TROCITOS DE ANGUSTIA, RECGOCIJO, AMORES

 

 

 

 

 

 

 

 

CACHITOS DE ANGUSTIA, REGOCIJO, AMORES…

 

 

 

 

 

 

 

Autor: Margarito López Ramírez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A mis amigos…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

 

“… A eso de las doce del día, cuando la sombra de la buganvilia enredada en el guayabo se deslizaba y propiciaba que los estudiantes se reacomodaran en busca de frescura, hizo una señal de mudez con el dedo índice sobre su boca desportillada y, ceremonioso, encendió un cigarro más. Su actitud dio lugar a que el rasguear de los lápices sobre las hojas y el movimiento de manos sobre los celulares en busca de imágenes, cesaran. Y, sin decir palabra alguna que satisficiera más la curiosidad que aún rondaba en su alrededor, don Gregorio Ortega ejecutó, con uno de sus brazos, la señal enérgica que indicaba el camino que les esperaba. Mostraba su despedida, y he ahí que, luego de que los más de ellos lo obedecieron, la  muchacha de ojos y labios hermosos semejantes a los de alguien que el anciano sustraía de su ayer de vida, puesta de pie, se inclinó y lo besó  en la mejilla, provocándole un suspirar profundo a la par que él decía para sus adentros: “sí, sí, mucho se parece  a ella ¡Es hermosa!, muy hermosa…”.

Instantes después cuando aún percibía el olor que le había dejado en su rededor,  la vio  unirse al jovial comportamiento demostrado por los demás estudiantes capitaneados por Rafael Santana Serna. Al observarlos que llegarían a esa esquina que le traía a la mente muchos recuerdos, su pensamiento quedó suspendido en la visión de su pasado,  rememoró cuando Ramona Rojas Tejeda, su esposa, acompañada de sus dos hijos, antes de doblas a la izquierda para proseguir rumbo a la ciudad, mostró entusiasmo y alzó los brazos para despedirse. Su pensamiento naufragó en el desasosiego; evocó el momento en el que fue  a recoger, en compañía de algunos de su conciudadanos, los cuerpos de ellos, sus seres queridos quienes yacían a la vera del camino que conduce a Pueblo Grande; ahí, un poco después del lugar en el que se encontró muerta a doña Genoveva Villagrán, madre de Federico Landeros Villagrán; antes de la curva en donde se encuentran las cruces que señalan que sucumbieron Sergio Perales Mendoza, Antonia Pacheco Díaz  y la señora Hortensia viuda de Perales; a unos pasos de la hondonada de Tello, llamada así porque allí apareció muerto Hemeterio, casi junto del lugar en donde  hallaron los restos mortales de Catalina Pérez González y Fernando Carranza Amateco, padres de María del Rosario. Y entonces, aunque intentó tragar su tristeza que le castigó el corazón, gruesas lágrimas rodaron  a través de sus mejillas surcadas de arrugas profundas motivadas por sufrimientos y el desamparo que lo flagelaban.

Sin siquiera restregar sus ojos llorosos, con dificultad se puso de pie, empujo la madera  carcomida por la intemperie y dirigió sus pasos al interior de su hogar en donde le pareció escuchar ecos de la bulla estudiantil que al cabo de un rato se fue apagando, subsistiendo,  en lo que quedaba del pueblo de La Soledad, sólo silencios fugazmente interrumpidos por ruidos opacos producidos por los escasos seres que aún permanecían allí ya merodeando entre jacales abandonados ya transitando en la calle desolada o sentados en el quicio de sus casas vetustas; ancianos que, como él, permanecían  arraigados  a esa heredad que les había permitido enraizar como el guayabo y la buganvilia de entrelazados ramajes…

Al cabo de un rato, después de airearse la cara con el ala de su sobrero, descansó su cuerpo en un viejo sillón aposentado en medio de trebejos resguardados bajo una mediagua. Sin premeditarlo, quedó dormido y, en la profundidad de su abandono corporal, alucinó, vio casas, calles, campos cultivados y gente bulliciosa de su otrora próspero pueblo; observó el trajinar de sus hijos que jugueteaban en su rededor, y quedó fascinado al mirar a su esposa, a su amada Ramona quien de entre el rosal que ella y él habían  cultivado, le hablaba en tono amoroso, le repetía una y más veces: “Gregorio, mi amor,¡ ven, ven, ven!”

En el anochecer de ese día, alguien llamó, y sacudió el mohoso aldabón aferrado a la  puerta de la casa de don Goyo, pero voces y ruidos se desvanecieron en el constante ulular del viento. Y entonces, imperó la incertidumbre en la mente de los pocos habitantes de La Soledad…”

 

 *El Enchaquetado

 

2

 

“Una extraña sensación que le provocaba un vacío de ausencias la llevó hasta allí en donde su mirada se recrea y un suspiro la abandona al tiempo que vivencias la emocionan o constriñen, solazan o flagelan,…

 

“Recrea sus pensamientos bajo la sombra que proyecta el alero que semeja cresta en lo alto de una pared tapizada por trazos ilegibles y dibujos que mucho tienen de escondrijos que camuflan deseos obstruidos, aficiones  truncadas, amores vagantes, resentimientos, desahogos…

 

“… Cuando más metida está en sus evocaciones, ve la silueta de una mujer de avanzada edad que camina con paso vacilante. Soledad siente en su cuerpo un sacudimiento al tiempo que se lleva las manos a la cara y musita: “es ella…, sí, sí, es ella”.

 

“…. La viejita diminuta, de facciones finas como muñeca de porcelana, como juguete de esmerada hechura, se ve cansada, triste, meditabunda,…

 

“… No muy lejos de ella, se escuchan voces y coros infantiles. ¡Es hora del silabario! del “¡sí, maestra!”, del deletreo y la escritura susurrante. Repentinamente…, la anciana detiene su deambular, y con oído atento escucha, y hasta se podría decir que se deleita con los ecos de ese quehacer escolar. No hace mucho que está ahí, y su rostro se ha transformado; yace sentada en el piso terroso mientras sus manos buscan con afán algo entre sus ropas: primero con paciencia; después, con desesperación… Cuando parece que ha encontrado lo que buscaba, su voz rompe el silencio:

 

 “… ¡Vengan! Jugaremos las matatenas!” -Llama a gritos como si estuviera rodeada de niños– “¡Vengan! Tú serás la primera en jugar.” –Su exhorto cae en el vacío. Ajena a su soledad, insiste entusiasmada al tiempo que arroja cinco piedras pequeñas y redondas en espera de que alguien las recoja. Uno a uno sus lances aterrizan en cascada acompañados de interrogantes y ruegos vehementes-: ¿No quieren jugar? ¡Anda chula!.. Es muy fácil y divertido… anda… ¿Sí? -Pero nada acontece que la satisfaga. Sorpresivamente recoge las matatenas y las frota con entusiasmo como si tratara de ser más convincente-: “Ya sé –se le escucha decir eufórica-, ¡jugaremos a la covacha! ¿Sí?.. O si prefieren al beso, ¿lo hacemos? ¿Quieren?.. ¿No quieren?.. ¿Por qué no quieren jugar?.. Es muy fácil. ¡Vean como lo hago!.. ¡Vean!” –Menciona en tono vehemente, al tiempo que reinicia su juego con las pequeñas piedras que se adhieren o desprenden de sus manos provocándole sonrisa-. ¡Anda tú!.. ¡Juega!.. ¿Sí?.. ¿Quieres jugar con ellas? –insiste-. ¿Por qué no quieres jugar con mis redonditas, con mis matatenas?.. Con estas que son como perlas de mar, como ojos de cierva, luceros hallados en el pedregal; duendes saltarines que guardo en mis ropas”.

“Repentinamente, un velo de tristeza invade su rostro. Con la mirada perdida en el vacío queda en aparente custodia de sus matatenas que yacen dispersas en sus manos, ropas y suelo. Pasan algunos minutos, aún está solitaria, dueña de su silencio. Y cuando parece que ha concluido su recorrido  delirante, aparece en ella la careta de la algarabía:

 

 “¡Ya entendí! –expresa al tiempo que guarda las matatenas-, a ustedes les fastidia este juego. ¿Qué les parece si jugamos a La gallinita pupujada? -Con entusiasmo inicia su cantaleta-: Gallinita pupujada, puso un huevo en la majada, puso uno, puso dos..,  puso… -No concluye. Se siente flagelada por la indiferencia. Y otra vez se oyen sus preguntas que fluyen de la nada:

 

 “¿No quieren jugar?.. ¿Díganme por qué?.. ¿Acaso piensan que los pellizcaré?.. No, ¡no lo haré!.. Les prometo que no lo haré”. -Hilos lagrimosos surcan su rostro mientras una de sus manos deposita un leve pellizco en el anverso de la otra, tan leve como el intento de una caricia-. ¡Así, miren, así!.. Gallinita pupu…jada. -Insiste, pero la voz y el ánimo obstruidos no le permiten continuar. Desesperada abandona ese pasatiempo. Pero después de unos instantes, nuevamente recobra su animosidad. Y, con más ahínco va en pos de su propósito-:

 “¿Acaso quieren que juguemos algo diferente?.. ¿Jugamos a las manitas calientes?.. ¿A la víbora de la mar?.. ¿O prefieren la campanita de oro?.. ¡Ya sé!, a las agarradas… ¿No?.. ¿Los quemados?.. ¿Qué tal si saltamos la reata?.. ¿Tampoco?.. ¡Jugaremos al caballo!, o a la cebolla. También podemos jugar a los encantados… ¿Sí?.. ¿Sí?.. ¡No se vayan!, juguemos.., ¡juguemos, vengan!

