Margarito Lopez Escritor guerrerense
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CINCUENTA ANIVERSARIO DE LA GENERACIÓN 1957-1963 DE AYOTZINAPA

abril 26

 

Primer encuentro de ex-alumnos de la Escuela Normal Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa Gro. Generación 1956-1963.

La Normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, Gro.  ha generado una pléyade de maestros que han llevado su mensaje de enseñanza a diversos lugares de la República Mexicana; ha formado y brindado la oportunidad a quienes han decidido servir dentro y fuera de los espacios áulicos destinados a la docencia; es fuente de saber en donde han abrevado algunas mentes jóvenes que a la postre han destacado en la labor educativa y/o como luchadores sociales. Es la Normal de Ayotzinapa la instancia educativa que por más de 80 años ha formado y sigue produciendo docentes inmersos en el proceso enseñanza-aprendizaje   destinado  a los niños que habitan las zonas marginadas del suelo nacional.

 

Busto que muestra la imagen del maestro Raúl Isisdro Burgos, hombre probo, inteligente, culto, sensible a los movimientos sociales emanados de La Revolución Mexicana quien a partir del año de 1930 le imprimió mística y apostolado magisteriales haciéndola florecer en el nuevo asiento dado a ella en la ex hacienda de Ayotzinapa situada  en el suroeste del valle que cobija a la ciudad de Tixtla de Guerrero, México…

A muchos años de distancia, se valora la labor de los maestros, trabajadores del campo, el personal encargadas de las áreas que daban sustento a la comunidad,  y de quienes fueron directores que , por mucho tiempo, garantizaron la formación profesional y el rumbo destinados a los egresados de las escuelas normales rurales.

Antiguas edificaciones. Y Al fondo,  franja de tierra que los alumnos cultivaban…

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Cuando han transcurrido los años y en la vida de docente se conjuntan ayeres vinculados a la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, impulsados por un sentir generacional, se experimentan  interrogantes que cimbran la mente de sus egresados: ¿Qué de sí guarda ese santuario dedicado al saber y al aprendizaje?, ¿qué es en esencia su egregia imagen de formadora de maestros rurales?… Algunas respuestas encuentran sustento en fragmentos de la canción “AYOTZINAPA” de Aníbal R. Castro:

… Ayotzinapa, eres luz de un sol radiante

y esperanza de un hogar…

… Tienes un jardín de juventud

que cultivas con fervor…

Ayotzinapa, eres luz…

Ésto hacen alusión a lo que que de grande y generosa a sido la presencia de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos, sin soslayar la obra educativa del Ing. Rodolfo A. Bonilla, fundador de la escuela rural “Conrado Abundez,” denominación que tuvo en Tixtla Gro., la actual Normal de Ayotzinapa.

 

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REMEMORACIONES:

Reuniones de planificación y convivencia con miras a la conmemoración del cincuenta aniversario de la Generación 1957-1963 de la Escuela Normal Rural “Raúl Isisdro Burgos” de Ayotzinapa.

 

Inicial reunión, en Acapulco de Juárez, Gro. (enero 2012)

Vicente Serna Delagado, Margarito López Ramírez, Abimael Pérez López

En Acapulco de Juárez, Gro. (febrero 2012)

 

 

 

 

 

 

 

 

En Acapulco de Juárez, Gro. (mayo 2012)

En La Costa Grande de Guerrero. (noviembre 2012)

En Acapulco de Juárez, Gro. (enero 2013)

 

En Taxco de Alarcón, Gro. (abril 2013)

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Y luego de participar y esperar, llegó junio de 2013. La cita fue en el seno de nuestra Alma Máter: Escuela Normal Rural “Raúl Isisdro Burgos” de Ayotzinapa.

Sin ostentación alguna, sin ampararse en la ampulosa mención de títulos obtenidos en el ejercicio profesional, sin considerar alcances administrativos en el desempeño educacional,  ni nivel económico preponderante en la vida privada, “de igual a igual” nos reunimos una vez más integrantes de la generación 1959-1963 de la Normal “Raúl Isidro Burgo” de Ayotzinapa, Gro. La mayoría de los asistentes, procedente de las distintas regiones de la entidad guerrerense, arribamos expresando alegría y beneplácito con emocionado acento a nuestros condiscípulos en el ayer lejano. Los más de los asistentes llegamos acompañados de nuestra esposa quien, en su momentos, manifestó regocijo al escuchar que su esposo agradecía su presencia y  hacía sincero reconocimiento de su compañía “en las buenas y en las malas…” que contribuyó  al alcance que había logrado después de 49 años de haber egresado de  nuestra alma máter.

En un ambiente de camaradería evocamos  a nuestros  maestros a quienes respetamos y de quienes tomamos  conocimientos y ejemplo para cumplir nuestra encomienda educacional en las escuelas rurales asentada en pequeña comunidades; atrajimos aquellos momentos en los que cultivamos la tierra de nuestra escuela normal sembrando maíz, hortalizas, sandía, melones y otros frutales bajo el mando de peritos agropecuarios y maestros de campo; nos vimos arando tras conducir el tronco remolcado por un par de bestias mulares; recordamos  tiempos de pastores de cerdos, criadores de conejos, gallinas y cuidadores de vacas propiedad de la comunidad estudiantil; citamos vivencias vinculadas a momentos en los que, custodiados por el Maestro Vicente Osorio Regino, aprendieron a cultivar abejas en el apiario constituido por más de 150 colmenas asentadas en un huerto de limones agrios que siempre lucía limpio dejando entrever el zacate recortado. Alguien mencionó la convivencia que había entre la comunidad de la ciudad de Tixtla y el alumnado de Ayotzinapa, y de ésta derivó la evocación de noviazgos con damitas tixtlecas o procedentes de otras escuelas normales, se hicieron comentarios relacionados con los bailes de postín en el Salón Esperanza o los “huateques” en los hogares animados por “La orquesta de Don Chivete” , “Los Dircio”, o en su defecto por quienes llevaban música usando sus “aparatos de sonido” (don Fernando, don Cacaztli,…), se hizo alusión a programas sociales, culturales que se presentaban de parte de la Normal o de manera mancomunada con alumnas de “La Normal Beatriz Hernández García”, se comentaron aquellas bromas que se jugaban entre los compañeros estudiantes, ¡provocando éstas, algarabía!

Hasta nosotros llegó la pasión magisterial del maestro Raúl Isidro Burgos, por eso aún con muchos años sobre nuestras espaldas, se guarda la imagen del maestro por antonomasia, el forjador de generaciones de profesores rurales, el incansable hombre culto, constructor de esta escuela que es fuente de docentes; también está presente el momento en que por la puerta principal vimos acercarse al varón cual profeta que caminaba lento pero seguro, al hombre maduro quien con voz afable pero franca y sonora respondía los saludos y manifestaciones de afecto proveniente de la comunidad que conformaba la escuela Normal Rural de Ayotzinapa: directivos, maestros, hombres y mujeres responsables de las labores en campos de cultivo, la cocina, de lavandería, el consultorio médico, las oficinas y alumnos lo aclamábamos. Era el maestro Raúl Isidro Burgos Alanís cubierto por indumentaria blanca, hombre de ojos azules, piel cabellera y barba blancas; era el hombre que hasta su muerte amó esta escuela normal que lleva su nombre

¡”Días aquellos!”, dijo alguien en los que en la Escuela Normal “Raúl Isidro Burgos” se estudiaba, se educaba, se aprendía a vivir en armonía con los directivos, maestros, trabajadores de la escuela y la sociedad; “tiempos aquellos” en los que se formaba a maestros rurales para cumplir su cometido educacional. El comentario se aposentó en los presentes, e indujo a  la reflexión…, a la añoranza,…

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Programa a desarrollar

 ASISTEN:

  1. Abimael Pérez López
  2. Baltazar de la Sancha Villa
  3. Benjamín Alcaide Moreno
  4. Carlos Morales Meza
  5. Carlos Navarro Nava
  6. Celedonio Galíndez Villa                                     
  7. Delfino Pérez Figueroa
  8. Domingo Alcaraz Flores
  9. Eduardo Marbán Robles
  10. Efraín Ortega Carbajal
  11. Eleuterio Salado Gutiérrez
  12. Emilio García Potzin
  13. Enrique Raúl Arriaga
  14. Féliz Echeverría Barrera
  15. Francisco Alcaraz Flores
  16. Joel Ortiz Hernández
  17. Jorge Elizalde Ayala
  18. José María Mújica Guerrero      
  19. Luis Astudillo García
  20. Margarito López Ramírez
  21. Miguel Ángel Cuevas
  22. Neftalí Valadez Hernández
  23. Pablo Hernández Morales
  24. Pablo López Espíritu
  25. Ramiro Rivera          
  26. Vicente Serna Delgado
  27. 27Víctor Ruiz Rodríguez

 

Presentación de la Revista: “AYOTZINAPA, eres luz…”

 

Editorial

Mas que un lucimiento personal, la edición de la revista “AYOTZINAPA, ERES LUZ”… tiene la finalidad de asentar en tinta y papel testimonios de nuestro acendrado amor hacia nuestra Alma Máter, el respeto y admiración que profesamos al maestro Raúl Isidro Burgos Alanís apóstol de la educación rural y fundador de esta noble institución educativa que en sus inicios se llamó “Conrado Abundes” en la ciudad de Tixtla de Guerrero, el profundo agradecimiento que profesamos a nuestros directores, maestros y trabajadores que contribuyeron al funcionamiento y grandeza de esa escuela rural, y saludar  a la comunidad estudiantil que actualmente cursa estudios para ingresar al ejercicio docente. Asimismo, manifestar el reconocimiento merecido a quienes, como nosotros, tuvieron la fortuna de educarse en Ayotzinapa, y dejar constancia del ser y hacer de un puñado de  muchachos imberbes que ingresamos como alumnos del primer grado de educación secundaria  en el año de 1957.

Si bien es cierto que a partir del 22 de junio del 1963 nos dispersamos para cumplir nuestra encomienda educacional en apartadas comunidades del suelo nacional y en la mayoría de los casos no regresamos a la Escuela Normal que nos formó, lo es también que nunca es tarde para conjuntar nuestros sentimientos hacia ella y a quienes nos cobijaron y dieron rumbo a nuestras vidas. Hoy  22 de junio de 2013 al cumplir cincuenta años de haber egresado como profesores rurales, regresamos reverentes, nos reunimos en el seno de ella sin ostentación alguna, sin ampararnos en la ampulosa mención de títulos obtenidos en el ejercicio profesional, sin considerar alcances administrativos en el desempeño educacional  ni nivel económico preponderante en la vida privada, retornamos y convivimos de igual a igual como cuando fuimos condiscípulos. No acudimos todos los integrantes de la generación porque algunos cumplieron su ciclo de vida, pero a nombre de ellos y nuestro propio, manifestamos, ante el busto que representa la egregia figura del Maestro Burgos Alanís, haber cumplido con  el compromiso contraído bajo juramento: “trabajar y velar por los intereses de la niñez y la juventud”. Con la salvedad de que la valoración de nuestro desempeño en la docencia se somete al juicio que emita la sociedad, testigo fiel de ello.

He aquí que hoy como ayer y siempre, proclamamos el sentimiento genuino que nos anima: ¡Viva la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa!

 

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Aconteceres …

Ofrenda en el busto que denota la figura del Maestro Raúl Isisdro Burgos.

 

 

 

 

 

 

 

Colocación de la Placa conmemorativaen el vestíbulo del edificio principal

Los integrantes de la Generación 1957-1963 de la Nomal Rural de Ayotzinapa, amén de rememorar la obra del profesor Raúl Isidro Burgos, hombre probo, inteligente, culto, sensible a los movimientos sociales emanados de La Revolución Mexicana.  Maestro excelso  quien a partir del año de 1930 imprimió su mística y apostolado docente a la Escuela Normal que lleva su nombre, haciéndola florecer en el ámbito de la ex hacienda de Ayotzinapa situada  en el suroeste del valle que cobija a la ciudad de Tixtla de Guerrero.

Atrajeron reminiscencias del respeto y cariño que profesaron a sus directores y maestros ( entre otros: Celedonio Serrano Martínez, Wallert Huesca, Manuel Palí Uc, Aquiles Nava Hernández, Ramón Rivera, Ana Barajas, María Ramírez, José González Alarcón, Melchor López Parra, Mario Gutiérrez Arteaga, Agustín Viveros Hernández, Vicente Osorio Regino, Ramiro Basilio Encarnación,.. ), e hicieron hincapié en la obediencia y apego  que profesaron a los trabajadores que operaban en el campo, talleres, panadería, lavandería, la cocina,…

En la recapitularon de su actividad, dedicaron un minuto de aplausos a sus ex – compañeros, quienes que “han pasado a mejor vida”: Adelfo García García, Adrián Mora Solache, Agustín Xoyatzin Ramírez, Anatolio Potzin Ramírez, Antonio Urieta Sánchez, Artemio Rojas Velázquez, Carlos Flores Lozano, Crisanto Román Quezada, Efrén Díaz Palacios, Exiquio Ramírez Rodríguez, Lucio Cabañas Barrientos, Máximo Arzate López, Moisés Barrera Sánchez, Silvano Radilla Hernández y Carlos Nava Navarro…

 

Guardia y ofrenda ante la estatua del Gral. Vicente Ramón Guerrero Saldaña en Tixtla de Guerrero. Consumador de la Independencia de México.

Se contó con la presencia de ex compañeros de otras Generaciones; el Ing. Gustavo Alfredo Alcaraz, Presidente Municipal de Tixtla de Guerrero,  y el laudeado poeta guerrerense, don Manuel S. Leyva Martínez.

 

 

ESCUELA NORMAL RURAL DE AYOTZINAPA

abril 26

 

 

 

ESCUELA NORMAL RURAL “RAÚL ISIDRO BURGOS” DE AYOTZINAPA

 

Por Margarito López Ramírez

 

Cuando han transcurrido los años y en la vida del docente se   conjuntan ayeres vinculados a la Normal Rural de Ayotzinapa, denominada “Escuela Rural Conrado abundes” en sus inicios acaecidos en 1926 bajo la conducción del Ing. Rodolfo A. Bonilla en Tixtla de Guerrero, se experimentan  interrogantes que cimbran la mente de sus egresados: ¿Qué guarda ese santuario dedicado al saber y el aprendizaje?, ¿qué es en esencia su egregia imagen como formadora de maestros rurales?… Algunas respuestas encuentran sustento en la canción “AYOTZINAPA” de Aníbal R. Castro cuando dice:

Que mi canto llegue ya/ hasta el último rincón/ de esta tierra/ que está llena de ilusión/ La nostalgia llega a mí/ me dan ganas de llorar/ porque tú en mi corazón/ siempre, siempre estarás/. Tienes un jardín de juventud/ que cultivas con mucho fervor/ Aprenden de ti toda tu virtud/ Tienes que luchar por ser mejor Ayotzinapa, eres luz de un sol radiante/ y esperanza de un hogar/ Nunca hacen falta cantos de aves/ que no duermen, unas llegan, otras van/ Ayotzinapa, eres tú gran colorido/ de belleza y tradición/ Ayotzinapa, siempre tan sonriente/ pero sabes del dolor./ Hoy por siempre tú serás/ la maestra del saber/ porque encierras/ tantas cosas que aprender/ Cantando quiero seguir/ Mejor cantando me voy/ Se despide de ti/ este humilde trovador,…

Composición poética inspirada en la personalidad del maestro Raúl Isidro Burgos Alanís, hombre probo, inteligente, culto y sensible a los movimientos sociales emanados de la Revolución Mexicana quien, como lo afirma don Aquiles Nava Hernández que fue destacado alumno, maestro y director de esta emérita institución, a partir del año de 1930 le imprimió mística y apostolado magisteriales haciéndola florecer en el nuevo asiento dado a ella en la ex hacienda de Ayotzinapa situada en el suroeste del valle que cobija a la población tixtleca.

Consciente de que se necesitaba un maestro identificado con la población más pobre y apartada de la civilización, el maestro Raúl Isidro Burgos se dio a la tarea de cautivar y hermanar conciencias para hacer del ejercicio docente una misión; se propuso fraguar profesores rurales identificados con las clases más desprotegidas que combinaran el trabajo áulico con las labores del campo y el trabajo social y cultural en la población a la cual fuesen asignados. Idealizó un maestro que no olvidara ni se avergonzara de sus orígenes vinculados al campo y quienes lo cultivaban, un ente que en ocasiones no sólo fuese el profesor de los niños y adultos sino también gestor, consejero, médico, escribano, músico, inductor de ocupaciones y artes, y en ocasiones, pedidor de casamenteras y arreglador de entuertos familiares. No se limitó a instruir y enseñar a enseñar, su visión y misión fueron más allá de la formación académica.

Bajo el timonel de su gestión como director, el muchacho o la muchacha procedentes de hogares campesinos fueron inducidos a aprender haciendo, a perfeccionar sus prácticas en el cultivo de la tierra, a apropiarse de oficios y ocupaciones. No sólo se les estimuló a tener amor a la docencia y se les ayudó a incrementar su apego a la tierra que da sustento, se les propició un despertar cultural y se les dieron herramientas para que fueran profesores activos, inductores, pensantes, constructivos…

Quienes conformamos la generación que egresó en el año 1963, no convivimos en la comunidad estudiantil de los años l930-1935 período en el cual el maestro Raúl Isidro Burgos fue constructor y director de esa escuela normal, pero hasta nosotros llegó la pasión de su ejercicio magisterial. Nuestros pies hollaron surcos y nuestras manos palparon la tierra para cultivar simientes; se nos instruyó en la cría de ganado y el aprovechamiento de materias primas, nos equipararon con el abecedario y la forma de cómo llevarlo a los rincones más apartados de la topografía nacional, nos enseñaron a palpar las manos de los humildes sin sentir repugnancia, nos indujeron a ser de por vida, no sólo de moda generacional, profesores vinculados con los anhelos y las luchas sociales del pueblo a quien nos debemos. Y algo muy importante, en la escuela Normal de Ayotzinapa se nos enseñó a respetar a nuestros maestros porque con ello se pretendía que fuésemos reflejo de la manera de comportarse y poseedores de un bagaje académico y cultural similar al de nuestros mentores. Se nos indujo a ir en pos de nuestros anhelos sin vender nuestra conciencia.

Por eso en el Cincuenta Aniversario de haber egresado de esa magna institución educativa, aunque con muchos años sobre nuestras espaldas y canas en las sienes, guardamos la imagen del maestro Raúl Isidro Burgos, la de los directores, profesores y demás trabajadores de la Normal de Ayotzinapa, sin olvidar que en la escuela rural asentada en los rincones más apartados del suelo nacional, se necesitan maestros dotados de un andamiaje que les permita llegar más allá del espacio áulico, mujeres y hombres que se involucren en los problemas de la comunidad, docentes que, además de poseer y manejar técnicas y conocimiento académicos, sean poseedores de un bagaje cultural al servicio de la población.

En resumen: el suelo patrio demanda maestros conscientes de su misión, sabedores de que nadie da lo que no tiene ni puede enseñar lo que no ha aprendido. He ahí que quienes se forman en la normal de Ayotzinapa deben honrar la memoria del Maestro Raúl Isidro Burgos y enaltecer su imagen de apóstol de la docencia a través del estudio diario que los apropie de herramientas necesaria para ser docentes que a semejanza de lo que fue el maestro rural de antaño, impulse la escuela de las comunidades más apartadas del solar nacional, haciendo de ésta, parafraseando la descripción expresada en torno a la escuela rural de antaño: “la casa del pueblo, lugar de reunión de la comunidad en donde abreven los anhelos de los desposeídos, dínamo que impulse los esfuerzos para resolver problemas ancestrales…

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La normal Rural “Raúl Isidro Burgos” ha producido una pléyade de maestros que han llevado su mensaje de enseñanza a diversos lugares de la República Mexicana; ha formado y brindado la oportunidad a quienes han decidido servir dentro y fuera de los espacios áulicos destinados a la docencia; es fuente de saber en donde han abrevado algunas mentes jóvenes que a la postre han destacado en la labor educativa y/o como luchadores sociales. Es la Normal de Ayotzinapa la instancia educativa que por más de 80 años ha formado y sigue produciendo docentes inmersos en el proceso enseñanza-aprendizaje   destinado  a los niños que habitan las zonas marginadas del suelo nacional.

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Busto que muestra la imagen del maestro Raúl Isisdro Burgos, hombre probo, inteligente, culto, sensible a los movimientos sociales emanados de La Revolución Mexicana quien a partir del año de 1930 le imprimió mística y apostolado magisteriales haciéndola florecer en el nuevo asiento dado a ella en la ex hacienda de Ayotzinapa situada  en el suroeste del valle que cobija a la ciudad de Tixtla de Guerrero, México…

 

 

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Antiguas edificaciones. Y Al fondo,  franja de tierra que los alumnos cultivaban…

 

 

 

 

La Normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, Gro.  ha generado una pléyade de maestros que han llevado su mensaje de enseñanza a diversos lugares de la República Mexicana; ha formado y brindado la oportunidad a quienes han decidido servir dentro y fuera de los espacios áulicos destinados a la docencia; es fuente de saber en donde han abrevado algunas mentes jóvenes que a la postre han destacado en la labor educativa y/o como luchadores sociales. Es la Normal de Ayotzinapa la instancia educativa que por más de 80 años ha formado y sigue produciendo docentes inmersos en el proceso enseñanza-aprendizaje   destinado  a los niños que habitan las zonas marginadas del suelo nacional.

 

 

 

A muchos años de distancia, se valora la labor de los maestros, trabajadores del campo, el personal encargadas de las áreas que daban sustento a la comunidad,  y de quienes fueron directores que , por mucho tiempo, garantizaron la formación profesional y el rumbo destinados a los egresados de las escuelas normales rurales.

 

Opiniones y fragmentos de mis obras literarias:

abril 25

 

 

Su lenguaje es llano, impregnado de anécdotas, refranes y ocurrencias que emergen de la sabiduría popular:
-Si la quieres, métele sentido a lo dicho por la tía Carbajala –reza en uno de sus párrafos-: has de cuenta que se te cayó tu rebanadas de sandía y por lo mucho que te gusta y lo sabrosa que está, la levantas, le quitas la tierrita que se le ha pegado, y te la llevas nuevamente a la boca, saboreándola, disfrutándola sin importarte lo que diga la gente…

Opina: José Luis González de la Vega

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La tía Pola

 

A través de la narrativa de tintes costumbristas, el  autor entreteje descripciones que dejan a flote el puente de afectos que une a dos personajes a quienes da vida y recrea con expresiones propias; dos vidas, dos destinos, doña Pola y Mostrenco en el entorno del pueblo: “La loma de los vivos”.
Alfonso Maldonado Arellano
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Murmullos de arena

 

En MURMULLOS DE ARENA, Margarito López Ramírez ratifica su vocación narrativa expresada en sus obras literaria anteriores; describe paisajes tropicales y muestra con detalle el intrincado mundo de la costa: ambiente festivo, alegre, pícaro y sensual en donde la vida y la muerte se tocan ineludiblemente, y la pasión y el amor se desbordan de manera incontenible.Leer estos relatos, es como caminar sobre la arena cálida y suave de nuestros litorales, es atraer y rescatar  fragmentos de vida impregnados de mar, de sal y de sol.Imagino a Margarito, a la manera de contador de cuentos: al centro y a su alrededor, chiquillos y viejos que se aprestan a escuchar los murmullos de la arena que, merced a su pluma literaria, llegan hasta nosotros.
Dra. Malinali Meza Herrera.

