madrugada de un día del mes de septiembre; flotaban en el ambiente frescuras de lluvia  y olores de tierra mojada. Mis amigos de parranda y yo, además de llevar en el estómago abundantes tragos de mezcal, portábamos sarapes para espantar el frío, calzábamos botines y nos cubríamos la cabeza con sombrero de astilla, era los considerados para la paseada. Veníamos de la casa de nuestras noviecitas a quienes habíamos llevado serenata cuando a lo lejos, proveniente del Barrio de Tlatelulco, divisamos la gendarmería realizando su rondín acostumbrado. De ellos, quien iba a la vanguardia, se dejó escuchar un silbatazo a manera “quien vive allí, ¡párense hijos de …”. Iluminadas por la llamarada tenue proveniente de un hachón, nuestras siluetas se delineaban confusas en la distancia. Como viésemos que aceleraron sus pasos para darnos alcance en el lugar denominado Las siete esquinas de la población de Tixtla de Guerrero, cada uno de nosotros tomó camino diferente: Antonio Basilio se dirigió al barrio de San Agustín, Anacleto Dircio enfiló sus pasos al barrio de El Santuario, y yo me dirigí a Los corrales. Crucé La calle ancha, y tomé el rumbo de La alberca; caminaba con pasos inseguros en la oscuridad al tiempo que mi mano derecha palpaba la empuñadura de un verduguillo. Cuando estuve bajo los ahuehuetes que protegen las aguas que brotan y dan sustento a ese balneario, recargado en el tronco de uno de ellos, me sentí a salvo de los guardianes del orden. No sé durante qué tiempo estuve allí en la obscuridad  entreverada por resplandores lunares que se colaban entre los ramajes de los árboles gigantes. Oía el fluir del torrente que afloraba de los veneros cuando de pronto me percaté de un bulto blanquecino que al  acercarse al aguaje fue mostrando la silueta de una mujer alta y portentosa, vestida con ropajes blancos; esperé para observar qué hacía; cuando estuvo sentada en una de las piedras colocadas en rededor del manantial; enamorado como soy, se me alborotaron cuerpo y alma, y sin pensarlo mucho fui hasta donde estaba ella. Su cabellera caía abundante sobre su espalda; por su postura intuí que jugueteaba con las aguas. Todavía no llegaba hasta ella cuando ya le estaba diciendo palabras bonitas y frases encaminadas a enamorarla para obtener sus favores amorosos, y, sin recato alguno, la abracé metiendo mis narices entre sus cabellos que de pronto sentí ásperos, pero como si eso no tuviera importancia seguí tras mis propósito; continué con mis arrumacos al tiempo que ella los correspondía con leves gemidos. Como viese que no oponía resistencia a mis caricias, se me ocurrió decirle: ‘mamacita, dame un besito; ándale preciosura, ¡bésame que ya te estoy queriendo! Repetí eso y otras palabras más para convencerla’; luego sentí que ya me la había ganado; lo comprobé al sentir el movimiento de su cuerpo para voltearse  y quedar frente hacia mí; yo me dispuse a besarla, pero tamaña sorpresa me llevé al mirar su cara, en ésta tenía ojos similares a los de un caballo, sus narices eran chatas como las de un marrano, su frente descomunal y sus labios grueso y floreados dejando entrever dientes descomunales; No obstante que sus manos frías me sujetaban me escapé de ellas y como pude corrí dando alaridos para desahogar mi terror; fui dando traspiés y no paré hasta llegar a mi casa cuya puerta era de madera apenas sostenida por la tranca corrediza que colocaba mi madre para que me franqueara la entrada en caso de una emergencia. Cuando estuve dentro de la estancia enmudecí, no respondí sus preguntas. Al mirar mi estado asustadizo, me dio bebedizos que me hicieron dormir; no supe más de mí hasta pocas horas después que desperté en el amanecer cuando me sentí desposeídos de zapatos, sarape, sombrero y verduguillo que al parece había dejado desperdigados en mi carrera loca; pero ni aún así no corregí mi actuar de enamorado hasta que el tiempo me ubicó en mi condición de anciano atado a esta silla que me soporta con mis más de noventa años vividos. Por eso cuando me preguntan que si existe la Zihuatatayota, mi mente se transporta hasta esos años primeros del siglo veinte cuando en mi condición de paseador recorría, durante las horas de la madrugada, las calles de ese pueblo mío”. 