 

“Presa de su angustia, perdida en los vericuetos de su monólogo, la tristeza se apodera de ella al tiempo que clama y llora:

 

“¿A dónde están los niños?.. ¿Por qué ya no se reúnen los niños como antes lo hacían?.. ¿Por qué ellos ya no hacen  sus juguetes?.. ¿Qué hacen ahora los niños?.. ¿Qué les han hecho a los niños?.. ¿A dónde están?  ¿Por qué?.. ¡Díganme, díganme!  

 

“Y entonces, Soledad, va hasta donde está quien fuera su maestra, se arrodillada junto a ella y, luego de abrazarla y musitarle algo al oído, la induce a jugar  las pequeñas y redondas piedras “que son como perlas de mar, como ojos de cierva, luceros hallados en el pedregal; duendes saltarines…”

*Imágenes y Matices

 

 

3

 

 

“… Lo que había empezado como aparente juego allí en mitad de la calle, se tornaba en cosa seria. Nepomuceno, luego de conversar en su lengua natal con quienes lo acompañaban, se despojó de su sombrero, hizo una reverencia y, sin mostrar timidez alguna, habló: “Siñor, aquí están don Homobono, mi papa; doña Petrita Xantzin, mi mama, y mi hermana Tanasia”;los señores estos, son mis amigos.

“Hortensia corrió al interior de su hogar, doña Cirenia se llevó las manos a la cara al tiempo que exclamó: “¡hay, Dios mío”! Don Manuel no supo qué decir. Se concretó a indicar, con ademán tímido, que pasaran al interior de su choza.

“… Agua servida en jarros, medió el encuentro, e instantes después el padre de Nepomuceno, hombre entrado en años, señor de porte noble,  con voz grave que imponía respeto, utilizando  un lenguaje español entrecortado pero fluido, se hizo entender partiendo de lo que su retoño le había comentado: “siñor, te lo pido el mano de tu hija la güerita pa´ ser esposa de mi´jo.” Hubo silencio prolongado en el que Don Manuel y su esposa Cirenia Herrera de Mendoza se miraron uno al otro; nadie dijo cosa alguna durante unos minutos hasta que Hortencia abrió la boca para sugerir: “pregunten a mi hermana.” Se refería a Carmela quien había permanecido oculta pero atenta a lo que acontecía desde el interior de la cocina de humo asentada en el interior de una mediagua situada a diez metros de distancia. Luego de unos instantes, presurosa fue allá doña Cirenia. Entre madre e hija se propició un prolongado susurrar cuyos ecos tenues causaron expectación.

Minutos después, Carmela Mendoza Herrera, se hizo presente, caminó siguiendo los pasos de su progenitora; apareció, mostrándose pudorosa, joven y bella. Y, como si no le sorprendiera aquello que sucedía en su rededor, saludó afablemente: “buenas tardes, señores”.  Don Homobono a la par de que se puso de pie, se despojó del sombrero que traía enjaretado hasta las orejas,  mostró visos de satisfacción, dijo para sí mismo:“un mujer de buen ver y  buena alzada.” Alguien dispuso para ella un burdo sillón hecho de madera y bejuco, y una vez más escuchó que pedían su mano: “siñorita,  mi´jo, este que ves aquí, quiere que te lo cases con él.” Momentáneamente   permaneció silenciosa en medio de la escena que despertaba curiosidad en familiares, visitantes, y coterráneos que se habían aposentado en las afueras de su casa. Luego de unos instantes en los que apreció el entorno, sopesó la mirada  expectante  en sus padres, la bulliciosa actitud de su hermana, y el aspecto físico del indito que de repente se había puesto de pie, mostrándose cual era,  sin mostrar emoción alguna en el rostro, emitió un sucinto “¡sí!”, un sí que produjo emotivas expresiones en los recién llegados, y cierta aflicción en sus progenitores.

En las afueras de la choza, la gente, tras escuchar la voz jubilosa de Hortensia quien  repentinamente gritó; “manita, Carmelita, manita, ¡te vas a casar!”, armó alharacas en las que campearon  abundantes dimes y diretes en torno a la familia Mendoza Herrera.  Contrariando el contenido del refrán que reza: “quieres saber tus defectos, cásate, quieres saber tus virtudes, muérete,” nadie dijo cosa alguna que ensombreciera la imagen de Carmelita, solamente se afirmó: se casará y se irá del pueblo, la mujer más hermosa, Dios la proteja. Y del novio Nepomuceno, se describió su apariencia física, su comportamiento, origen, vestimenta y  pronunciación cuatropeada, sin faltar las expresiones dicharacheras de alguien que se afanó en decir:

“Ver para creer,… el cuche más feo, se lleva la mejor mazorca… Casamiento y mortaja del cielo baja… Suertudo, el indito,…El dinero ablanda más que el cebo,… un día el amor y el dinero, se fueron a pasear…”

 Pedimento y aceptación se dieron en un santiamén,  y luego de ocuparse e intercambiar preguntas, respuestas, afirmaciones y demás expresiones que el caso ameritaba, los arrieros descargaron las mulas e introdujeron a la morada los obsequios destinada a la novia, la hermana y a los padres de éstas; don Homobono ofertó a los caseros vino elaborado con uva cimarrona cultivada en una de sus haciendas; la señora Petrita y su hija Atanasia extrajeron viandas que habían transportado cuidadosamente en vasijas, y, en menos que canta un gallo, se armó un jolgorio que involucró a la escasa población de Los Jagüeyes de San Francisco.

Cuando  la luz solar escapó en pos del horizonte, los integrantes de la familia Chomolco Xantzin, emprendieron camino de regreso a su casa, y no se les volvió a ver hasta la fecha fijada en la que Nepomuceno, asistido  por el anciano mayor de la comunidad, portador de La Vara de mando, y un cura de aspecto bonachón que había viajado montado en una mula retozona,  contrajo matrimonio con Carmela, joven hermosa poseída de altura considerable y cuerpo bien formado, piel blanca, manos y pies de fina tersura, ojos de color azul luminoso y cabellera sedosa. Una vez más hubo jolgorio en el que participo la comunidad; hubo complacencias y buenos deseos en torno a los recién casados; como hubo  lágrimas en los ojos de don Manuel y su esposa Cirenia cuando los recién casados se despidieron para después alejarse por el camino que toma forma en el crucero denominado La Parota Grande. Hortensia no lloró, pero a leguas se notaba que había tristeza en su rostro moreno,  y ganas de ir tras ellos. Ahora, la gente ha dado en afirmar que desde aquel entonces, frecuentemente se le veía a la vera de aquel camino que se había llevado a su hermana; y que, después de algunos meses, sin decir ¡agua va!, desapareció de la noche a la mañana causando pesar en su hogar, y rumores aventurados de sus conciudadanos:

“Se la llevó la nostalgia o tal vez la esperanza,… iba en las ancas de un caballo jineteado por un muchacho de El Pueblo Grande,… caminó cuesta abajo siguiendo los pasos de recuas y arrieros,…se fue de aquí, con el primer forastero que le dijo mialma,…”

“… Luego de haber transcurrido algunos años, la hacienda Los Tepehuajes, asentada en las inmediaciones de la comunidad de Los Arrayanes de San Jacinto, cedida al hijo venturoso que encontró “mujer de buen ver y de buena alzada,” ha incrementado su patrimonio a través del trabajo laborioso del matrimonio Chomolco Mendoza. La gente de Los jagüeyes de San francisco, comenta el hecho venturoso, como también se ocupa en traer a cuento la tristeza que invade frecuentemente  a don Manuel y su esposa Cirenia quienes esperan el retorno de Hortensia, su hija morenita…

“… Al transcurrir los años en los que la gente ha escuchado las sugerencias de don Homobono en eso de trabajar y comerciar con perseverancia, a leguas se nota que aires de bonanza transitan en Jagüeyes de San Francisco, lugar asentado en lo recóndito de la sierra guerrerense desde donde hombres y mujeres avizoran nuevos horizontes que los llevan a mercadear ya en la costa guerrerense siguiendo la ruta que comunica con La Ciénaga, La estación de Toro Muerto y El Paraíso, ya en la Región de la Tierra Caliente transitando por las inmediaciones de Santa Elena, Yolotla, Huautla y de allí a San Miguel Totolapan, o en la Capital del Estado por el rumbo de Tlacotepec, Filo de Caballos hasta desembocar en Casa Verde, o por el aserradero Las Margaritas, Paso del Tigre, Cruz de Ocote hasta empalmarse a la carretera de Filo de Caballos. En los decires que entretienen a unos y a otros, la muchedumbre afirma, como si viviese en el seno de la familia Chomolco Mendoza, que Carmelita es buena mujer; y que Nepomuceno, aunque feo, es buen esposo y hombre trabajador.