DIOS NO CUMPLE ANTOJOS…
“… Por eso cuando me avisaron que se
había marchado sentí coraje y la maldije.
¡Sí! Pero ahí está que, pasado un tiempo
apenas el necesario que se necesita para

bajar un berrinche, un montón de
sentimientos encontrados me invadieron.
¡Cierto! No les miento, quería que las
mayores desgracias cayeran sobre ella,
que males grandes la invadieran… que
esto, que lo otro la atosigara, pero, ahí
está que, también quise que viniera, que
de pronto apareciera junto a mí, que yo
por mi parte –pensé– la recibiría como si
nada hubiera pasado; pero, como bien
dicen: “que Dios no cumple antojos ni
endereza jorobados”, pues ahí nomás
quedaron arrebatos y deseos.
“…Ahora que me cuentan que la han
visto, y no obstante que dicen que le ha
dado por alardear amoríos que no suma
porque ha perdido la cuenta de cuántos y
cómo los ha tenido; sosegado, me digo
para mis adentros: “aunque así sea,
porque la mera verdad es que la traigo
metida en el alma”. Y, otra vez me da en
pensar en ella; evoco su cuerpo bello y
joven, añoro su rostro iluminado por

grandes y azules ojos que guardan
destellos febriles junto a esa nariz
portentosa de aire majestuoso, y esos
labios sensuales pródigos a decir “te
amo”. Y, entonces, también me parece
recordar lo que pasó cuando de pronto se
le fue la alegría, cuando ya no quiso ver la
inmensidad del mar, ni el ajetreo en la
laguna; tampoco el filón arenoso de La
Barra y sus enramadas, y le brotó un aire
desdeñoso hacia mi canoa, utensilios y
faenas de pescador como si de pronto le
hubieran hartado, y sí, en cambio, le vino
aquella inquietud que la hacía distraída,
ese suspirar que le ahogaba como si le
faltara vida, y su afición a dejar prendida
la mirada en luces que a lo lejos
coronaban crestas del caserío en la
ciudad. Por eso, ahora que me dicen que
la han visto con cara pintarrajeada,
vestido floreado, zapatos de tacón alto y
bolsa que columpia en el hombro; llego a
pensar que tal vez sea mejor así, ¡que sea
feliz!, si es que lo es; que haga su vida,
que siga su camino y yo el mío; que ame
a alguien como tal vez me amó, o que
simplemente viva como quiera vivir.
Pero, luego, también pienso que yo
todavía la puedo hacer feliz, que valdría
la pena intentarlo, y que por ello hasta
dispuesto estaría a olvidar que se fue;
olvidar que estuvo con alguien más, y que
su cuerpo fundió como lo hizo conmigo.
¡Ya sé! ¡Sí!, ¿sí! Piensan en el “qué dirá
la gente”; pero aunque así fuera, ¿qué
importa, si yo, como les dije, la quiero?
Por eso, sin pensar en el qué dirán, estoy
aquí con mis pensamientos que de pronto
se nublan y me encadenan; estoy en la
oscuridad de la noche, en el balbucir de
aguas del mar y la laguna, con la mirada
fija en lejanías y luces que provienen de
la ciudad; estoy metido en torbellinos que
me invaden al evocar la manera de
platicar y el modo bonitos que tiene para
amar; estoy sobre la arena, escuchando
murmullos, sin importar que lo mío sea
cariño o simple costumbre que me haya

nacido de ella, de su manera y modos que
tiene…”

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La categoría, clase o rango literario, se logra mediante la razonada meditación. El esfuerzo a que se sometió el intelecto de Margarito López Ramírez, produjo frutos  cargados de armonía, perfección, pureza, estilo, gracia, delicadeza, compás, forma, idea, para construir un conjunto impactante que impresiona, agrada, encanta y complace…
Alejandro Martínez Carbajal
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Paloma María

 

El contenido de este libro es breve y su lenguaje, llano. El autor, profesor egresado de la Normal Rural “Raúl Isisdro Burgos” de Ayotzinapa, trae a cuento y describe con singular sencillez, matices de un drama que altera la tranquilidad de un pueblo rezagado como muchos hay en el suelo mexicano. 
Una vez más, como lo plasma en sus libros: IMÁGENES Y MATICES, CONCHO TERENSIO Y MURMULLOS DE ARENA, en éste, Margarito López Ramírez demuestra su apego al entorno provinciano. He ahí que PALOMA MARÍA se acoja como algo que constata y valora el sentir, decir y actuar de algunas personas que habitan el entorno pueblerino.
José Manuel Tepetate Moyao

“… Es un pueblo pachanguero al que
concurre la gente de otros lugares. Aquí
cuando no es víspera, es día de festejo de
algún santo u ochavario de algo
relacionado con sus barros tradicionales.
“… El ornamento con papelería crepé, así
como arcos y postines hechos de flores,
hojas y varas verdes, el paseo de
mayordomías, encuentros con desfiles de
bandas y la algarabía que trae consigo el
chile frito y el tronar de cohetería, son
pan de cada día. Hay constantes
peregrinaciones de gente devota que deja
su casa y demás cosas que quiere para
concurrir a venerar a la santa patrona de
este lugar. Su feria se ve concurrida por
personas fuereñas que trae ofrendas:
flores, cirios y en ocasiones animales,
maíz, fríjol y otros productos que dan en
llamar diezmo. Las plazuelas que están
frente a las capillas en los barrios, se
llenan de juegos mecánicos, vendedores
de artesanías y antojitos. Al anochecer,
cuando han cesado los sonidos
armoniosos de la flauta y tamborilla que
anuncian el porrazo de tigres escenificado
por hombres que miden sus fuerzas y
habilidad luchadora, como un acto de
magia revestido de esplendor, se ilumina
el cielo con fuegos artificiales, la
cohetería estalla y provoca exclamaciones
de asombro y alegría al tiempo que se oye
el jolgorio que arman músicos y
bailadores de tarima y resuena la cantaleta
de quien pregona las cartas de la lotería:
“el que le cantó a San Pedro (el gallo), el
que goza de dos cueros (el tambor), larga,
gruesa y cabezona (la garza), la cobija de
los pobres (el sol), valiente con la mujeres
(valiente).
“… Es un pueblo folclórico”, dicen
quienes vienen de visita, un lugar con
ambiente que invita a regresar, provincia
bañada de sol, terruño con quietud y sabor
a campo. Aunque mucho de ello se ha ido
perdiendo al transcurrir el tiempo y es
notoria la presencia de personas extrañas
que han influido en el trato que se daba
antaño entre los habitantes, se le sigue
considerando un lugar como ya pocos
hay, un pueblo con rumbo, solar de
paisajes: huertos, sembradíos que semejan
tapiz de verdor y colorido diversos, casas
y chozas confortables, calles y callejuelas
recubiertas de cantos y lajas por donde se
va y viene llevando alegría, trayendo
tristeza, y también amores y desamores,
que son; como bálsamos de vida, como
designios inexorable.
“… Cuando se ha nacido y vivido en este…”

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 Nos muestra el paisaje emocional de una jovencita que vivió una infancia amputada y ayuna de cariño. Cada estampa representa a la protagonista que experimenta contante metamorfosis coloreada de infinitos matices coincidente con la aparición del amor. Además es cruel recordatorio a la sociedad para modificar de raíz patrones de comportamiento y prácticas educativas anacrónicas carentes de pertinencia y funcionalidad…
Silvia Ojeda Jiménez

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Concho Terensio

En este conjunto prosado se delinean personajes y ámbitos pueblerinos que reflejan imágenes del México oculto, apartado y olvidado…
En algunas ocasiones sus actuantes semejan seres ingenuos en el decir, y hasta fuera de contexto en el hacer, pero la similitud de éstos y los entornos que se emulan, están ahí apenas si volvemos la vista hacia las afueras de la ciudad en donde se manifiestan intentando sobreponerse a la pobreza y desesperación que los subyuga…
Daniel Pano Cruz

“… El tal Terensio, desde su nacencia
traía aires de complicado que no se
pueden olvidar fácilmente. Para empezar,
cuenta la tía Chona que a ella y al
doctorcito que vino de la capital les dio
mucho trabajo traerlo al mundo, dizque el
pinche chamaco traía el cordón umbilical
enredado en el pescuezo.
“… Desde que tuvo sus primeros años se
empezó a comentar sobre su persona;
entre lo que más se le achacaba, y que me
consta, le puedo decir:
“… Primero, que tenía la “sombra
pesadas”, por aquello de que “mataba”,
por decir así, a sus hermanos menores que
murieron inexplicablemente: uno de
tiricia, otro de espinilla y el último, creo
que de chorrillo amarillo; mientras que el
muy cabrón se veía lleno de vida. Esto
motivó que se quedara como hijo único, y
con todo el cariño de J. Concepción y de
Teresa.
“… Otra cosa que le puedo informar de
Terensio, es que sabía echar mal de ojo…

“… Y, por si se imagina que son puros
cuentos; ahí le va algo de ello: a la hija de
Malaquías Palomero, la pichotita, a quien
no quisieron que Terensio la tocara
porque podía ensuciarla con las manos
que dizque mugrosas, fue necesario que
don Tobías Panchito le rezara magníficas,
avemarías y padrenuestros, que la rociara
con mezcal y la sobara con flores de
pericón… A don Cástulo reyes le secó un
árbol limonero con sólo decirle en tono
burlón: “don Casto, se le va a secar el
palito…”
“… Ni para dudarlo: el tal Terensio,
desde su nacencia traía aires de
complicado… Muy complicado…”

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Este libro, además de ser una obra llena de anécdotas y humor que divertirá al lector, representa el testimonio de la vida cotidiana de Tixtla de Guerrero que servirá para preservar en la memoria de los tixtlecos a quienes en distintos momentos han llenado de picardía los días de su soledad.
 Consejo Editorial de de Cuadernos Tixtlecos

 

De entre otros Personajes de singular importancia:

 

EXTRAÍDOS DEL “ESCUADRÓN DE LA MUERTE…”

 “… Hombres y mujeres, por su origen y naturaleza, tienden a reunirse, agruparse, acogerse, aglutinarse en el seno de la sociedad y en ocasiones fuera de ésta.  Y he ahí que haya: grupos, pandillas, asociaciones, equipos, corporaciones, logias, sociedades, clubes, cofradías. Los hay abiertos, secretos, esotéricos, místicos,  satánicos, culturales, artísticos, empresariales, ocupacionales, políticos, sexuales, constituidos por mujeres, hombres, jóvenes, personas adultas, ancianos. Los más de ellos, conforme a sus intereses, gustos y tendencias. Los  llaman a modo suyo constituyendo una diversidad incalculable de éstos sobre la faz terrenal de tal manera que es frecuente escuchar que la gente se refiera a: Los Hijos del Viento, Los Picudos,… Las Chicas Malas, Las Cabronas, Las Mamitas,…  Los Invencibles, Los Papis, Los Jerarcas, Los Jaguares… La Vela Perpetua, Rosas de Otoño, Los Chocolateros, Los Benjamines,…

“… Lo citado viene a cuento, porque en el haber evocativo de la ciudad de Tixtla de Guerrero, México, se rumorea la existencia de “El Escuadrón de la Muerte”,  en el que sus integrantes se hermanaban o reúnen para invocar y rendir pleitesía a Baco.

 “… A decir de quienes conocieron o frecuentan esa congregación, éstos afirman que eran o son pródigos en la manifestación: “Bebamos hasta morir”; dicha a manera de juramento o disposición que constituye parte del ritual al que son sometidos los candidato a pertenecer a ella.  Dicen que a voz en cuello, se les escucha decir en sus convivencias: “bebamos aunque la familia sufra”,… Primero muertos, que amanecer sobrios” “Agua de la verdes matas tú me tumbas y me matas y me haces andar en cuatro patas”, “dulce vino, divino tormento, ¿qué haces afuera?, ¡vamos pa´dentro!”, “borracho, borracho, pero no pendejo, “Arriba, abajo, al centro, pa´ dentro,… Aunque en algunas ocasiones frecuente es el sentir o la manifestación que va de boca en boca: “Dios mío, si bebiendo, te ofendo, con esta cruda,… ¡hasta me sales debiendo!”. Afirman que el iniciado se apega a lo jurado.

 “… Y he aquí que algunos hayan perecido sin abandonar su adicción o en su defecto deambulen a manera de naturaleza doliente afectada por afanes etílicos. Mas, como en la mayoría de las ocasiones o hechos, hay excepciones, éstas se dan en quienes hicieron acopio de esfuerzos, secundados por sus familias y amigos, y se alejaron de las prédicas y encantamientos de Baco; verbigracia, “Chente Arpa”.  A éstos  se les puede decir que viven para contar que fueron y sobrevivieron a los designios de “El Escuadrón de la Muerte”, y a quienes nadie, que esté en su “santo juicio”, se atreve a juzgarlos, por aquello que se susurra a manera de sentencia: “quién esté libre de culpa, que arroje la primera piedra”.

“… No resulta ocioso mencionar que esta congregación no tenía o tiene fines delincuenciales, y a la par de esta precisión, para satisfacer posibles curiosidades o morbos de quienes en su real pensar y decir estén interesados en saber quiénes conformaron o participan en ésta, se recurre a un ejercicio memorativo que atraerá nombres y originalidades de algunas personas asiduas a los dictados del dios Baco y la bohemia, no en tono peyorativo sino como mero agregado referencial.

“… los hubo y hay de aquí, de allá procedentes de los siete barrios genuinos de la ciudad: Santuario (Tequiac), San Agustín, Cantarranas (Santa Cruz), San Lucas, Santiago (Quieto), Tlatelulco y San José (Calvario), asignaciones populares que, en algunos de los casos, substituyeron la denominación primera escogida por los fundadores de lo que ahora es la ciudad de Tixtla de Guerrero en el valle de “Tistlan” y una porción del cerro que hoy se denomina “El Fortín”. En esta rememoración afloran infinidad de nombres. La mención total de éstos, arrojaría una enumeración copiosa, por ello, sin el ánimo de restar importancia a demás miembros de EL ESCUADRÓN DE LA MUERTE, sólo se asentarán peculiaridades de algunos integrantes, dejando que las particularidades y acciones de otros personajes de similar existencia en este lugar y demás poblaciones diseminados en la faz terrenal, queden suspendidos en el tintero destinado a las grafías, o deambulen en la memoria o imaginación de la gente que todos lo sabe,… y si no,… lo inventa… En este ejercicio evocativo, surgen:

“… Lorenzo Astudillo Alcaraz, hombre jovial y guasón, comúnmente conocido como El Cuatro por haber portado siempre el número cuatro en su camiseta de basquetbolista, llegó ante sus amigos quienes, como integrantes de El escuadrón de la muerte, estaban imbuidos en el ritual etílico del medio día, y, sin preámbulo alguno, les dijo a boca de jarro:

 “¡Ya ni la chiflan!, valedores, compañeros: ustedes aquí campantes dándole cuartazos al macho y consumiendo botanas; contando desmadres, riéndose y disfrutando la vida mientras nuestro amigazo y hermano del alma X, está tendido. ¡Por si no lo saben!, bola de holgazanes, pránganas adoradores de Baco: en este instante, su mujer e hijos, le están llorando”.

 “… Las palabras de El Cuatro  propiciaron que los oyentes, dejaran sobrantes del mezcal que se habían propuesto consumir y salieran presurosos de la casa de El Enchilado quien, tras murmurar algo inaudible y despedirlos con sonora y plural mentada de madre, optó por dormir, ahí  nomás junto al armatoste que servía de “mesa de centro”.

 “… Se alejaron: algunos transitaban dando tumbos, manoteaban y hablaban consigo mismo; otros, avanzaban silenciosos metidos en sus recuerdos y la consabida expresión a flor de labios, “tan bueno que fue en su vida”. Hubo quienes, sollozantes y a grito abierto, mencionaban al amigo “caído” sin dejar de alardear que lo habían apreciado mucho. “Tanto que te quería, hermanito”, decían inconsolables los más de ellosUnos más, otros menos pero todos fueron aquí, allá y más allá esparciendo el nombre del fallecido y las virtudes que éste había tenido. Las conciencias entraron en sosiego: se olvidaron agravios, se exaltaron dignidades…

 

“… Uno de éstos afligidos, concurrió a la florería en donde compró una gruesa de gladiolas blancas; y se dirigió a su casa en donde, a la par de pedir que su esposa se arreglase y fuese con él a dar el pésame, bañó su cuerpo y desechó las ropas sucias que comúnmente usaba en sus correrías de borracho empedernido. Consternados, vistiendo atuendos que el caso ameritaba, esposa y esposo se aprestaron a dar sus más sentidas condolencias. Pero  al llegar a la casa del difunto, ubicada a la  vuelta de una esquina, se llevaron tremenda sorpresa: “el interfecto”, plácidamente platicaba con su vecino. Más sobresalto hubo en los enlutados cónyuges cuando aquel les habló en tono gracejo:

“… ¿se puede saber en dónde habrá velada, café, chocolate con pan… y hasta piquete? ¿Por qué esa cara de asustados, como si repentinamente hubiesen visto a un resucitado? ¡Caraja muerte, no descansa…! ¿Quién es, sí se puede saber, quién es el cristiano que estiró la pata?”

“… Los pesarosos esposos que se habían exprimido el coco ideando el discurso que utilizarían para manifestar sus sentimientos de pesar y solidaridad, se vieron en la necesidad de mentir y, después de involucrarse en las bromas que externaba el supuesto extinto, prosiguieron su camino al tiempo que pensaban en torno a qué hacer con las flores destinadas al acto mortuorio. Finalmente éstas se ofrendaron al Santo Patrono del barrio asentado en el sitial mayor de la capilla erigida en su honor.

 “… Casi a la par de este incidente, se decía en el seno de la población: “¡No hay mortuorio! Fue una jalada más de El Cuatro… El tal X, está vivito y coleando”.

 “… En el anochecer de ese día, en tanto que el “difunteado”, sufría atroces estremecimientos de “muerto anticipado” por haber recibido a familiares y amigos que acudían a consolar a quien se suponía era la reciente viuda,  El enchilado atraía a sus amigos, los acogía con pitorreos y una cantaleta: “se los dije, bola de… se los dije…; les dije que el tal velorio, era una “cuatreña” más de nuestro amigo…”. Y una vez más se armó la convivencia con sus pausas o exaltaciones, mutismos o discusiones, halagos u ofensas, aprecios o desprecios; prosiguió la bohemia sin sobresaltos hasta que, en el silencio que traen consigo las sombras de la media noche, se escuchó la algarabía que El Cuatro propiciaba a lo largo y ancho de la calle, se oyeron sus tropiezos al tiempo que vociferaba:

  “¡Ya ni la chiflan!, valedores, compañeros: ustedes aquí campantes dándole cuartazos al macho y consumiendo botanas; contando desmadres, riéndose y disfrutando la vida mientras un amigazo nuestro y hermano del alma, está tendido… ¡Ya ni la chiflan!, valedores…”

 “… No obstante que han transcurrido muchos ayeres que acunaron el decir y hacer de connotados  miembros de El Escuadrón de la Muerte, aún se escucha que algunas personas, dicen:

 “… ese mentado “Cuatro”, mató a más de cuatro personas en el pueblo. No fue una vez sino muchas las ocasiones en las que con su grandilocuencia, difunteó a fulano, mengano, zutano y a perengano… ¡Ese afamado Cuatro, con su camiseta de basquetbolista, y su acostumbrado decir y hacer…!”

“… A Virgilio Apreza Espíritu: personaje silencioso y en veces iracundo e introvertido, ex colaborador de don Antonio Hernández y su esposa  Margarita Vega Xantzin, propietarios de lo que fue el exitoso expendio de especias, frutas y semillas asentado bajo un enorme dátil que se erguía portentoso en el interior del viejo mercado de Tixtla de Guerrero, Guerrero;  hombre de diminuta figura que ahora deambula en las cercanías del Camposanto en cuya arcada posa la sentencia: “Aquí terminan las ambiciones”; individuo de aparente insignificancia que en veces está parapetado en una esquinas visualizando aquí, allá, como si esperara a alguien, a él, se le atribuye la jerarquía de Jefe Nato y a la vez dueño de la casa, sede de ElESCUADRÓN DE LA MUERTE, asentada en la calle de Los Huajes, hoy, más conocida como avenida Copil, denominación última debido a la ocurrencia de algún conciudadano o mero capricho de un despistado aprendiz o remedo de político  deseoso de hacerse notar y alcanzar con ello niveles de popularidad.

 

A este personaje, llámesele así, no porque haya hecho grandes obras, destacado intelectualmente en una trayectoria profesionista o  goce de popularidad por su ingenio y grandilocuente decir, sino porque aún en su sencillez y pobreza es ejemplo de honradez y apego a la tierra que lo vio nacer. A Virgilio, sin ser güero, colorado o pinto, sus amigos del citado escuadrón le enjaretaron, el mote de El Enchilado porque cuando algo o alguien provoca sus enojos le da en decir a grito abierto: “¡Estoy enchilado…! ¡Muy, pero muy enchilado!… ¡hijos de su jijurria!”, propiciando que algunos de sus acompañantes salgan huyendo temerosos de sus desatinos, y otros, entumecidos o atolondrados por el alcohol consumido, queden agazapados, silenciosos, sometidos en apariencia, susurrando: “está enchilado, El Enchilado”. El jefe Virgilio arma su borlote pero, según el decir de sus correligionarios, como si fuera destacado actor  en el “teatro de la vida”, muestra repentinamente otra faceta de su ser: su coraje se transforma y sorprende; brota de su garganta una expresión animosa: “¡Muévanse güevones!”. Y he ahí que las copas se llenen de mezcal y las eleven al tiempo que gritan al unísonos frases acostumbradas que revelan propósitos de su asociación; atraen ocurrencias, expresiones chuscas producto de su constante insistir en eso de “dar, cuartazos al macho”, “levantar el codo” o consumir chiquitirrines, como bien lo dijera don Raymundo López, “El Bañado”, cuando en busca de “aguajes”, arribaba y se aposentaba en el tendajón de don Sinfo y su esposa Rosita ubicado en el barrio de El Santuario.Sabido es que en el seno de El Escuadrón de la Muerte, sus personajes beben, cantan y bailotean, pero cuando el caso lo amerita, guardan respeto a los muertos que son transportados en hombros a lo largo de la cercana Calle de la Igualdad.

 

En este tenor, dado que nunca falta un “yo lo vi”, por boca de éste se sabe que, a la par de que oyen el acompasado caminar de quienes conforman el cortejo fúnebre, brindan y dicen en tono ceremonioso: “por el que se nos adelantó, por el que descansa en paz  o está cocinándose a fuego lento”; el informante afirma que expresan lamentos como si hubiesen sido familiares o íntimos amigos del fallecido, y que de sus gargantas surgen voces aguardentosas que, a la par de resonancias y acordes de una guitarra, canturrean el vals “DIOS NUNCA MUERE” del oaxaqueño Macedonio Alcalá, música y letra emblemática de un pueblo que sufre o muere sin perder la esperanza:

Muere el sol en los montes/ con la luz que agoniza. /Pues la vida en su prisa,/ nos conduce a morir. Pero que importa saber que voy a tener el mismo final,
porque me queda el consuelo Que Dios nunca morirá. Voy a dejar las cosas que amé La tierra ideal que me vio nacer, sé que después habré de alcanzar,
 La dicha y la paz, Que en Dios hallaré…”

 “… A Cirenio González Morales, frecuentemente se le involucraba en bromas que ideaban sus amigos y compañeros de bohemia; guasas como aquélla en la que una señora de honorable reputación fue hasta las puertas de la casa de El Enchilado para exigir la pronta entrega de su jumento El Canelo, porque, según la afirmación de alguien, lo tenía encerrado y apersogado  haciendo de él y con él no sé qué. Doña Mariana Tizapa Vda. de Chomolco, mujer cincuentona poseedora de bonituras y porte altivo, ponderaba a su animal: decía que lo quería mucho por ser precioso, grande, fuerte, portentoso, resistente y cumplidor con las hembras.

 Ante tal exigencia, Virgilio, no se “enchiló” como era común que sucediera en su persona; contuvo su enojo, y a la par de entreabrir la puerta, en tono amable, comedido y ceremonioso, dijo: “señora de todos mis respetos, puede pasar al interior de esta su humilde casa, la invito a buscar y rebuscar, pero debe saber que aquí no hay más que un burro…, El Burro González, mi amigo que, según el decir de alguna féminas, tiene los atributos que usted reconoce en su jumento —Cirenio, al oír que se le mencionaba por su apodo, abandonó su dejadez y se puso de pie al tiempo que hacía una reverencia—, pero no le aconsejo —prosiguió con hablar enfático El Enchilado— no le sugiero que se lo lleve porque provocará desavenencias fatales: se enojará su esposa Cande García Cervantes, vendrán sus familiares y se armará un mitote…”

 He aquí que la citada señora, después de husmear en el entorno, al tiempo que enrollaba la gamarra y ataduras destinadas a sujetar su jumento extraviado, hiciera un mohín seguido de un arrebato, y se alejara del lugar: “mentando madres”, reforzando sus enojos con gesticulaciones dirigidas a su interlocutor, al vecino argüendero que la encaminó hasta ese lugar y a quienes desde sus aposentos la miraban, embebidos de humor y alcohol.

La viuda de Chomolco, mujer de andar  zarandeque y retozón, caminó rumbo a La Alameda situada más allá del vado creado por las aguas del arroyo de Jaltipán; encaminó sus paso en busca de su Canelo a quien se le consideraba asiduo visitador de la burra “Cascochueco”, hembra orejona de pelo reluciente y paridora, jumenta hermosa domiciliada de por vida, según lo narran quienes la trataron y gozaron de sus tersuras, en los patios cubiertos de pasto y otros verdores de la escuela normal rural de Ayotzinapa en donde vivió despojada de penurias; borriquita de mirada dulce, cuyo recuerdo de antaño deambula en la mente de muchos egresados de esta noble institución, forjadora de profesores rurales.