 

Don Benigno, más conocido como Adrián Alcaraz, exhaló un suspiro al tiempo que su mirada se posaba en el chacuaco de la histórica Hacienda de Chinameca ubicada en el estado de Morelos en donde radicaba como pensionado y propietario de una parcela que el gobierno le otorgó por sus servicios al lado del General Emiliano Zapata en el movimiento revolucionario iniciado en el año 1910. Quienes lo visitaban, hombres y mujeres originarios de la ciudad de Tixtla de Guerrero, México, se miraron unos a otros al tiempo que recordaban la antigua alberca denominada Teoixtla vinculada al relato.

 

 

LA MUJER VESTIDA DE BLANCO

De la antigua carretera que inicialmente unió a Tixtla con Chilpancingo de los Bravo, ruta angosta de difícil acceso que serpenteaba entre laderas y barranquillas, quedan: reminiscencias de camino fragmentado, anécdotas de quienes la recorrieron caminando o conduciendo automotores pioneros del autotransporte actual, y también un halo misterioso de hechos que se adentran en umbrales del mito.

Algunos conductores de automóviles o camiones cuentas que al filo de la madrugada solía verse a la vera de la carretera una mujer alta, delgada y de cabellera larga que aparecía en las cercanías del Puente Zapata edificado sobre una parte del río Cocuilpan que surca las tierras de la antigua hacienda de Ayotzinapa y prosigue por el paraje denominado Las tejerías hasta desembocar en El Cajete, asiento de la laguna de Tixtla de Guerrero.

Dicen quienes tardíamente recorrían esa ruta, ya por trabajo, por atender amores furtivos o por involucrarse en una parranda, que con ademanes solía la dama pedir que se detuvieran y le permitieran abordar el vehículo. Confiesan que al verla envuelta en indumentaria blanca resaltada por la luz de los fanales encendidos, se apoderaba de ellos el miedo que los inducía a encomendarse a Dios, a la deidad de su devoción o a su madrecita santa, jurando que jamás se aventurarían a transitar solos esa ruta en horas de la madrugada. Uno de ellos narró que no obstante que puertas y cristales lo protegían tuvo la sensación de que la llevaba en el asiento trasero de su coche; otro dijo que al pasar frente a ella sintió un frío que le caló los huesos. Unos más y otros menos asustados pero todos dijeron que la mandíbula se les endureció y los cabellos se les crisparon, y si borrachos venían, hasta el efecto del licor consumido se les había desvanecido.

Al construirse la actual carretera Tixtla-Chilpancingo se murmuró que la aparición ocasiona de la “mujer de Blanco” quedaba sepultada bajo los escombros, pero se sabe que en madrugadas de cielo cubierto por nubarrones y cuando hay poco fluir vehicular, algunos conductores trasnochados experimentan la sensación de que allí está a la vera del camino junto al nuevo puente edificado en las inmediaciones de la presa Juan Catalán Verbera, y que con el sólo hecho de recordar lo que se dice de ella, un frío fantasmal se apodera de ellos.

 

EL BURRO SIN CABEZA.