Quienes acuden a las reuniones en las que ambas familias conviven, dan razón de un hecho que se suscita cuando alguien elogia la belleza de Petrita, Manuela y Cirenia  Chomolco Mendoza tres pequeñuelas, que en mucho se parecen a su madre Carmelita, en éste, don Homobono, apoyándose en la presencia de su esposa Petra, a voz en cuello suele exclamar:

“como le digo mi señora, cuando el toro es fino, aunque la vaquilla sea malanca y feona, ¡mejora el raza!,”

Pero buen cuidado tienen los oyentes de no externar burla alguna, sólo se concretan a dar por bien dicho lo escuchado, y musitan para sus adentros, fragmentos del cuento La Mamá cuervo,  que les narró el profesor Melesio López:

Y, luego de su evocación, los concurrentes se muestran una vez más atentos a la reiterativa afirmación del padre de Nepomuseno quien se expresa emocionado ante sus consuegros, familiares y amigos que los acompañan:

¡“Así es, el cosa!, señores –se le escucha decir, sin dejar de mirar a su hijo y a su nuera Carmela-, sí siñores, cuando el toro es fino, aunque la vaquilla sea malanca y feona, ¡mejora el raza!

No satisfecho con su cantaleta, don Homobono, llama a sus nietas quienes acuden mostrando algarabía, y tras de escuchar que su abuelo paterno les dice que son hermosas, lo abrazan y besan, propiciando que los presentes festejen el hecho a la par que don Manuel, asistido por su esposa la señora Cirenia, propone se brinde por la salud y bienestar de la familia Chomolco Herrera. Y, como en otras ocasiones, la  alegría se expande al ámbito de la comunidad de Jagüeyes de San Francisco, lugar asentado en lo recóndito de la sierra guerrerense en donde Nepomuceno, encontró “un mujer de buen ver y  buena alzada”.

*Un mujer de buen Ver

 

 

 

4

 

“… A don Melando, acompañado de don Melquiades y más amigos le ha dado por acudir nuevamente a la plazuela asentada en el corazón de su barrio en donde observa el transitar de las vendedoras que emiten su cantaleta: “el pan,… la telera,… la empanada,… el queso,… la memelita,… la papaya…; poniendo  más atención en la pizpireta Micaela, hembra de andar zaramdeque. Ante ella, se muestra embobado cuando a la par de atraerlo con una señal, le coquetea y sonríe mostrando su boca coronada de labios sensuales al tiempo que grita:

Don usted. ¡Don Melando!, compre  el merengue suavecito, calientito, esponjadiiiiito, dulce y sabroso. ¡Agárrelo!.. ¡Agárrelo!.. ¡Agarre el merengueeeeee!”.

“… Luego de que sus amigos lo animan y le gastan bromas, Don Melando, como lo llaman sus   vecinos, la ve alejarse con su mariposeo llevando  su canasto sobre la cabeza protegida por un yagual hecho de trapo. El anciano, escucha el pregón a la par que posa su mirada en ese cuerpo erguido de hembra altiva y esbelta;  la observa detenidamente notando en ella bonituras que lo alborotan y lo inducen a evocar sus antiguas correrías amorosas: aquí, allá, con mengana, zutana, perengana y más mujeres hermosas que le prodigaron felicidad en el transcurso de su juventud, y ayeres de hombre maduro; la ve alejarse hasta que su figura se  diluye en la distancia. Y en tanto que otras vendedoras le dicen “adiós don usted” o le endilgan su cantaleta que da razón de su vendimia, masculla versos que le vienen al pelo, por eso de sus amores y muchos años vividos:

“… Ay de mis tiempos pasados/ cuándo los volveré a ver/ de lo pasado, pasado/ es imposible volver/ como el árbol que ha caído, / no vuelve a reverdecer…”

“Cuando a lo largo de la calle no halla la figura femenina ni escucha la cantaleta que lo atrae y embelesa, don Hermelando, se despide e inicia el  retorno a su casa; avanza con tiento paso a paso como si temiese lastimar el suelo; camina apoyándose en la pared limítrofe hecha de adobe cercana a su hogar, avanza a paso lento pero seguro de su aliento de vida; silba o resuella grueso dando cauce a sus cansancios y tos carrasposa, va de aquí a allá  haciendo caso omiso de sus pies abotagados que en veces le ocasionan tropiezos, y pujidos que semejan desahogos de dolores escondidos. Se aleja del solar abierto a los transeúntes y el devenir de aconteceres; se va pensando que mañana será otro día en el que habrá de volver; se aleja de sus amigos quienes en tono guasón le endilgan socarronerías; avanza al tiempo que rebusca su fortuna atesorada en ese papel que en veces se esconde entre la tela que conforma una de las bolsas cercana a la botonadura de la bragueta de su pantalón de pastelones amplios; hurga afanosamente hasta encontrar el billete  que lo anima y respalda en sus propósitos amorosos cuando le da por decir a las mujeres que, en medio de la calle y a grito abierto, pregonan su vendimia:

“¡0ye, niña!, ¿que a ti no te cumple tu novio, pareja o señor?,… porque,  debes saber que yo, te puedo cumplir…

Motivando que algunas, se sonrojen; otras sonrían mostrando nerviosismo, y, las más de ellas, monten en enojos a la par que se alejan murmurando sus desahogos…”

 

 

*Don Melando

 

 

5

 

“… Tras de ir de novillada en novillada pueblerinas, escuchó  que un afamado compositor de corridos asistiría como invitado de honor a un jaripeo que se realizaría en Barranquillas  paraje situado en las inmediaciones de una lejana comunidad asentada en la Región de la montañosa. Y hasta allá  fue en compañía de Flor Rocío a quien le había prometido que, luego de una cuantas jugadas más, se avecinarían en una comarca ganadera.

Vistiendo sus mejores galas de jinete, espuelas plateadas adheridas a sus botines, paliacate enredado en el cuello, una pluma multicolor en su sombrero hecho de finas astillas,  barboquejo trabado en la barbilla, se involucró en la jugada: acordó, con los organizadores de la jornada toril, que montaría  a “Culebrino”, toro maloso, propiedad de don Juvenal Oropeza Batalla; animal hosco que resoplaba, bramaba y enarbolaba su cornamenta al sentir la acometida de los vaqueros que le colocaban un pretal.

Después de convenir momento y detalles de la que sería su primera jineteada en ese redondel, su mirada, que abarcó la muchedumbre que aminoraba su impaciencia involucrándose en mitotes, apuestas, consumos etílicos, gritos y arengas, se posó en la silueta de un hombre que tras de mostrar interés en el decir y hacer de quienes estaban en su rededor, escribía sobre las páginas de un cuadernillo. Era un hombre de avanzada edad, moreno, alto, delgado y de aspecto distinguido que lucía una guayabera de corte  refinado; calzaba zapatos de delicada hechura y coronaba su cabeza con un sombrero de fieltro.  Anacleto supuso que debía ser respetuoso; que debía ir hasta donde estaba él, pero como lo apuraba el compromiso recién contraído, desde la amplitud del  redondel, le grito:

“¡Oiga, don usted!..¿Qué es necesario que haga yo para que me componga un corrido chingón; un corrido como los que oigo que hablan de hombres y mujeres famosos?.. ¿Qué es necesario que haga?”

Propiciando que el hacedor de corridos, imprimiendo a sus palabras un dejo petulante, contestara desde el palco destinado a invitados especiales:

“¡Que te mueras!, muchacho, que te mueras,… o hagas una monta espectacular que me convenza… ¡Eso es necesario que hagas para que te haga un corrido!”

“… La contestación que se esparció en la amplitud del espacio toril, causó indignación; motivó silencios, enojos soterrados y miradas furibundas que al cabo de unos instantes se desviaron hacia el ruedo en donde Anacleto, sin siquiera mirar de reojo hacia el palco en donde se encontraba Flor Rocío Andrade, su esposa y madrina quien se debatía entre la algarabía y el desasosiego, espoloneó al toro más reparador de la comarca; y entonces el animal  se levantó y mugió como monstruo embravecido al tiempo que saltaba y retorcía su cuerpo cual si fuera gusano alado acicateado por el alarido de la multitud situada en el graderío de la plaza, la música estridente del Chile Frito y el grito azuzador de toreadores y hombres de a caballo. Culebrino no se comportaba como era común verlo en otras “jugadas de toros”; se desplazaba como animal “arreglado”, como bestia enloquecida que sólo detuvo su trajinar endemoniado cuando se liberó y desahogó su bravura salvaje sobre el jinete que le había hincado dos espuelas hirientes en la piel de aspecto rudo pero sensible.