 

 

… Aunque fue breve la estancia de doña Mariana en la casa de Virgilio Apreza Espíritu, ésta dejó resquicios de alborotos entrampados, propiciando que la señora Petronila Tlatempa Basilio, vecina de al lado, intrigada por lo que oía y las más de las veces no entendía, preguntara: “vecinito, pues, qué tanto hablan  y hacen que parece avispero tu casa”; a lo que Virgilio, poseído de pasmosa calma, contestó al tiempo que dirigía sus pasos al interior de su covacha: “no está usted para saberlo ni yo para contarlo, vecinita Petros, pero debe saber que hablamos de todo y nada hasta arreglar las cosas”. La respuesta sucinta del Enchilado produjo más confusión en quien por naturaleza era de poco entender pero de pico ligero, sácalepunta, chismosa y mitotera a más no poder. Y ésta, a manera de desquite por la respuesta que la había dejado más atolondrada de lo que era, se echó a cuestas la tarea de decir a medio mundo que allí, en el interior del refugio de El Escuadrón de la Muerte, la gente invocaba a no sé quién y bebía mezcal hasta hartarse.

 No causó sorpresa entre el vecindario el parloteo mal intencionado de doña Petronila, pero sí despertó curiosidades. Originando que, animado por jefes o jefas de otras cofradías y patriarcas de encumbradas familias dominantes en el entorno social, haya aparecido en la escena del hacer bohemio del Escuadrón un enviado, un “colado”, un espía, el mismo que supo cómo entró pero hasta la fecha desconoce en qué circunstancias abandonó la convivencia a consecuencia de ponerse al tú por tú con quien fue comisionado para darle la bienvenida, y de refilón, saber si daba la medida para ser admitido en la cofradía de bebedores. Según afirmaciones de Francisco Santos Corrales, éste sólo recuerda que amaneció despernancado y con pantalones y calzones desjaretados y orinados en la esquina cercana a la Calle de la Igualdad que conduce al Camposanto; cuenta que, ante tal hecho que le produjo una cruda moral, se refugió entre trebejos arrinconados en una choza situada en el fondo del traspatio de su casa, pero quienes lo indujeron y le pagaron para que fuera de metiche, frustraron su enclaustramiento y se mostraron exigentes…

   

Ahora el vulgo, amén de festejar la excepcional borrachera que pescó Pancho el entrometido, lleva y trae el supuesto comportamiento de los integrantes del citado Escuadrón; afirma   que no obstante su adicción al vino y la parranda, quienes lo integraron o integran, fueron o son hombres del buen decir y beber, porque, amparados de la mucha o poca sabiduría que les ha  proporcionado la vida o el conocimiento adquirido en las aulas destinadas a la educación superior, reservan momentos destinados a discusiones diversas.

 “… Corre el rumor de que los huéspedes del Enchilado, hablan de la pobreza extrema de la gente asentada en los pueblos abandonados por el gobierno a la voluntad de dios; lanzaban maldiciones a los politiqueros que se enriquecen  de la noche a la mañana robando dineros del pueblo; maldicen a algunos candidatos que en tiempos de elecciones gubernamentales convencen a la peonada con promesas; hacen hincapié en el proceder malandrín de algunos  malos servidores  que, al sentarse en su “puesto”, se desentienden de lo dicho y con desfachatez “salen con su domingo siete”: “El prometer no empobrece, el dar, aniquila”… “Ora verán si les cumplo”… “Con fe que tengan, dios los socorrerá,”;  y dan razón de quienes cínicamente alzan los brazos para anunciar su credo de supuestos servidores: “Dios, no me des, sólo ponme en donde hay… que de los demás, yo me encargo”.

Se escucha en el decir de hombres y mujeres avecinados en el lugar, que quienes participan en esta congregación de asiduos bohemios adoradores de Baco, no dejan títere con cabeza en sus altercados; afirman que ponen en el tapiz de sus discusiones  las peculiaridades de algunos eternos personajes, políticos y funcionarios malosos que viven enquistados en el presupuesto destinado al desarrollo del pueblo mexicano. Continúan su perorata, exponiendo que, en veces,  los integrantes del “Escuadrón…”, retoman su actitud de bohemios extasiados, a manera de cómo se mostraban: Cirenio González Morales (+), Lorenzo Astudillo Alcaraz (+), Esteban García Cervantes (+), Vicente González Alejandro, Jesús Ojeda (+), Rodolfo Vélez García (+), Leobardo Ángeles Aparicio (+). Y mencionan cómo, Virgilio Apreza Espíritu, El Enchilado y compañía renovada,  concluyen sus alegatos: entonando canciones, declamando poemas y trovando versos bajo los arpegios de guitarras o arpa parranderas, a la par que levantan sus copas rebosantes de néctar extraído del maguey y repiten viejos y elocuentes decires mundanos: “Agua de la verdes matas tú me tumbas y me matas, y me haces andar en cuatro patas”,… “dulce vino, divino tormento, ¿qué haces afuera? ¡Vamos pa´ dentro!..” 

 

CHOR

 

“… Melchor Alcaraz Astudillo, fue un hombre “bien parecido” y de personalidad polifacética. Era alto y fornido. Su tez, aunque castigada por los rigores del sol a campo abierto, era blanca y sus ojos azulados.

 “… Cada año, la noche del nueve de agosto, fecha en la que se realizaba un baile de gala como culminación de las fiestas de aniversario del nacimiento del General Vicente Ramón Guerrero Saldaña, acudía a éste vistiendo ropas de postín a manera de pachuco y habilidoso bailarín. Visto a distancia su imagen era la de un tipo poseedor de galanuras. Allí estaba él en medio del espacio iluminado en espera de los acordes musicales. ¡Era “su noche” en la que, además de gentilezas,  gastaría sus ahorros! Un poco nervioso esperaba el momento para acudir ante la dama que con premeditación había seleccionado para pedirle la primera, segunda ronda o tal vez que fuera su pareja en lo que durara el baile.

 “… Y, he aquí que algunas damas provenientes de comunidades lejanas, ajenas al devenir cotidiano de la población, hayan vivido la velada añorada impregnada de arrumacos, conversación amena y trato jovial al lado de Melchor; aunque éste, en las últimas horas de la madrugada y a semejanza de La Cenicienta del cuento ideado por Charles Perrault, las haya abandonado escabulléndose entre la multitud. De entre éstas, hubo quienes regresaban a sus lugares de origen convencidas de que habían conquistado el corazón de un apuesto galán, el hombre soñado, “el príncipe azul” de sus sueños amorosos. Pero también las hubo que, en menos que canta un gallo, se enteraron que su pareja excepcional había sido un tipo camuflado bajo ropajes de postín hechos a la antigua; supieron que habían estado en los brazos de un parlanchín pueblerino abocado en su diario hacer al trabajo rudo que conllevaba la carga y descarga de camiones atiborrados de materiales de construcción; quedaron convencidas de su papel que las ubicaba como presas amorosas de un “don Juan” casual poseído de galanuras. Pero pocas de estas mujeres manifestaban arrepentimiento; las más mostraban alegría y satisfacción, por aquello de que “lo bien bailadas, nadie se los quitaba”, ya porque aún resonaban en su oídos los ecos musicales al tiempo que rememoraban el vaivén y arrullo en los brazos robustos de Chor, o porque guardaban vestigios de las expresiones cariñosas que él les había susurrado al oído: “¡mamacita, preciosa, chula de mis amores, ricura! ¡Cosa bonita!,… lindura te quiero más que a …” Palabras, frases tersas o arrebatadas que en su momento les habían propiciado enamoramientos, sonrisas, cosquilleos en el cuerpo y un notable sonrojar en el rostro impregnado de pudor y en veces, coquetería. Contrario a lo comúnmente esperado, no faltó aquélla que regresó y  mostró interés por quien, no obstante haberla engatusado, la había hecho feliz…

 “… ¡Recordar, es vivir!” Chor, don Melchor, también rememoraba los gozos de “su noche” que le hacían llevadero su rudo trabajo. Recordaba, y, cuando más cansado estaba al terminar su faena diaria, al amparo del silencio y la soledad, aspiraba vestigios del perfume que sus parejas ocasionales habían dejado en sus ropas… ¡Soñaba!,… anhelaba,… vivía en espera…”

 

 

  

Doña Monchi

 

Pocas personas supieron o saben que el verdadero nombre de doña Monchi“la curandera de
niños” 
durante las últimas décadas de la primera mitad el siglo XX en  Tixtla de Guerrero,  fue Ramona  Flores Isidro.  Su casa humilde, construida con paredes de  adobe y techo elaborado con madera, carrizo y teja vana, cimentada  bajo la sombra de un enorme huamúchil plantado  a la vera de la calle Montes de Oca en las inmediaciones del barrio de  Cantarranas, fue visitada por diversas  personas que tuvieron fe en sus dones curativos: ricas, pobres,  elegantes, humildes, jóvenes, viejas,… llegaban en ocasiones llorando su  angustia, pidiéndole que curara a sus hijos flagelados por dolencias  adjudicadas a lo que daban en llamar: enfado,  tlalxolayo, empacho, molleras caídas, espinilla, tiricia blanca o negra,  chincual, vergüenza, sombra pérdida, oguío

Sin ahondar en aquello que hacía para curar a los enfermos, sabido es que al tiempo que murmuraba  expresiones rogativas, recurría a remedios y haceres caseros:

  • Si de un enfado se trataba,  usaba una pluma empapada de aceite rozado que introducía en la garganta del  infante para propiciarle vómito y de esa manera extraerle flemas que le  producían ahogamientos repentinos.
  • El tlalxolayo (sofocación acompañada de llanto) lo curaba con rezos  endilgados al recién nacido, y si el malestar persistía, indicaba que fuera  envuelto en los calzones recién usados de su padre por si éste, según el decir  de la gente, andaba alborotado,  enamoradizo, calientillo, querendón,…
  • “Quebraba empachos”. Previo embadurnamiento de aceite rozado, sobaba,  masajeaba el estómago, brazos y corvas del enfermo a quien después le hacía  beber  pócimas, unas elaboradas con  aceite de comer, otras con albayalde o estomaquil a las cuales aunaba menjunjes  que sólo ella sabía usar para la sanación deseada.
  • A los niños recién nacidos que repentinamente  traían la mollera caída se las  corregía llevándose un poco de agua tibia a la boca para después poner ésta en  la parte superior  craneana del enfermo  en donde repetidas veces hacía movimientos como si estuviese absorbiendo algo.  Acto seguido, tras rezar  y hacer invocaciones,   lo balanceaba a manera de péndulo sujetándolo de los pies y hacía con él  movimientos suaves pero repentinos de arriba hacia abajo y de abajo hacia  arriba. Culminaba su ritual curativo golpeándole las plantas de los pies, dizque  para propiciar que la membrana ubicada en la parte superior de la cabeza volviera  a su estado normal,  y sugería se le  diesen pequeñas porciones de un bebedizo que instruía con qué y cómo debía  elaborarse.
  • A los niños flacuchos, panzones con cara abotagada y relumbrosa, afectados  por la espinilla, indicaba que los raparan, y cuando estaban pelados a navaja, se valía de una bola  de cera de Campeche que hacía rodar repetidas veces sobre  la cabeza del enfermo hasta extraerle cuerpo  y raíces de lo que parecían ser ahuates o pequeñas pelillos espinosos  incrustados en el cuero cabelludo del “tiñoso”. Terminaba aplicándoles  porciones de aceite rozado o de higuerilla blanca en la coyuntura de los huesos  y en la cabeza.
  • Para alejar la tiricia aposentada en los niños que se mostraban tristes y  con manchas blanquecinas o negras en la piel, doña Monchi posaba la palma de una  de sus manos sobre la cabeza del tirisiento  al tiempo que rezaba y hacía invocaciones a los vientos. Culminaba su  intervención curativa recomendando que a éste se le llevara a un arroyo en  donde él arrojaría: pitones de mahuite,  rosas o claveles rojos a los que anticipadamente  rezaba y sahumaba frente al altar erigido a sus imágenes religiosas.
  • Se dice que el chincual,  caracterizado por un salpullido que cubre el cuerpo del recién nacido, lo  desterraba con un amasijo hecho con yemas de huevo, pomada de la campana y  aceite rozado envuelto en briñaque (paño) que servía para masajear las partes granosas del cuerpo enfermo,  propiciándole frescura y sosiego.

La casa de doña Ramona Flores Isidro fue bálsamo que menguó dolencias, y fuente en la que, por  unas monedas dadas a voluntad o la promesa de que cuidarían  a sus enfermos,  la gente encontró sanación.

Hoy a muchos años de  su muerte, el nombre de doña Monchi  ronda en la memoria de sus coterráneos al tiempo que se evocan las atribuciones  curativas que el Creador Supremo le concedió para curar a los niños; facultades  que, según el decir de sus paisanos, volvieron al seno terrenal que le dio  sustento de vida.

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

COLACO Y DON EME

Con afanosa paciencia, don Emeterio, hombre pobre dedicado a las labores del campo, se propuso en las primeras horas de la mañana, conseguir cinco pesos para comprar una cuba. Argumentando supuestos negocios que le proporcionarían ganancias, a las personas que frecuentaban el tendejón de doña Rosita, esposa de don Sinforoso, les fue pidiendo una “contribución”. Cuando logró su propósito, sombrero en mano y con solemnidad solicitó que le sirvieran su alipús, refresco con alcohol en un vaso.

Don Eme, como se le conocía en el lugar, se sentía orgulloso y satisfecho porque había logrado lo que sería su “curada”, y porque a costa de sus donantes tomaría lo que se consideraba en su ambiente un trago de lujo. Antes de consumir su tan anhelado líquido, con presunción empezó a convidar a quienes de prisa caminaban por la calle o concurrían al estanquillo en donde él se encontraba: ¿gusta, señora? –decía garboso– ¡Usted, jovencito…! ¿Me acompaña, señorita…? ¡Ándele, don Sinfo!,… ¿acepta lo que le ofrece un servidor…?” Todos de un modo u otro expresaron una respuesta negativa procurando que ésta no sonara a desaire.

Don Eme enarboló su copa a los cuatro vientos y cuando ceremoniosamente se dispuso  a sorber su trago, sorpresivamente apareció Bernardo Cortés por La calle Real o Calle ancha de Tixtla de Guerrero a quien comúnmente se le conocía como Colaco, un hombre que sin serlo tenía fama de taimado. Traía los brazos, manos y piernas embadurnados de lodo con zacate en señal de que había hecho los primeros adobes de su tarea fijada, lucía su camisa y pantalón arremangados hasta donde más se podía.

El frío calaba lo huesos y Colaco titiritando entendió que le invitaban esa porción de vino. La respuesta fue instantánea: se lanzó hacia el vaso, y de un solo sorbo consumió el contenido etílico al tiempo que con voz entrecortada don Eme le decía: “¡ay hermanito, ya te la acabaste!” Colaco no pronunció palabra alguna; entregó el vaso a quien consideró su obsequioso benefactor y prosiguió su camino tonificado, y con la seguridad de que había hecho un bien al no despreciar a don Emeterio, aunque éste, a decir verdad, más que complacido estaba decaído y atosigado por la cruda.

Era un día domingo y el deambular tempranero se iniciaba. Garbosas mujeres se dirigían al mercado cargando chiquihuites repletos de flores, mientras que los hombres con tecolpete en la espalda transportaban hortalizas cultivadas en sus amelgas. Las campanas tañían: en el centro de la población, la de San Martín, y casi al unísono la del Santuario, del Calvario, la de San Isidro Labrador, San Lucas, Santiago Apóstol; en Cantarranas la de Santa Cecilia, y aunque tenues, la de la Villita, San Agustín y San Antonio, esta última en el cerrito Tezcalzin. Eran las seis de la mañana; Colaco al escuchar aquella algarabía de metales vibrantes, repetía algo que en sus tiempos de escolapio le habían hecho recitar: “…Hay fiesta en mi pueblo, señor… hay fiesta…” Ya para entonces se encontraba en la plazuela del Santuario, barrio de genuinas y variadas tradiciones.

De pronto se detuvo al tiempo que manoteaba como si platicara con alguien, pero a decir verdad nadie estaba junto a él; lo que ocurría era que redefinía su programa del día: ¿ir a su casa?.. ¿Terminar las faenas que tenía pendiente? ¿Regresar a culminar su tarea de adobes…? ¡No…, no! Con los efectos del alipús que le había birlado a don Eme decidió que, como en otras ocasiones, se dedicaría a buscar lo que daba en llamar aguajes.

Sin preocuparse por su aspecto personal, se dirigió hacia una de las calles de donde provenía el tuntunear alegre de la tambora del Chile frito. A lo lejos reconoció a un grupo de personas que cantaban junto a la puerta de una casa adornada con listones y crespones de papel crepé, cañas, carrizos y varas de San José. Llegó hasta ellos y se incorporó. Cuando cesaron las notas musicales de las tradicionales mañanitas tixtlecas, cientos de cohetitos de sala fueron incendiados, y en medio del olor a pólvora quemada se escucharon ¡vivas!, y aplausos. La del cumpleaños  apareció sonriente dispuesta a recibir felicitaciones y muchas cadenas de tapayola que le ornaron el cuello. El buen Colaco contribuyó con una flor que estuvo a su alcance, no sin antes declamar emocionado: “No traigo corona de oro, ni tampoco de cristal; sólo traigo mi barriga pa´ llenarla de mezcal”. ¡Todos festejaron su audacia!

Acto seguido, empezó el jolgorio: en carrizos recortados se sirvió el mezcal, y al son de la banda se bailó y cantó mientras algunas mujeres, sobre mesas cubiertas por manteles, depositaban suculentas cazuelas de humeante pozole, rodeadas de cebollas tiernas, limas agrias, platitos con chile seco molido, orégano, chile verde y pedazos de limón.

Colaco, conocedor de las costumbres de su pueblo, se metió hasta la cocina a ofrecer traguito a las señoras que habían preparado los alimentos y, ahí, entre queriendo y no queriendo se tomó una copa con cada una de ellas.

“Está en buena mano –le decían–. ¿No me vas a despreciar, verdad?” Fueron tantos los brindis que ya no se dio cuenta cuándo terminaron; lo cierto es que su ánimo retozó al son de la Iguana y del Zopilote, sobre una tarima denominada Chincualuda.

Después, al amparo de un árbol, durmió; cuando despertó las sombras de la noche eran dueñas del ambiente, pero la fiesta continuaba; una segunda o tercera tanda de felicitadores disfrutaban de su turno al ritmo del Calabaceado; no obstante que alguien lo llamó, él ya no quiso incorporarse al jolgorio. Sigilosamente agarró dos cubas que estaban en aparente abandono, y salió rumbo a la plazuela para buscar un lugar tranquilo en ella. Cuando estuvo ubicado y se disponía a tomar el primer sorbo de su botín etílico, de allá de entre la oscuridad, apareció don Emeterio caminando con dificultad en aparente festejo de su embriaguez. Apresuradamente, Colaco se dirigió a él: “¡hermanito!, ¡hermanito!, aquí tienes tu alipús; disculpa…, disculpa que me hayga tardado tanto…, para que veas que te aprecio, te devuelvo el que me diste…” Don Emeterio, sin saber qué contestar se concretó a brindar por el reencuentro al amparo de un enorme ahuehuete. Después, hermanados en sus alegrías y tristezas, un espíritu confidente los envolvió; hablaron de sus carencias y también trastocaron sus quimeras; dijeron que sus melgas eran las mejores tierras de cultivo; recordaron sus duras faenas y maldijeron a los acaparadores de sus cosechas; con expresiones delirantes jugaron a ser felices, ricos, sanos, fuertes, visionarios y afortunados en el amor; divagaron en un juego del que no hubieran deseado salir  para evitar su realidad impregnada de pobreza y abandono prolongados.

¡Vivían el presente…! ¿El mañana? ¡El mañana era incierto…! Ése, ese sería otro día.

A lo lejos, en la obscura bóveda celeste del valle tixtleco, centelleos multicolores irradiaron luminosidad al tiempo que el estruendo de la cohetería llegaba a sus oídos. Colaco exhaló un prolongado suspiro y  a manera de oración vehemente, volvió a murmurar: “…hay fiesta en mi pueblo, señor… hay fiesta…”

                          

 

 

 

DON CRISPÍN

 

 

“… Don Crispín Cañay su familia arribaron al pueblo procedente de algún lugar enclavado en lo más recóndito de la montaña guerrerense. A leguas se miraba que los traía el hambre y la necesidad. Tan lastimero era su aspecto que no faltó quien les permitiera quedarse en una vieja mediagua destinada a las bestias mulares, y los ocupara en quehaceres cotidianos para que se ganaran el sostén alimenticio…

“… La presencia de ellos hubiese pasado desapercibida entre el resto de la población, pero a escasos días de haber llegado a ese destino, enfermó el hijo mayor de quien les daba cobijo,   … Melchorcillo, lo llamaban, era un chamaco de escasos diez años a quien  no obstante que el doctor determinó que le aplicaran inyecciones, que ingiriera pastillas y cucharadas curativas, cuando no sudaba calenturas, temblaba friolento a causa de un mal desconocido…“… Don Crispín, solicitó al señor de la casa que le permitiera curar al muchacho. Pero la madre del enfermo lo enfrentó a gritos diciéndole que su petición era un atrevimiento porque él no podía saber más que el doctor. Pero no se amilanó ante la indignación de su benefactora ocasional, e insistió en su propósito. Como viesen los padres del chamaco que su huésped no retrocedía en su pretensión, rumorearon y, al cabo de unos instantes dijeron con desdén: ¡Veamos pues qué sale de éste… Al fin y al cabo nada se pierde con probar!..“… Dueño de la situación, don Crispín pidió que lo dotaran de un cuarto de litro de mezcal, un puño de sal, una sábana blanca, ramas de epazote, flores de tapayola, un sahumerio con brasas, incienso y una vela de cera pura. La servidumbre se abocó a reunir lo requerido. E instantes después don Crispín se encerró en la recámara con el enfermo, a quien sentó en un banco de madera situado en mitad del espacio, lo cubrió de pies a cabeza con la sábana y lo sahumó levantando el pebetero hacia los cuatro puntos cardinales al tiempo que invocaba el regreso de la sombra perdida. Hasta los oídos de los angustiados padres llegaban las oraciones e invocaciones al tiempo que sus narices percibían olores entreverados de flores, epazote, mezcal e incienso.“… La madre, preocupada por el bienestar de su hijo, miró al interior de la habitación por un pequeño agujero que había en la puerta: don Crispín, a la par de pronunciar invocaciones extrañas y hacer aspavientos bruscos, lamía granos de sal, sorbía el líquido que contenía la botella, succionaba humores del cuerpo de Melchorcillo y volvía la cara dirigiéndose a los cuatro puntos cardinales en donde descargaba sus bocanadas a través de un rociado estrepitoso que dejaba un sabor a penca de maguey. Asombrada observó cómo el curandero, llevando el sahumerio en una mano y en la otra flores y ramas de epazote, rezaba, imploraba a Dios benevolencia y exigía a los vientos la presencia de la sombre perdida del enfermo: “…tecamal kalco…, tekamalcheco… Espíritu y sombra… ¡bendígote rosa de la poderosa…”, decía entre otras cosas. ¡La escena era dantesca!.. Doña Mariana quiso derribar la puerta, pero don Alfonso, su marido, se lo impidió, la abrazó y con apapachos calmó sus sollozos.Cuando por fin la puerta de la recámara se abrió, el enfermo sudaba copiosamente. Don Crispín pidió que lo recostaran en un petate para que tomara energía de la madre tierra, y con tono respetuoso pero asentado les dijo: ¡que no le dé el viento frío para evitarle una destemplanza!“… Un día después los vecinos de la familia del “espantado” rumorearon, decían que éste había recuperado la sombra…”

 

 

MELESIO BARBARITA
No se sabe a ciencia cierta de dónde provino. Común era verlo vestido con pantalón de peto y camisa hechos de mezclilla que denotaba los rigores que trae consigo el uso prolongado. Era su indumentaria semejante a la utilizada por los obreros o ferrocarrileros de aquellos tiempos. Se desconoce quién fue la persona que le daba vestimentas, lo cierto es que siempre estaba equipado con ropas que, aunque no eran de su talla, lo hacían lucir limpio.

Su complexión denotaba cierta fragilidad. Era de piel blanca, y su pelo ensortijado de apariencia sedosa se desparramaba sobre los hombros cubriendo parte de sus facciones finas y diminutas. Su rostro que remataba en saliente y delgada barba, semejaba mascarilla de rasgos femeninos. Por ello se cree que el vulgo le endosó el mote de Melesio Barbarita.

