julio 6

LA LEYENDA …

 

No obstante que la leyenda, «narración de hechos sobrenaturales, naturales o una mezcla de ambos que se transmite de generación en generación de forma oral o escrita,…  relato que se sitúa de forma imprecisa entre el mito y el suceso verídico,… »  ha menguado como fuente  que anima la tradición oral o escrita en las nuevas generaciones, aún quedan vestigios de la narrativa que atrajo y alimentó el conocimiento y/o la fantasía en los seres que poblaron la faz terrenal.  En este decir y hacer, Tixtla de Guerrero, ciudad asentada en el valle Tistlan en el estado de Guerrero, México, tiene lo propio; ya en documentos ya en el hablar de las personas que guardan reminiscencias del narrador: el abuelo, la abuela, el viejo vagabundo,… que contaban, en noches de plenilunio o en rincones de s casas, hechos, mitos,…

*Tomado del libro, quepa atraer del libro «Barrios, Tradiciones y Leyendas,» que el profr. Reynaldo Alcaraz Peñaloza  y yo editamos; en éstas, no sólo se asienta lo comunmente escuchado, se incluyen datos recabados en formatos corregidos y aumentados para deleite del lector: 

    

 

LA VIRGEN VIAJERA

Algunas personas afirman que esta imagen de bulto era
transportada por peregrino procedentes de Tixtlancingo, ex habitantes de
Tixtla, quienes regresaban de la ciudad de Puebla después de haber llevado a
restaurar su virgen venerada, y que al tomar un descanso a la sombra de los
ahuehuetes asentados en el núcleo poblacional que actualmente se denomina
barrio del Santuario, ésta se hizo pesada al grado que no la pudieron levantar. Según el
decir de algunos ancianos devotos de ella, con ello dio a entender que deseaba
quedarse aquí, y otros aseguran que los lugareños, enterados de que esa era la
imagen que antiguos pobladores de Tixtla, luego de sobrevivir a una inundación, se habían llevado a Tixtlancingo, se
posesionaron de ella al tiempo que prometieron construirle su santuario.

Sea  cual fuese la realidad que originó la presencia de esta deidad, la Virgen de la Natividad en Tixtla,
réplica de la Virgen de Covadonga adorada en Oviedo España, es venerada el ocho
de septiembre y el treinta y uno de mayo. A sus festividades asisten habitantes
de esta población y también personas procedentes de diferentes lugares de la
república mexicana. Su  santuario se encuentra cobijado por una construcción eclesiástica resguardada
por tres centenarios ahuehuetes, plantados frente a la plazuela que
inicialmente se llamó General Porfirio Díaz, hoy Plazuela Alberto González
Valle, en el barrio de El Santuario de la ciudad de Tixtla de Guerrero.

 

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Po la herencia...El VIEJO RANERO

 

Ya como verdad o mera fantasía, los ancianos, que presenciaron el inicio del  siglo XXI, decían que, en la cueva enclavada en la base rocosa de El Cerro Pacho, situada muy cerca de la barranca de Chompito y el Resumidero en las inmediaciones de la laguna de  Tixtla de Guerrero, México, habitó un hombre enigmático, huidizo, ermitaño,…Nadie de los hablantes afirmaba haber convivido con él; algunos aseveraban haberlo visto desde  muy lejos, y otros daban rienda suelta a su imaginación partiendo de lo que se supone habían escuchado en las apasionadas  discusiones de sus vecinos.  Pero todos lo asociaban con millares de diminutos sapos que invadían, en el amanecer del primer día lluvioso de cada verano, los campos y caminos del entorno tixtleco; lo relacionaban con la aparición de ajolotes que pululaban en las aguas lodosas de los charcos, el croar constante de sapos  agazapados en escondrijos acuosos, y la presencia de pequeñísimas ranas de ojos saltones y color verdes tierno de tamaño apenas superiores al de la uña del pulgar de un adulto que se balanceaban sobre ramajes y hojas pegajosas de artemisas flotantes en las aguas de la laguna. En este decir, los labriegos hacían hincapié en la repentina desaparición de los sapitos negruzcos: afirmaban que, salvo aquéllos que  habían perecido bajo los pies de los transeúntes o las patas de las recuas en movimiento, ni uno solo de ellos se  divisaba en el amanecer del día siguiente de su aparición.