“… A la par de que el toro, encabritado y mugiente, se colocó desafiante en mitad del redondel hoyando con sus pesuñas en el suelo impregnado de tufos cerriles, la muchedumbre reaccionó: hombres y mujeres realizaron lo que era necesario hacer, y en un santiamén, el jinete fallido fue rescatado y transportado a las afueras del redondel; y allí, sin despojarlo de vestimenta y aditamentos, le apretujaron el abdomen sangrante y le administraron otros auxilios que el caso ameritaba, pero luego de que lo abrazó su esposa, y a ésta le musitó algo, expiró dando lugar a que ella llorara en silencio, lo bendijera, besara, y le cerrara los ojos…

“… Transcurrieron instantes impregnados de conmiseración, angustia, dolor,… y en tanto que hombres y mujeres asentados en el graderío comentaban el suceso, y el embravecido semental amagaba a los jinetes y toreadores, “don Nal” surgió de entre la muchedumbre y se hizo visible en la amplitud del redondel; y entonces el toro, llevado por su instinto, levantó la cabeza, bufó y mostró trazas de emprender una repentina embestida, pero, después de unos instantes en los que venteó el olor que despedía el cuerpo de quien lo enfrentaba, dobló las extremidades delanteras y desahogó su bravura, bramando, ondeando la cola, y hundiendo uno de sus cuernos en la tierra recién apisonada.

La escena provocó alaridos y después silencios cuando don Nal le acarició el lomo, le palpó las “talegas”, le quitó el pretal, le colocó una reata delgada en la cornamenta, y, tras de decirle en tono cariñoso: “¡vámonos torito, vámonos!…Anda, vámonos, chiquito,” lo condujo a las afueras del ruedo en donde, la otrora bestia furiosa, mostró mansedumbre y acomodó sus zancadas al acompasado caminar de su amo…”

Después de muchos ayeres, rondan rumores que aligeran o desenredan monotonías:

 “… luego de  limpiar y acomodar los utensilios de labranza  utilizados en la segunda escarda dada a la milpa que crecía en el tlalmecate, pedazo de tierra destinado al cultivo de su familia, Anacleto Corrales Perales le dijo a sus padres: “Papa, mama,… ya terminamos; ya soltamos la milpa,… ahora, voy a ver que hay por allá…, y entonces…, abandonó Escalerillas…”

“…luego de haber sabido de amores ocasionales y en veces desamores que le trajeron ventura y en veces desventura que forjaron su forma de ser y manera de  conducirse, anduvo de pueblo en pueblo de rodeo en rodeo sin rienda ni reata alguna que lo apersogaran; fue y vino, sin más preocupación que un caballo alazán”

 

“… Se le veía, errante y solitario, hasta que de entre las mujeres que cabalgaban en las cercanías de El Ciruelar, pueblo asentado en la Sierra, columbró a quien supo después, se llamaba Flor Rocío Andrade Cisneros…”

 

“… Don Juvenal Oropeza, quien  nació con estrella, fue bendecido por Dios o tenía tratos con el diablo, no permitía que alguien lazara o jaloneara a su toro ni autorizaba que fuera montado en otro lugar que no fuera su terruño… Cuando se lo pedían para una jugada, lo llevaba al encierro de ese día y daba indicaciones  precisas: ¡no lastimen a mi  semental!, porque lo quiero como se quiere a un hijo…Y, como era costumbre en él, cuando culmina la jugada, lo sacaba del corral de toros…”    

 “… Culebrino, era un toro negro de pelaje relumbroso, de cornamenta grande y fuerte;  un animal de gran alzada y bravura que, en las noches de luna llena, frecuentaba las profundidades de barrancas desde donde lanzaba mugidos prolongados que arremetían contra los silencios; una bestia de mirada hosca que asustaba, y en veces atraía…, Un toro que, desde que mató a Anacleto, permaneció alejado de ruedos y vacadas… Un semental a quien se le atribuye que, luego de sentirse viejo, decía para sus adentros: “Soy un toro desvacado/ que vivo solo, en lo apartado/ de una cañada en el fondo/ amogotado en lo hondo/ de escondida encrucijada/ Ya no significo nada/ me aparto de los rediles/ se han tornado mis abriles/ en rigurosos inviernos/ Ya no mujo/ ya no como/ ya se me acabó el coraje/…”

“Los señores Susano Corrales y Aurora Perales, recibieron el jarrón de esmerada hechura que contenía las cenizas de Anacleto, y entonces, abrazados uno al otro, lloraron…

 “Don Armando Lozano Vela,  viejo compositor, a la par de entregar un papel, pidió a  un trovado y cantante que viniera a Escalerillas, que se quedara en este  lugar,  y que cantara una y más veces el corrido  que a la letra dice:

“Del pueblo de Escalerillas/ del paraje Senegal/ se descolgó un cabecilla/ a tierras del Abajal/ Su padre lo reprendía/ y su madre le suplicó/ no te vayas bien de mi vida/ pero los desobedeció/ Sería la ocurrencia/ sería su vanidad/ serían que de nacencia/ no era para este nidal/ Anduvo de arriba abajo/ en busca de no sé qué/ hasta que allá en Barranquillas/ encontró el ese qué/ Culebrino se llamaba/ el toro bravo, semental/ rey de la gran vacada/ del anciano Juvenal/ ¡Ay!, paloma torcaza/  No me quisiera acordar/ que en esa lejana plaza/ se quiso inmortalizar/ Anacleto se llamaba/…”

 “… Flor Rocío Andrade Cisneros cuida con esmero a sus padres. Y acude constantemente al pueblo de Escalerillas en compañía de su hijo el joven Fernando Susano, excelente jinete, quien campea en el rancho Los Jarales propiedad de sus abuelos maternos don Fernando Andrade y doña Florencia Cisneros…”

 

*El Culebrino

 

 

 

6

 

“… Pedro Julio Serafín, El Soflamero, luego de abrazarlo, promoverle vivas y ordenar una tanda de cervezas frías en honor al recién llegado, habló de los tres integrantes de la familia Rosales Romero, muchachos viejos y ricos dueños de cañaverales, terrenos, ganado, caballos, chivos y aves de corral.

 

“… Conforme a sus acostumbradas peroratas, narró, con palabras más palabras menos,  lo que, según su decir, alguien le había comentado:

 

¡Amigos!, no están ustedes para saberlo ni yo para contarlo -empezó diciendo-, pero deben saber que mi amigo El Chufas, luego de ponerse de acuerdo con Isabel  Santoyo Ventura, quien se prestó para una treta, se apalabró con El Señorito Cornelio a quien le dijo a boca de jarro en el momento que Chavelita pasaba frente a ellos con andar coqueto:

“Don usted mire qué buena muchacha es esa fulana: espigadita, recatada, hermosa, trabajadora, hacendosa, hogareña… ¡Cásese con ella!” Pero Chufas quedó de a pieza cuando Cornelio, sin siquiera mirar a  Chavelita, contestó a voz en cuello: “¡qué cosa dices, chamaco desbocado!… No, como dice la gente,  ni loco que estuviera para mantener a alguien que no es de mi familia.”

 

“Los concurrente, festejaron la supuesta respuesta que, a manera de estribillo, se decía que frecuentemente recitaba el mayor de los hermanos Rosales Romero cuando alguien, por iniciativa propia o encomienda recibida, le quería enjaretar arrejuntamiento o casorio con alguna mujer.

 

“Luego de que cesaron las risas y comentarios, El Soflamero, retomó su exposición ante una multitud fascinada que deseaba escuchar  el diálogo acontecido entre Cástulo Rosales y Petronilo Manzo Salvatierra, El Chufas, quien una vez más había hecho el papel de alcahuete:

 

-|Señor Rosales. ¿Ve esa muchacha? ¿La ve? Aunque es señorita vieja. ¡Véala! Aún está de buen ver: alta, piel blanca, ojo claro, trenza gruesa y larga, andar recatado, mujer de casa, buena pa´l trabajo,… –Petronilo, hacía hincapié en la figura y modo de ser de Barbarita Hernández Corona, muchacha pobretona pero muy modosita que transitaba en los cuarenta años-.Si se casa con ella,… usted, Cástulo…¿Me entiende, verdad? -El alcahuete se esforzaba haciendo ademanes para persuadirlo.

-¡No! Ni loco que estuviera, y menos cuando dicen que las mujeres son como el demonio… “que se visten por la cabeza y se desvisten por los pies” ¡Por eso y más, no me he animado ni me animaré a juntarme con una de ellas! Y si crees que no tengo razón, ahí tienes lo que ha sucedido a muchos que, como tú,… sabes: –Cástulo, entró en una pausa, y luego de quitar el tono irónico a sus expresiones endilgadas a Petronilo por aquello que se decía de la mujer de éste, empezó a desembuchar reales o supuestos comportamientos de algunas muchachas o señoras del lugar; recalcó engaños, indolencias, abandonos, mancornaduras y subyugamientos que habían recaído sobre hombres a quienes llamó “desventurados, mancornados, cornúpetas…

-Pero, mire, independientemente de eso que dice que hacen algunas mujeres, ellas nos dan,… además de hijos, cariño, ternura, compañía,… calorcito cachondo –haciendo caso omiso a lo que le había endilgado el viejo Cástulo, Petronilo, insistía en su afán al tiempo que imaginaba los beneficios que tendría si lograba convencerlo provenientes de la madre de Barbarita quien se frotaba las manos al imaginar que tendría acceso a la cuantía de bienes que se suponía, eran propiedad de El Señorito Cástulo-.¡Anímese! Todavía aguanta Barbarita unos buenos ¡Éntrele!