… Melesio era persona pobre. Se ganaba el sustento desempeñando distintas labores. Su principal ocupación era el acarreo de leña seca que recolectaba en las faldas de Xomislo, cerro situado al oriente de la población. Común era verlo transitar por ese camino encaramado que conduce a la cima de esa elevación montañosa: en el ascenso llevaba un pedazo de reata y un machete mocho, comúnmente denominado tetepón, y a su regreso cargaba sobre su espalda un manojo de troncos o varas secos,… y frutas silvestres que obsequiaba a los chavales..

…Pero sucedió que un día domingo Melesio no regresó del cerro Xomislo. Su ausencia originó rumores y dio lugar a una espera que atrajo preocupación; primero en los niños, después en los adultos. Cuando las sombras de la noche se tendieron como manto sobre el paisaje, la población se volcó en busca de él.

A lo lejos sobre el cerro y lomeríos circundantes se observaban destellos de lámparas, teas y hachones que semejaban luciérnagas alucinando al tiempo que se escuchaban gritos prolongados: “Melesio,… Melesio… Melesio,” pero Melesio Barbarita no contestó. Fue hasta el amanecer del siguiente día cuando alguien exclamó: “aquí está Melesio… vengan, vengan,… vean, ¡aquí está!”

Yacía con el cuerpo enroscado bajo la fronda de un zapote blanco, y junto a él cuatro montoncillos de frutos en proporción a lo que posiblemente consideró que cabrían en las bolsas de su pantalón de peto. Los hombres se dieron a la tarea de improvisar con maderos, varas y sollate un canapé al tiempo que las mujeres oraban a dios y le hablaban a Melesio como si hubiese estado vivo: le pedían que aflojara las coyunturas, que estirara sus corvas y osamenta contraídas por el frío que trae consigo la muerte, le suplicaban que se ablandara para que lo pudieran acomodar en posición de muerto que descansa en paz. Sorpresivamente, después de mucho orar, hablarle y reconfortarlo transmitiéndole tibiezas habidas en las manos femeninas, sucedió lo deseado. Cuando unos y otros lograron sus propósitos, cuatro hombres cargaron sobre sus hombros la parihuela que contenía el cuerpo alargado de Melesio, y empezaron a descender del cerro seguidos por la muchedumbre que semejaba cinta serpenteante y multicolor en movimiento.
Un rumor mortuorio se aposentó en el pueblo, las campanas tañían,…


libro:

 

Son fragmentos a manera de guijarros multicolores extraídos del cauce de un arroyuelo impregnado de aconteceres, desasosiegos, amores, desamores y añoranzas engarzados en el andamiaje de la prosa llana y en veces poética del autor.
Ma. del Carmen Vergara

 

 

 

CONFIDENCIA
“…Sí habré de decirles la verdad –dirá
con emocionado acento–: sepan que luego
sentí que se iba. De esto que les cuento ya
hace mucho tiempo que sucedió. Creo
que desde que se formalizó lo nuestro, lo
digo por aquello de su repentina
indiferencia, su carácter cambiado, decir
alborotado que le brotó como hierba de
monte en temporal, y más todavía, por las
amalhayas que le afloraron en la boca;
creo que motivadas por la pobreza, mi
pobreza, misma que no se las calló, y sí
restregó en mi cara como para que me
fastidiara de ella. Claro sentí que eso
pretendía, entendí que deseaba deshacer
lo acordado, principalmente lo convenido
con sus tatas y con los míos. Sin embargo,
a pesar de ello la seguí queriendo. Y es
que no es para menos, con esa manera de
platicar y modo tan bonitos que tiene para
amar, ¡quién no!..
“… Muchas veces me han dicho que
dónde tenía la cabeza cuando me le
emparejé por primera vez para dejarle
saber que me gustaba; me preguntan que
en qué estaba pensando cuando la hice
formal, si se considera que desde mozuela
pintaba que era rete chincualuda. Y luego
me dicen que recuerde cómo fue desde
antes que se fuera conmigo. Y les da por
atraer aquello de cuando apenas tenía
quince años, que la veían ir y venir en la
arena a lo largo de la playa, ahí frente a
los turistas, con su batea en la cabeza
repleta de rebanadas de fruta, y caminar
zarandeque que lucía mientras miraba de
reojo a los hombres que volvía
boquiabiertos. Se siguen con aquello de
cuando tenía más años, de cuando le daba
por coquetear y lanzar su pregón:
“¡agáaarreme… la… papaya…!,
¡Fresssquesita!, ¡agárrela!, ¡cómprela…!
¡Agaaárrelaaa!”, al tiempo que atraía
miradas y piropos pícaros que se le
prendían al cuerpo joven y bien formado
de piel morenita apiñonada que Dios le
dio. Y no falta a quien se le suelte la
lengua con decires: que si fue novia de
fulano, que si fue de zutano y también de
mengano; que si se la llevó éste por el
estero de La Colorada; que la vieron con
otro por La Salinita; que juran haberla
visto acompañada de no sé quién por los
recodos de El Tamarindal, y que hasta un
forastero la recogía en el paraje de La
Estación para desaparecerse ambos en no
sé dónde.
“… Cuando terminan de decir todo
aquello, yo también me pregunto: ¿qué
estaría pensando y en dónde tendría la
cabeza cuando me dio por arreglarme
con ella? Pero no encuentro la punta del
hilo a la madeja de mis razones; nomás
me acuerdo, como les dije, de esa manera
de platicar y modo bonitos que tiene para
el amor, y me invade un cosquilleo en el
cuerpo; de ahí no paso, se me nubla el
pensamiento, me vuelvo sordo, ciego y
mudo. Y otra vez me da por pensar en
ella; de cuando le robé el primer beso por
los recodos de la laguna; de cuando fui
motivo de envidia de más de dos porque
era novio de la más chula del pueblo;
también me da por pensar en nuestro
casorio: dos días con sus noches de
jolgorios sobre la arena, bajo los rayos
candentes del sol o la claridad lunar, en la
frescura de la brisa o vientos de la laguna,
en la tibieza de arboledas y enramadas
donde campearon música, alegría de
bailadores y brindis avivados por ese ir y
venir de lancheros acarreando gentillales
que venían al convite; y, lo de nuestra
primera noche con ella, con sus
sabrosuras que fueron mías, las mismas
que no olvido, y otras cosas que no les
cuento para no faltar a mi discreción de
hombre, pero que las traigo prendidas al
alma”

 

 

 


 

 

Son relatos escritos con voluntad y pasión. Combinan las experiencias y afanes cotidianos con las vivencias y fantasías de un pasado que se resiste a desaparecer. Se nombran y describen fiestas, tradiciones, sucesos, maneras de ser y proceder, de pobladores y visitantes de la hermosa y legendaria tierra, cuna de hombres de lucha, sabios y patriotas. Tixtla surge en cada línea con la exaltación de un escritor que lleva en su sangre y desde niño, los paisajes y la maravillosa sensación de una atmósfera física y moral de fieles añoranzas…

José Rodríguez Salgado

 

Estos ojos que como dice la gente “se van a comer los gusanos”, han visto mucho y no resulta por demás decir que mis sentidos han oído, gustado, olido y palpado. Lo que no me ha entrado por allí al entendimiento, aunque no es necesario mencionarlo, lo he pensado o como dicen los leidos lo he intuido. De ello, aunque no están ustedes para saberlo ni yo para contarlo, les comentaré algunos aconteceres y otras cosillas:

Empezaré por decirles mis generales, no los de la tropa, sino los que se refieren a mi persona…

 

 

AMADA Y AÑORADA CIUDAD DE TIXTLA DE GUERRERO

febrero 21

 

 

QUERENCIA

Autor: Margarito López Ramírez

Bella e histórica ciudad de Tixtla de Guerrero:

Admiro tus mujeres, hembras hacendosas de significativo hacer que anclan  y delinean el núcleo familiar; valoro la presencia y hacer de tus hombres que forjan el destino de la estirpe que acoges; aprecio la inquietud y el vigor de tus jóvenes que son germen que florece; amo, con sentimiento paternal, tu niñez, simiente que alienta y asegura el porvenir…

Me atrae tu Encuentro de la Cera impregnado de misticismo que se muestra en doce velas como doce son los apóstoles, doce los meses del año; me causan regocijo tus Encuentros Mayordomales en los que se vuelcan devociones y algarabías pueblerinas inmersas en resonancias musicales, danzas, bailes típicos y el andar chusco de mojigangas y huesquiztles.  Me embelesan tus vísperas santorales auspiciada por gente que lleva flores, arcos revestidos de alegorías y  cohetes como ofrenda al santo patrono del barrios engalanado; me entusiasma el bullicio musical propiciado por bandas musicales y El Chile Frito que marcan el acompasado bailoteo de mujeres y hombres que cargan en brazos o le sacan vuelta al tradicional torito de madera, icono representativo de San Lucas Evangelista. Me prendan el decir y el hacer de tu gente fervorosa que acude y orna fachadas de iglesias y capillas para glorificar las conmemoraciones religiosas que dan sentido de tu identidad espiritual; me cautiva la existencia de tus vetustos pero portentosos ahuehuetes erguidos en la antesala del Santuario que resguarda la imagen de La Virgen de la Natividad; me encantan tus fiestas cívicas y jolgorios pueblerinos en la amplitud de tus plazas que resguardan vestigios de haberes patrios.

Disfruto el sonar de tu teponaxtli que convoca; gozo la musicalidad de la flauta y el tamborcillo que anuncia y bosqueja tu tradicional porrazo de tigres llevado al cabo en tus  plazuelas; aprecio el hacer de tus cantores, bailadores y compositores de sones de tarima que prestigian tu presencia; regocijo mi ser en la tradicional quema de tus toritos, castillos, cohetones y  luces de Bengala que irradian luminosidad en la amplitud de la bóveda celeste que te resguarda en noches impregnadas de luces titilantes, brillantes.

Me encantan tus Mañanitas guerrerenses entonadas frente a balcones y puertas de viviendas habitadas por quienes cumplen un año más de vida; me cautivan: letra y música de tus tradicionales papaquis dedicados a tu gente agasajada; me fascinan tus bullas ya por aniversarios ya por ochavarios o mero gusto para ahuyentar tristezas; me deleitan tus comilonas impregnadas de olores y sabores en la que se consume el típico pozole blanco condimentado con limón, orégano, chile verde, lima agria, cebolla morada; me encanta el sabor de tu mezcal, “néctar de dioses” extraído a través de un ritual artesanal que involucra a tu gente en labrantíos de magueyeras que pueblan tus parajes, cocimientos en hornos subterráneos  que acogen cabezas de maguey labrado, elaboración de amasijos hechos a golpe de mazo, fermentos en barricas de madera, y la destilación minuciosa realizada en alambiques.

Revitalizo mi existir en el decir  y hacer de tu gentío participante en la velación de la novia, el enlace matrimonial y la tornaboda efectuados en Bodas tradicionales realizadas  en el barrio del Santuario; gozo el baile del Calabaceado en tus fiestas familiares y la suntuosidad de la entrega de trastos que se ofrendan a los recién casados. Reverencio misticismo y fe manifestados por gente devota que se involucra en   pedimento de lluvias  o  agradecimiento a sus dioses ya en El Cerro de Pacho, ya en el pozo de Ostotempan ya en Conecintla o en Xomislo, parajes poseídos de cruces y reminiscencias prehispánicas.

Disfruto la visión de tus arcos, impregnados de flores y alegorías mortuorias colocados a lo largo de la calle de la Igualdad, y el jolgorio que se realiza El Día de Muertos en las inmediaciones de tu  cementerio resguardado por la arcada que muestra la sentencia: “Aquí terminan las ambiciones  humanas”. Participo en las Ofrendas dedicadas a Los fieles difuntos ya en los hogares ya en las tumbas o en la explanada de tu plaza principal; respeto la solemnidad en los aconteceres mortuorios; reverencio  tus sepulcros que resguardan referencias del ayer y dan razón  de crónicas de  fe y aconteceres plasmados en lápidas y cruces hechas de granito o palodulce.

Me extasía la suntuosidad de tu Tianguis impregnado de verdores avizorados  en hortalizas y fragancias procedentes de mercadelas, margaritones, sangre de cristo, tapayolas, perritos, nube, azucenas y más florescencias  cultivadas en amelgas que semejan mosaico de matices aposentados en hojas y corolas; me deleita la sabrosura de tu cocina excepcional evidente en el fiambre, el pozole y tu mole verde con tamales tololoches; me agasajo en la delicia que proviene de tu tradicional huacaztoro, la birria, las chalupitas, los tacos dorados y las tostadas; me embelesa la ricura de su atole blanco acompañados de torrejas, calabaza, pachayota, tejocotes y cáscara de naranja endulzados con piloncillo; me fascina consumir tu pan de horno, empanadas y cacahuazintles que realzan la  sabrosura de sus acostumbradas nieves de leche y demás sabores;  me encanta beber tu aromático chocolate acompañado de semitas, hojaldres, conchas, marquesotes,

Admiro tu arcilla transformada por las manos hábiles de tus artesanos aposentados en el barrio del Fortín, lugar de alfareros; gozo el delineado en veces caprichoso de tus calles que orientan el transitar de  los viandantes; disfruto recordar nombres y características de tus barrios típicos: Cantarranas, Santuario, Santiago, San Lucas, San José, San Agustín Tlatelulco; reverencio la solemnidad que inspiran tus iglesias, capillas y ermitas impregnadas de plegarias y expresiones rogativas provenientes de personas oriundas y  peregrinos que arriban fervorosos a tus ferias religiosas; abrevo en el contenido histórico y cultural de tus Murales, obra pictórica excepcional auspiciada por la Asociación Nacional de tixtlecos y Amigos, plasmados  por Jaime Antonio Gómez del Payán en la casona que alberga el Ayuntamiento Municipal; sacio mi curiosidad en tus monumentos, edificios y plazuelas que son muestrarios del hacer significativo de tus hombres y mujeres que se han involucrado  en afanes emancipadores; distraigo mis pensamientos en la charrerías y jugada de sementales vacunos realizadas por hombre de a caballo, toreadores y montadores en tu corral de toros.

Me alienta la labor conjunta de tus docentes, alumnos y padres de familias realizada en tus templos del saber; me fortalecen los  momentos vividos en tus prestigiadas instituciones educativas; me  vigorizan las palabras y el hacer de tus maestros; me prenda la excelsitud que irradia la escuela normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa proveniente de su otrora imagen de Alma Mater forjadora de profesores rurales que sembraron la luz del saber en la mentes de niños, jóvenes y adultos habitantes de comunidades alejadas y las más de las veces rezagadas.

Sacio mi sed de saber en el decir y hacer de tu gente; hallo fortaleza y rumbo en el haber de tus poetas y escritores que externan odas a hombres y mujeres que dedicaron sus afanes y sacrificio al servicio de movimientos libertarios destinados a lograr un México sin ataduras; deleito mi ser en la espectacular ejecución de tus Sones de tarima y La Danza de los Manueles; encuentro esparcimiento en tus noches poseídas de plenilunios reflejados en tu  laguna; gozo la tibieza de tus aguas aposentadas en Teoixtla lugar de legendarias leyendas; aprecio la diversidad habido en tu paisaje ya en la extensión del Valle Tistlan que te da cobijo, ya en la grandiosidad avizorado en tu volcán inactivo llamado Chomixlo, en la extensión de la Loma larga, en la majestuosidad del Cerro Pacho, y en los parajes de Mechazingo, Amatitlán, Chaltepetla, Cacaxcotla, Cuamanco, Coyopula,… Hallo recuerdos de mi niñez y juventud en la extensión  de tu laguna, La Poza del Tigre, las hondonada habidas en los arroyos que drenan cerros y lomeríos; descubro vestigios de mi ayer en la oquedad de El Resumidero, La cueva del Viejo Ranero, la barranca de Chompito y Los Tepolsis; encuentro  sosiego en la ermita que resguarda la imagen de San Antonio en el cerro de Texcalzin, y la capilla erigida a la Virgen de Guadalupe en las inmediaciones de El Huamuchilito;  disfruto la narrativa en voz de la  gente de antaño que habla del Viejo Ranero, Las Zihuatatayotas,  El Burro sin Cabeza, La mujer de blanco, El diablo y el Zahorín, La Gallina con pollos; hallo raigambre en la forma y el decir de los seres míticos y Personajes Pueblerinos  que, junto con otras expresiones, conforman el andamiajes literario que prestigia y muestra matices de tu haber cultural.

Y al hurgar en el baúl de recuerdos, encuentro vestigios de los juegos infantiles en los que se involucraban niños que se columpiaban de un árbol, saltaban la reata, retozaban sobre el caballo trazado en planicies de tus callejuelas, jugaban canicas en las delimitaciones de romboides o círculos dibujados en tu suelo terroso; tropiezo con minucias del trajín de tu gente pequeña fascinada en el juego de rondas, los quemados, las agarradas, los encantados; extraigo de entre otros hechos acontecidos en las inmediaciones de tu caserío, travesuras de tus adolescentes y jóvenes participando en vuelos de papalotes, montando becerros, asaltando huertos, refrescando sus cuerpos en pozas y charcos o en aventuradas caminatas por el rumbo de Las piedras Altas, La Ciénaga, Loma de muertos, Santa Rosa, Amatitlán, Mechazingo, Los Amates, Temixco, Cacazcotla, Coyopula; saco a relucir de entre tus ayeres adormilados, actuaciones de tu comunidad estudiantil participativa en desfiles patrios, encuentros deportivos y bullicios que exaltan tu presencia; descubro el decir y hacer de tus hombres y mujeres que paso a paso han trazado y construido tu grandeza que enorgullece a propias y extraños;  hallo en tus devenires, reminiscencias de tus avenidas y callejones otrora llamados: del Pujido, Calle ancha, de los huesos, del empedrado, la Estación, la Alberca, la Copil, la Alameda, del brinco,… En mi búsqueda ocasional, topo con aconteceres significativos para quienes participaban en paseos familiares realizados a las orillas de tus arroyos Xaltipan, Cocuilpan, Coxtlapa, La Rezumbadora, o en las cercanías de tus presas impregnadas de aguas cristalinas; exhumo la utilidad de tu Corral de concejo trasmontado por la vacada que año a año era trasladada a los parajes que contenían rastrojo de sembradíos recientes y hierbas comestibles a campo razo; encuentro peculiaridad de tus antiguas ferias santorales desarrolladas en plazuelas animadas por quienes trepaban el palo encebado, promocionaban la mujer araña, invitaban al incauto para que participara en el juego de la bolita. Luego de quedar pensativo, como si estuviera en ese escenario de participación y suspenso, recuerdo al hombre que  anunciaba las cartas de su lotería, diciendo a grito abierto, “corre y va, cuadro grande o chico, y línea como salga: la cobija de los pobres, el sol; el que anda con dos cueros, el tambor; el que le cantó a San Pedro, el sol; el sombrero de los reyes, la corona; el que por la boca muere, el pescado; farol de los enamorados, la luna; don Ferruco en la alameda, el catrín,… Y, sin mucho esforzarme en la búsqueda de momentos de antaño, mi mente queda suspendida en la música, espectáculos y jolgorios vividos en tu otrora exitoso  salón “Cine esperanza.”

Por esto y más que de sí tienes amada ciudad de Tixtla de Guerrero, Gro., México, eres acopio de mis afectos, cuna de mis ancestros, y resguardo de aconteceres que deambulan en la amplitud del valle que te acoge como lo más preciado y significado del suelo patrio.

 

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Complemento gráfico:

 

 

Encuentro de la Cera

 

 

 

 

 

Danza de los Tlacololeros

 

 

 

 

Vísperas santorales

 

 

 

 

 

Bullicio musical propiciado por bandas musicales y El Chile Frito

 

 

 

 

 

Vetustos pero portentosos ahuehuetes erguidos en la antesala del Santuario que resguarda la imagen de La Virgen de la Natividad;

 

 

 

 

 

Virgen de la Natividad

 

 

 

 

 

 

Plazas y monumentos que resguardan vestigios de haberes patrios.

 

 

 

 

 

 

Teponaxtli que convoca

 

 

 

 

 

 

 

Tradicional porrazo de tigres llevado al cabo en  plazuelas.

 

 

 

 

 

 

Cantores, bailadores y compositores de sones de tarima que irradian su regocijo a la par que se realiza la tradicional quema de tus toritos, castillos, cohetones y  luces de Bengala

 

Bullas de barrio ya por aniversarios ya por ochavarios o mero gusto para ahuyentar tristezas…

 

 

 

Pedimento de lluvias  o  agradecimiento a sus dioses ya en El Cerro Pacho ya en el pozo de Ostotempan ya en Conecintla, en Xomislo o El Cerro de Pacho, lugares poseídos de cruces, y reminiscencias prehispánicas.

 

LA MUERTE

Arcos, impregnados de flores y alegorías mortuorias, colocados a lo largo de la calle de la

Igualdad, 

 

 

 

Ofrendas dedicadas a Los fieles difuntos

 

 

 

 

Tianguis impregnado de verdores avizorados  en hortalizas y fragancias procedentes de mercadelas, margaritones, sangre de cristo, tapayolas, perritos, nube, azucenas y más florescencias

 

 

Sabrosuras de tu cocina excepcional.

 

 

 

 

 

 

 

Iglesias, capillas y ermitas impregnadas de plegarias y expresiones rogativas

 

 

 

Contenido histórico y cultural de tus Murales, obra pictórica excepcional auspiciada por la Asociación Nacional de tixtlecos y Amigos, plasmados  por Jaime Antonio Gómez del Payán en la casona que alberga tu H. Ayuntamiento Municipal.

 

 

 

 

 

 

 

 

Monumentos, edificios y plazoletas que son muestrarios del hacer significativo de  hombres y mujeres que se han involucrado  en afanes emancipadores.

 

 

Excelsitud que irradia la escuela normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa proveniente de su otrora imagen de Alma Mater, forjadora de profesores rurales que sembraron la luz del saber en la mentes de niños, jóvenes y adultos habitantes de comunidades alejadas y las más de las veces rezagadas.

 

 

 

Haber de tus poetas y escritores que expresan odas a hombres y mujeres que dedicaron sus afanes y sacrificio al servicio de movimientos libertarios destinados a lograr un México sin ataduras.

 

 

 

 

 Danza de los Manueles

 

 

 

 

 

 

 

Diversidad habida en el Valle Tistlan 

 

 

 

 

 

 

Resumidero, laguna y sembradíos…

 

 

 

 

 

 

 

Narrativa en voz de la  gente de antaño que habla del Viejo Ranero, Las Zihuatatayotas,  El Burro sin Cabeza, La mujer de blanco, El diablo y el Zahorín, La Gallina con pollos.

 

 Raigambre en la forma y el decir de los seres míticos y Personajes Pueblerinos  

 

 

 

 

 

 

 

 

Genuinos bailadores de sones de tarima

 

 

 

 

 

 

 

 

Monumento mortuorio

 

 

 

 

Tradicional elopozole tixtleco

 

 

Tradicional elopozole tixtleco

 

 

 

 

 

 

Tradicional fiambre

 

 

 

 

 

 

Iglesia consagrada a San Martín de Tours

 

 

 

 

Cocina tradicional

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cantores y bailadores de los sones de tarima en el ayer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HUENTLI   A  LOS MUERTOS

octubre 20

 

 

 

HUENTLI   A  LOS MUERTOS”

 

Por Margarito López Ramírez

 

 Más allá de la devastación

que trajeron consigo las recientes lluvias torrenciales,

predominarán: religiosidad, creencias, tradiciones

y costumbres del pueblo mexicano en la celebración

dedicada a quienes han rebasado el umbral de la vida;

 habrá en hogares, cementerios, campo abierto y sepulturas,

OFRENDAS A LOS MUERTOS.

 

 

La Muerte

¿Quién es ese “ente”  que la humanidad denomina  “Muerte?.. ¿Cómo es su apariencia física si es que la tiene?… ¿viste?… ¿Calza?…  ¿Canta?… ¿Baila?,… ¿Come?,… ¿Bebe vino y disfruta de otros placeres mundanos?…

 

Sólo cabe imaginarla a semejanza de lo que creemos que es, o queremos que sea; por esa y más razones la representamos o mencionamos, dibujándola o llamándola: “huesuda, calaca, cadavérica, parlanchina, fúnebre,  macabra, Parca…” en el devenir del arte, la literatura, la filosofía, la religión,…

 

¡No obstante la creatividad de quienes se refieren a ella; nadie puede afirmar o negar que es cierta la apariencia y apariencias que le han adjudicado!,  porque nadie la ha visto.

 

La muerte puede ser un ente agradable, fino, elegante,  apacible  o tal vez violento, detestable, hermoso, feo,…

 

De ese ámbito enigmático e intangible que la o lo rodea, válgase decir: “la o lo” porque no se conocen referencias de su  género, no se sabe si éste es masculino, o femenino, apenas si logramos avizoras que en el destino de los mortales está él o ella como algo ineludible, algo que tarde o temprano arribará a manera de pausa, tránsito o final terrenal.