Corre de boca en boca un rumor: “en las noches más obscuras, cuando tixtla estaba escasamente iluminadas con hachones o candiles, un burro sin cabeza recorría el pueblo; era negro, pardo o gris, nadie a ciencia cierta lo supo, lo cierto es que quienes lo veían apenas si distinguían su figura bajo las sombras. Por su rebuznarmacabro y el sonar de sus cascos sobre el empedrado, la gente imaginaba que venía del Zanjón, decía que inicialmente se encaminaba al barrio de San Lucas y que luego de trotar en calle y callejones del pueblo, retornaba por el cauce de Coxtlapa, esto último según lo vertido por don Rafael López, cuya casa estaba a la vera de ese arroyo, quien en repetidas ocasiones escuchó sus resoplidos y carrera loca.
Algunos moradores del lugar llegaron a pensar que el citado burro sin cabeza era invento de borrachines que en altas horas de la noche recorrían las calles, y hasta se afirmaba que habían sido las madres de éstos quienes lo idearon para asustarlos, pero estas suposiciones tuvieron un vuelco cuando un grupo de muchachos, guiados por la curiosidad y ansiosos de aventuras, se propusieron conocerlo. Su obstinación los llevó a esperar noche tras noche, transcurriendo días, semanas y meses hasta que en una madrugada lluviosa del mes de agosto, escucharon que trotaba por las inmediaciones del barrio del Fortín. Se dice que fueron a su encuentro, y que cuando lo avizoraron, el animal detuvo su trote y se mostró dócil, y que luego de aguantar que constataran que no tenía cabeza, que le jalaran la cola y pelos habidos en su anca, permitió que se le encaramaran en el lomo.
Ahora se sabe que, en el amanecer del otro día, en tanto que uno de ellos se le halló con magulladuras en el cuerpo, dando alaridos deloco al tiempo que con una de sus manos restregaba sus lágrimas y con la otra apretujaba un escapulario que su madre le había colocado en el cuello, los otros dos no aparecieron. También se dice que a la par de que a él, le rezaba, lo sahumaba y sobaba con hierbas un curandero para que recuperara su sombra, a éstos se les buscaba por el rumbo de Tezahuapa, el Resumidero y la laguna, pero todo fue inútil. Su desaparición fue un misterio, quedando envuelta en un halo macabro.
La gente de avanzada edad, conocedora de este hecho, rumorea, diceque el burro sin cabeza era un espíritu maligno, brujo o chaneque que se los llevó, un animal del mal que en su loca carrera los condujo hasta el fondo de la barranca de Chompito, en cuyos acantilados, suponen, habita el diablo.
Mucho fueron los rumores en torno a este suceso que aconteció en las postrimerías del siglo XVII cuando aún no existía el servicio de energía eléctrica, diversas fueron las suposiciones basadas en el decir de quien testificó parte del hecho, pero de los dos jóvenes jinetes del burro sin cabeza, hasta la fecha no se sabe nada, sólo queda de ellos la osadía que los indujo a su aventura descabellada.

 

EL DIABLO Y EL ZAHURÍN

Al divisar el cerro de Texcalzin y el hueco que da cabida al resumidero asentados al oriente del valle que da cobijo a la ciudad de Tixtla de Guerrero, viene a cuento lo dicho por algunos ancianos:
“El cerro de texcalzin y el resumidero son resultado de una pelea entre el diablo y un zahurín. Ambos se retaron porque, según el decir de diablo, uno de los dos sobraba en el lugar”
Se dice que, en tanto que la gente quería mucho al zahurín porque era bueno y los ayudaba, al diablo lo detestaban porque les traía malestar y tragedias.
Fue así que el zahurín le dijo a su oponente: “quien haga algo significativo que contribuya a desaparecer la inundación que aqueja a los pobladores de este valle, se quedará aquí”.
Cuentan que, sin pensarlo mucho el diablo, aceptó e inmediatamente partió en dos el cerro que está al oriente del valle provocando que el agua de la laguna se filtrara en poca proporción por lo que ahora se conoce como barranca de Chompito.
Entonces el zahurín dio tremendo puntapié en la base del cerro de Pacho en donde abrió una cavidad por donde el caudal de la laguna fluyó generosamente. Grande fue la sorpresa del diablo pero más lo fue al percatarse que con la tierra desgajada del cerro se había formado un montículo que al transcurrir el tiempo habría de llamarse Texcalzin.
Al verse derrotado el diablo intentó deshacer el trato pero el zahurín lo obligó a cumplir su palabra.
Algunos dice que un remolino tormentoso se lo llevó, aunque no falta quien afirme que, avergonzado y triste, se refugió en la barranca de Chompito en donde fue presa de un hechizo que lo mantiene cautivo.