-¡No!… Ya te dije que no… ¡Y, no! -Cástulo era contundente en su decir.

-¿Por qué no quiere el calorcito sabroso de ellas, en especial el de Barbarita?

-Porque ni frío tengo, muchachito. ¡No soy friolento! Pa´ acabar pronto y cortar de tajo tu imprudencia, ¡óyeme bien!: no necesito de una mujer. ¡Me basto solo para lo que quiero y necesito! Y ahora, es mejor que vayas a tu sembradío porque puede que alguien esté comiéndose tu mazorca. Digo pues, por eso de que eso pasa frecuentemente en este pueblo cuando alguien anda de metiche, como tú. ¡Anda, atiende lo tuyo!, y deja de estar jorobando.

Y entonces Petronilo, el alcahuete, olvidó la encomienda, dejó de abogar por  Barbarita quien intentaba disfrutar la fortuna del anciano Cástulo, y, por si las dudas, salió apresuradamente rumbo a su sembradío.

 

“Luego de cesar el bullicio que provocó el final del citado encuentro sostenido entre anciano Cornelio y el alcahuete Petronilo,  Pedro Julio, retomó su arenga, afirmó que apuestas iban y venían entre quienes más de las veces aseguraban que lograrían que hubiera casorio en la casa de los Rosales Romero; alzó su copa, y después de propiciar aclamaciones eufórica endilgadas a Desiderio, prosiguió su perorata, compartió otra conversación que supuestamente se había dado entre Casiano Rosales Romero y el sacristán Martín Manrique Benítez:

 

  • ¿Por qué no te has casado, Casiano? –Martín preguntó ceremonioso, ocultando su hipocresía tras de una cara de compadecido.
  • ¿Por qué? ¿Por qué no me he casado, Martinillo?, porque debes saber que las mujeres de ahora no son como las de antes.
  • ¿Cómo eran las de antes, Casiano?
  • Sufridoras, aguantadoras, calladas y trabajadoras; piadosa, acomedidas… Mujeres como las de antes, ya no hay, muchacho.
  • Pero aunque así sea eso de que son diferente: ¡cásese!, quien quite y le sale una de esas que dice que hubo. ¡Cásese!, cásese, Casianito.
  • Martincillo. ¡No y no! -Casiano creyó estar ante quien supuso que guardaría sus opiniones, y he ahí que se desbocó: las mujeres de ahora nada más quieren cama y más cama; no hacen chimole en molcajete ni atole con panile, no saben hacer tortillas; compran la comida hecha en el mercado; quieren que las lleven a pasear cada fin de semana; no saben lavar la ropa con sus manos, lo hacen con esas aparatos que dizque lavan y secan los trapos. Si su marido les pide una muda de ropa, mandan traer a la señora planchadora; y son tan carajas… que luego piden las escrituras de la casa del marido para quedarse con ella. ¡Por eso no me he casado ni me casaré!

 

“Arrebatos y carcajadas inundaron el recinto. Después, cuando la algarabía disminuyó, El Soflamero dio un sorbo del líquido que reposaba en el fondo de un vaso, y tras de saborearlo, reanudó su decir. Aún hay más, amigos; dicen las malas lenguas que el tal Casiano, amén de afirmar que no se casará, repite una y más veces lo dicho por su hermano mayor:

 

Ya que estás con tu cantaleta de que debo casarme, para oreja y escucha lo que te digo, muchachillo: el matrimonio es cosa seria, empezando porque a las mujeres mucho les gusta estrenar sus generitos; cuando hay fiesta en el pueblo, quieren dinerito,  su rebocito, sus enagüitas, su blusita, sus zapatitos, sus aretitos, su peinetas de carey, moñitos pa´ sus trenzas y su colorete. ¡No!, las mujercitas cuestan; cuestan muchísimo. Yo, por eso no me caso.”

 

“Cuando aún no cesaba la alharaca que había suscitado su decir, El Soflamero posó uno de sus brazos sobre la espalda de Desiderio, y  luego de mirarlo fijamente, le dijo a boca de jarro:

 

-¿Sabías que, por el proceder de Cornelio y sus hermanos, muchachos viejos, hombres que fueron curados de por vida para que no se les antojen las mujeres, la gente les ha enjaretado el mote de “Verracos”?

-¡No!, pos no –contestó Desiderio, mostrando sorpresa …

-¡Sí!.. Sí. Debes saber que la mayoría de sus vecinos, mas que mencionarlos por sus nombre, los identifican con los sobrenombres de: Verraco Primero, Verraco segundo, Verraco Tercero. ¡Y tú!, grandísimo papanatas, ofreciéndoles tu marrana caliente; diciéndoles que te la apaciguaran porque estaba buena para la monta. Tú,… hablándoles bonito, pidiéndoles que “te la cruzaran”; explicándoles que querías mejorar tu negocio de marranero. ¡Ah! Cómo serás zonzo, tan zonzo como para estar allí con tu sonsonete de que querías tener un verraco como los que se decía que los había en esa casa –Pedro Julio, El Soflamero, gritaba, propiciando barullo en quienes lo escuchaban. Grandes y sonoras fueron las risotadas.

-Con razón se enojaron los tres viejitos, y el mayor de ellos me amenazó con un garrote –habló Desiderio como si con su decir quisiera terminar ese mitote armado en su rededor.

-Pues sí, Desiderio… ¿A quién no le iba a molestar eso que pedías?,.. imagina: ¡tú que fueras!, ¿qué harías si alguien te pidiera que…? –El Soflamero reforzaba sus palabras con ademanes obscenos-. ¿Qué harías?

-No, pues, sí… –reflexionó Desiderio al tiempo que evocaba los momentos en que él y su marrana gruñona estaban frente a los señoritos Rosales Romero. Sonrió socarronamente, al recordar su cantaleta: “crúcenmela don usted, crúcenmela ahora que está dispuesta a la monta. No me voy a dar por mal servido, pero por favor, crúcenmela para mejorar la camada en mis chiqueros… ¡crúcenmela, aunque sea una vez…!”

*El Soflamero

 

7

 

“… Enterados de los comentarios indiscretos externados por José Cleofas quien no soportó la carga anímica que implicaba guardar celosamente pormenores de la vida íntima de su ex amigo de farra, empezaron a  endilgarle expresiones socarronas: Venus, te mangonea tu mujer,… no tienes autoridad sobre ella,… como marido eres cero a la izquierda… Expresiones que a la postre, se convirtieron en cantaleta que le endosaban ya en la calle ya al verlo entrar al antro que frecuentaba o en las afueras de su hogar.

Ante el proceder de sus antiguos compañeros de correrías, Venustiano se enquistó en un mutismo; aguantó durante un buen tiempo las palabras guasonas que le endilgaban hasta que un día se le escuchó decir: ¿cuánto apuestan, caterva de habladores, cuánto apuestan a que les demuestro lo contrario? Admirados de su repentino cambio de actitud, le aceptaron el reto: el próximo día viernes nos reuniremos en tu casa, fue el decir generalizado de quienes estaban involucrados en la jugada. Dado que no hay plazo que no se cumpla, en punto de las tres de la tarde llegaron indecisos a la cita pensando en la actitud que asumiría Jacoba, pero su preocupación menguó cuando observaron la amabilidad con que ella los recibió, y  acomodó en un espacio de la vivienda en donde había preparativos para recrearse.  Su sorpresa fue mayor cuando observaron que la esposa de Venus, obedecía los mandatos del casero quien con garbo disponía:

“¡Jacoba!: trae la botella… Arrima las copas… Recoge los envases… Prepara la botana… Pon hielo en los vasos… Condimenta aquello… Licua estas frutas… Fríe la carne… Calienta este caldo… Enfría los refrescos…  Limpia la mesa… ¡Atiende al chamaco!”

La señora iba y venía sin retobo alguno. Todo marchaba bien en la convivencia concertada: Venustiano ordenaba, ella obedecía, y los concurrentes se divertían y hartaban con las viandas que les ofrecía amablemente. Pero como nunca falta un negrito en el arroz, sucedió que Teodoro Anselmo el cantinero al observar que un gallo avado de pescuezo pelón  pepenaba migajas que dejaban caer al piso, dijo: “¡Venus, mata ese pollo!, para que tu vieja lo guise en chilatequile  picoso. ¡Mátalo! Apriétale el pescuezo.” Engolosinado como estaba con su voz de mando, Venus, el hombre de la casa, se dispuso a retorcer el cogote del animal en el momento en que su esposa se acercaba con un platón repleto de carne frita, tacos adobados, guacamole y costillas de  cerdo salpicadas con limón y salsa roja picante. He ahí que Jacoba, al mirar que su marido se disponía a descogotar su gallo consentido, en un santiamén  le desparramó los manjares dejándolo como palo encebado: multicolor y de sabores diversos. Y luego de darle tremendo manotazo en mitad de la cara, gritó:

“hasta aquí llegamos, Venustiano, ¡hasta aquí!, no más… hasta aquí llegamos porque mi gallo precioso no está dentro del trato que hicimos. Así es que tú y tus amigos se van mucho a la…”

 Alguien intervino intentando sosegar los ánimos pero la irritación y arrebatos de la mujer, aumentaron propiciando que en un instante los comensales quedaran en mitad de la calle, los más de ellos con una copa en la mano, y relamiéndose los dedos embarrados de comida.