 

Y he aquí que, en cuanto a su manera de proceder, les asiste la razón a quienes afirman que “La Muerte es democrática, porque  a  fin de cuentas, sea: güera, morena, rica o pobre, la gente acaba siendo calavera”.

En tu rostro iluminado

la vida rejuvenece,

noche de oro en la mirada

para los que aman la muerte.

 Referencia ancestral en torno a La Muerte

De La Muerte, ser enigmáticos que cabalga a la par de los seres vivientes, vale la pena mencionar que a través de la historia de la humanidad, han existido formas y modos diversos de idealizarla y conceptualizarla: los aztecas la denominaban Mictlantecutli, y el pueblo maya la invocaba con el nombre de Yum Kimil, Limin.


Mictlantecutli, “El señor del inframundo”.
Mictlantecutli, poderoso dios de los aztecas vinculado a Mitlan lugar oscuro y silencioso donde moraban las almas de los muertos en el centro de la tierra,  esposo de la diosa de la Muerte “Mictecacihuatl”.

 

Para los que aman la vida

es noche de desconcierto,

la cera besa las flores

y la llama el sentimiento.

 

Festividad dedicada a los Muertos

El poder o influencia de La Muerte se deja sentir y actuar en la mayoría de quienes pueblan La Tierra, mas no se alude o rememora en todos ellos como es costumbre hacerlo en México.

La festividad a los muertos se caracteriza por luto y alegría, tragedia y diversión, sentimientos del mexicano que tiene miedo a morir, pero, a diferencia de otros pueblos, éstos los refleja burlándose jugando y conviviendo con la muerte lo que ha dado lugar a diversas manifestaciones de arte, sin freno a la imaginación.

 

 

Muestra de ello es La Catrina de José Guadalupe Posada de quien se dice, a manera de “calavera”, en refiriéndose a los difuntos: Nuestros queridos difuntos/ ya del Mictlán regresaron/ con altar muy adornados/ buen pachangón se encontraron/ y todos de puro gusto/ con la catrina bailaron.

La Catrina de Guadalupe Posada

 

Las Calaveras de Guadalupe Posada

Son en la mayoría de los casos asociadas con el Día de los Muertos, ya que interpretó la vida y las actitudes sociales del pueblo mexicano, representados en sus grabados con calaveras vestidas de gala, calaveras en fiesta de barrios, en calles citadinas, en las casas de los ricos. Dibujó calaveras montadas a caballos, en bicicletas, con las que señalaba las lacras, la miseria y los errores políticos del país. Es el caso original de La Catrina, GRABADO que representa una burla a la clase alta del Porfiriato.

 

Come y bebe

que la vida es breve. 

Anónimo

 

La ofrenda

 

Ofrenda (huentli) dedicada a los muertos

Murales de Tixtla de Guerrero

Tradición muy asentada en el pueblo mexicano; proviene de tiempos prehispánicos. Los aztecas, mayas, purépechas, nahuas… la realizaban en centros ceremoniales a través de rituales que invocaban y enaltecían la muerte y el renacer de la humanidad. Según las creencias de nuestros ancestros, cuando una persona moría, el alma de ésta, iba a vivir en el ámbito denominado Mictlán.

Actualmente, el “día de Muertos” se considera un hecho resultado del sincretismo o conciliación que se da entre las creencias emanadas de nuestras raíces ancestrales y la creencia religiosa impuesta por la evangelización española.

 

La vida de los muertos perdura

en la memoria de los vivos. 

Marco Tulio Cicerón

 

Altar erigido a los muertos

La fiesta del día de muertos se celebra del 31 de octubre al 2 de noviembre.

 

El 31 de octubre a las 12:00 horas se recibe a los muertos pequeños, niños que no tuvieron la oportunidad de llegar a la adultez, y se les despide a las 12 horas del día 1 de noviembre. Despedida y bienvenida son exaltadas con el incendio de cohetes que esparcen su sonido en el espacio etéreo.

Los muertos grandes llegan a las 12 horas del 1 de noviembre y estarán hasta las 12:00 hrs del siguiente día.

 

La muerte no es más

que un cambio de visión

León Tolstoi

 

 Simbología mortuoria

 

En las ofrendas y altares actuales en donde afloran: creencias religiosidad, apego familiar y espiritualidad de sus ejecutantes, destacan cuatro elementos,  a semejanza de los imperantes en nuestro ancestros, pero con un significado diversificado:

 

 

Tierra, representada por frutos que consumían en vida los ahora difuntos: mandarinas, jícamas, naranjas, nísperos, calabaza preparada con panocha, guayabas, chayotes, entre otras. Se supone que las ánimas de los fallecidos sólo disfrutarán el aroma.

Agua, agua bendita colocada en vasos o recipientes para que las ánimas encuentren frescura después de recorrer el trayecto hasta llegar al lugar en donde familiares y amigos los reciben, metafóricamente hablando.

Viento, es representado por algo en movimiento: flores, angelitos hachos de amasijo u otros adornos de papel colgando, movidos por el viento.

Fuego, presente en los pabilos encendidos de las velas. Se coloca  una por cada difunto recordado, y una más por si a éstos los acompaña alguna alma olvidada por sus dolientes. Las velas son colocadas en el piso o en pequeños candelabros de barro.

 

Tradicionalmente los altares están empotrados en dos dimensiones: La primera se representa con un arco hecho por dos cañas que simboliza la extensión celeste del cual cuelgan piezas de pan, que semejan ángeles, impregnadas de azúcar con matices rojos, verdes, amarillos…

 

La segunda lo constituye el altar que simboliza el lugar en donde vivió el ahora difunto. En este nivel se colocan los alimentos que en vida le agradaba degustar: pan de muerto (tortas y bollos blancos con huevo, hojaldres, cemitas de panocha con requesón, angelitos y animalitos con azúcar blancos y de color), leche con calabaza; en algunas ofrendas colocan copas o trozos de carrizo con mezcal, cigarros, mole verde, tamales tololoches (cuyo amasijo representan al difunto) envueltos con hojas de milpa (que semejan el ataúd), mole colorado de guajolote o de pollo (se cree que  este guiso es a manera de evocación: el mole, la sangre, y la carne, lo sólido del cuerpo).

La comida se sirve en cazuelas de barro situadas junto a frutas, panes y vasos con agua. Se coloca también. La ofrenda, presidida por la imagen de las ánimas, Santa Elena y/o un Cristo, es adornada con flores naturales.

Al llegar las ánimas de los difuntos, éstas son inducidas a caminar por un camino delineado con pétalos de flores de cempaxochil (tapayola) que inicia en la calle y culmina frente al altar.

Quienes esperan a las ánimas encienden velas y pebeteros para guiarlos.

La ofrenda en el contexto ritual pagano-religioso dedicado a los muertos, tiene como propósito fundamental materializar los elementos y apetencias de los difuntos. Las dimensiones y contenidos de las ofrendas a los muertos no dependen de la capacidad adquisitiva de los deudos, sino de la voluntad y devoción que poseen los deudos.

 

Matrimonio y mortaja,

del cielo baja.

Anónimo

 

Ofrenda en los cementerios

 

 

En esta fecha los familiares de los fallecidos se dan cita en el camposanto para arreglar la tumba en la que reposan los restos de sus seres queridos.

En un afán de enaltecer querencias, los deudos depositan: agua bendita, sahumerios, cadenas de tapayola y ofrendas florales al tiempo que oran, atraen recuerdos y en ocasiones se hacen acompañar de músicos que entonan melodías cuya letra fue afín a las emociones del fallecido. Predomina una visión generalizada: algunas tumbas son visitadas y ornamentadas frecuentemente, las más de ellas sólo tienen este beneficio en los días dedicados a los muertos, y también las hay que permanecen indefinidamente abandonadas.

 

Así como una jornada bien empleada

produce un dulce sueño,

así una vida bien usada

causa una dulce muerte. 

Leonardo da Vince

 

A manera de colofón:

Es una fiesta del pueblo mexicano en la que impera la alegría entreverada con la solemnidad. Los vivientes tienen júbilo porque convivirán o tal vez debería decirse “conmorirán” con los muertos, pero no obstante que hay en esta conmemoración un derroche de júbilo porque una vez al año se tiene este encuentro con quienes han dejado esta vida, hay en este momento muestras de respeto por ser un hecho en el que predomina una amalgama de fe, religiosidad y añoranza vinculada con el enigma que de sí inspira “el más allá”.

Huentli, Murales de Tixtla de Guerrero, México

Murales de Tixtla de Guerrero

octubre 20

 

 

 

 

LIBRO:

LOS MURALES DE TIXTLA DE GUERRERO

 Autor: Joaquín Mier Peralta

 

 Comenta: Margarito López Ramírez.

 Noviembre 24 de 2012

 

 En un momento de su vida, Don José Saramago, ciudadano universal, escritor, poeta, novelista originario de Portugal, y premio Nobel de literatura, afirmó:

… un libro es casi un objeto. Porque si es verdad que es algo voluminoso, que se puede tocar, abrir, cerrar, colocar en un estante, mirar e incluso oler, también es verdad que un libro es más que eso, porque dentro lleva, nada más y nada menos, la persona que es el autor…

Hoy, amén de los afectos que nos unen con el Licenciado Joaquín Mier Peralta, nos reúne, nos acoge y atrae su obra denominada LOS MURALES DE TIXTLA DE GUERRERO. El sólo hecho de pensar que existe este compendio ilustrado, genera interrogantes; tenerlo y palparlo, emociona; enterarse de su portada y contraportada, ilumina;  entreabrirlo con proceder de quien sabe qué es y cómo debe tratarse a un libro, es motivo de regocijo; y entonces el pensamientos, comulga con lo expresado por Jorge Luis Borges: el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres. Añadiré: “que también tienen las mujeres.”

 En este libro, se avizoran dos momentos que  a la par enriquecen el conocimiento y fortalecen el espíritu del lector:

El primero, conduce, lleva a conocer, a disfrutar, a deleitarse con evidencias que dan fe de  testimonios histórico – culturales. Tomado de quien prologa esta obra; parafraseando a don Maximino Agatón Hernández, es de buen decir que las gráficas, que sus pasajes pictóricos, inician en el ancestral y poético significado de “Teoxtitlán”; que después lucen majestuosas e impresionantes facetas que van de la fantasía a los hechos; de la tranquilidad y adoración a la naturaleza a los sangrientos pasos de la conquista española.

 

Y que, cautivado el interés de quien disfruta el aroma de la tinta y el papel fundidos en las páginas, induce a seguir escudriñando por vericuetos patrios que muestran facetas de la lucha por la independencia y demás movimientos libertarios en los que descollaron, entre otros, Vicente Ramón Guerrero Saldaña, Antonia Nava de Catalán, Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Jiménez Bello…

 

 

 

En la  culminación, en lo que se da en llamar quinta parte, a manera de reconocimiento y gratitud a la pléyade de hombres y mujeres que han contribuido a delinear el perfil  social y cultural de la población de Tixtla de Guerrero y sus alrededores, el pincel diestro y artístico de don Jaime Antonio Gómez del Payán configuró escenas en las que resaltan  tradiciones y costumbres tixtlecas,

 

 

Quedando, para la posteridad, plasmadas las figuras de cronistas, escritores, cantautores, el conjunto musical denominado Los Azahuaxtles, marcando el acompasado zapateado de doña Chagüita Ramírez, don Esperanza vega y demás bailadores de tarima; se muestra el tradicional

 

 

 

 

 

 

Encuentro mayordomal con La Pajarilla, personaje pueblerino contoneándose entre huezquistles, mojigangas y demás bailadores;

 

 

 

 

 

 

Descuellan el huentli mortuorio, don Isauro Blanco en condición de Viejo ranero,

 

 

 

 

 

 

Albino López Nava y el señor Valadez cargando el chitautli que se arrojará al Pozo de Oxtotenpan,

 

 

 

 

 

 

 

Y queda del ayer, la casi extinta procesión de yuntas. Sin faltar ofrendas a los muertos, el baile del calabaceado, y la alegoría hecha al tradicional Porrazo de tigres.

El segundo instante, conlleva a conocer y sopesar formas y contenido de las dimensiones y características del pensar, decir y hacer de su autor. Porque, más allá de constituir un merecido “homenaje a don Jaime Gómez de Payán”. Más allá de ser la crónica de un hecho trascendental que atrajo voluntades, participaciones y suma de esfuerzos, el libro aludido es la revelación de quien vuelca sus emociones, querencias, anhelos, pasiones, amores, y, en cierto momento, sus desavenencias que constituyen parte de su andamiaje humano. En razón de ello, quepa citar lo elemental para dar sustento a este aserto:

 

 

 

 

Don Joaquín Mier Peralta cautiva al lector cuando con sencillez, casi  a manera de susurro, confiesa: le hablé tanto –en refiriéndose a Don Jaime Gómez del Payan- de las bellezas de mi tierra natal,  su historia, clima, gastronomía, gente hospitalaria y buena, que no dudó en aceptar entusiasmado la invitación que le hice para visitar Tixtla; comparte su regocijo cuando manifiesta:  Gómez del Payán quedó prendado de mi añorado terruño y su hábil pincel tuvo, por mucho tiempo, infinidad de temas a desarrollar en el lienzo de su sufrido caballete. Don Joaquín, ilustra al confirmar que, Soñar, es el primer paso para lograr algo importante; muestra su calidad humana al decir que Los Murales de Tixtla no fue labor de una persona, sino fruto de un gran esfuerzo compartido, coordinado con éxito por la Asociación Nacional de Tixtlecos y Amigos, A.C. a partir de su reestructuración acontecida en el año de 1984, y que hubo un grupo de colaboradores entre los que destacan: Rosa Ma. Franco Catalán, Rogelio Galán Hernández, Manuel Hernández Marbán, Juan Zagal Mena, José Jorge Soria Murillo y Lorenzo Ursúa Rodríguez. El Licenciado Mier Peralta, quien predica con el ejemplo, externa su anhelo de tixtleco que ama su terruño cuando dice: Los  Murales de Tixtla de Guerrero, deben ser  conocidos y emulados por los tixtlecos, principalmente por la juventud a quien corresponde mantener levantada la bandera del trabajo social que no paga en moneda ni en especie, pero que sí gratifica mucho el corazón y tranquiliza enormemente la conciencia

Don Joaquín Mier, hombre de prosapia excepcional, con delineado y emocionado acento plasma su afán primero al decir: he escrito estas páginas, para rendir un justo homenaje post mortem -dejando fiel testimonio de reconocimiento y gratitud- a la labor altruista del maestro Gómez del Payán, quien con desprendimiento, cariño y pasión por nuestra tierra, pintó en unión de colaboradores entusiastas los paneles que adornan con decoro nuestro histórico Palacio Municipal que hablan de los acontecimientos sociales más importantes de nuestro país, de los hombres y mujeres que lucharon por nuestra independencia, y de las tradiciones y costumbres de nuestro pueblo.  Culmina su aspiración atrayendo la sentencia que al texto dice: No es bien nacido quien no es agradecido.

De ahí que “Los Murales de Tixtla de Guerrero”, joya preciosa burilada  con esmero hasta arribar al umbral de la realización, testimonio escrito con diligencia y pulcritud por el Licenciado Mier Peralta, sea  suma de conocimientos que se constituye en abecedario y  parte importante del engranaje histórico cultural del ayer, presente y futuro de este bello rincón suriano;“Los Murales de Tixtla de Guerrero,” es un hermoso libro que, amén de acogerse en los hogares y los espacios áulicos, debe transitar y difundirse allende las fronteras del suelo nacional incorporándose al conocimiento universal abierto a la humanidad.

Este libro, por mucho tiempo esperado, amén de testimoniar la obra muralista de don Jaime Antonio Gómez del Payán, y revelar el altruismo conjuntado de hombres y mujeres que aman a Tixtla, revela el pensar, decir y hacer de su autor: don Joaquín Mier Peralta, hombre ejemplar, noble, probo y generoso que ama a su patria chica, como ama a México; tixtleco excepcional que exalta sus raíces, que gusta de su gente, sus costumbre y tradiciones.

¡ENHORABUENA!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEMEJANZAS…

mayo 8

2

 Primicias del libro:

Semejanzas…

(fragmentos)

 

Autor:

Margarito López Ramírez

 

 

 

 

A don HERMELANDO DAMIÁN CORTÉS, después de superar ciertas dolencias que lo tuvieron al borde de la sepultura, le dio por acosar y cortejar a cuanta mujer  pasaba vendiendo algo. Malaquías Garnica Tena, Gerónimo Salvatierra Domínguez y Pedro Rosales Ordóñez, sus amigos y vecinos, cuentan que “el santo señor”, luego de apartarse de ellos aduciendo que iba a arreglar un asuntito, agarraba parejo; sin importar edad, físico, condición social o parentesco; lo mismo le hablaba a la tamalera, como también lo hacía con quienes vendían empanadas, cacahuazintles, merengues, torrejas, pipitoria, semillas doradas, tortillas, mango enchilado, elotes hervidos, memelas de camagua, helados, pan, verduras o baratijas. Al verlas que se afanaban en su vendimia, al tiempo que con una de sus manos jugueteaba y palpaba algo en el fondo de una de las bolsas delanteras de su pantalón, les decía en tono comedido:

“¡0ye, niña!, ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo te puedo cumplir…

Y he ahí que frecuentemente la aludida, al escucharlo y ver sus ademanes  que eran por demás grotescos en la alargada bolsa del pantalón de ancha pretina y prolongado tiro,  contestara en tono de conmiseración: “¡ay!, don usted,… lo dice como si en verdad pudiera hacerlo”.

“Ante tal pronunciamiento que no lo dejaba bien parado, don Melando, como lo llaman sus vecinos, retomaba su intento con más ahínco:

“Sí niña, así como me ves, debes saber que todavía hago surcos…”

 “Con su decir vehemente, algunas buenas mujeres se sonrojaban, otras sonreía mostrando nerviosismo, y las más de ellas montaban en enojos a la par que se alejaban murmurando:

“Viejo, rabo verde; vergüenza le habría de dar…”.

Sus amigos, testigos presenciales de estos acosos, afirman que, cuando no podía o puede   seguirlas por su reumatismo creciente, se aparta del grupo que conforman, y optaba por aposentarse en el quicio de la puerta de su casa, desde donde les musitaba, viejos y obsoletos piropos:

“Si como lo meneas, lo bates, qué buen chocolate…”… “Prietas, hasta las mulas son buenas”… “Grandotas, y aunque me peguen”… “Adiós mamacita, aquí está tu querubín”…

“Y, si la ocasión le era propicia, las llamaba, y a la par de manosear la mercancía y revolotear su mano derecha en el fondo de la citada bolsa del pantalón, les endilga su acostumbrada perorata:

“¡0ye, niña!, ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo te puedo cumplir…

“Este acontecer con sus altibajos, se repetía constantemente sin causaba enojo mayor a las vendedoras por considerar que provenía de un hombre nonagenario a quien debía dispensarse esa y más desfachateces que las más de las veces generaban comentarios chuscos. Pero tuvo que haber un pero que alterara este estado de cosas que eran pan de cada día en las inmediaciones de la casa del anciano o la amplitud de la plazuela del barrio: una de tantas vendedoras, al escuchar que don Melando, desde la puerta de su hogar, le decía  “¡Ayyyy qué curvas,  y yo sin frenos!”…Me he de comer esa tuna aunque me ahuate las manos”, lo encaró y, al tiempo que con su mano izquierda levantaba sus enaguas hasta la cintura, le dijo:

“… Pero con qué dientes, mi querido señor, con qué dientes… Estas carnes…, mas, que para usted, están buenas  para algunos de sus parientes que las puedan morder y saborear…”.

Y entonces, con la mirada fija en las piernas robustas y hermosas de la joven, el viejo enmudeció y mostró un gesto de desaliento a la par que  recordaba los  versos de Isaías Basilio Bautista, hombre de trova muy dado a pronunciarlos en momentos de nostalgia o regocijo:

“Me encontré con una güera/ de esas de alto peinado, / le dije que me lo diera; /me dijo: ¡Qué desgraciado!/… Yo estoy buena pa´ tu nuera/ tú,… tú ya estás muy arrugado…”

“El viejo Melando, susurró una y más veces en tono vehemente esos versos a la par que observaba las pantorrillas tersas, hermosas y atrayentes de la joven Micaela Silva Mejía quien, luego de mostrar una sensual sonrisa, contonear su cuerpo y acodarse la diminuta falda que dejaba entrever sus moldeadas caderas, se despidió a través de una escueta frase: “¡A que don usted,… tan sin embargo!,” y prosiguió con su pregón:

“Compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Merengueeeeee, calientito!…”

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“ANACLATO CORRALES PERALES, jovenzuelo de escasos quince años de vida, cara espigada, cuerpo flacucho y de carácter retozón; hijo único de don Susano Corrales y la señora Aurora Perales, repentinamente le dio por abandonar su hogar en busca de algo y mucho que le alborotaban el cuerpo y el alma. “Papa, mama,… voy a ver que hay por allá, –dijo, a manera de respingo, sin mostrar conmiseración por lo que ellos le empezaron a decir: primeramente  a manera de regaño, y después, como letanía que culminó en súplica. Pero él no cedió en su intención. Situado en mitad del espacio protegido por la choza humilde que resguardaba el hogar que había testificado su nacimiento, aguantó la mirada inquisitiva de su padre, y  sin inmutarse, recibió la bendición de su madre.

“Instantes después, con movimientos apresurados, desató el brazalete de ruda piel vacuna que  portaba en uno de sus articulaciones y lo   amarró en el tallo de un rosal que meses antes había plantado junto a la cerca que resguardaba la humilde vivienda de sus progenitores. Allí estuvo de pie, durante algunos instantes en el atardecer de ese día, con el pensamiento alborotado, y la mirada abierta sobre el caseríos que dejaba entrever techos de forma y tamaño diversos en espacios habidos entre árboles y ramajes crecientes en lomas y hondonadas que dan cabida al pueblo de Escalerillas. En su cavilar dedujo que amaba su terruño pero también se dijo para sus adentros:

No quiero envejecer como envejece mi padre que día a día se encorva bajo la pesada carga del trabajo diario y monótono; no quiero atarme a su tlalmecate, a su pedazo de tierra  a sabiendas de que no produce lo suficiente para alimentarnos; no quiero seguir sus pasos sin buscar otra manera de vivir; no quiero privarme de lo que posiblemente encuentre más allá del Pueblo Mayor; no quiero vivir ni morir como muchos han vivido y muerto en este pueblo de miserias; no quiero abandonar a mis padres pero debo aventurar…”

“Anacleto daba rienda suelta a las inquietudes que desde algunos meses atrás le surgían y lo acosaban. El pueblo se le hacía pequeño para alcanzar sus anhelos, para ver y poseer cosas que ambicionaba. Y entonces, luego de flotarse la cara y palpar sus brazos, se sintió con fuerza suficiente para emprender su aventura.

“Cuando las sombras de la noche resaltaron la presencia de fogatas y candiles semejando luciérnagas aposentadas, se introdujo a la cocina en donde, después de comer una tortilla doblada y beber café servido en un jarro, abrazó a su madre al tiempo que le decía: “¡Eh, pues, jefa!, no llores, sólo estaré ausente unos meses.” Don Susano, aunque sentía deseos de gritar mil cosas, observó la escena en la que su mujer mostraba dolor, no dijo palabra alguna; y cuando el muchacho abandonó el lugar rumbo a su dormitorio, a través de una gesticulación, correspondió la breve exclamación: “buenas, jefe,” que su hijo le indilgó.

“En el amanecer del día siguiente, cuando la neblina tempranera se entreveraba entre el paisaje que acoge al escaso caserío, Anacleto salió de su hogar portando un paliacate en el cuello, vestimenta vaquera, una mochila y un par de espuelas. Encaminó sus pasos anhelando alcanzar la vereda que lleva  al Pueblo Mayor. A leguas se notaba que iba, liberado,  contento, anhelante….”

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DOMITILO ORTEGA VILLAGRÁN, amaneció en la mañana de un día sábado, quejándose de un dolor en el cuello, moretones en ambos ojos, la nariz inflamada y los labios desfigurados como si hubiese escarbado el suelo con la boca; vestía camisa y pantalón descuajaringados; calzaba sólo un zapato; la cabeza le daba vueltas y su aliento era de quien tiene en el estómago alimentos en proceso de fermentación. Enterado de su aspecto desastroso, fue hasta donde estaba su mujercita, como  llamaba a su esposa cuando estaba en su santo juicio, y, sin rodeo alguno, le preguntó: ¿qué me pasó, mujercita preciosa,… qué me pasó, amorcito? ¡Mira cómo estoy!