En los relatos salía a relucir que en una noche de plenilunio se le había visto, encaramado en lo alto de una enorme piedra situada en la orilla de la laguna, cubierto de ramajes y algas; un cazador nocturno juraba haberlo observado en actitud solemne al tiempo que sapos y ranas emitían su croar en tonos diversos propiciando sinfonías que resonaban sobre sembradíos, el caserío que alberga la población y las aguas de la laguna protegidos por las elevaciones montañosas que circundan el valle.

He ahí que durante mucho tiempo, El Viejo Ranero, de quien se decía que se alimentaba de algas, ramajes y hablaba el lenguaje de los sapos y las ranas, anduviera en la alharaca de los lugareños que, en las madrugadas  saturadas de tlapayautlis, escuchaban lo que parecía ser un “un concierto saperos”.

 

Más, como nada es eterno, después de haber transcurrido muchos ayeres, la figura de ese hombre  enigmático, huidizo, ermitaño, se diluye en la neblina que trae consigo la indiferencia; salvo algunas personas que atraen su nombre cuando hablan de la contaminación existente en las aguas de la laguna y los cauces de los arroyuelos de Coxtlapa, Xaltipán, Tezahuapa y Cocuilpan, lo grueso de la población no menciona “La cueva del viejo ranero”, ni saben por qué se llama  “Barrio de Cantarranas” a uno de los asentamientos humanos, participantes en la fundación de lo que es ahora la ciudad de Tixtla de Guerrero. Aunque, allá de vez en cuando, no deja de existir alguien que, imprimiendo a sus palabras un dejo nostálgico, suele decir: “El Viejo Ranero, emergió de las aguas y transitó por el rumbo del paraje Mechazingo; bajo la luz tenue reflejada por la luna y la llovizna constante del tlapayautli, caminó al tiempo que ranas y sapos lo seguían y croaban; ¡se alejó, y jamás volvió!”.

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LA ZIHUATATAYOTA

 

De la Zihuatatayota, personaje de leyenda surgido en el entorno tixtleco, se dice mucho. En la actualidad no es exclusivo de Tixtla de Guerrero y sus alrededores, en diversos lugares se habla mucho de ella; dícese que es una mujer elegantemente ataviada con sedas y encajes, alta y de porte altivo, viandante nocturna asidua a los enamoramientos, visitante de aguajes, enigmática y solitaria…  Sea cual fuese su descripción en el contexto de la leyenda que lleva su nombre, cabe escuchar los relatos en los que ocupa primacía, de entre éstos, atendamos lo expresado por don Benigno López Abraján:

Transcurría el año de mil novecientos doce, era la madrugada de un día del mes de septiembre; flotaban en el ambiente frescuras de lluvia  y olores de tierra mojada. Mis amigos de parranda y yo, además de llevar en el estómago abundantes tragos de mezcal, portábamos sarapes para espantar el frío, calzábamos botines y nos cubríamos la cabeza con sombrero de astilla, era los considerados para la paseada. Veníamos de la casa de nuestras noviecitas a quienes habíamos llevado serenata cuando a lo lejos, proveniente del Barrio de Tlatelulco, divisamos la gendarmería realizando su rondín acostumbrado. De ellos, quien iba a la vanguardia, se dejó escuchar un silbatazo a manera “quien vive allí, ¡párense hijos de …”. Iluminadas por la llamarada tenue proveniente de un hachón, nuestras siluetas se delineaban confusas en la distancia. Como viésemos que aceleraron sus pasos para darnos alcance en el lugar denominado Las siete esquinas de la población de Tixtla de Guerrero, cada uno de nosotros tomó camino diferente: Antonio Basilio se dirigió al barrio de San Agustín, Anacleto Dircio enfiló sus pasos al barrio de El Santuario, y yo me dirigí a Los corrales. Crucé La calle ancha, y tomé el rumbo de La alberca; caminaba con pasos inseguros en la oscuridad al tiempo que mi mano derecha palpaba la empuñadura de un verduguillo. Cuando estuve bajo los ahuehuetes que protegen las aguas que brotan y dan sustento a ese balneario, recargado en el tronco de uno de ellos, me sentí a salvo de los guardianes del orden. No sé durante qué tiempo estuve allí en la obscuridad  entreverada por resplandores lunares que se colaban entre los ramajes de los árboles gigantes. Oía el fluir del torrente que afloraba de los veneros cuando de pronto me percaté de un bulto blanquecino que al  acercarse al aguaje fue mostrando la silueta de una mujer alta y portentosa, vestida con ropajes blancos; esperé para observar qué hacía; cuando estuvo sentada en una de las piedras colocadas en rededor del manantial; enamorado como soy, se me alborotaron cuerpo y alma, y sin pensarlo mucho fui hasta donde estaba ella. Su cabellera caía abundante sobre su espalda; por su postura intuí que jugueteaba con las aguas. Todavía no llegaba hasta ella cuando ya le estaba diciendo palabras bonitas y frases encaminadas a enamorarla para obtener sus favores amorosos, y, sin recato alguno, la abracé metiendo mis narices entre sus cabellos que de pronto sentí ásperos, pero como si eso no tuviera importancia seguí tras mis propósito; continué con mis arrumacos al tiempo que ella los correspondía con leves gemidos. Como viese que no oponía resistencia a mis caricias, se me ocurrió decirle: ‘mamacita, dame un besito; ándale preciosura, ¡bésame que ya te estoy queriendo! Repetí eso y otras palabras más para convencerla’; luego sentí que ya me la había ganado; lo comprobé al sentir el movimiento de su cuerpo para voltearse  y quedar frente hacia mí; yo me dispuse a besarla, pero tamaña sorpresa me llevé al mirar su cara, en ésta tenía ojos similares a los de un caballo, sus narices eran chatas como las de un marrano, su frente descomunal y sus labios grueso y floreados dejando entrever dientes descomunales; No obstante que sus manos frías me sujetaban me escapé de ellas y como pude corrí dando alaridos para desahogar mi terror; fui dando traspiés y no paré hasta llegar a mi casa cuya puerta era de madera apenas sostenida por la tranca corrediza que colocaba mi madre para que me franqueara la entrada en caso de una emergencia. Cuando estuve dentro de la estancia enmudecí, no respondí sus preguntas. Al mirar mi estado asustadizo, me dio bebedizos que me hicieron dormir; no supe más de mí hasta pocas horas después que desperté en el amanecer cuando me sentí desposeídos de zapatos, sarape, sombrero y verduguillo que al parece había dejado desperdigados en mi carrera loca; pero ni aún así no corregí mi actuar de enamorado hasta que el tiempo me ubicó en mi condición de anciano atado a esta silla que me soporta con mis más de noventa años vividos. Por eso cuando me preguntan que si existe la Zihuatatayota, mi mente se transporta hasta esos años primeros del siglo veinte cuando en mi condición de paseador recorría, durante las horas de la madrugada, las calles de ese pueblo mío”. 

 

Don Benigno, más conocido como Adrián Alcaraz, exhaló un suspiro al tiempo que su mirada se posaba en el chacuaco de la histórica Hacienda de Chinameca ubicada en el estado de Morelos en donde radicaba como pensionado y propietario de una parcela que el gobierno le otorgó por sus servicios al lado del General Emiliano Zapata en el movimiento revolucionario iniciado en el año 1910. Quienes lo visitaban, hombres y mujeres originarios de la ciudad de Tixtla de Guerrero, México, se miraron unos a otros al tiempo que recordaban la antigua alberca denominada Teoixtla vinculada al relato.

 

 

LA MUJER VESTIDA DE BLANCO

De la antigua carretera que inicialmente unió a Tixtla con Chilpancingo de los Bravo, ruta angosta de difícil acceso que serpenteaba entre laderas y barranquillas, quedan: reminiscencias de camino fragmentado, anécdotas de quienes la recorrieron caminando o conduciendo automotores pioneros del autotransporte actual, y también un halo misterioso de hechos que se adentran en umbrales del mito.

Algunos conductores de automóviles o camiones cuentas que al filo de la madrugada solía verse a la vera de la carretera una mujer alta, delgada y de cabellera larga que aparecía en las cercanías del Puente Zapata edificado sobre una parte del río Cocuilpan que surca las tierras de la antigua hacienda de Ayotzinapa y prosigue por el paraje denominado Las tejerías hasta desembocar en El Cajete, asiento de la laguna de Tixtla de Guerrero.

Dicen quienes tardíamente recorrían esa ruta, ya por trabajo, por atender amores furtivos o por involucrarse en una parranda, que con ademanes solía la dama pedir que se detuvieran y le permitieran abordar el vehículo. Confiesan que al verla envuelta en indumentaria blanca resaltada por la luz de los fanales encendidos, se apoderaba de ellos el miedo que los inducía a encomendarse a Dios, a la deidad de su devoción o a su madrecita santa, jurando que jamás se aventurarían a transitar solos esa ruta en horas de la madrugada. Uno de ellos narró que no obstante que puertas y cristales lo protegían tuvo la sensación de que la llevaba en el asiento trasero de su coche; otro dijo que al pasar frente a ella sintió un frío que le caló los huesos. Unos más y otros menos asustados pero todos dijeron que la mandíbula se les endureció y los cabellos se les crisparon, y si borrachos venían, hasta el efecto del licor consumido se les había desvanecido.