-Ver, para creer, y yo que llegué a pensar que en esta casa mandabas tú, amigo Venustiano Sotomayor –dijo Teodoro en tono chispeante-.

-¡Manda!, sí, sí manda, –vociferó Jacoba, sin soltar su gallo– ¡sí! Manda cuando se lo permito; como mandas tú cuando tu mujer se hace la desentendida, bola de hablador, ¡mantenido!, piltrafa de mierda, bueno para nada… ¡Gorrón!… ¡Y tú! –se dirigió a su marido quien intentaba escapar de los insultos e irse con los desalojados-, ¿Adónde crees que vas? ¡Métete a la casa!, y limpia los desperdicios que dejaron tus pránganas desvergonzados. Haz lo que te he ordenado, y, después de barrer y trapear el piso, limpias y ordenas la cocina… ¡Muévete, bueno para nada!”

-Sí, mujer, lo que tú ordenes…-en la voz de Venustiano se percibía un dejó de lamento y nostalgia al observar que sus camaradas se alejaban esparciendo alharacas a lo largo de la calle.

-Yo te ayudo, Venustiano, yo te ayudo –sonó comedida la voz de José Cleofas al tiempo que levantaba tepalcates de una vasija de barro hecha añicos, y pedazos de comestibles esparcidos en el piso.

Eh, tú. No vengas con lambisconerías. ¡Ahora mismo te me largas!, lárgate –resonó la voz tajante de Jacoba–. Este asunto es entre mi marido y yo. Así es que te me vas a… dónde tu sabes. No  te quiero ver aquí: sabandija, rémora, sonsacador,…

“… Momentos después, despojada de enojos, a sabiendas de que su marido cumpliría con lo convenido a cambio de haberlo hecho, durante el transcurso de unas horas, amo y señor de su casa, agarro su gallo pescuezo pelón, y dijo en tono sosegado: mira Venustiano, éste si cumple su tarea en eso de pisar a las pollas, y a las que ya no lo son. No como los hay por allí que se desentienden de sus obligaciones maritales. Como tú… bien sabes, me refiero a personitas soflameras y hablantinas que no llegan ni a gallogallinas”. Después, sin decir más indirectas, se alejó acariciando al avado de patas costrosas y espolones afilados; caminó cadenciosa a la par que canturreaba con empeño musical la canción “El Gallito”, creación y arreglo musicales del maestro y compositor Miguel Arizmendi Dorantes:

 “Yo soy de mi casa el gallito/ que desde el amanecer/ hace el mismo trabajito/ y eso ya es mucho qué hacer/ Soy el rey del gallinero/  y de mi casa también… Es verdad que no a todas quiero/ pero a todas les va bien…”

Repentinamente, el animal intentó librarse de las manos que lo oprimían; irguió su plumaje y lanzó un “kiquirikiiiiiiiiií” prolongado que se engarzó al cacaraqueo de una gallina copetona que descendía coqueta y empeñosa del nidal asentado entre trebejos amontonados en una mediagua situada en el traspatio de la vivienda pueblerina. Jacoba no ejerció presión  alguna para detenerlo, y de un solo empellón lo situó en medio del gallinero. Intuyendo lo que habría de suceder, Jacoba detuvo su andar y no  rehuyó la visión del cortejo y aparejamiento habidos entre el avado y la ponedora: un hecho amalgamado en el que su animal consentido ejercía una bestial acometida sexual sobre la naturaleza de la hembra. El empalme instintivo de las aves, le produjo un estremecimiento corporal que intentó atemperar llevándose las manos a la cara al tiempo que experimentaba la necesidad de frotarse repetidas veces la piel de los brazos saturados de diminutos vellos levantados. Recuperada su entereza, suspiró profundamente, y cuando la gallina de alborotado plumaje daba muestras de haber disfrutado la pisada del avado, se alejó canturreando una vez más: Yo soy de mi casa el gallito/ que desde el amanecer/ hace el mismo…”

 

*El gallito copetón

 

 

 

 8

 

“… Domitilo ortega villagrán, amaneció en la mañana de un día sábado, quejándose de un dolor en el cuello, moretones en ambos ojos, la nariz inflamada y los labios desfigurados como si hubiese escarbado el suelo con la boca; vestía camisa y pantalón descuajaringados; calzaba sólo un zapato; la cabeza le daba vueltas, y su aliento era de quien tiene en el estómago alimentos en proceso de fermentación. Enterado de su aspecto desastroso, fue hasta donde estaba su mujercita, como  llamaba a su esposa cuando estaba en su santo juicio, y, sin rodeo alguno, le preguntó: ¿qué me pasó, mujercita preciosa,… qué me pasó, amorcito? Mira cómo estoy

“… Engracia Batalla Encarnación, doña Chona, mujer de estirpe mulata, hembra robusta de estatura cercana a los dos metros, contestó secamente: ¡sepa Dios qué te sucedió! Y después a la par de empezar a cantar: “amorcito corazón, yo tengo tentación de un beso,…” se mostró afanosa en el ámbito de su cocina.

“… Domitilo, luego de un rato en el que se le vio pensativo, sin preguntar otra vez: “¿qué me pasó, mujercita preciosa?”; buscó su zapato perdido,  encontrándolo junto a un bate en las inmediaciones de la puerta que da entrada a su casa; baño su cuerpo con agua fría y lo acicateó con esencias; se colocó unos  lentes obscuros que lo hacían ver cual si estuviera ciego; vistió ropa limpia recién planchada; sujetó un pañuelo en su cuello, y, después de ver su perfil reflejado en el espejo, asumió su mejor postura posesionada de aditamentos que le camuflaban magulladuras. Satisfecho con su imagen, quedó pasivo al tiempo que su mente rememoraba cuán grande había  sido el sainete que su mujercita y él habían escenificado en la noche anterior. Bien dice el refrán: no hay borracho que coma lumbre; recordaba lo acontecido, pero se comportaba marrullero para no dar lugar a que su esposa disfrutara su osadía a manera de liberación. Una vez más entró en su cavilar pero al escuchar la voz de doña Engracia, quien lo llamaba en tono meloso: ¡A almorzar, cariño!,… A comeeeeer, preciosura; a comer tu platillo favorito, acudió  presuroso a la mesa en donde había, además de una cazuela con chilaquiles picantes, con olor a epazote fresco, salpicados con limón, un pedazo de carne asada, cebolla y queso, un jarro rebosante de atole blanco, y dos pequeños recipientes conteniendo  melcocha y torrejas. Hambriento y atosigado por la sed, le hincó diente a lo existente, y, como pocas veces lo había hecho en su vida matrimonial, se mostró amable con doña Chona a quien, luego de agradecerle el apetitoso almuerzo, le narró chistes trillados, y removió hechos que involucraban a ambos. Doña Engracia lo escuchó y hasta se involucró en esa inusual manera de comportarse, pero su mente  cavilaba: “¿qué estará tramando este chaparro del demonio?.. ¡Ahora viene con eso de que no recuerda lo que le pasó!..Pa´ mí, que este borracho del demonio, algo hizo o trama…”

“…Pero la cuestión no quedó ahí en mero incidente. Después de haber transcurrido algunos meses en los que Domitilo evitó su acostumbrada borrachera  del viernes social, se apartó de sus compinches bebedores conjuntados en la cofradía  Los Carnales del Palmar, y juró que jamás tomaría una gota de alcohol porque había recibido un mensaje proveniente de La Divina Providencia, rumores fueron rumores vinieron esparciéndose a manera de decir generalizado:

“… Domitilo Ortega Villagrán, después de embriagarse y visitar congales de mala muerte en busca de diversión, llegó a su casa, dispuesto a proporcionarle a doña Engracita la acostumbrada golpiza de fin de semana. Pero he aquí que no contaba con que ella, luego de años de silencio en los que guardó los maltratos recibidos, éstos los expuso detalladamente a sus amigas Isidora (doña Chilola) Mendoza Vda. de Gutiérrez y a Emperatriz Dominguillo Vda. de Zamudio, quienes, además de contarle el sufrimiento por el habían pasado o pasaban otras mujeres, la aconsejaron; y ahí que a Domitilo, ¡se le apareció el diablo…!”

 

*El Jugado

 

 

9

“… Debe causarle extrañeza que luego de que apenas ayer nos fuimos, ahora estemos aquí cuando que a estas horas del día deberíamos ir rumbo a la cabecera municipal que dista a cuatro días de camino bien andado. De allí que, para que salga de dudas y dicte su sentencia, le informaremos lo que sucedió en el camino…” 

 

Como quien trae en la espalda una pesada carga, Romualdo quiso decirle de corridito al anciano lo que debía informar, pero éste lo silenció, diciéndole: “pérate, muchacho, pérate. Necesitamos la presencia del consejo de señores del pueblo, y la demás gente ´pa que testifique.” Y luego de ello, ordenó a quien de pronto se le acercó: revolotea fuerte y muchas veces el badajo de la campana sujetada en lo alto de la capilla. Tiempo después, cuando un grupo de anciano lo rodearon y sus conciudadanos estuvieron presentes, don José María Mercado determinó: ahora sí, Romualdo, di lo que tengas que decir…”

 

“… Señor–resonó la voz de Romualdo-, tan pronto como usted nos entregó al fulano, a  mi compadre y a mí nos quedó claro que deberíamos llevarlo ante la autoridad superior que se encuentra en la Capital del Estado. Y, como a usted le consta,  luego de escuchar sus órdenes, dije: ¡Sea pues!