Doña Engracia Batalla Encarnación, doña Chona, mujer de estirpe mulata, hembra robusta de estatura cercana a los dos metros, contestó secamente: ¡sepa Dios qué te sucedió! Y después a la par de empezar a cantar: amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso,… se mostró afanosa en el entorno de su cocina.

Domitilo, luego de un rato en el que se le vio pensativo, sin preguntar otra vez: “¿qué me pasó, mujercita preciosa?”; buscó su zapato perdido  encontrándolo junto a un bate en las inmediaciones  de la puerta que da entrada a su casa; baño su cuerpo con agua fría y lo acicateó con esencias; se colocó unos  lentes obscuros que lo hacían ver cual si estuviera ciego; vistió ropa limpia recién planchada; sujetó un pañuelo en su cuello, y después de ver su perfil reflejado en el espejo, asumió su mejor postura posesionada de aditamentos que le camuflaban magulladuras. Satisfecho con su imagen, quedó pasivo al tiempo que su mente rememoraba cuán grande había  sido el sainete que su mujercita y él habían escenificado en la noche anterior. Bien dice el refrán: no hay borracho que coma lumbre; recordaba lo acontecido, pero se comportaba marrullero para no dar lugar a que su esposa disfrutara su osadía a manera de liberación. Una vez más entro en su cavilar pero al escuchar la voz de doña Engracia, quien lo llamaba en tono meloso: a almorzar, cariño,… a comeeeeer, preciosura; a comer tu platillo favorito, ni tardo ni perezoso acudió a la mesa en donde había, además de una cazuela con chilaquiles picantes con olor a epazote fresco salpicados con limón, un tasajo de carne asada, cebolla y queso, un jarro rebosante de atole blanco, y dos pequeños recipientes conteniendo  melcocha y torrejas. Hambriento y atosigado por la sed, le hincó diente a existente, y, como pocas veces lo había hecho en su vida matrimonial, se mostró amable con doña Chona, a quien, luego de agradecerle el apetitoso almuerzo, le narró chistes trillados, y removió hechos que involucraban a ambos. Doña Engracia lo escuchó y hasta se involucró en esa inusual manera de comportarse, pero su mente  cavilaba: ¿qué estará tramando este chaparro del demonio?.. ¡Ahora viene con eso de que no recuerda lo que le pasó!.. Para mí, que este borracho del demonio, algo hizo o trama…”

 

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VENUSTIANO SOTOMAYOR RENTERÍA, criado desde muy pequeño por la abuela Nicandra Rentería; joven parlanchín y bravucón en la antesala de la hombría, era muy dado a decir que a las mujeres debía tratárseles con la punta del pie porque eran seres que con artimañas sentimentales mangoneaban a sus maridos; y a quienes  estaban casados, les endilgaba habladas guasonas: los pararon chiquitos, bola de mandilones… No son hombres, son pájaros nalgones que viven a las sombras de la vieja que manda en sus casas… Eso de que ustedes deciden en su chiquero, es puro jarabe de pico,… ¡Aprendan a mí que donde me ponen me comporto y canto como gallo que soy!

 

Venus, como era comúnmente conocido en la jerga de bebedores de Pueblo Grande,  vociferaba y alardeaba, secundado en su decir por José Cleofas Nava su amigo inseparable. Cuando se hallaba en el interior de la cantina Los Agachados, gritaba bobadas sin que hubiese alguien que contradijera su barullo ya porque de sobra se sabían que era vocinglero o porque consideraban que sus desplantes encajaban en eso que ronda de boca en boca: dime de que presumes y te diré quién eres… Cae más un hablador que un cojo… De lengua me como un plato.

 

Venustiano fue por mucho tiempo el platillo fuerte, el sujeto fastidioso y hasta el hazmerreír en ya aquí ya allá en donde había convivencia,  pero  luego de un año de haberse matrimoniado con Jacoba Bracamontes Guerra, mujer muy bonita pero de armas tomar, repentinamente se mostró meditabundo, mustio, apabullado. Los clientes asiduos al bar Los agachados, antro regenteado por Teodoro Anselmo Gatica, murmuraron  y dieron en decir que el otrora fanfarrón había enfermado. Mas como era de todos conocido no lo atosigaron, lo aceptaron cuál era sin objetar su actitud, y hasta hubo expresiones de conmiseración en su rededor. Pero después de haber transcurrido algunos meses, luego de escuchar los comentarios indiscretos de José Cleofas quien no soportó la carga anímica que implicaba guardar pormenores de la vida de su amigo de farra,  vino el desquite de aquellos que habían sido ninguneados por él; éstos dieron en decirle en tono  burlón: Venus, te mangonea tu mujer,… no tienes autoridad sobre ella,… como marido eres cero a la izquierda… Y de refilón le endilgaron una cantaleta apabullante: eres mandilón, Venustiano, te manda tu señora,eres mandilón, Venustiano, te manda tu señora…

 

Ante el proceder de sus compañeros de correrías, Venustiano se enquistó en un mutismo que sorprendió a quienes de por vida lo conocían: de fanfarrón y entrometido como había sido fuera de su hogar, pasó a ser hombre meditabundo, introvertido, apocado. Aguantó durante un buen tiempo aquellas guasas que le endilgaban, soportó éstas y más expresiones hasta que un día se le escuchó decir: ¿cuánto apuestan, caterva de habladores, cuánto apuestan a que les demuestro lo contrario? Admirados de su repentino cambio de actitud, le aceptaron el reto: el próximo día viernes nos reuniremos en tu casa, fue el decir generalizado de quienes estaban involucrados en la jugada. Dado que no hay plazo que no se cumpla, en punto de las tres de la tarde llegaron indecisos a la cita pensando en la actitud que asumiría Jacoba, pero su preocupación menguó cuando observaron la amabilidad con que ella los recibió y los hizo pasar y acomodarse en una espacio de la vivienda en donde había preparativos para esparcirse.  Su sorpresa fue mayor cuando observaron que la esposa de Venus, obedecía los mandatos del casero quien con garbo disponía:

“¡Jacoba!: trae la botella… Arrima las copas… Recoge los envases… Prepara la botana… Pon hielo a los vasos… Condimenta aquello… Licua estas frutas… Fríe la carne… Calienta este caldo… Enfría los refrescos…  Limpia la mesa… ¡Atiende al chamaco!”

La señora iba y venía sin retobo alguno. Todo marchaba bien en la convivencia concertada: Venustiano ordenaba, ella obedecía, y los concurrentes se divertían y hartaban con las viandas que les ofrecía amablemente. Pero como nunca falta un negrito en el arroz, sucedió que Teodoro Anselmo el cantinero al observar que un gallo avado de pescuezo pelón  pepenaba migajas que dejaban caer al piso, dijo: “¡Venus, mata ese pollo!, para que tu vieja lo guise en chilatequile picoso. ¡Mátalo!, apriétale en pescuezo.” Engolosinado como estaba con su poder de mando, Venus, el hombre de la casa, se dispuso a retorcer el cogote del animal en el momento en que su esposa se acercaba con un platón repleto de carne frita, tacos adobados, guacamole y costillas de  cerdo salpicadas con limón y salsa roja picante. He ahí que Josefa, al mirar que su marido se disponía a descogotar su gallo consentido, en un santiamén  le desparramó los manjares sobre dejándolo como palo encebado: multicolor y de sabores diversos, y luego de darle tremendo manotazo en mitad de la cara, le gritó:

“hasta aquí llegamos, Venustiano, ¡hasta aquí!, no más… hasta aquí llegamos porque mi gallo precioso no está dentro del trato que hicimos. Así es que tú y tus amigos se van mucho a la…”

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HOMOBONO CHOMOLCO TLALMANALCO, hombre próspero dedicado a la labranza de la tierra y la cría de ganado, en la comunidad de San Jacinto de los Arrayanes asentada en la Región de la Montaña, llamó a Nepomuceno su único hijo varón; muchacho joven de piel renegrida, cabellos hirsutos, hablar cuatrapeado y cuerpo enclenque;  y, tras decirle que lo heredaría en vida con la condición de que “mejorara el raza”, lo bendijo e indujo a recorrer los caminos que dizque en busca de “un mujer de buen ver y  buena alzada”.

Llevando a cuestas primicias de su cuantiosa fortuna, el muchacho abandonó temporalmente la labranza de la tierra y la cría de ganado, y obediente se abocó a lograr aquello que su padre le encargaba. Empezó por cambiar su imagen: no calzaría huaraches de correa; tampoco vestiría calzón y cotón; abandonaría la costumbre de cubrirse la cabeza con un sombrero burdo hecho de sollate; dejaría su gabán por chamarra de fina hechura…

Llevando en la mente las palabras pronunciadas por su padre, anduvo en diversos lugares en donde más de una ocasión estuvo a punto de ser agredido por quienes en veces le querían arrebatar sus pertenencias o porque, amén de ser desconocido, lo veía husmear en los hogares y alrededores. Pero él, a semejanza de  perro extraviado, proseguía incansable por caminos y escudriñaba en pueblos, aldeas y rancherías, buscando lo que consideraba que lo llevaría a cumplir la encomienda recibida.

Durante el transcurso de un año y días recorrió diversas regiones de su estado natal pero no encontró a alguien que cumpliera los dos requisitos que su padre le había indicado: “un mujer de buen ver y  buena alzada”. Pero su carácter obstinado lo indujo a adentrarse en La Sierra del estado de Guerrero, región poseedora de ríos caudalosos, elevadas montañas, cerros, lomeríos y faldas cubiertos de exuberante vegetación. Y, he ahí que luego de andar de aquí para allá, detuvo su transitar en la comunidad denominada Los jagüeyes de San Francisco, en donde columbró a una muchacha acompañada de otra en el momento que cargaba un cántaro amortiguando el peso de éste con un yagual asentado en la cabeza. La miró caminar erguida, esbelta en tanto que el viento le jugueteaba los cabellos extendidos en la espalda hasta la cercanía de la cintura. Nepomuceno, boquiabierto, la siguió sin el ánimo de abordarla pues ajeno era a entablar una conversación, y menos con una mujer de esa naturaleza. Sin saber qué hacer para acercarse a ella, detuvo sus pasos frente a la choza que habitaba la familia Mendoza Herrera; allí estuvo hasta que, a fuerza de verlo de pie y en veces sosegado sentado sobre una piedra, don Manuel Mendoza, hombre receloso, llevando una daga en la pretina, lo enfrentó:

– ¿Qué te trae por acá, muchacho?.. ¿Por qué estás aquí como si te debiera algo?.. Ahorita mismo te vas y buscas otro parapeto.

No pues, siñor. Lo quiero hablar contigo –dijo Nepomuceno, en tono suplicante pero sin amilanarse. Se mostró erguido hasta donde le permitió su complexión física; manifestó  altivez propia de su estirpe aborigen sin llegar a la ofensa –Lo quiero platicar contigo.

– Pero da la casualidad que yo no quiero hablar con quien no conozco. Así es que te alejas de aquí o te atienes a las consecuencias –la voz de don Manuel era imperativa al tiempo que se erguía desafiante.

No pues, siñor. Lo quiero hablar contigo para pedirte tu hija.

En la naturaleza de don Manuel, hombre alto, fornido y de carácter violento, hubo un sacudimiento a manera de coraje entripado que lo indujo a dar un escarmiento a quien intentaba arrebatarle algo muy suyo, pero después canalizar su desacuerdo a través de un resoplido, extendió los dedos de sus  manos que de pronto se habían contraído, se contuvo.  Repentinamente su estado de ánimo experimentó un vuelco. Llevado por la curiosidad, hurgó en el físico y manera de vestir del desconocido. En su hacer encontró que había un no sé qué detrás de ese indito ladino que se atrevía a pedir que le diera a una de sus hijas. Observó su vestimenta que contrastaba con su aspecto cerril y su vocabulario entrecortado. Fue presa de la desconfianza. Mas como viese que el sujeto no mostraba temor ni menguaba en su propósito, por mera curiosidad, decidió dar seguimiento a lo que le pedía:

¡Eres un atrevido!.. ¿Con qué derecho vienes a pedirme que te dé a mi hija, pedazo de zoquetelo?

-No pues, no con derecho…Quiero que recibas mis pagres, pa´ que lo platiquen de casorio con tu hija.

-¡Habrase visto, pues!… -Don Manuel, otra vez contuvo su enojo e indignación, y, a la par de que en su mente cruzó la idea de seguirle la corriente y hacerle el juego al indito para divertirse un rato, caminó al interior de su morada, e instantes después, al tiempo que mostraba una mueca burlona en el rostro, y tono despectivo en el hablar, dijo:

mi hija, la morenita, chaparrita y bonita, quien además de decir  que no te conoce, y estar  encorajinada de sólo pensar que estás aquí queriendo  matrimoniarte con ella,  me ha encargado que te diga que te vayas a la voz de ya, que te alejes de aquí llevándote tu imprudencia y ladinería de indito fastidiosos…”

-No pues. Yo no querer la prietita. Yo querer blanquita, altita, cuerpo de cierva y cara bonita – Expresó Nepomuceno en tono tajante a la par de que intentaba ver, por encima del hombro de su interlocutor, al interior de la choza. Su manifestación era casi a gritos.

-Uff. ¡Ella, menos! –Exclamó don Manuel al tiempo que reía a carcajadas. Consideraba que el fulano pretendía algo inalcanzable, pero una vez más creyó que debía ser paciente. He ahí que fuera al interior de su choza y regresara nuevamente mostrando en el rostro una sonrisa socarrona- ¡Anda pues! –le dijo en tono amable- Ve a donde debes estar en lugar de andar pretendiendo imposibles. ¡Ve! El mes entrante, a las dos de la tarde del día veinticinco, los espero.

Ta güeno, pues, siñor -Nepomuceno sonrió, se despojó del sombrero, hizo una reverencia y, ante la mirada de algunos lugareños, caminó con paso apresurado…

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NICOLÁS PEDRAZA DE LOS MONTEROS tuvo la ventura o infortunio de ser único hijo de un matrimonio laborioso y de proceder amoroso. El escuintle recibió las aguas bautismales,  principios de fe y confirmación religiosos en la capilla de su pueblo. En esas ceremonias participaron o  fueron testigos presenciales personajes destacados de la grey religiosa y protagonistas de renombre en el hacer social, político y cultural: hombres y mujeres elegantes, venidos de distintos lugares que se involucraban en las festividades, por demás ostentosas y selectas, que organizaban sus familiares.

Su infancia transcurrió entre mimos y complacencias excesivos. La festividad en la que se  rememoraba su nacimiento, era motivo para que sus padres, doña Engracia de los Monteros y don Próculo Pedraza Berrueto, y su tío el señorito Dona “echaran la casa por la ventana”: ofertaban aguinaldos, nieve artesanal hecha en garrafas,  fruta de horno, piñatas repletas de dulces y chocolates; contrataban payasos y adornaban la fachada de su casa con flores y papeles multicolores. ¡El chamaco era festejado a lo grande! La mañana del día diez de septiembre, fecha en la que se homenajea a San Nicolás de Tolentino, propiciaban que hubiese repiqueteo de campanas. Ellos y demás familiares acompañados de muchas personas invitadas de manera específica, asistían a la capilla. Cuando el cura terminaba de oficiar la misa destinada al santo patrono del pueblo, los involucrados en el festejo del niño Nicolás permanecían en el recinto para elevar fervorosas  plegarias a Dios deseándole salud y bienestar. Terminado ese acto fervoroso, se echaban a vuelo cohetes, cohetones e incendiaban cohetitos de sala en mitad de la calle, y la multitud, precedida  por El Chile Frito y mojigangas que bulliciosas esparcían alharacas, emprendía su caminar  hasta las puertas de la Casa de los Azulejos en donde se entonaban las mañanitas destinada al chamaco que con esmero y mimos era vestido por sus nanas frente al enorme espejo colocado en una de las paredes de su recámara. Instantes después,  cuando Nicolásito, como lo llamaban, hacia acto de presencia conducido por su madre, y era vitoreaban por los asistentes conforme a las instrucciones recibidas en su condición de familiares e invitados elegidos. Comúnmente, la conmemoración en la que la gente comía, bebía y bailaba, continuaba hasta el atardecer; motivando que, quienes participaban animosamente en ella, año con año  estuviesen pendiente de la conmemoración que habría de venir. Pero, ¡Oh, sorpresa!,   cuando cumplió el doceavo cumpleaños de vida, el mentado Nicolasito se reveló echando por tierra lo planeado por sus padres. En un santiamén desbarató el programa festivo que con mucho empeño le habían organizado. El desnaturalizado escuincle se encerró en su recámara y, sin considerar  el tono suplicante de quienes por conveniencia o voluntad propia pedían su presencia, empezó a deshacerse en rabietas al tiempo que gritaba “¡Quién les dijo que trajeran a esos gorrones a mi casa! ¿Quién? ¡Déjenme dormir! Quiero dormir. ¡Cállense!

La situación se complicó más cuando, Nicolás, valiéndose de un pesado martillo, arremetió contra las ollas de barro que contenían suculento guisos que con esmero había preparado servidumbre. En un instante armó un desgarriate sin que sus padres lograran detenerlo. A fin de cuentas, las exigencias del tiznado muchacho fueron cumplidas: enmudeció la banda musical, las mojigangas se retiraron esparciendo su frustración a través de payasadas, y la gente, que minutos antes imaginaba el agasajo en el que iban a ser participantes, abandonó el lugar inducida por las expresiones melosas de doña Engracia:

  • “Nicolasito, mijito precioso, está enojadito porque no durmió bien, ¡discúlpenlo! “El muchachito Nicolás, no es malo ¡Compréndalo! Es travieso, no lo negamos. Pero malo, malo no es”.

Los más de los asistentes se alejaban mascullando expresiones:

  • “Esto nos pasa por hacerle caso a quienes nos dijeron que viniéramos al festejo dedicado a ese chamaco malcriado…Pero, ´la culpa no la tiene el indio, si no quien lo hizo compadre´… Es malo, muy malo en tiznado chaval; ´malo, malo como la carne cuche´… ´Caras vemos, corazones no sabemos”.

Grande fue el borlote como grande la decepción de los invitados que habían imaginado que se hartarían con lo destinado a ellos en calidad de comensales selectos; por el agravio sufrido, muchos de éstos blasfemaros a grito abierto, y juraron que jamás volvían a La Casa de los Azulejos, pero la gente que se había mantenido ajena a este hecho, les endilgó expresiones chuscas cuando a escaso días de la tradicional conmemoración, pudieron más las argucias, ofrecimientos, dádivas y hasta chantajes de doña Engracia, don Próculo y el señorito Dona para, una vez más llevarlos como “acarreados” a festejar el trece aniversario del nacimiento de Nicolás.

He ahí que, como si todo hubiese sido un mal entendido superado, hubo misa en la capilla del pueblo, expresiones rogativas, tañer de campanas, tronar de fuegos artificiales, música, mojigangas, mañanitas y arreglos florales en la portada de La Casa de los Azulejos. Otra vez, familiares e invitados se mostraron entusiasmados e imaginaron que se deleitarían con la música y saborearían suculentos platillos; y hasta le dedicaron versos de los tradicionales papaquis, pero no bien habían terminado de entonar eso que dice: “desde lejos hemos venido brincando los tepanoles, sólo por venir a ver las ollotas de pozole, cuando  escucharon la protesta del niño  Nicolás. Y entonces, nadie se quedó para ver si repetía su desgarriate ni esperó que doña Engracia lo justificara; simplemente abandonaron el lugar; se retiraron mascullando enojos, mostrando vergüenza, y esparciendo lo acontecido entre la gente que en veces les decía: “se los dije, se los dije, pero…”.

Durante un buen rato, los pobladores se ocuparon del incidente ocurrido gastando bromas a quienes, frustrados, una vez más se habían conformado con un improvisados almuerzos que compraron o elaboraron en sus casas.

Al pasar el tiempo, la población de Torrecillas de San José volvió a sus acostumbradas actividades olvidándose de los arrebatos de Nicolás quien, luego de cambiar el pantalón de peto, que su madre y nanas le enjaretaban, por otra vestimenta, convirtió su casa en nidal de ocios. Sin pedir permiso a sus padres ni considerar lo que ellos le aconsejaban, hurgaba con lo existente en bodegas, trojes, cuarto de trebejos; y a diario  escenificaba hechos y despilfarros, ya con sus compañeros de escuela, ya con sus vecinos, u otros chiquitines a quienes atraía o alejaba sin consideración alguna. El grupo de chiquitines, realizaba juegos que transitaron de lo sencillo y sano a lo atrevido y riesgoso:  uno de estos hechos consistió en balacear la calabaza colocada en la cabeza de un chamaco que, al oír el disparo de la pistola hurtada a don Próculo, calló al suelo desmayado; otro más fue escenificado en rededor de un poste de cemento que sirvió para sujetar a un muchachillo a quien después de someterlo a un supuesto juicio inquisitorio, lo rodearon de varas secas a las que prendieron fuego confiando en la oportuna intervención de  quien haría el papel de personaje justiciero y salvador, dando lugar a que, cuando éste no pudo deshacer el nudo ciego que habían hecho en la reata sujetadora, desesperadamente se abocaran a verter  agua sobre la hoguera y los pantalones flameados del muchacho que gritaba desesperado. Y luego de estos hechos, la travesura que más  trascendió los muros de La Casa de los Azulejos, fue cuando Nicolás ofreció e hizo que sus correligionarios consumieran agua de coco a la que había añadido purgante que su padre usaba para desparasitar a caballos y bestias mulares, motivando que todos sin faltar uno de ellos, fueran internados en la pequeña clínica.  La quejumbre y deshidratación de los afectados, propició una andanada de improperios en  contra de Nicolasito quien, después de sopesar la gravedad y consecuencia de su maldad, se refugió en las enaguas de su madre, y ésta, luego de disculparlo, pagó medicamentos y servicios médicos requeridos.    

Sobra decir que su niñez se agotó en ociosidades y ajetreos propios del “niñito de la casa”. Y tiempo después, similares características tuvieron su adolescencia y juventud: “Árbol que crece torcido, jamás su tronco endereza”, la gente decía al saber ver sus extravagancias y banalidades. ¡Nadie sujetó al chamaco!, porque sus progenitores determinaron que “creciera sin complejos; que fuese libre como el viento para que llegara a ser personaje importante desposeído de amarraduras”. ¡Así creció!: lo querían y chiqueaban sus padres y, a más no poder, lo consentía su tío El Señorito Dona. Aquellos y éste, a través de una conversación juramentada, determinaron  que le darían amor y apapachos que ellos no habían tenido en sus años primeros de vida. Y, he ahí que “El Niquitas”, como lo llamaba la gente, viviera chuscadas en el interior y exterior de su fastuoso hogar, vegetara en su hacer impregnado de ocurrencias y se embelesara con sus extravagancias de hijo de personas adineradas. Fue el crío, y más tarde el joven que a manos llenas disfrutó de haberes, provenientes de sus progenitores, y dispuso de hombres y mujeres a quienes trató  despóticamente. Solía gritar al tiempo que se mostraba engreído: ¡Obedezcan!, para eso les pagan mis padres, para que me sirvan…”

Luego de haber transcurrido un año y meses de aquel incidente en que saliera despavorida la gente que lo homenajeaba, Nicolás volvió a ser tema de conversación cuando, a la par de aficionarse a la ejecución de una guitarra, se dejó crecer los cabellos y cubrió éstos con una boina negra, vistió pantalones entallados sujetos con un cinturón de gruesa hebilla, cubrió su dorso con camisetas o camisolas holgadas;,sus pies los calzó con huaraches de hechura rústica, las muñecas de ambos brazos las recubrió con pulseras de piel y broches relucientes, protegió sus manos con finas manoplas que dejaban entrever anillos ostentosos,  y cubrió  sus  ojos con ostentosos lentes obscuros. La gente lo llamó “El loco de Torrecillas”, pero al enterarse que sus padres y el señorito Dona consideraban que era natural el comportamiento del muchacho, dizque inteligente e ingenioso, le retiraron ese mote, desahogando su contrariedad a través de otras expresiones peyorativas.

Aunado a su repentino cambio en la manera de vestir y calzar,  conformó su séquito de incondicionales atrayendo a media docena de jovenzuelos;  empezó por convencer a Bonifacio Barroso Zamudio, El Bobaza, muchacho serio de porte robusto y mirada fija a le contó sus sueños de grandeza:

  • Carnal, con el dinero y el respeto que le tienen a mis padres, la haremos de a madre; seremos los mandamás de este pueblo; disfrutaremos la vida, haremos lo que queramos y no habrá quién nos detenga”.

