julio 6

    

Origen  y presencia de la Virgen de la Natividad de Tixtla de Guerrero, México

 

Algunas personas afirman que esta imagen de bulto era
transportada por peregrino procedentes de Tixtlancingo, ex habitantes de
Tixtla, quienes regresaban de la ciudad de Puebla después de haber llevado a
restaurar su virgen venerada, y que al tomar un descanso a la sombra de los
ahuehuetes asentados en el núcleo poblacional que actualmente se denomina
barrio del Santuario, ésta se hizo pesada al grado que no la pudieron levantar. Según el
decir de algunos ancianos devotos de ella, con ello dio a entender que deseaba
quedarse aquí, y otros aseguran que los lugareños, enterados de que esa era la
imagen que antiguos pobladores de Tixtla se habían llevado a Tixtlancingo, se
posesionaron de ella al tiempo que prometieron construirle su santuario.

Sea  cual fuese la realidad que originó la presencia de esta deidad en Tixtla,
réplica de la Virgen de Covadonga adorada en Oviedo España, es venerada el ocho
de septiembre y el treinta y uno de mayo. A sus festividades asisten habitantes
de esta población y también personas procedentes de diferentes lugares de la
república mexicana. Su  santuario se encuentra cobijado por una construcción eclesiástica resguardada
por tres centenarios ahuehuetes, plantados frente a la plazuela que
inicialmente se llamó General Porfirio Díaz, hoy Plazuela Alberto González
Valle, en el barrio de El Santuario de la ciudad de Tixtla de Guerrero.

 

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Po la herencia...El Viejo Ranero

 

Ya como verdad o mera fantasía, los ancianos, que presenciaron el inicio del  siglo XXI, decían que, en la cueva enclavada en la base rocosa de El Cerro Pacho, situada muy cerca de la barranca de Chompito y el Resumidero en las inmediaciones de la laguna de  Tixtla de Guerrero, México, habitó un hombre enigmático, huidizo, ermitaño,…Nadie de los hablantes afirmaba haber convivido con él; algunos aseveraban haberlo visto desde  muy lejos, y otros daban rienda suelta a su imaginación partiendo de lo que se supone habían escuchado en las apasionadas  discusiones de sus vecinos.  Pero todos lo asociaban con millares de diminutos sapos que invadían, en el amanecer del primer día lluvioso de cada verano, los campos y caminos del entorno tixtleco; lo relacionaban con la aparición de ajolotes que pululaban en las aguas lodosas de los charcos, el croar constante de sapos  agazapados en escondrijos acuosos, y la presencia de pequeñísimas ranas de ojos saltones y color verdes tierno de tamaño apenas superiores al de la uña del pulgar de un adulto que se balanceaban sobre ramajes y hojas pegajosas de artemisas flotantes en las aguas de la laguna. En este decir, los labriegos hacían hincapié en la repentina desaparición de los sapitos negruzcos: afirmaban que, salvo aquéllos que  habían perecido bajo los pies de los transeúntes o las patas de las recuas en movimiento, ni uno solo de ellos se  divisaba en el amanecer del día siguiente de su aparición.

En los relatos salía a relucir que en una noche de plenilunio se le había visto, encaramado en lo alto de una enorme piedra situada en la orilla de la laguna, cubierto de ramajes y algas; un cazador nocturno juraba haberlo observado en actitud solemne al tiempo que sapos y ranas emitían su croar en tonos diversos propiciando sinfonías que resonaban sobre sembradíos, el caserío que alberga la población y las aguas de la laguna protegidos por las elevaciones montañosas que circundan el valle.

He ahí que durante mucho tiempo, El Viejo Ranero, de quien se decía que se alimentaba de algas, ramajes y hablaba el lenguaje de los sapos y las ranas, anduviera en la alharaca de los lugareños que, en las madrugadas  saturadas de tlapayautlis, escuchaban lo que parecía ser un “un concierto saperos”.

 

Más, como nada es eterno, después de haber transcurrido muchos ayeres, la figura de ese hombre  enigmático, huidizo, ermitaño, se diluye en la neblina que trae consigo la indiferencia; salvo algunas personas que atraen su nombre cuando hablan de la contaminación existente en las aguas de la laguna y los cauces de los arroyuelos de Coxtlapa, Xaltipán, Tezahuapa y Cocuilpan, lo grueso de la población no menciona “La cueva del viejo ranero”, ni saben por qué se llama  “Barrio de Cantarranas” a uno de los asentamientos humanos, participantes en la fundación de lo que es ahora la ciudad de Tixtla de Guerrero. Aunque, allá de vez en cuando, no deja de existir alguien que, imprimiendo a sus palabras un dejo nostálgico, suele decir: “El Viejo Ranero, emergió de las aguas y transitó por el rumbo del paraje Mechazingo; bajo la luz tenue reflejada por la luna y la llovizna constante del tlapayautli, caminó al tiempo que ranas y sapos lo seguían y croaban; ¡se alejó, y jamás volvió!”.

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La Zihuatatayota.