“… Era de madrugada cuando iniciamos el viaje. El pueblo y la gente estaban sumergidos en un silencio que de vez en cuando era alterado por el ladrar de los perros. Soplaba un viento frío al tiempo que de las faldas del cerro gordo se arrastraban gajos de neblina.

“… Acosamos a las bestias y éstas aceleraron su caminar. Cuando aparecieron los primeros rayos del sol entreverándose en el ramaje habido en los cerros y picachos de la Sierra, estábamos en las cercanías del pueblo de Santa Elena. Sin detenernos para dar respuesta a las preguntas y comentarios de quienes veían al apersogado sobre el caballo tordillo,  proseguimos nuestro  camino rumbo  a Yolotla. Calculábamos que de no aminorar el paso, a eso de las diez de la mañana  estaríamos almorzando en la casa de doña Pancha y sus hijas, Las Panchitas. Teníamos planeado que, ya con la panza llena, enfilaríamos nuestros andar hacia Huautla  y más comunidades que están junto a la ruta que nos llevaría a nuestro destino.

“… Llevábamos bastimento para cuatro o cinco días de camino a lomo de bestia. Avanzábamos por camino real y en veces por veredas siguiendo el cauce del río o los vericuetos habidos en las faldas y simas asentadas al pie de cerros y lomeríos.

“… Como a las doce horas del día,  a la altura de El Despeñadero, mi compadre, quien desde el principio jalaba la bestia que cargaba al prisionero, detuvo su montura, y dijo: compadre, el hombre quiere calzonear. Yo, desde el puesto de vigía en la retaguardia, no pronuncié palabra alguna; permanecí mudo como si no hubiese escuchado palabra alguna. El insistió y argumentó que no era de cristianos dejar que se cagara en sus calzones. ¿Lo bajo del caballo?, preguntó urgido como si él estuviera en aprietos corporales. Yo le dije con desgano: ¡bájelo, pues!, bájelo, compadre.

“… No satisfecho con lo que había logrado, mi compadre habló nuevamente: el prisionero quiere que le suelte las manos y pies para que se afloje la pretina y haga su necesidad como dios manda. Tampoco dije palabra alguna, sólo bajé el ala de mi sombre.

“… ¡Compadre!, otra vez la voz de él: dice que lo dejemos que se aleje unos cuantos pasos de nosotros para que no nos llegue la pestilencia de su porquería…

“… Y ahí está que el hombre, luego de vernos que nos quedamos callados, se retiró. Pero no satisfecho con haberse alejado diez o veinte pasos, se fue más allá de lo necesario y después de bajarse y subirse los pantalones, gritó: ¡ayayayyyy!,… ¡ayayayyyy, bola de güeyes!, y tras de levantar una y más veces unos de sus brazos a manera de mentada de madre, empezó a correr entre las piedras como si estuviera jugando a las escondidas con nosotros.

“… Mi compadre gritó: ´compadre, compadre, está huyendo, ¡se nos pela el muy desgraciado!, compadre, compadre. Y luego, poniendo cara de bobo, dijo, ¿le aviento un plomazo?

“… Entre que oí su pregunta y miraba que el fulano corría como alma que lleva el diablo, recordé que, cuantas veces lo habíamos entregado a las altas autoridades para que lo juzgaran por sus fechorías,  las mismas veces lo habían soltado que dizque por falta de pruebas como si para ellos no contaran los matados, las violaciones y ladronerías que el fulano había cometido; recordé que una y más veces había regresado envalentonado para cometer más arbitrariedades.  En ese cavilar estaba cuando otra vez oí la voz nerviosa de mi compadre. Yo no dije palabra alguna, sólo agarré  y bajé el ala de mi sombre, y, en un cerrar de ojos, resonó la doble descarga de la escopeta al tiempo que yo resollaba aire con sabor a pólvora quemada y escuchaba el mitote de chachalacas, zanates, calandrias y urracas  a lo largo y ancho de la barranca…”

“… Tras de haber escuchado lo acontecido, el honorable anciano y los integrantes de su Consejo, se introdujeron a la casa en donde residían las bases de la autoridad comunal. Allí estuvieron, colocados en círculo y encuclillados”.

 

“… Después de haber transcurrido aproximadamente una hora, reaparecieron los señores revestidos de solemnidad y sabiduría adquiridas en el transitar de la existencia que da y quita. El venerable anciano de cabeza poblada por cabellos encanecidos y rostro curtido por soles y plenilunios recibidos,  miró detenidamente a sus conciudadanos como si con ello dijese “he aquí el dictado de la ley de los pueblos,” y luego de observar de pies a cabeza a los dos hombre que habían sido designados por la comunidad para llevar por enésima vez al reo ante las autoridades superiores, levantó “la vara de mando” que sus conciudadanos le  habían encomendado, y dijo con voz sonora y actitud reverente: ¡Sea pues!..¡A lo hecho, pecho!.. ¡Golpe dado, ni Dios lo quita!… ¡Muerto el perro se acabó la rabia!..”

“… Ahora, la gente ha dado en decir que en las noches de completa obscuridad, ahí en el recodo habido en una de las orillas del río que extiende su lozanía en las cercanías del pueblo de Santa Elena, se oyen alborotos, disputas, gritos y amalhayas que dizque son almas en pena del Sepultado y de quienes fueron asesinados por él, y entonces…”

  

*La Encomienda

 

 

10

“… Muchas cosas han cambiado en el transcurso de los últimos años en La Ciénaga de Amatitlán y sus alrededores: en tanto que Josefina Macedonio regentea y lleva a buen puerto la administración de La Fortaleza, tienda que vende casi de todo, y se basta además para dirigir a medieros y labriegos que cultivan las tierras de labranza aledañas al rancho Los amates de Tezahuapa que sus padres le heredaron en vida; Antonino, su esposo, es hombre de a caballo que jinetea un hermoso corcel negro azabache equipado de arneses que dan fe de elegancia y buen gusto. El otrora joven alebrestado, parrandero, mujeriego y bebedor,  va y viene en compañía de sus amigos jinetes que andan a la par ya en arreadas y compraventa de  potros, ya en la cría y traslado de vacadas o en las jugadas de toros. Y de refilón, allá de vez en cuando, visitan a Domitil, La Curandera, a quien le llevan obsequios.  La curandera. Ella, luego de hacerles limpias  que dizque para  protegerlos de los malos aires, les ofrece comida que suelen consumir al tiempo que los entretiene con historias, cuentos, mitotes y decires mundanos que ha acumulado a lo largo de su existir.

La gente que todo lo sabe y si no lo inventa, habla de ello y trae a cuento otros pormenores de la vida del matrimonio Bravo Macedonio. Por angas o mangas, ha dado en decir que Josefina Macedonio Benítez es mandona y altiva, pero caritativa con las personas necesitas;  y que Antonino, no obstante haber sido un muchacho alegre, se ha echado a cuestas la asistencia que requiere su abuelo Zacarías Bravo que habita a unos pasos de La Fortaleza, y, como si fueran sus padres, atiende  a sus suegros que aún disfrutan las lozanías que posee el otro rancho de su propiedad.

Los habitantes de Laderas de Amatitlán, comentan la repentina moderación habida en el lenguaje de Josefina a quien mencionan como La Malhablada, y hacen hincapié en eso de que ella y su marido, además de comer en un mismo plato, beben  en un solo vaso. Y he ahí que, en refiriéndose a la manera de comer y beber de ambos, afirman que son muestras de que se aman y se retequieren como fieles y amantes esposos; pero, El malpensado, contrariándolos y haciéndolos repelar, externa su opinión, les dice en tono de guasa:

“Pa´ mí que comen en un solo plato  por la desconfianza que Antonino le tiene a su mujer, La malhablada, La Chepina… Porque se dio cuenta que lo tenía maniatado, dándole de beber sus aguas de mujer…Pa´ mí que Antonino abandonó su condición de ´curado´ cuando sus amigos le dieron mezcal en el que una curandera había arrojado avispas solitarias que derramaron jugos de bravura durante su agonía… ¡Luego entonces, eso que han dado en hacer los esposos desde que él regresó de La Ciénaga del Aguacatal, no es sólo por amor…!”