 El Bony, como lo llamaban sus padres y familiares, lo escuchó y estuvo a punto de decirle que su proposición no coincidía con su manera de ser, pero, después de escuchar que serían eso y más si se unían, terminó por aceptar la propuesta, y, según el decir del muchacho más rico del pueblo, “disfrutar de la vida”.

 Instantes después, se abrazaron como si con ello sellaran un pacto de igual a igual  al tiempo que El Bonaza  decía: “¡hermano en las buenas y las malas!”;  pero Nicolás le contestó en tono alevoso: “somos carnales,… Sí, hermanos… Pero, ¡yo soy el jefe!” Y, de inmediato,  valiéndose de un ademán enérgico, realizó su primera disposición: “¡sígueme!, yo soy quien manda.

El hecho se llevó al cabo en la mitad de un día domingo en el que la gente los vio correr eufóricos por calles y orillas del pueblo hasta arribar a La Casa de los Azulejos en  donde,  luego de consumir desordenadamente alimentos y bebidas, Nicolás, vociferó, dijo que todo aquello que los rodeaba era suyo y que podía disponer a su antojo sin que hubiese alguien que se lo impidiera. El muchacho hizo alarde de su casa e independencia personal; alardeó su don de mando  gritando a quienes lo habían complacido: “¡he tú y tú!, recojan, a la voz de ya, esta  basura”, Y, cuando solazado estuvo al ver que su órdenes habían sido cumplidas sin objeción alguna, abrazó el cuello de su invitado y lo condujo a su recámara atiborrada de diversos objetos y chucherías mal acomodados sobre y en rededor de muebles de mal gusto y obsoletos. Allí, a la par de erguirse presuntuoso, enarboló los brazos al tiempo que gritaba: “Hermano, este en mi santuario, mi guarida, mi refugio. Aquí nada más yo decido qué hacer y quién entra”. Repentinamente, a la par de vociferar incoherencias referentes a su ser y hacer libertinos, empezó a despojarse de sus ropas; se desvistió hasta quedar en puros cueros, y luego de abrir las puertas de un mueble descomunal y alardear marca y costo de sus pertenencias, procedió a vestirse y desvestirse  repetidamente hasta lucir con lo que presumiblemente había considerado lo mejor de su haber. Durante el transcurso de un buen rato, palpó la contextura y características de sus calzoncillos, pantalón, camisola, huaraches, bufanda, guantes y gorra ajustados a su cuerpo.  Luego de ver una y más veces su imagen reflejada en el espejo,  enarbolar ambos brazos y gritar: “¡me veo de a madres!, sí, sí, me veo de a madres”, quedó quieto  cual si fuese estatua viviente en espera de expresiones halagüeñas. Pero El Bonaza, más que adularlo, masculló algo que guardó en sus adentros; deseó alejarse pero no lo hizo, permaneció allí junto a su recién  juramentado “carnal” que semejaba un grotesco maniquí, abandonó su pose y mostró disgusto que le afloró en el rostro. Algo iba a decir a quien consideraba su beneficado, pero al escuchar que alguien llamaba a la puerta, encorajinado, grito: ¿quién, jodidos es, quien..?, propiciando que, luego de escucharse el rechinar de bisagras proveniente de ambas hojas de la puerta de su recámara, apareciera ante su mirada, Dorotea Díaz Ventura, encargada de comandar la servidumbre en La Casa de los Azulejos, quien a la par de llevarse las manos a la boca, dijo en tono comedido: “ Nicolasito!, niño. Santo dios, ¿pues qué ha hecho usted?”; propiciando que éste le endilgara gritos desaforados reforzados de desplantes groseros. La mujer que no sentía lo duro si no lo tupido, salió y encaminó sus pasos apresurados hacia donde se encontraban doña Engracia y el señor Próculo a quienes les narró el desorden habido en la recámara; pero éstos, mas que apoyarla,  le endilgaron tremenda regañina haciéndole entender que no debía meterse a la habitación cuando en ella se hallara el niño de la casa; y, luego de la injusta reprimenda, como en repetidas ocasiones había acontecido, doña Engracia le endilgó, en tono comedido, expresiones exaltadas que escuchó pacientemente sin darlas por buenas:

“Nicolasito, no es malo ¡Compréndelo! Es travieso, no lo niego. Pero malo, malo no es…”  

 

 

Bailes de Tarima y danza de los Manueles

mayo 8

 

 

 

 

LIBRO:

SONES DE TARIMA Y LA DANZA DE LOS MANUELES

(FRAGMENTOS)

 

 

Autores:

Margarito López Ramírez y

Reynaldo Alcaraz Peñaloza

 

 

DEDICATORIA:

A la memoria de

Pedro Esperanza Vega

Anastacio Ramírez Hernández

Juanita Hernández

Pánfilo Ramírez Hernández

 

  

 

 

SONES DE TARIMA

 

Consideraciones:

La danza representa un momento real y hasta mágico vinculado a la cultura e historia de los pueblos; es la ejecución de movimientos y mímica corporales con carácter lúdico, religioso o artístico.

 Partiendo de esta conceptualización, el baile e interpretación de sones de tarima son manifestaciones artísticas, expresiones socioculturales que denotan ser y sentir de quienes crean, cantan, bailan y admiran este género musical que asienta sus raíces en Tixtla de Guerrero.

 Se ha establecido como tradición que ejecutantes y bailadores de sones de tarima estén presentes en los jolgorios del solar tixtleco; sin importar que éstos sean de carácter social, cívico o religioso: ¡la tarima, cantantes y bailadores arman bulla pueblerina!

 

Los autores

 

 

 

  Origen de los sones tixtlecos

 

 

 

 

Los orígenes de los sones de tarima provienen de un ayer distante que involucra el hacer y decir de argentinos, chilenos, peruanos, africanos y mexicanos; la mención de éstos encuentra sustento en breve explicación:

 En Chile y Argentina se crea la zamba, palabra proveniente del vocablo zambo que tiene un significado que da a entender que es caliente (baile caliente).

 En Perú nace la cueca, referente de clueca o, como se dice en lenguaje pueblerino mexicano: culeca. Posiblemente se da este nombre en razón de que ésta se baila a semejanza de los movimientos que ejecuta el gallo que corteja a una gallina: el hombre usa un pañuelo rojo que representa la cresta del animal, sirve para guiar los movimientos de la pareja.

La zamba, menos popular que la cueca, se fusionó con ésta dando lugar a la zamacueca que, como baile típico, floreció en Perú, y fue acogida por los argentinos y chilenos, pero en ambos países se populariza con el nombre chilenas hasta que entre ambos países hay desavenencias y guerras, propiciando que los argentinos la llamen marinas en honor a un barco peruano.

 Se afirma también que navegantes argentinos, chilenos y peruanos trajeron hasta las costas guerrerenses (Acapulco) esta música y baile, y con ellos los vocablos: marinas, chilenas y cueca, quedando en el ánimo de los aldeanos, el de chilenas.

 

Por otra parte, se rumorea que algunos grupos de esclavos africanos liberados o huyentes encontraron refugio en las costas de lo que es actualmente el estado de Guerrero, y que fueron éstos quienes acogieron la chilena imprimiéndole matices de sus rituales, ritmos e instrumentos musicales. Estos grupos afromestizos, asentados en la extensión territorial que hoy se denomina Costa Chica, innovaron la chilena transformándola en lo que hoy se conoce como sones de artesa, llamados así, posiblemente, porque se bailan sobre una artesa.

Y, es obvio que en este proceso se involucre a los mexicanos, porque según versiones transmitidas a través de la tradición oral, las chilenas, más tarde conocidas como sones de artesa, llegaron a Tixtla en el siglo XIX en donde la gente les imprimió peculiaridades propias. Si bien es cierto que en el inicio de esta adopción los tixtlecos las cantaron al estilo de la Costa Chica, también lo es que éstos crearon sus composiciones musicales, adaptando letra y ritmo a la idiosincrasia de los habitantes asentados en el centro del estado; tomaron como propios algunos instrumentos pero incorporaron otros, modificaron el bailoteo, incorporaron el taconeo e introdujeron algunos cambios en la indumentaria de los bailadores; usaron la tarima.

 

¿Cómo llegaron los sones de artesa a Tixtla?

 

Existen antecedentes de que, en tanto que la mayoría de los habitantes de este lugar se dedicaban a la agricultura y ganadería, otros se ocupaban en la arriería con fines comerciales. Testimonios escritos dan fe de que el General Vicente Ramón Guerrero Saldaña se dedicó a la arriería. Según el decir de quienes hablan de esta actividad, los arrieros conducían sus recuas llevando, a lomo de mulas, caballos y burros, sus mercancías: unos por el Camino Real que conducía al puerto de Acapulco, y otros transitando caminos de herradura que conducían a diversos poblados asentados en la topografía del suelo nacional. Se afirma que en este ir y venir de hombres y mujeres, los sones de artesa transitaron de la Costa Chica a Tixtla. También se comenta que oriundos de esta región concurrían a la festividad de La Virgen de la Natividad trayéndole a esta deidad sus cantares y bailes que agradaron a los tixtlecos y a quienes concurrían en peregrinar santo.

Entre los sones de artesa y sones de tarima, considerados un valor artístico-cultural de los guerrerenses, existen similitudes y diferencias:

 La similitud se constata al observar que tanto los bailes de artesa como los sones de tarima son ritmos en los que las mujeres muestran donaire, gracia y simpatía, y los hombres hacen derroche de gallardía, fuerza y viveza; por ello es criticable la actitud de quienes bailan estos sones con movimientos estilizados y más cuando los hombres asumen movimientos y mímica alejados de lo varonil.

 Similitud y/o diferencias: en la Región de la Costa Chica de Guerrero, la chilena o sones de artesa originalmente se bailan sobre un enorme  tronco de árbol en un extremo superiores destaca imponente la cabeza de un toro o caballo labrados y en el otro la cola correspondiente del animal; el madero tiene concavidad en la parte inferior a manera de cajón que hace contacto con la tierra tal y como se observa en algunos lugares del municipio de Florencio Villarreal: Cruz Grande, El Atrancadero, Arroyo Seco, Vista Hermosa, Los Charquitos… en donde los sones de artesa adoptaron el clásico redoble africano y el uso del tapeo en el arpa, por lo que fue sustituido el tambor; también se observa que en la chilena se introdujeron paseos y descansos; la vestimenta de la mujer está conformada por falda larga y amplia confeccionada de tela estampada, blusa bordada de chaquira (considerada de lujo), huaraches o zapato de tacón; la indumentaria del hombre se compone de pantalón y camisa blancos o pantalón de color fuerte y camisa blanca, sombrero de la región y en la mano un pañuelo, calza huaraches o botines, aunque, en algunas ocasiones, es común observar que tanto hombres como mujeres danzan descalzos.

Respecto a los instrumentos utilizados en la Costa Chica, destacan: arpa, jarana, cajón de tapeo y una guitarra con cuerdas metálicas.

 Además de El cardenal, Pájaro carpintero, El pato, El palomo, El zopilote y El gato, existen otros sones de artesa que frecuentemente se cantan y bailan en Tixtla de Guerrero, de éstos citemos fragmentos:

 

 

La iguana:

Si quieres comer iguana

yo te la voy a agarrar (se repite)

En el patio de tía Juana

se salen a calentar (se repite)…

 

Vapor chileno:

Cuando el vapor chileno

viene chillando jay (se repite)

Las negras en el muelle

se andan paseando que le da y le da (se repite)…

 

Los maripositos:

Señora la barca es mía

y los remos son de usted (se repite)

Usted váyase en la barca

que yo por tierra me iré (se repite)…

 

 

Tarima

 En Tixtla de Guerrero los sones se bailan sobre una tarima hecha de fragmentos de madera: la parte superior sobre la que sirve de base a los bailadores, es rectangular de aproximadamente 2.5 m de largo por 1.20 m de ancho, y en sus laterales los maderos miden 30 ó 40 centímetro de altura. Dentro de la concavidad de la tarima llegan a colocarse argollas y en las laterales se hacen orificios para dar mayor sonoridad a los pasos y el taconeo de los bailadores.

 La indumentaria del hombre está conformada por: calzón y cotón de manta, huaraches o botines, sombrero de palma y dos paliacates, uno en el cuello y otro en la mano derecha que sirve para señalar a la pareja hacia dónde se dirigirá el siguiente movimiento (el sombrero, ocasionalmente es originario de San Luis Acatlán, lugar asentado en la región de la Costa Chica).

 El atuendo tradicional de las mujeres en similar al usado por las mujeres tixtlecas en los inicios del siglo XX: falda larga (con una variante según los gustos o costumbre de una o de otras) y amplia con dos pastelones en la parte posterior, con holán abajo, adornada con encajes de algodón, confeccionada con tela estampada con flores de trazo diminuto, colores suaves, no chillantes; con la misma tela se elaboraba la blusa, cuyas mangas largas se veían coronadas con blondas de seda, en el cuello se le elaboraba una confección de forma circular con resorte en la parte de abajo para formar un holán; las más de las veces portaban rebozo de color obscuro traído de Tenancingo estado de México y zapato de tacón.

 No obstante que en la actualidad algunos bailadores de tarima usan vestimenta informal, el público les aplaude si sus movimientos y soltura tienen apego a lo que tradicionalmente se conoce como sones de tarima.

 El baile de tarima ha tomado renombre y es motivo de admiración no sólo en la región centro del estado guerrerense, sino que, al igual que otras estampas del folclor mexicano, ha trascendido allende las fronteras del suelo nacional en donde amén de mostrar sensibilidad y destreza de sus ejecutantes, deja de manifiesto la sensibilidad y creatividad artísticos que poseen hombres y mujeres de esta generosa tierra, a modo que en muchos lugares se les conoce como sones de tarima de Tixtla.

 

Bailadores de renombre:

 

Facunda Basilio y Pedro Esperanza Vega

 

Existen referencias de quienes fueron excelentes bailadores de tarima, compositores o ejecutantes de música y versos de los sones:

 De antaño. Personas de avanzada edad que testificaron el inicio del siglo XXI expresan con júbilo haber visto a bailadores de la talla de Silverio Castillo, Ascención Peñaloza Alcaraz, Juanita Hernández, Marcelino Gómez Bello, Eugenio Valadez, Febronio Alcaraz, Plácido López, Alberta López Bello, Rosa Moctezuma, Alejandra Muñoz, Wulfrano Alcaraz, Rosa Juárez, Úrsula Santos, Herminio Astudillo, Altagracia Alcaraz, Beatriz García López, Gustavo Ramírez, Miguel Ramírez, Crescencio Astudillo Vargas, Enedina y Margarita Gómez García, Aurelia Basilio, Sofía Vega, Fulgencia Astudillo, Sara Basilio Díaz, Juan Valle Vargas, Brígido Basilio Astudillo, Féliz, Dolores y Jesús Ojeda Catalán, María de Jesús Catalán, Carmen Bello Basilio, Trinidad Catalán…

 

De entre otros bailadores que hicieron época en la primera y segunda mitad del del siglo XX, cabe mencionar a: Andrea y Porfiria Moctezuma, Facunda Basilio Basilio, Carmen Jiménez Cienfuegos, Albina Alcaraz, Paula Astudillo, Güenda de Ramírez, Isaura Ramírez de Castrejón, Laura Rodríguez Mera, Isabel García Gómez, Lamberto Vega, Eufracio González, Reynaldo Alcaraz Vega, Pedro Esperanza Vega López, Rafael Alcaraz Hernández, Palemón Díaz (Palemón sin zapatos, porque bailaba descalzo), Reberiano Gómez, Bertha Gómez Franco, Luís Ramírez, Luciano Alcaraz, Félix y Jesús Ojeda, Tomás Alcaraz, Pedro Astudillo, Juan Gómez, Eduardo Ramírez, Elia Vega, Mario Peñaloza Gómez, Hipólito Basilio Gómez, Adolfo Bernal Lara, Albino López Nava…

 De entre quienes fueron excelentes bailadores de tarima en la postrimería del siglo XX, cabe citar a: Sara y Orquídea Basilio Parra, Eudosia Eloína Valadez Tepéc, Mario Manuel Encarnación Robledo, Doris Fierro Flores, Rosa Gudiño Millán, Enrique Valle Flores, Miguel Ángel Alcaraz Debray, Juan Pablo López Castro, José Guadalupe González Vargas, Ricardo Lara Vargas, Juan Bernardo y Carlos Alberto Alcaraz López, Miguel Ángel de la Cruz Alcaraz, Luis Francisco Albañil Ojeda, Miguel Ángel Albañil Salmerón, Rogelio Alcaraz Basilio, Miguel Ángel, Roberto, Lorena y Anabel Alcaraz Basilio, Hugo Catalán Secundino, Román y Magdalena Basilio Alejandro, Dania Francely Morales López, Rodrigo, Blanca Dea y Natividad Sandoval Cervantes, Bernardo y Aurora Alcaraz Peñaloza, Lilia y José Enrique Valle Vargas, Arturo, Francisco, Martha y Óscar Basilio Gómez, Brígido Astudillo Rodríguez, Sofía Rodríguez Mera, Magdalena Valle Florez, Víctor Peñaloza Encarnación, Claudio Morales Muñoz, Enoc Hernández Alarcón, Miguel Ángel, Arturo, Luz del Carmen y Alejandro Gómez Franco, Luis Román, Maricruz, Magdalena y Verónica Basilio Alejandro, Ada Angélica y Patricia Moreno Ojeda, Noemísabel Bánchez Navarrete, Georgina Torreblanca, Lucía de la Paz Ojeda, Alejandro Salinas Hidalgo, Samuel Espíritu, Hana Basilio Minor, Edith Muñoz Cienfuegos, Abad Tizapa, Javier Díaz Miranda, Andrés Navarro, Rocío Nárez Jiménez, Leonor y José Luis Hernández García, Elda Peralta Flores, Aneidi y Rubicelia González Alejandro, Teresa Hernández, Elena Dircio, Roberto González Flores, Jesús Enmanuel Valle Hernández, Princesa Vargas, Armando Vargas Juárez…

 

 Instrumentos musicales

 

 La mayoría de los grupos musicales utilizan:

 Jaranas y/o vihuelas y cajón de tapeo que se golpea con una tablita pequeña que el tapeador sujeta en una de sus manos.

 Algunos grupos utilizan el arpa, instrumento musical que fue ejecutado por algunos lugareños en las postrimerías del siglo XIX y principio del siglo XX.

 Según versiones de quienes han transitado en la bulla que arman los sones de tarima, este instrumento dejó de utilizarse en Tixtla durante algunas décadas, resurgiendo su presencia en el año de 1965 cuando el señor Eduardo Gallardo, originario de Cruz Grande, enseñó la ejecución de este armonioso instrumento musical a don Juan Valle Vargas y también a Vicente González Alejandro, cuando éste era un niño.

 

 Pioneros de los sones de tarima en Tixtla

Los primeros grupos musicales no tenían nombre, ya que ocasionalmente se integraban con diferentes personas ejecutando diversos instrumentos musicales, destacan, entre otros: Anastasio Ramírez Hernández y Anastacio Ramírez Ramírez (jarana), abuelo y padre respectivamente de la señora Isaura Ramírez; Librado González (arpa), Tomás Alcaraz (jarana), Roberto Ramírez Hernández (jarana), Palemón Díaz (tapeador), Daniel Vega (jarana), Marcelino Gómez (tapeador), Valeriano Moctezuma (arpa), Alejandro Chepillo (arpa), Eugenio Hernández (jarana), Eustacio Ojeda (jarana), Eugenio González (tapeador), Luciano Chepillo (jarana), Alfonso Hernández Hernández (vihuela), Juan Cervantes (jarana), Chano Alcaraz (jarana), Alberto Astudillo (tapeador), Leobardo y Alejandro Gómez García (jarana), Cirino López (tapeador), Cruz Morales Ramos (jarana), Palemón Díaz, Eugenio Hernández,  Valeriano Morales… de entre éstos hubo destacados compositores cantantes y/o bailadores.

 

Conjuntos tarimeros de renombre en Tixtla, (según datos recabados en el año 2010):

Los Azohuastles integrado en su inicio por los señores: Jesús Ramírez Ramírez (jarana), Arturo Alarcón Estrada (vihuela), Alberto Astudillo (cajón), tiempo después se integró a éste Vicente González Alejandro (arpa). Al retirarse Alberto Astudillo ingresó Isaías Basilio Bautista; al morir Jesús Ramírez Ramírez lo sustituye Juan Dircio Adame. Años después Vicente González Alejandro se excluye del grupo, quedando en éste: Arturo Alarcón, Isaías Basilio y Juan Dircio quienes tuvieron mayor trascendencia.

As del Sur integrado por los señores: Cruz Morales Ramos (jarana), Juan Dircio Adame (vihuela), Juan Valle Vargas (vihuela), Daniel Vargas González (cajón), Vicente González Alejandro.

 

 Conjuntos tarimeros contemporáneos en Tixtla de Guerrero

Entre otros: 

 

Los Azohuaztles, intergado por Jesús Ramírez Ramírez(jarana), Arturo Alarcón Estrada(vihuela), Alberto Astudillo(cajón).

Tiempo después se integró a éste, Vicente González Alejandro(arpa). Al retirarse Alberto Astudillo, ingresó Isaías Basilio Bautista; al morir don Jesús Ramírez, ingresa Juan Dircio Adame.

Alma Tixtleca integrado por Vicente Ojeda González (vihuela), Juan José Vargas Catalán (vihuela) y Enoc Hernández Alarcón (cajón).

 

 

 

Los Fandangueros de Tixtla, integrado por Vicente González Alejandro (arpa), José Guadalupe González Vargas (cajón), José Antonio González Vargas (vihuela).Papaquis, integrado por Hugo Catalán Secundino (vihuela), Diana Gutiérrez Leyva (cajón) y Jorge Rufino Anastasio (vihuela).

 

 

Tradición Fandanguera integrado por José Guadalupe González Vargas (vihuela), Manuel Beltrán Díaz (arpa), Juan Pablo López Castro (cajón).

 

Tlahuilos integrado por Eugenio Dircio Santos (vihuela), Adrián Santos Juárez (cajón), Juan Tlatempa Flores (vihuela), Roberto González Flores (vihuela) y David Alarcón Gómez (vihuela).

 

 

Grupo Tlatelulco integrado por Bernardo Alcaraz Peñaloza (cajón), Juan Bernardo Alcaraz López (vihuela), Carlos Alberto Alcaraz López (vihuela), Javier Martínez Salazar (vihuela).

 

Grano de Oro integrado por Miguel Ángel de la Cruz Alcaraz (vihuela), Ricardo Lara Vargas (vihuela), Armando Vargas Juárez (vihuela) y Agustín Barrios Guevara (cajón).

 

Los Abajeños integrado por Cirino López Bello (+), Claudio Morales Muñoz (vihuela), Gonzalo Gómez Franco (vihuela), Ángel González Astudillo (vihuela) y Ulises Morales López (cajón).

 

 As del Sur (actual) integrado por Cruz Morales Ramos(+) (Vihuela, Eduardo Morales Bello (Vihuela), Maricruz Morales Bello (Cajón).

 

 

 

As de Oros integrado por Juan Valle Vargas (vihuela), Adolfo Bernal Lara (vihuela), Enrique Valle Flores (vihuela) y Emmanuel Valle Hernández (cajón).

 

Amigos de San Lucas integrado por Roberto Hernández Peña (vihuela) y Gumaro Hernández Avilés (vihuela).

 

 

Tlahuilpan integrado por Florencio Dircio Robledo (vihuela), Pavel Tonatiuh Dircio Jiménez (vihuela) y Pavel Tonameyotzin Dircio Jiménez (cajón).

 Espejo de los Dioses integrado por Josafat Albañil Salmerón (vihuela), Salomón Albañil Salmerón (vihuela), Luis Francisco Albañil Ojeda (vihuela) y Miguel Ángel Albañil Salmerón (cajón).

 

Gallo de Oro integrado por Álvaro Zamudio Loza (vihuela), Juvencio Robledo López (cajón) y Hermelando Alcaraz Jaimes (vihuela).

 

Chintetes integrados por Agustín Barrios Guevara (arpa), Carlos Axel Bello Dircio (vihuela), Diego Hernán Bello Dircio (vihuela), Sebastián Bello Dircio (cajón) y Luis Enrique Ledezma Bello.

 

Pichihuaztles integrado por Arturo, Francisco Javier e Hipólito  Basilio Gómez.

 

El Chincual, integrado por Mario Manuel Encarnación Robledo, Carlos y Rodrígo Encarnación Fierro y Alcides Vega Dimayuga.

 

Además de los grupos musicales que tradicionalmente interpretan sones de tarima en el ámbito tixtleco, existen conjuntos que operan en otros ámbitos:

 

Papaquis, integrado por Hugo Catalán Secundino, Diana Gutiérrez Leyva y Jorge Rufino Anastasio.