 

De la Zihuatatayota, personaje de leyenda surgido en el entorno tixtleco, se dice mucho. En la actualidad no es exclusivo de Tixtla de Guerrero y sus alrededores, en diversos lugares se habla mucho de ella; dícese que es una mujer elegantemente ataviada con sedas y encajes, alta y de porte altivo, viandante nocturna asidua a los enamoramientos, visitante de aguajes, enigmática y solitaria…  Sea cual fuese su descripción en el contexto de la leyenda que lleva su nombre, cabe escuchar los relatos en los que ocupa primacía, de entre éstos atendamos lo expresado por don Benigno López Abraján:

Transcurría el año de mil novecientos doce, era la madrugada de un día del mes de septiembre; flotaban en el ambiente frescuras de lluvia  y olores de tierra mojada. Mis amigos de parranda y yo, además de llevar en el estómago abundantes tragos de mezcal, portábamos sarapes para espantar el frío, calzábamos botines y nos cubríamos la cabeza con sombrero de astilla, era los considerados para la paseada. Veníamos de la casa de nuestras noviecitas a quienes habíamos llevado serenata cuando a lo lejos, proveniente del Barrio de Tlatelulco, divisamos la gendarmería realizando su rondín acostumbrado. De ellos, quien iba a la vanguardia, se dejó escuchar un silbatazo a manera “quien vive allí, ¡párense hijos de …”. Iluminadas por la llamarada tenue proveniente de un hachón, nuestras siluetas se delineaban confusas en la distancia. Como viésemos que aceleraron sus pasos para darnos alcance en el lugar denominado Las siete esquinas de la población de Tixtla de Guerrero, cada uno de nosotros tomó camino diferente: Antonio Basilio se dirigió al barrio de San Agustín, Anacleto Dircio enfiló sus pasos al barrio de El Santuario, y yo me dirigí a Los corrales. Crucé La calle ancha, y tomé el rumbo de La alberca; caminaba con pasos inseguros en la oscuridad al tiempo que mi mano derecha palpaba la empuñadura de un verduguillo. Cuando estuve bajo los ahuehuetes que protegen las aguas que brotan y dan sustento a ese balneario, recargado en el tronco de uno de ellos, me sentí a salvo de los guardianes del orden. No sé durante qué tiempo estuve allí en la obscuridad  entreverada por resplandores lunares que se colaban entre los ramajes de los árboles gigantes. Oía el fluir del torrente que afloraba de los veneros cuando de pronto me percaté de un bulto blanquecino que al  acercarse al aguaje fue mostrando la silueta de una mujer alta y portentosa, vestida con ropajes blancos; esperé para observar qué hacía; cuando estuvo sentada en una de las piedras colocadas en rededor del manantial; enamorado como soy, se me alborotaron cuerpo y alma, y sin pensarlo mucho fui hasta donde estaba ella. Su cabellera caía abundante sobre su espalda; por su postura intuí que jugueteaba con las aguas. Todavía no llegaba hasta ella cuando ya le estaba diciendo palabras bonitas y frases encaminadas a enamorarla para obtener sus favores amorosos, y, sin recato alguno, la abracé metiendo mis narices entre sus cabellos que de pronto sentí ásperos, pero como si eso no tuviera importancia seguí tras mis propósito; continué con mis arrumacos al tiempo que ella los correspondía con leves gemidos. Como viese que no oponía resistencia a mis caricias, se me ocurrió decirle: ‘mamacita, dame un besito; ándale preciosura, ¡bésame que ya te estoy queriendo! Repetí eso y otras palabras más para convencerla’; luego sentí que ya me la había ganado; lo comprobé al sentir el movimiento de su cuerpo para voltearse  y quedar frente hacia mí; yo me dispuse a besarla, pero tamaña sorpresa me llevé al mirar su cara, en ésta tenía ojos similares a los de un caballo, sus narices eran chatas como las de un marrano, su frente descomunal y sus labios grueso y floreados dejando entrever dientes descomunales; No obstante que sus manos frías me sujetaban me escapé de ellas y como pude corrí dando alaridos para desahogar mi terror; fui dando traspiés y no paré hasta llegar a mi casa cuya puerta era de madera apenas sostenida por la tranca corrediza que colocaba mi madre para que me franqueara la entrada en caso de una emergencia. Cuando estuve dentro de la estancia enmudecí, no respondí sus preguntas. Al mirar mi estado asustadizo, me dio bebedizos que me hicieron dormir; no supe más de mí hasta pocas horas después que desperté en el amanecer cuando me sentí desposeídos de zapatos, sarape, sombrero y verduguillo que al parece había dejado desperdigados en mi carrera loca; pero ni aún así no corregí mi actuar de enamorado hasta que el tiempo me ubicó en mi condición de anciano atado a esta silla que me soporta con mis más de noventa años vividos. Por eso cuando me preguntan que si existe la Zihuatatayota, mi mente se transporta hasta esos años primeros del siglo veinte cuando en mi condición de paseador recorría, durante las horas de la madrugada, las calles de ese pueblo mío”. 

 

Don Benigno, más conocido como Adrián Alcaraz, exhaló un suspiro al tiempo que su mirada se posaba en el chacuaco de la histórica Hacienda de Chinameca ubicada en el estado de Morelos en donde radicaba como pensionado y propietario de una parcela que el gobierno le otorgó por sus servicios al lado del General Emiliano Zapata en el movimiento revolucionario iniciado en el año 1910. Quienes lo visitaban, hombres y mujeres originarios de la ciudad de Tixtla de Guerrero, México, se miraron unos a otros al tiempo que recordaban la antigua alberca denominada Teoixtla vinculada al relato.