Y entonces mujeres y hombres, aficionados al mitote, buscan a Altagracia, Hortensia y Amparo, esposas de los amigos de Antonio, pero por más que le meten hilo, no les sacan hebra alguna, ya porque nada saben de ello o porque sus maridos les han dicho que cierren la boca. A leguas se nota que pretenden estar al tanto de lo acontecido en la festividad santoral de La Ciénaga del Aguacatal; quieren saber detalle a detalle lo relacionado con la juerga en la que Antonino, ahora alias El Curado,  encontró solución a sus quejumbres. Pero al no hallar respuestas a sus dudas,  desmenuzan las expresiones que escucharon de labios de El Malpensado;  rumian eso de “las  aguas de mujer”,“agua de las verdes matas con respingos de avispa solitaria”, y luego de no encontrar el hilo principal a la madeja, les da por  preguntar a quienes se lo llevaron a La Ciénaga del Aguacatal, pero ni Ambrosio ni Juventino y menos Gregorio sueltan prenda…”

*El Curado

 

 

11

 

“…Estuvo aquí,… deambuló allá…; la muerte es esto…, es lo otro…”, dice la gente. Y de sus expresiones surgen preguntas inquietantes:

“¿Quién es ese “ente” que la humanidad denomina “Muerte”?.. ¿Cómo es su apariencia física, si es que la tiene?… ¿Viste?… ¿Calza?… ¿Canta?… ¿Baila?… ¿Come?… ¿Bebe vino y disfruta de otros placeres mundanos?…”

Ante la incertidumbre aposentada sobre los humanos, imaginamos que es a semejanza a lo que creemos que es o quisiéramos que fuese. Y he aquí que en el devenir profano, el arte, la literatura, la filosofía, la religión,… se le mencione o describa: ya como “huesuda, ya como calaca, cadavérica, parlanchina, fúnebre, macabra, Parca,…”

Pero, no obstante la simplicidad o creatividad ingeniosa de quienes se refieren a ella; nadie puede afirmar o negar que es cierta la apariencia que se le adjudica, porque nadie la ha visto. La muerte puede ser un ente agradable, fino, hermoso, elegante, apacible o tal vez violento, detestable, macabro, feo,…

De ese ámbito enigmático e intangible que la o lo rodea, (válgase decir: “la o lo” porque no se conocen referencias de si su género es masculino o femenino), se avizora que en el destino de los mortales está él o ella como algo ineludible, algo que tarde o temprano arribará a manera de principio, pausa, tránsito o final terrenal. He ahí que le asiste la razón a quien afirma que “La Muerte es democrática, porque a fin de cuentas, sea: güera, morena, rica o pobre, la gente acaba siendo calavera”.

Derivado de este contexto, hay quienes viven acogiéndose a expresiones mundanas: “Come y bebe que la vida es breve…” “Matrimonio y mortaja, del cielo baja,…” o plácidamente se dejan llevar en la vida por lo que significa la afirmación de León Tolstoi: “La muerte no es más que un cambio de visión…”

“… Luego entonces, La Muerte…”

 

*La Muerte

 

12

“… En tanto que el hombre del periódico vocifera la tragedia acontecida recientemente, y la mayoría de los pobladores acuden al llamado emitido por la campana que tañe melancólica, las manos de Merceditas acomodan sábanas blancas, manteles, carpetas, toallas…

En su hacer, lleva más de siete horas y no hay fuerza alguna que la sustraiga desde que se encerró, como dice su gente, a piedra y lodo. Y, aunque oye que los nudillos de la mano de su madre golpean desesperadamente la puerta de su alcoba, ella, como si nada, prosigue metida en lo suyo; acomoda, reacomoda, hurga en los tejidos y matices blanquecinos de los ropajes; revisa, mira y vuelve a mirar texturas y las letras elegantemente bordadas: la M, de Mercedes, y la R,de Rogaciano.

“… En las estancias y patios de la vivienda imperan movimientos y sonidos inusuales que se engarzan a quejumbres, llantos y amalhayas; hay un ir y venir en patios, corredores y  la cocina;  la gente dispone  lo necesario para el velorio, pero Merceditas, mujer joven y bonita, no se inmuta, está ensimismada desde que a boca de jarro le dieron la noticia: “a Rogaciano lo mataron”. Desde entonces, está allí como si no hubiese escuchado lo que le señalaron, está esperando que su prometido, su amado Rogaciano, venga y, conforme a su promesa,  la despose; está, sin siquiera escuchar a quien, una y más veces, le dice con voz saturada de angustias:

 

“Abre, niña…, criatura del señor, ¡abre la puerta por el amor de Dios…!”

 

 

“… Está pero como si no estuviera; no escucha esa voz saturada de angustias, voz que se pierde, que se esparce y se disipa en el silencio, el silencio de Mercedes… quien revisa, mira y vuelve a mirar la textura de las prendas y las letras, elegantemente bordadas sobre éstas: la M de Mercedes, y la R de Rogaciano…”

 

 

*La Casa Colorada

 

13

 

“… Rosario De los Montero Barroso, mujer de rostro y cuerpo aún hermosos, escuchó decir a doña Godofreda Salazar Granados:

“… ¡El amor es bonito!, mi´ja, ¡es bonito! Yo tuve muchos hombres; pero de todos a quien más quise fue a El Güevo, a Martín Miranda Ramos;.. Aunque debo decirte que a él no lo tengo presente como a Macedonio, El Canillas, a éste lo recuerdo más; era rete posturiento y gracejo; además, muy guapo el recondenado; ¡guapo, guapo!, más bien diría que era retechulo, alto fornido con su paliacate atado al cuello y su sombrero ladeado como si quisiera ocultar sus ojos azules y su sonrisa fácil coronada por bigotes negros; pero Dios quiso que me lo mataran; sí, a él lo mataron, ahí nada más amaneció debajo de un árbol como si de tanto dormir se le hubiese olvidado despertar. Recuerdo que le lloré mucho, creo que de tanto hacerlo se me fue secando el llanto hasta que un día sólo me quedó gimotear y más gimotear en seco por su ausencia que se desvaneció cuando llegó Federico; le llamaban, así por feo; su nombre era, o ve tú a saber si es todavía por eso de que no sé si vive, Arturo Armendáriz Pedraza, pero la gente lo conocía por Fede o Federico; él,  llegó con sus palabras bonitas, como si supiera, el recondenado, que me hacía falta consuelo; no sé ni porque permití que se me acercara, lo cierto es que a poco tiempo de haberlo conocido ya lo estaba acogiendo en mi cama. No sé ni cómo se dio lo nuestro; llego a pensar que fue por mi soledad o por el cariño que de pronto me nació hacia él; por eso les digo que el amor es bonito; aunque debes saber que con el tiempo fue cambiando su modo de ser hacia mí; antes no quería que me estorbara nada cuando caminaba junto a él por la calle, pero ahí tienes que meses después de haberse mudado a mi casa se le fueron olvidando sus buenos modales, tanto que, en lugar de decirme como me acostumbró en el principio de lo nuestro: “cuidado, mi amor, no te vayas a lastimar un piecito”, me empezó a decir: “alza las patotas, patuleca, ¡fíjate si no te quieres partir la madre con esa piedra!”; pero miren que yo como si me dijera mialma, lo seguí viendo con cariño, yo creo que por eso que te digo, porque el amor es bonito, tan bonito que ataruga, te hace brava o te amansa, posiblemente porque te sirve de bálsamo de vida y te hace sentir dichosa. No sé ni cuando se fue el tal Federico, y ahora que me acuerdo, tampoco recuerdo cuando vinieron y también en qué momento se fueron otros hombres que acudieron a calentar mi cama…, y mi alma.

 

“… Me acuerdo de todos y tengo presente lo que hice con cada uno de ellos; al recordarlo siento estremecimiento en la piel y bullicio en las entrañas.  No me lo vas a creer, pero aunque me vean vieja, todavía me dan ganitas de estar con los hombres, hasta llego a pensar que nada más porque son muy chismosos los recondenados, que si no, segura estoy que buscaría la forma de darme mis gustitos con quien se pusiera al alcance de mi existencia; porque debes saber que aunque me veas así con muchos años vividos, todavía no se me secan las barrancas, ¡tengo apetencia de mujer fogosa!; luego entonces, como te digo, nada más porque son muy chismosos, que si no, seguramente buscaría la manera de estar con ellos; porque,… como te digo: eso del amor… es bonito, ¡muy bonito!.., bonito…, bonito…”

 

“… Luego de un breve silencio en el que el caudal de expresiones había conformado imágenes y creado escenarios de vida, doña Godo, como la llaman en el pueblo, exhaló un prolongado y profundo suspiro que le iluminó el rostro, y Rosario, poseedora también de un recatado pero copioso haber de existencia amorosa, experimentó sensaciones que la regocijaron y le alivianaron el alma,  Y entonces, una a la otra se miraron mostrando  en sus semblantes matices de picardía que a la postre desembocó en  sonoras carcajadas a la par de que pronunciaban,  al unísono: “¡eso del amor…, es bonito…,  muy bonito.., bonito, bonito!”

 

 

*La Cualoca

*Fragmentos, sustraídos de mis relatos publicados…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“…Y entonces, una a la otra, se miraron, mostrando  en sus semblantes matices de picardía que a la postre desembocó en  sonoras carcajadas a la par de que pronunciaban,  al unísono: “¡eso del amor…, es bonito…,  muy bonito.., bonito, bonito!”

 

 

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