 

 

EL FÉRETRO

Cuentan los moradores asentados en las cercanías del paraje denominado Las cuevitas en la ciudad de Tixtla que con frecuencia veían un ataúd, en la oscuridad y mitad de la calle, custodiado por dos velas encendidas. Y que como viesen que aquí y allá aparecía y desaparecía sin dejar rastro pero sí, espanto entre los pobladores que deambulaban en la noche, armados de valor y machetes los hombres fueron hasta donde estaba el féretro. Comentan que no obstante que el miedo hacía que se le doblaban las piernas y la quijada les bailoteara, lo sujetaron con reatas y arrastraron calle abajo hasta llegar al cauce del arroyo de Coxtlapa en donde lo arrojaron, lanzándole maldiciones.
Afirman que era una madrugada lluviosa de un día sábado de septiembre y que aunque los protagonistas de esta proeza se sentían aún acobardados por el miedo, la gente acudió a felicitarlos. Y no faltó quien organizara un festín para ahuyentar sus temores.
Dicen que casi todos los vecinos acudieron al jolgorio, solo falta don Susano Cayetano Piedra, y que como viesen que la puerta de su casa permanecía cerrada, uno de sus amigos fue hasta ella y lo llamó por su nombre pero no obtuvo respuesta alguna, sólo escuchó un leve quejido. Se rumorea que, curioso como era el fulano, se acercó y por un agujero habido en el chinantli observó que el hombre estaba tirado en el suelo.
La noticia causó compasión entre los presente propiciando que música y bulla cesaron repentinamente. Todos acudieron a la casa de su vecino, el curandero, como comúnmente lo llamaban. La mayoría de ellos se preguntaban quiénes habían sido los desnaturalizados que había sido capaces de propinarle esas tremendas magulladuras. La mayoría encogía los hombros en señal de ignorancia, pero no faltó quienes atribuyeran éstas a las andanzas de don Susano en su correría de brujo curandero.
Desde entonces, asegura la gente, no volvió a saberse del féretro y su velas vigían en plenitud de las noche, propiciando que las personas deambulen tranquilas por las angostas y empinadas calles del entorno.

 

 

LA GALLINA CON POLLOS

Sea dicho de paso que sin considerar si es verdad o mentira se afirmaba que en algunas noches iluminadas por la luna, se escuchaba y veía transitar una gallina negra acompañada de decenas de polluelos que piaban. Según el decir de quienes dan referencia de este acontecer, salía al paso de los trasnochados paseantes para luego perderse en los recovecos del paisaje pueblerino.
Afirma la gente que alguien, entrado en copas, quiso alcanzarla pero que en su intento las piernas se le aflojaron y que en las primeras horas del siguiente día, temblores y escalofrío invadieron su cuerpo, siendo por ello necesaria la presencia de quien, valiéndose de rezos, buches de mezcal lanzados a los vientos y untadas de hierbas, le procurara alivio.
Se sabe que un envalentonado vecino del pueblo de Tixtla se propuso terminar con la citada gallina y que valiéndose de sus perros recorrió las calles en busca de ella, pero que éstos tan pronto la divisaron empezaron a aullar y gimotear como si algo les doliera.
También se dice que repentinamente desapareció, aunque quienes intentaron aprisionarla, aseguraban que en lo más profundo de su sueño escuchaban el cacaraquear de ella y piar de sus polluelos.

*Libro «Barrios, Tradiciones y Leyendas de Tixtla.» coautoría: Margarito López Ramírez y Reynaldo Alcaraz Peñaloza