Tlahuilpan, integrado por Florencio Dircio Robledo (vihuela), Pavel Tonatiuh Dircio Jiménez (vihuela) y Pavel Tonameyotzin Dircio Jiménez (cajón).

 El Nahual (Distrito Federal), integrado por Iván Cortés Calderón, Eliud Vázquez Luna, Lindarocio Quiroz Hernández, Isaac Hernández Vargas y Salvador­ Martínez Martínez.

 Gallos Plateados (Distrito Federal), integrado por José Servín, Fredi Campos, Gregorio Cordero y Carlos Rivera.

 Ziranaí (Distrito Federal), integrado por Pavel Julián Romero Solís…

 Netotelitle (Acapulco de Juárez, Guerrero),integrado por Lino E. Vielma Heras y Alan Daniel Posas.

 La negra Mora (Distrito Federal), integrado por Javier Obregón Hernández, Patricia López Cabrera y Cibele Melo Paredes.

 Grupo de Coacalco (Estado de México, integrado por Rosalba Bello Vargas e Israel Martínez López.

 Yolotecuani (Distrito Federal), integrado por David Peñaloza (arpa), Isabel Coronel (cajón), Osvaldo Peñaloza (cajón), César Martínez (jarana).

 Grupo de la Escuela Normal Federal Rafael Ramírez (Chilpancingo de los Bravo, Gro.), el responsable del grupo es Víctor Manuel Marroquín Cristóbal (jarana).

 Compositores y/o arreglistas musicales:

 Entre los más destacados compositores y/o arreglistas de sones de tarima tixtlecos, destacan:

 Anastacio Ramírez Ramírez, Raúl Isidro Burgos, Pablo Astudillo Guillemau, Juan Dircio Adame, Eugenio Hernández, Alfonso Hernández Hernández, Ausencio García Luna, Cruz Morales Ramos, Juan Valle Vargas, Vicente González Alejandro, Maximino Vega Zamudio, Ángel González Astudillo, Vicente Pantaleón Guerrero, Vicente Peralta Flores, Eduardo Morales Bello…

 

Fragmentos de:

 

Granito de Oro

(Anastacio Ramírez Ramírez)

 

Se llama granito de Oro

El toro de la manada

Apuesto que el tigre al toro

Peleando no le hace nada

Se llama granito de oro…

 

La hormiguita

(Pablo Astudillo Guillemau)

 

Hormiguita, que afanosa

trabajas de sol a sol,

tu inquietud no se parece

a mi inerte corazón…

 

El son valiente

(Raúl Isidro Burgos)

 

Son de la tierra Caliente

De Guerrero y Michoacán,

y que tiene el alma misma

del campesino de allá…

 

La costeñita

(Juan Dircio Adame, 1966)

 

Costeñita consentida

estrella en la madrugada

ayer me dijiste que hora

hay me dices que mañana…

 

 

 

 

 

Torito

(Cruz Morales Ramos)

 

Este torito que traigo

no es norteño ni extranjero

es un torito del centro

del estado de Guerrero.

 

El Santuario

(Juan Valle Vargas)

 

Soy del barrio de Santuario,

me dicen el santuareño,

porque me gusta el mezcal

y mi color es trigueño…

 

Los barrios

(Maximino Vega Zamudio)

 

Señores voy a cantarle

los recuerdos que he vivido,

con gente linda y sincera

que es de mi Tixtla querido…

 

El gavilancito

(Vicente González Alejandro, 26-05-1978)

 

Un gavilancito

que anda por el aire

busca su alimento

para calmar su hambre…

 

Los tigres

(Ángel González Astudillo)

 

Los tigres aquí en mi pueblo

también bajan con sigilo

los vemos siempre en las ferias

del Santuario y San Isidro…

 

A Tixtla

 

(Vicente Pantaleón Guerrero)

 Tixtla “espejo de los dioses”

de luchas y de ilusiones

¡Lugar que fundes la historia

con fiestas y tradiciones!…

 

A Tixtla

(Vicente Peralta Flores)

 

He compuesto esta canción

con pedacitos de mi alma

con todo mi corazón

a un lugar de mucha calma…

 

El tixtleco

(Alfonso Hernández Hernández)

 

Señores yo soy de Tixtla

pero de Tixtla Guerrero

de donde nacen bailando

y el fandango es lo primero…

 

Los cebolleros

(Ausencio García Luna)

 

Desde Tixtla hemos venido

cantando este alegre son

nos dicen los cebolleros

amados de corazón…

 

El paisanito

(Eduardo Morales Bello)

 

Pongan atención señores

a este son que es muy bonito

porque lo bailan mayores

y también los jovencitos

 

 

La tarima sobre la cual se bailan los sones de Tixtla, también ha sido motivo de inspiración poética. Del profesor Cesario Hernández Bello citaremos algunos versos producto de su inspiración:

Tarima que en la plazuela

colocan los del fandango,

permite que en ti yo goce

hechizos de un zapateado…

 

… La jarana y el tapeado

le dan rima y vida al arpa

que tiene cuerdas de sapo

o de metal, bien afinados…

 

… Patito de la laguna

que nadas en agua fría,

métete en el corazón

de quien es el alma mía…

 

Patito de arroyo seco

vuela y llévale a mi amor

estos sones de tixtlecos

que son de mi adoración…

 

 

 .o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.o.

 

   

DANZA DE LOS MANUELES

 

Consideraciones:

 La danza de los Manueles es originaria de Tixtla de Guerrero. Por versiones que se han venido transmitiendo de generación a generación se sabe que surgió como expresión artística encaminada a ridiculizar a don Manuel y a su esposa, dueños de una hacienda asentada en las inmediaciones del valle tixtleco.

 Según el decir de la gente, el hacendado de origen español, además de ser celoso, déspota, prepotente y explotador, daba mal trato a hombres, mujeres y niños que estaban bajo su mando, los obligaba a trabajar más de lo acostumbrado y, en ocasiones, los golpeaba con el bastón que utilizaba para caminar. Contrario al proceder de su esposo, su mujer, hembra rubia de avanzada edad y cuerpo voluminoso que vestía a la usanza de las mujeres del lugar, ésta era cariñosa y hasta apapachadora con sus trabajantes.

Un día excepcional en la hacienda era cada jueves de Corpus, cuando don Manuel festejaba su santo. Ese día echaba la casa por la ventana: daba abundante comida y bebida a su servidumbre y los hacía copartícipes de un jolgorio musical en el que su esposa, ya entrada en copas, se manifestaba más efusiva con sus invitados; bailaba con ellos, los manoseaba y los hasta jaloneaba para propiciar que en un descuido cayeran al piso. En tanto esto sucedía, don Manuel, molesto e indignado por el mal comportamiento de su mujer, la seguía en su bailoteo al tiempo que desahogaba su malestar dando bastonazos a diestra y siniestra a quienes encontraba a su paso.

 Este acontecer se repetía año con año de ahí que los peones, dolidos por el maltrato que recibían de él,  buscaron la manera de ridiculizarlo; para ello prepararon un sainete que encubrieron en una danza que a la postre ejecutaron en la fiesta anual. Quienes idearon y ejecutaron esta representación artística imaginaban el posible enojo que con ella motivarían en el ánimo del hacendado, pero tamaña sorpresa tuvieron al observar que, más que enojo, ésta le agradó y emocionado dispuso que se ejecutara cada año en honor a él.

 

  Características

 Música: la entrada, los nueve sones, y la salida que la conforman, son ejecutados con un tambor y un violín.

 Indumentaria: Los bailadores (siete parejas ejecutantes) utilizan tres tipos de atuendos:

 

Los peones: Visten calzón que les cubre las piernas hasta la rodilla en donde se sujeta con un resorte que da forma a una especie de holán, un cotón de mangas largas con la misma terminación en la proximidad de las manos, cuello redondo con repulgos. Complementan su indumentaria con un sombrero de palma, forrado con la misma tela utilizada en su traje y decorado con moños de listón y pequeños trozos de carrizo que semejan trenzas y rizos de la Manuela. En la parte superior del sombrero colocan pequeños espejos que representan los abundantes brillantes que usaba la dama. El danzante cubre su cara con máscara de facciones diminutas, afín a las del hacendado, calza zapatos a la usanza de aquella época y medias de popotillo. El traje que inicialmente usaron fue confeccionado con manta, pero en la actualidad, para ofrecer mayor vistosidad, se utiliza satín de diferentes colores.

 La Manuela se engalana con falda y blusa largas y muy amplias hechas con tela de algodón estampado con flores pequeñas; calza zapatos de tacón grueso, usa medias de popotillo, luce cabellera larga y rubia hecha con ixtle trenzada con listones de un solo color. Quien la representa usa máscara de facciones finas que ridiculiza gestos y una boca chueca y carente de algunos dientes. Complementa la personificación de la Manuela colocándose enormes senos y caderas que se le mueven desacompasadamente durante su bailoteo al ritmo del tambor y el violín.

 Don Manuel, hombre alto y delgado, luce traje negro, camisa blanca, corbata mal anudada, sombrero negro de copa alta, adornado con un listón rojo, zapatos y medias de popotillo. Su máscara al igual que las de sus acompañantes portan un remedo de cigarrillo. Los danzantes portan en la mano izquierda bastones hechos de ramas torcidas que semejan culebras y en la derecha un bule pequeño que simula una sonaja.

 Al transcurrir el tiempo el vulgo dio en llamar a esta danza: Los Manueles que se ha incorporado a las festividades y su participación en concursos ha merecido reconocimiento a sus ejecutantes y premios diversos a quienes la impulsan consolidándola, al igual que los sones de tarima, como valor artístico que conlleva matices de identidad nacional que enorgullece a los tixtlecos.

 

 

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Epílogo en el libro 

SONES DE TARIMA Y LA DANZA DE LOS MANUELES

 

¡Amanece!, y a la par de entrecerrar las páginas que contienen algo de lo mucho que se puede decir de la danza de los Manueles y los sones de la tarima, evocamos alborotos y bulla pueblerinos en los encuentros mayordomales, atraemos voces de cantadores, taconeos de bailadores sobre una tarima Chincualuda y ecos provenientes de vihuelas,  jaranas, arpas y cajones para tapear.

Dejando en abandono temporal lo asentado en papel y tinta, transitamos por plazuelas y calles hasta llegar a la puerta de un hogar adornada de carrizos, arreglos floridos de papel crepé y china, cadenas de tapayola, cañas y varas de San José, y, dado que este es nuestro destino momentáneo, acompañados de quienes hacen vibrar sus instrumentos musicales, nos disponemos a cantar los papaquis tixtlecos: Es aquí o no es aquí, o será más adelante, pero dicen que aquí vive la perla con su diamante…, y, de inmediato, quienes nos acompañan, repetirán: es aquí o no es aquí o será más… Y, acto seguido, no sin antes decir aquello que declamaba el buen amigo Colaco del meritito barrio del Santuario: no traigo corona de oro/ ni tampoco de cristal/sólo traigo mi barriga/pa´ llenarla de mezcal… nos adentraremos a un hogar cuya puerta está adornada con listones y crespones de papel crepé, cañas, carrizos y varas de San José en donde empezará el jolgorio: en carrizos recortados se servirá mezcal y al son de la banda se bailará y cantará mientras algunas mujeres, sobre mesas cubiertas con manteles, depositan suculentas cazuelas de humeante pozole, rodeadas de cebollas tiernas, limas agrias, platitos con chile seco molido, orégano, chile verde y pedazos de limón. Conocedores de las costumbres de nuestro pueblo, nos meteremos hasta la cocina y ofreceremos traguitos a las señoras que han preparado los alimentos y, ahí entre queriendo y no queriendo tomaremos una copa con cada una de ellas. ¡Salud!, para instantes después zapatear con ahínco sobre una tarima chincualuda al ritmo de cantares y cadencias procedentes de cajas para tapear, arpas, jaranas y vihuelas.

 Y si en plena bulla nos sorprende el tañer de campanas repetiremos a coro versos del poema de Luis Rosado Vega: ¡”Hay fiesta en mi pueblo, señor, las campanas lo dicen riendo, lo gritan ufanas con su varío son. ¡Tocad, campanas de mi corazón…”

 

 

Referencias

—        Archivo de la Parroquia del Santuario de la Natividad de María, Tixtla de Guerrero, Gro.

—        Geografía Histórica de la Nueva España, 1519-1821, Peter Gerhard.

 

Personas consultadas

Bernardo Alcaraz Peñaloza

Vicente González Alejandro

Isaura Ramírez Basilio

Hipólito Basilio Gómez

En referencia a La Muerte

septiembre 8

En referencia a La Muerte

“…Estuvo aquí,… deambuló allá…; la muerte es ésto…, es lo otro…”, dice la gente. Y de sus expresiones surgen preguntas inquietantes:

“¿Quién es ese “ente” que la humanidad denomina “Muerte”?.. ¿Cómo es su apariencia física, si es que la tiene?… ¿Viste?… ¿Calza?… ¿Canta?… ¿Baila?… ¿Come?… ¿Bebe vino y disfruta de otros placeres mundanos?…”

Ante la incertidumbre aposentada sobre los humanos, imaginamos que es a semejanza a lo que creemos que es o quisiéramos que fuese. Y he aquí que en el devenir profano, el arte, la literatura, la filosofía, la religión,… se le mencione o describa: ya como “huesuda, ya como calaca, cadavérica, parlanchina, fúnebre, macabra, Parca…”

Pero, no obstante la simplicidad o creatividad ingeniosa de quienes se refieren a ella; nadie puede afirmar o negar que es cierta la apariencia que se le adjudica, porque nadie la ha visto. La muerte puede ser un ente agradable, fino, hermoso, elegante, apacible o tal vez violento, detestable, macabro, feo,…

De ese ámbito enigmático e intangible que la o lo rodea, (válgase decir: “la o lo” porque no se conocen referencias de si su género es masculino o femenino), se avizora que en el destino de los mortales está él o ella como algo ineludible, algo que tarde o temprano arribará a manera de principio, pausa, tránsito o final terrenal. He ahí que le asiste la razón a quien afirma que “La Muerte es democrática, porque a fin de cuentas, sea: güera, morena, rica o pobre, la gente acaba siendo calavera”.

Derivado de este contexto, hay quienes viven acogiéndose a expresiones mundanas: “Come y bebe que la vida es breve…” “Matrimonio y mortaja, del cielo baja,…” o plácidamente se dejan llevar en la vida por lo que significa la afirmación de León Tolstoi: “La muerte no es más que un cambio de visión”… La muerte…

 

Leyendas de Tixtla de Guerrero

julio 6

    

Origen  y presencia de la Virgen de la Natividad de Tixtla de Guerrero, México

 

Algunas personas afirman que esta imagen de bulto era
transportada por peregrino procedentes de Tixtlancingo, ex habitantes de
Tixtla, quienes regresaban de la ciudad de Puebla después de haber llevado a
restaurar su virgen venerada, y que al tomar un descanso a la sombra de los
ahuehuetes asentados en el núcleo poblacional que actualmente se denomina
barrio del Santuario, ésta se hizo pesada al grado que no la pudieron levantar. Según el
decir de algunos ancianos devotos de ella, con ello dio a entender que deseaba
quedarse aquí, y otros aseguran que los lugareños, enterados de que esa era la
imagen que antiguos pobladores de Tixtla se habían llevado a Tixtlancingo, se
posesionaron de ella al tiempo que prometieron construirle su santuario.

Sea  cual fuese la realidad que originó la presencia de esta deidad en Tixtla,
réplica de la Virgen de Covadonga adorada en Oviedo España, es venerada el ocho
de septiembre y el treinta y uno de mayo. A sus festividades asisten habitantes
de esta población y también personas procedentes de diferentes lugares de la
república mexicana. Su  santuario se encuentra cobijado por una construcción eclesiástica resguardada
por tres centenarios ahuehuetes, plantados frente a la plazuela que
inicialmente se llamó General Porfirio Díaz, hoy Plazuela Alberto González
Valle, en el barrio de El Santuario de la ciudad de Tixtla de Guerrero.

 

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Po la herencia...El Viejo Ranero

 

Ya como verdad o mera fantasía, los ancianos, que presenciaron el inicio del  siglo XXI, decían que, en la cueva enclavada en la base rocosa de El Cerro Pacho, situada muy cerca de la barranca de Chompito y el Resumidero en las inmediaciones de la laguna de  Tixtla de Guerrero, México, habitó un hombre enigmático, huidizo, ermitaño,…Nadie de los hablantes afirmaba haber convivido con él; algunos aseveraban haberlo visto desde  muy lejos, y otros daban rienda suelta a su imaginación partiendo de lo que se supone habían escuchado en las apasionadas  discusiones de sus vecinos.  Pero todos lo asociaban con millares de diminutos sapos que invadían, en el amanecer del primer día lluvioso de cada verano, los campos y caminos del entorno tixtleco; lo relacionaban con la aparición de ajolotes que pululaban en las aguas lodosas de los charcos, el croar constante de sapos  agazapados en escondrijos acuosos, y la presencia de pequeñísimas ranas de ojos saltones y color verdes tierno de tamaño apenas superiores al de la uña del pulgar de un adulto que se balanceaban sobre ramajes y hojas pegajosas de artemisas flotantes en las aguas de la laguna. En este decir, los labriegos hacían hincapié en la repentina desaparición de los sapitos negruzcos: afirmaban que, salvo aquéllos que  habían perecido bajo los pies de los transeúntes o las patas de las recuas en movimiento, ni uno solo de ellos se  divisaba en el amanecer del día siguiente de su aparición.

En los relatos salía a relucir que en una noche de plenilunio se le había visto, encaramado en lo alto de una enorme piedra situada en la orilla de la laguna, cubierto de ramajes y algas; un cazador nocturno juraba haberlo observado en actitud solemne al tiempo que sapos y ranas emitían su croar en tonos diversos propiciando sinfonías que resonaban sobre sembradíos, el caserío que alberga la población y las aguas de la laguna protegidos por las elevaciones montañosas que circundan el valle.

He ahí que durante mucho tiempo, El Viejo Ranero, de quien se decía que se alimentaba de algas, ramajes y hablaba el lenguaje de los sapos y las ranas, anduviera en la alharaca de los lugareños que, en las madrugadas  saturadas de tlapayautlis, escuchaban lo que parecía ser un “un concierto saperos”.

 

Más, como nada es eterno, después de haber transcurrido muchos ayeres, la figura de ese hombre  enigmático, huidizo, ermitaño, se diluye en la neblina que trae consigo la indiferencia; salvo algunas personas que atraen su nombre cuando hablan de la contaminación existente en las aguas de la laguna y los cauces de los arroyuelos de Coxtlapa, Xaltipán, Tezahuapa y Cocuilpan, lo grueso de la población no menciona “La cueva del viejo ranero”, ni saben por qué se llama  “Barrio de Cantarranas” a uno de los asentamientos humanos, participantes en la fundación de lo que es ahora la ciudad de Tixtla de Guerrero. Aunque, allá de vez en cuando, no deja de existir alguien que, imprimiendo a sus palabras un dejo nostálgico, suele decir: “El Viejo Ranero, emergió de las aguas y transitó por el rumbo del paraje Mechazingo; bajo la luz tenue reflejada por la luna y la llovizna constante del tlapayautli, caminó al tiempo que ranas y sapos lo seguían y croaban; ¡se alejó, y jamás volvió!”.

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La Zihuatatayota.

 

De la Zihuatatayota, personaje de leyenda surgido en el entorno tixtleco, se dice mucho. En la actualidad no es exclusivo de Tixtla de Guerrero y sus alrededores, en diversos lugares se habla mucho de ella; dícese que es una mujer elegantemente ataviada con sedas y encajes, alta y de porte altivo, viandante nocturna asidua a los enamoramientos, visitante de aguajes, enigmática y solitaria…  Sea cual fuese su descripción en el contexto de la leyenda que lleva su nombre, cabe escuchar los relatos en los que ocupa primacía, de entre éstos atendamos lo expresado por don Benigno López Abraján:

Transcurría el año de mil novecientos doce, era la madrugada de un día del mes de septiembre; flotaban en el ambiente frescuras de lluvia  y olores de tierra mojada. Mis amigos de parranda y yo, además de llevar en el estómago abundantes tragos de mezcal, portábamos sarapes para espantar el frío, calzábamos botines y nos cubríamos la cabeza con sombrero de astilla, era los considerados para la paseada. Veníamos de la casa de nuestras noviecitas a quienes habíamos llevado serenata cuando a lo lejos, proveniente del Barrio de Tlatelulco, divisamos la gendarmería realizando su rondín acostumbrado. De ellos, quien iba a la vanguardia, se dejó escuchar un silbatazo a manera “quien vive allí, ¡párense hijos de …”. Iluminadas por la llamarada tenue proveniente de un hachón, nuestras siluetas se delineaban confusas en la distancia. Como viésemos que aceleraron sus pasos para darnos alcance en el lugar denominado Las siete esquinas de la población de Tixtla de Guerrero, cada uno de nosotros tomó camino diferente: Antonio Basilio se dirigió al barrio de San Agustín, Anacleto Dircio enfiló sus pasos al barrio de El Santuario, y yo me dirigí a Los corrales. Crucé La calle ancha, y tomé el rumbo de La alberca; caminaba con pasos inseguros en la oscuridad al tiempo que mi mano derecha palpaba la empuñadura de un verduguillo. Cuando estuve bajo los ahuehuetes que protegen las aguas que brotan y dan sustento a ese balneario, recargado en el tronco de uno de ellos, me sentí a salvo de los guardianes del orden. No sé durante qué tiempo estuve allí en la obscuridad  entreverada por resplandores lunares que se colaban entre los ramajes de los árboles gigantes. Oía el fluir del torrente que afloraba de los veneros cuando de pronto me percaté de un bulto blanquecino que al  acercarse al aguaje fue mostrando la silueta de una mujer alta y portentosa, vestida con ropajes blancos; esperé para observar qué hacía; cuando estuvo sentada en una de las piedras colocadas en rededor del manantial; enamorado como soy, se me alborotaron cuerpo y alma, y sin pensarlo mucho fui hasta donde estaba ella. Su cabellera caía abundante sobre su espalda; por su postura intuí que jugueteaba con las aguas. Todavía no llegaba hasta ella cuando ya le estaba diciendo palabras bonitas y frases encaminadas a enamorarla para obtener sus favores amorosos, y, sin recato alguno, la abracé metiendo mis narices entre sus cabellos que de pronto sentí ásperos, pero como si eso no tuviera importancia seguí tras mis propósito; continué con mis arrumacos al tiempo que ella los correspondía con leves gemidos. Como viese que no oponía resistencia a mis caricias, se me ocurrió decirle: ‘mamacita, dame un besito; ándale preciosura, ¡bésame que ya te estoy queriendo! Repetí eso y otras palabras más para convencerla’; luego sentí que ya me la había ganado; lo comprobé al sentir el movimiento de su cuerpo para voltearse  y quedar frente hacia mí; yo me dispuse a besarla, pero tamaña sorpresa me llevé al mirar su cara, en ésta tenía ojos similares a los de un caballo, sus narices eran chatas como las de un marrano, su frente descomunal y sus labios grueso y floreados dejando entrever dientes descomunales; No obstante que sus manos frías me sujetaban me escapé de ellas y como pude corrí dando alaridos para desahogar mi terror; fui dando traspiés y no paré hasta llegar a mi casa cuya puerta era de madera apenas sostenida por la tranca corrediza que colocaba mi madre para que me franqueara la entrada en caso de una emergencia. Cuando estuve dentro de la estancia enmudecí, no respondí sus preguntas. Al mirar mi estado asustadizo, me dio bebedizos que me hicieron dormir; no supe más de mí hasta pocas horas después que desperté en el amanecer cuando me sentí desposeídos de zapatos, sarape, sombrero y verduguillo que al parece había dejado desperdigados en mi carrera loca; pero ni aún así no corregí mi actuar de enamorado hasta que el tiempo me ubicó en mi condición de anciano atado a esta silla que me soporta con mis más de noventa años vividos. Por eso cuando me preguntan que si existe la Zihuatatayota, mi mente se transporta hasta esos años primeros del siglo veinte cuando en mi condición de paseador recorría, durante las horas de la madrugada, las calles de ese pueblo mío”. 

 

Don Benigno, más conocido como Adrián Alcaraz, exhaló un suspiro al tiempo que su mirada se posaba en el chacuaco de la histórica Hacienda de Chinameca ubicada en el estado de Morelos en donde radicaba como pensionado y propietario de una parcela que el gobierno le otorgó por sus servicios al lado del General Emiliano Zapata en el movimiento revolucionario iniciado en el año 1910. Quienes lo visitaban, hombres y mujeres originarios de la ciudad de Tixtla de Guerrero, México, se miraron unos a otros al tiempo que recordaban la antigua alberca denominada Teoixtla vinculada al relato.