Al construirse la actual carretera Tixtla-Chilpancingo se murmuró que la aparición ocasiona de la “mujer de Blanco” quedaba sepultada bajo los escombros, pero se sabe que en madrugadas de cielo cubierto por nubarrones y cuando hay poco fluir vehicular, algunos conductores trasnochados experimentan la sensación de que allí está a la vera del camino junto al nuevo puente edificado en las inmediaciones de la presa Juan Catalán Verbera, y que con el sólo hecho de recordar lo que se dice de ella, un frío fantasmal se apodera de ellos.

 

EL BURRO SIN CABEZA.

Corre de boca en boca un rumor: “en las noches más obscuras, cuando tixtla estaba escasamente iluminadas con hachones o candiles, un burro sin cabeza recorría el pueblo; era negro, pardo o gris, nadie a ciencia cierta lo supo, lo cierto es que quienes lo veían apenas si distinguían su figura bajo las sombras. Por su rebuznarmacabro y el sonar de sus cascos sobre el empedrado, la gente imaginaba que venía del Zanjón, decía que inicialmente se encaminaba al barrio de San Lucas y que luego de trotar en calle y callejones del pueblo, retornaba por el cauce de Coxtlapa, esto último según lo vertido por don Rafael López, cuya casa estaba a la vera de ese arroyo, quien en repetidas ocasiones escuchó sus resoplidos y carrera loca.
Algunos moradores del lugar llegaron a pensar que el citado burro sin cabeza era invento de borrachines que en altas horas de la noche recorrían las calles, y hasta se afirmaba que habían sido las madres de éstos quienes lo idearon para asustarlos, pero estas suposiciones tuvieron un vuelco cuando un grupo de muchachos, guiados por la curiosidad y ansiosos de aventuras, se propusieron conocerlo. Su obstinación los llevó a esperar noche tras noche, transcurriendo días, semanas y meses hasta que en una madrugada lluviosa del mes de agosto, escucharon que trotaba por las inmediaciones del barrio del Fortín. Se dice que fueron a su encuentro, y que cuando lo avizoraron, el animal detuvo su trote y se mostró dócil, y que luego de aguantar que constataran que no tenía cabeza, que le jalaran la cola y pelos habidos en su anca, permitió que se le encaramaran en el lomo.
Ahora se sabe que, en el amanecer del otro día, en tanto que uno de ellos se le halló con magulladuras en el cuerpo, dando alaridos deloco al tiempo que con una de sus manos restregaba sus lágrimas y con la otra apretujaba un escapulario que su madre le había colocado en el cuello, los otros dos no aparecieron. También se dice que a la par de que a él, le rezaba, lo sahumaba y sobaba con hierbas un curandero para que recuperara su sombra, a éstos se les buscaba por el rumbo de Tezahuapa, el Resumidero y la laguna, pero todo fue inútil. Su desaparición fue un misterio, quedando envuelta en un halo macabro.
La gente de avanzada edad, conocedora de este hecho, rumorea, diceque el burro sin cabeza era un espíritu maligno, brujo o chaneque que se los llevó, un animal del mal que en su loca carrera los condujo hasta el fondo de la barranca de Chompito, en cuyos acantilados, suponen, habita el diablo.
Mucho fueron los rumores en torno a este suceso que aconteció en las postrimerías del siglo XVII cuando aún no existía el servicio de energía eléctrica, diversas fueron las suposiciones basadas en el decir de quien testificó parte del hecho, pero de los dos jóvenes jinetes del burro sin cabeza, hasta la fecha no se sabe nada, sólo queda de ellos la osadía que los indujo a su aventura descabellada.

 

EL DIABLO Y EL ZAHURÍN

Al divisar el cerro de Texcalzin y el hueco que da cabida al resumidero asentados al oriente del valle que da cobijo a la ciudad de Tixtla de Guerrero, viene a cuento lo dicho por algunos ancianos:
“El cerro de texcalzin y el resumidero son resultado de una pelea entre el diablo y un zahurín. Ambos se retaron porque, según el decir de diablo, uno de los dos sobraba en el lugar”
Se dice que, en tanto que la gente quería mucho al zahurín porque era bueno y los ayudaba, al diablo lo detestaban porque les traía malestar y tragedias.
Fue así que el zahurín le dijo a su oponente: “quien haga algo significativo que contribuya a desaparecer la inundación que aqueja a los pobladores de este valle, se quedará aquí”.
Cuentan que, sin pensarlo mucho el diablo, aceptó e inmediatamente partió en dos el cerro que está al oriente del valle provocando que el agua de la laguna se filtrara en poca proporción por lo que ahora se conoce como barranca de Chompito.
Entonces el zahurín dio tremendo puntapié en la base del cerro de Pacho en donde abrió una cavidad por donde el caudal de la laguna fluyó generosamente. Grande fue la sorpresa del diablo pero más lo fue al percatarse que con la tierra desgajada del cerro se había formado un montículo que al transcurrir el tiempo habría de llamarse Texcalzin.
Al verse derrotado el diablo intentó deshacer el trato pero el zahurín lo obligó a cumplir su palabra.
Algunos dice que un remolino tormentoso se lo llevó, aunque no falta quien afirme que, avergonzado y triste, se refugió en la barranca de Chompito en donde fue presa de un hechizo que lo mantiene cautivo.

 

 

EL FÉRETRO

Cuentan los moradores asentados en las cercanías del paraje denominado Las cuevitas en la ciudad de Tixtla que con frecuencia veían un ataúd, en la oscuridad y mitad de la calle, custodiado por dos velas encendidas. Y que como viesen que aquí y allá aparecía y desaparecía sin dejar rastro pero sí, espanto entre los pobladores que deambulaban en la noche, armados de valor y machetes los hombres fueron hasta donde estaba el féretro. Comentan que no obstante que el miedo hacía que se le doblaban las piernas y la quijada les bailoteara, lo sujetaron con reatas y arrastraron calle abajo hasta llegar al cauce del arroyo de Coxtlapa en donde lo arrojaron, lanzándole maldiciones.
Afirman que era una madrugada lluviosa de un día sábado de septiembre y que aunque los protagonistas de esta proeza se sentían aún acobardados por el miedo, la gente acudió a felicitarlos. Y no faltó quien organizara un festín para ahuyentar sus temores.
Dicen que casi todos los vecinos acudieron al jolgorio, solo falta don Susano Cayetano Piedra, y que como viesen que la puerta de su casa permanecía cerrada, uno de sus amigos fue hasta ella y lo llamó por su nombre pero no obtuvo respuesta alguna, sólo escuchó un leve quejido. Se rumorea que, curioso como era el fulano, se acercó y por un agujero habido en el chinantli observó que el hombre estaba tirado en el suelo.
La noticia causó compasión entre los presente propiciando que música y bulla cesaron repentinamente. Todos acudieron a la casa de su vecino, el curandero, como comúnmente lo llamaban. La mayoría de ellos se preguntaban quiénes habían sido los desnaturalizados que había sido capaces de propinarle esas tremendas magulladuras. La mayoría encogía los hombros en señal de ignorancia, pero no faltó quienes atribuyeran éstas a las andanzas de don Susano en su correría de brujo curandero.
Desde entonces, asegura la gente, no volvió a saberse del féretro y su velas vigían en plenitud de las noche, propiciando que las personas deambulen tranquilas por las angostas y empinadas calles del entorno.

 

 

LA GALLINA CON POLLOS

Sea dicho de paso que sin considerar si es verdad o mentira se afirmaba que en algunas noches iluminadas por la luna, se escuchaba y veía transitar una gallina negra acompañada de decenas de polluelos que piaban. Según el decir de quienes dan referencia de este acontecer, salía al paso de los trasnochados paseantes para luego perderse en los recovecos del paisaje pueblerino.
Afirma la gente que alguien, entrado en copas, quiso alcanzarla pero que en su intento las piernas se le aflojaron y que en las primeras horas del siguiente día, temblores y escalofrío invadieron su cuerpo, siendo por ello necesaria la presencia de quien, valiéndose de rezos, buches de mezcal lanzados a los vientos y untadas de hierbas, le procurara alivio.
Se sabe que un envalentonado vecino del pueblo de Tixtla se propuso terminar con la citada gallina y que valiéndose de sus perros recorrió las calles en busca de ella, pero que éstos tan pronto la divisaron empezaron a aullar y gimotear como si algo les doliera.
También se dice que repentinamente desapareció, aunque quienes intentaron aprisionarla, aseguraban que en lo más profundo de su sueño escuchaban el cacaraquear de ella y piar de sus polluelos.

*Libro «Barrios, Tradiciones y Leyendas de Tixtla.» coautoría: Margarito López Ramírez y Reynaldo Alcaraz Peñaloza